Abril 28, 2008 | Por roru-2 | # Enlace permanente |
.

Bueno, Roru, anotá lo que voy a contarte. Quiero que lo publiques en el blog. Porque tuve una experiencia digna de ser relatada. Pero una experiencia a secas, me entendés, de veras, exponencial, geométrica, extraordinaria. Y quiero hacerte una salvedad: hoy día esa palabra está muy mal utilizada: experiencia. Nosotros somos científicos y conocemos su noble etimología. Pero un grupo de empresarios pelotudos la ha estado empleando para vender espejitos de colores. Y luego todo el mundo hace abuso de ella como si fuera una barata prostituta.
La experiencia de comprarse un plasma, la experiencia de jugar al Counter Strike, la experiencia de tirarse pedos en un baño con jacuzzi. Por favor. Yo creo que el mundo es una porquería, pero no lo abaratemos más mediante herejías idiomáticas. Bueno, mirá. Vos no me lo vas a creer, pero te lo cuento igual. Necesito hacer catarsis. Yo, para qué te voy a mentir, soy un auténtico desgraciado. En el matrimonio porque me casé con la peor de las arpías. En la profesión porque soy físico cuántico y aspiro a ser ventrílocuo. En lo personal porque parezco cuasimodo y desearía verme como
Brad Pitt. En fin. Una cagada global. Pero atendeme bien a lo que voy a contarte, porque tiene que ver con los blogs y con cierto género de belleza en extinción que aparece cada tanto, como rosas en medio de la mierda. Y acá empieza el relato. Si querés omití lo otro, borrálo. Como prefieras. O poné punto y aparte.
.
El asunto es que yo, hace cierto tiempo, soy asiduo a los locutorios. Quiero decir, chateo con gente por internet, fuera de casa, porque Norma me controla permanentemente con el único fin de hacerme sentir aún más despreciable. Entonces me voy por ahí a conectar. A ver si pego algo y cambio mí destino. No sé cómo explicarte. Uno, hasta el último segundo previo a la catástrofe, tiene esperanzas en salvarse. Es una insensatez. Pero aún creo que voy a conseguir el gran amor. Alguien que pueda ver más allá de mi buzarda y sepa que, salteando la temible barrera de la estética, soy un auténtico patovica de la intelectualidad. La cuestión es que, los últimos meses, estuve parando en un locutorio de Palermo. Por favor no pongás cuál porque después viene la gente a ver la cara de boludo que tengo o te empieza a dejar mensajes a vos en las ventanas de los departamentos por el
tema del telescopio. A propósito de esto: no sé si viste una pancarta colgada en Boedo y San Juan que dice,
Roru, Roru, enseñanos el placard. ¡Qué barbaridad! Como si tuvieras hinchada. Pero no quiero disgregarme. Escribí, anotá todo porque quiero que
ella me lea.
.
En este lugar hay como
boxecitos, cabinitas en donde te sentás frente al monitor, separadas por tenues vidrios ahumados laterales. No obstante, si te tirás un poco para atrás podés ver perfectamente a quien tenés al lado. Por eso yo siempre me reclino hacia adelante y pego los ojos en la pantalla. Así evito miradas ajenas y, de paso, compenso la miopía. Y estaba por meterme en
yahoo cuando, inesperadamente, oigo, desde el lado izquierdo, una suave y persuasiva voz de mujer que me llama directamente por mi apellido. Para colmo, vos mirá, justo del lado izquierdo de mi cara tengo ese grano verde que me ha estado saliendo como un volcán irrespetuoso de mi propia geografía, por lo cual, Roru, a la sorpresa de semejante identificación se sumó el horror de ser contemplado desde el flanco menos favorable.
.
“Ingeniero Vidal” me dijeron suavemente. El estupor de ser descubierto fue inefable. A tal punto que solté la tecla del ENTER con desatinada celeridad, lo cual ocasionó que saliera eyectada y me pegara en la punta de una fosa nasal. El dolor casi me deja sin aire. “Ingeniero Vidal” repitieron con ternura. Nunca, Roru, había escuchado que pronunciaran mi apellido de esa manera. “Qué quiere”. Gruñí. Y continué: “No estoy acostumbrado a que se me vea, imagine usted lo que puede significar que, encima, me reconozcan”. “Imposible no hacerlo, Vidal. Mire usted hacia abajo. ¿No es ese el muñeco con el que practica sus dotes de ventrílocuo?”. Dios mío, Roru. Era verdad. Ahí estaba Chirolita, el muñeco que compré por
Mercado Libre. Lo había dejado tirado en un rincón, al lado de la computadora.
.
Te aclaro que hasta entonces no había volteado hacia el costado izquierdo. Un poco por pudor, otro por miedo a enamorarme de inmediato. Vos sabés que yo me engancho así, de golpe, y después tardo años en olvidar un rostro. Por otra parte, ¿cómo era posible que se me identificase en virtud de ese muñeco, si nadie conocía de mis tenues proyectos actorales salvo vos, Roru? ¡Claro! Recordé.
El blog. Esta mujer, me dije, es lectora de
Preferiría No Hacerlo. Y ahí fue cuando la miré a la cara. Y entonces,
comprendí. La senectud del tiempo, el callar del universo, el sentido de la vida y de la muerte, la nostalgia de cualquier domingo, la risa de los niños, las funciones cuadráticas y la felicidad. Su rostro era un
Aleph, ahí estaba el absoluto hecho carne y hueso. Y cuando iba a decirle que la amaba, ella, sin preámbulo ninguno, me cortó en seco: “He venido aquí a borrar mi blog, Ingeniero. La casualidad nos hizo vecinos de estos
boxes, la causalidad hará que usted ahora lo borre por mí”. “¿Cómo?” atiné yo. “Soy
Muñeca Brava, Vidal, ¿me reconoce?”. “¡Dios mío!”. “Tome, Ingeniero, una carilina para el grano”. “Gracias.. pero no. Quiero decir, sí, el pañuelo, sí. Discúlpeme el pus. Pero, digo, no es posible que usted desaparezca. ¡De ninguna manera! Nosotros, con el doctor Uror, siempre esperamos sus textos con inenarrable ansiedad”. “Es un ciclo cumplido” se me reconvino. “Está decidido”. Vi una lágrima asomarse desde el rellano de sus ojos. No sé cómo hice, pero me metí con ella en su cabinita. “Escuche Betina, lo que me pide es una locura”. En tanto le hablaba con desesperación, no pude evitar el estúpido impulso narcisista de contener las vastedades de mi panza. “Tiene todavía tanto por decir”. “No”. me contestó. Y luego: “Yo no tengo el valor, Vidal, por favor, ¡aprete
delete, aprete
delete!”. Y dejó el puntero del mouse sobre esa palabrita en la pantalla. Entonces, obedeciendo a algún impulso nervioso, se levantó. Verla desde abajo, Roru, fue como contemplar a la misma
Selene sobre los cielos de Grecia. Había quedado absolutamente subyugado por su imagen, por su fuerza, por toda esa increíble personalidad. En tal instancia, hubiese hecho lo que me pidiera. “Haga lo que le pido, Vidal” se me ordenó. “Usted es un hombre sensato, igual que su amigo Uror. Aunque no lo crea, es uno de los pocos hombres en los que confiaría de por vida. No me defraude”. Y se fue, llorando en silencio, que es la peor forma del dolor, porque no tiene voz ni testigos.
.
Permanecí ahí, incrustado en la cabinita, sopesando qué otra cosa podría hacer que no fuese lo que semejante reina me había suplicado. De no borrarlo, ella era libre de hacerlo desde cualquier máquina, en cualquier momento y, lo que era infinitamente probable, desde cualquier otro lugar de este pelotudo mundo. Entonces se me ocurrió: antes que eliminar todo su universo de palabras, qué mejor que cerrarlo para siempre. Eternizarlo. Dejarlo impreso en la
blogósfera, similar a sí mismo, para toda la vida, replicando en la mente de infinidad de lectores, presentes y futuros, el pensamiento que Betina había transitado en cada uno de sus
posts. Sí. Ecos de ecos. Signos de signos. Como una obra de
Bach. Como la trompeta de
Louis Armstrong sonando indefinidamente. Entonces, Roru, por malvado y simple que parezca, le
cambié el password al blog. A partir de ahora soy su centinela. Su bibliotecario. Y, por lo menos, un nuevo sentido se ha impreso a mi patética existencia.
Me hiciste reír al principio y llorar al final …Ay, cómo se nota que ni Vidal ni Roru me conocen para tener semejantes conceptos sobre mi persona!!!. Sos divertido para imaginar y contar historias!. Ahora en serio, tal vez como consuelo por haber dejado algo que quería mucho (¿será mi karma ese?), me reconforta pensar que alguna huella dejó mi paso por este sitio. Y que alguien, aunque más no sea ” para darle sentido a su patética existencia”, querría ser centinela de mi universo de palabras. Sonó muy lindo esa frase. Nunca la voy a olvidar. Gracias!
Te sigo leyendo siempre y cuando me prometas no volver a espiarme con tu telescopio…¿Trato hecho?. Ah, y desde ya los espero a vos y a Vidal en mi nuevo blog. Carilinas sobran allá!…
Abrazo, y de nuevo gracias
Bet