Cernobrov.

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Guión: Roru Uror
Ilustraciones: Manuel Abal
Podés ver el comic completo aquí.
Aquí comienza la segunda temporada.
Te recomendamos repasar los posts del año anterior para disfrutar a full la blogo-novela.
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Vidal, я буду убивать тебя
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La escena, que viene fundida desde el negro, comienza con el primerísimo plano de un rostro. Dos ojos que dominan la pantalla entera, azules, reconcentrados, atisbando un punto fijo, algo más allá del observador. Es decir, para no arruinar tan deprisa la segunda temporada de esta saga con excesiva liturgia literaria, diremos que esos ojos nos vigilan a nosotros, nos enfrentan, casuales espectadores de un hipotético y provisional cinematógrafo; pero también acechan al cámara, quien, lentamente, sabedor de técnicas de filmación desconocidas por el 99.7 % del resto de los mortales, arroja con exquisita sutileza el zoom hacia atrás, deschupa, aleja, ampliando el campo visual, incluyendo muy de a poco en ese encuadre a todos los atributos faciales del personaje: ora un temible puente nasal; ora los flancos de una mandíbula ancha, feroz; ora una prominente barba negra que se pierde en las profundidades de un cuerpo que aún -y a propósito- permanece anónimo. Pero, no obstante, muy a pesar del conjunto, de la información facial que se nos enseña en pantalla, dejando a un lado la accidentología de los rasgos fisonómicos que -según Roru Uror- conforman el mapa, la geografía, el plano del alma de cualquier hombre, nosotros no podemos dejar de mirarle los ojos. Es que hay odio, rencor, desprecio; y una como desatinada, promiscua fijeza en aquello que está mirando. Pero, por dios, ¿qué carajos es lo que escruta con tanta vehemencia? Porque, como todos descontamos y damos por sentado sin tener la más puta idea de la razón que amerita a ello, nunca, salvo indicación del director, el actor debe mirar la lente que está grabando la escena. Si sucede así es alarmante. Pues puede tratarse del peor de los descuidos en el rodaje -recuérdese Rolando Rivas, Taxista- o, por el contrario, un burdo recurso de producción que intenta avisarnos que ese hombre -pongamos por caso éste que nos ocupa-, anda realmente enojado, es malo, perverso, un consuetudinario hijo de puta, el anti-héroe, en definitiva, el motor que dará al guión la chispa para ponerse en marcha.
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Entonces, inesperadamente, el plano-secuencia es interrumpido; y vemos, sin transición alguna, la misma escena pero desde el ángulo opuesto. Aunque la nueva cámara que está detrás de ningún modo nos muestra la nuca del caballero, así como la primera resaltaba los atributos de sus ojos; no, pues el director debe haber dispuesto un plano bien abierto, para que el espectador comprenda, no sin sorpresa, las desproporcionadas dimensiones del sujeto que nos ocupa. Y bien que lo ha logrado: parece Gulliver. Es inmensísimo. Una especie de oso. Un orangután. Viste un pullover de lana negro y cuello alto. Y, cosa curiosa, ahora que podemos observarlo de espaldas y cuerpo entero, anda en pantaloncitos cortos; qué raro, son como de futbolista, blancos, ridículos y ajustados. No se entiende por qué cuernos usa pullover si luego, más abajo, al sur de su humanidad, tiene puestos esos breves shorts tan displicentes. Y sospechamos que el tipo está loco, que es un degenerado, un sátiro, determinada clase de pelotudo; en fin: qué sabemos nosotros aún, recién empezados con la nóvel prosecución de esta historia. Es que las segundas temporadas, como todos admitimos, al contrario del ruido que hicieron los primeros capítulos, casi siempre se disgregan en fútiles excentricidades cuando se busca perpetrarlas ad infinitum. Léase Matrix, una porquería. O Alien, otra cagada. Ni qué decir tenemos de Lost, cuyos guionistas han sido condenados en Lostpedia al peor de los infiernos si no resuelven los innumerables hilos argumentales de la saga antes de fin de año.
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Pero, cuidado, atentti, porque ahora el cámara 2, ese que descubrió al gigante desde atrás, está haciendo un inesperado travelling. Es decir, va desplazándose hacia la derecha, chupando con su lente la superficie de la pared en la cual nuestro personaje -al fin lo advertimos- tiene la vista clavada, esos ojos de odio y de desprecio, esa como desatinada y promiscua fijeza que nos había cautivado minutos atrás. Pero, ¿qué mierda es todo eso? ¡Por dios! Este orangután ha de ser un asesino serial. Un sádico, un pervertido. Porque en esa pared hay recortes de periódicos. Noticias. Algunas policiales. Todas clavadas con chinches sobre una pizarra. Se ven figuras difusas. Fotografías viejas. Los títulos. Tal cual en seven, mejor conocida como pecados capitales. ¡Ah!, pero, por fin, menos mal, ya era hora de que apareciese algún indicio; pues el primer recorte da cierta familiaridad a la historia que estamos narrando. Reza así: El ingeniero Fernando Vidal, autor de la teoría de las anomalías temporales artificiales, sorprendido in fragantti en prostíbulo de Once. Luego, un poco más abajo, en el mismo artículo, una declaración absurda de Roru Uror. Transcribimos: “No eran putas, sólo travestis”. Y, en el centro, el retrato de ambos personajes al momento de ser arrestados por la Policía Federal Argentina. Vidal, naturalmente, estaba en calzoncillos.
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….Sin embargo, el travelling continúa, la lente recorre como en un adaggio la pizarra, nos va enseñando diferentes recortes, noticias variopintas, siempre suavemente, como para que tengamos el tiempo de advertir que han sido ordenados cronológicamente y cuyo denominador común se bosqueja a simple vista: Vidal, Fernando, ingeniero electrónico, master en química y física con especialización en cuántica. Hecho curioso: algunos textos no están en español. Qué macana. Esto sí no lo habíamos previsto. Encima, la traducción, esas letritas que deberían aparecer ahora en la región inferior de la pantalla, fíjense, brillan por su ausencia. Sabemos que hablan de Vidal, vemos sus fotografías. Pero no entendemos el ruso, pues esa es la lengua que, a vuelo de pájaro, nos preparamos a padecer. Por ejemplo, la frase навяжи тебе бога в зад, средневековый глупец! ¿qué pepinos querrá decir? Sobre todo cuando se lo ve a Vidal, algo más abajo del texto, pegándole una piña al Padre Farinello en la catedral Smolni de la ciudad de San Petersburgo. Y hay más: Vidal recibiendo un premio, Vidal dando una conferencia, Vidal y el doctor Uror en una pista del aeródromo de San Fernando, junto a una avioneta que, dentro del marco de un experimento bien al estilo de nuestro héroe, utilizaba como combustible nada menos que pedo de vaca. Y así, poco más o menos, Vidal por aquí, Vidal por allá, como en una travesía historiológica de la vida y obra del seductor ingeniero, llegamos finalmente al último de los recortes, ese que el gigantón de pullover y shortcitos anda mirando. Con razón que está enojado. El artículo pertenece, casualmente, al diario Clarín, váyase a saber si es chivo o azarosa eventualidad; y versa lo siguiente: TENIA QUE SER UN ARGENTINO. El polémico ingeniero Fernando Vidal, autor de controvertidas teorías cuánticas y empleado de la Comisión Nacional de Energía Atómica, roba a Rodia Cernobrov documentación sobre un acelerador de partículas en miniatura mientras realizaba gestiones para dicha institución en Rusia. A la pipeta. Para colmo, ahí está el grandote, en una fotografía junto con Vidal, abrazados los dos, firmando una especie de convenio, de acuerdo, de tratado, en un acto oficial donde pueden verse, de fondo, funcionarios rusos y argentinos.
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Ahora bien. ¿Dónde nos encontramos? ¿Es éste el Mirador de Caballito? No. ¿Es la casa de Francisco Casca, el breve hombrecillo que feneció en el palier del departamento de Uror para luego ser resucitado en virtud de la diferencia temporal mensurable entre el mundo real o pelotudo de los hombres y ese otro que reina fantásticamente en los dominios de nuestro doctor en física? Tampoco. ¿Será entonces el depto de Norma IRAMovich, la ex esposa de Vidal? No lo parece. Entonces, a ver, ¿en qué lugar nos han querido situar los guionistas?
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Qué quilombo. Y pensar que este blog arrancó sobre esos anónimos caminos de una primera persona literaria, tímida y recatada, un tipo que prefería no hacer nada, permanecer encerrado en un Mirador del barrio de Caballito, solo, misántropo, abúlico; y miren ahora, resulta que nos quieren vender una miniserie de televisión, una película, han contratado actores, directores, escenógrafos, iluminadores, editores, montajistas, productores, fotógrafos, seguramente efectos especiales; por no mencionar a los pasantistas, esos pibes que laburan sin cobrar un mango y tiran las mejores ideas sobre la mesa; en fin, para qué seguir. La pregunta inicial era, a ver, organicémonos: ¿dónde nos encontramos en este preciso momento?; y, ya que estamos, ¿quién es el sujeto grandulón de pullover y pantaloncitos cortos que Vidal -según hemos entendido-, robó, embaucó y estafó, choreándole la papeleta original del acelerador de partículas en miniatura que luego, en Buenos Aires, hizo realidad junto al doctor Uror?
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Y aquí es cuando entra en acción la cámara 3, esa que, hasta ahora, el director se había cuidado de encender. Viene desde arriba, es virtual, pareciese montada sobre un insecto. Cómo les gusta a estos realizadores nóveles joder con semejantes recursos tecnológicos. Van, vienen, suben, bajan, salen volando por la ventana, te muestran una ciudad entera en virtud de travellings velocísimos. Ahora, por ejemplo, está haciendo exactamente eso: la lente abandona el plano aéreo del gigantón y atraviesa el ventanal de una construcción que parece antiquísima, atestada de palomas que se sobresaltan ante esa presencia casi etérea. En definitiva, huye de la habitación y nos enseña la ciudad. Hijos de puta. No es Buenos Aires. Se fueron a filmar a Rusia. Porque por ahí se ve la Fortaleza de Pedro y Pablo, allá, en cambio, el Museo Ruso; un poco más acá, saltando como un pajarito digital al mejor estilo Google Earth, se nos descubre el Palacio Yusupov. Y el Acorazado Aurora; pero, la puta madre, si es San Petersburgo. No hace falta ser guía de turismo para darnos cuenta. Este Cernobrov vive ahí. Y ha de ser científico. Una especie de Vidal invertido. Pero un Vidal enorme, exacerbado, resentido, violento, un hombre estafado en su buena fe. Y, lo que es infinitamente más grave cuando se trata de saldar rencores, ruso hasta la médula. Ahora sí que la hiciste, Fernando. Te van a cagar a trompadas. Porque la cámara 3 regresa de nuevo al edificio del grandote. Se queda en la ventana, como un niño tembloroso que atisba, escondido, los preparativos de su propia ejecución. Qué horror. En verdad da muchísimo miedo. Ese hombre, Cernobrov, qué bien elegido para el papel que desempeña. Vemos que tiene un diario en la mano. El Clarín de hoy. Que no nos digan que acá no hay chivo escondido. Y lo estruja con auténtica aversión. Luego levanta ambos brazos y arroja una especie de grito, de alarido, un bramido de guerra del cual se desprende, naturalmente, la palabra Vidal. En rigor, seamos todavía más precisos: Vidal, я буду убивать тебя, eso es lo que ruge el oso. Y lanza el diario hacia nosotros. Caramba, la primera página permanece en un sutil equilibrio al borde de la ventana para que logremos leer el título de tapa. A la pelotita. Fíjense hasta donde llegaron nuestros amigos del Mirador en el discurrir de estas semanas en que estuvimos ausentes. Así lo explican los amplios caracteres en negrita: CABALLITO EN PELIGRO. La Comisión Nacional de Energía Atómica, en un operativo conjunto con el GEO y la Policía Federal, aislan edificio de la calle Martín de Gainza al 100. Y luego, un breve resumen de la noticia: en tanto se evacúa el rascacielos lindero con las vías del ferrocarril Sarmiento, el ingeniero Fernando Vidal y el doctor Roru Uror, prestigiosos y reconocidos científicos argentinos, intentan desactivar un extraño fenómeno producido por viejos transformadores de alta y media tensión aún en funcionamiento. ¿Transformadores? ¿Prestigiosos y reconocidos científicos argentinos? Pero cómo se le miente a la gente. Antes ladrones y ahora eminencias. Es vergonzoso. Encima, andan tapando todo el asunto de la Anomalía Temporal Local con una paparruchada de Edesur. A ver: ¿y qué más dice el diario? Nada. No tenemos tiempo de perpetuar la lectura. La página sale volando, el viento la eleva hacia un cielo agujereado por docenas de palomas que huyen despavoridas cuando Cernobrov repite el bramido de guerra, aún más fuerte que el anterior, léase éste, Vidal, я буду убивать тебя, por favor, un traductor, que no entendemos tres carajos a este loco de mierda.
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Entonces, repentinamente, en un arreglo casi magistral de estética cinematográfica, merced a un sutil golpe de inspiración fotográfico que nos deja boquiabiertos, vemos como las palomas, esos pájaros desagradabilísimos que un momento atrás arrullaban grises frente a la ventana, ahora escapan en dirección al río Neva. Todas, en una transición bella pero terrible para quienes sufrimos los pormenores de esta historia desde el primer día, todas, repetimos, allá en lontananza, comienzan a teñirse de color azul.
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Créditos y cierre.
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Mejor vayamos a por un vodka..

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WARNING ->INICIO 2da TEMPORADA.


¡SE LARGO LA SEGUNDA!
Y ENCIMA, ÉSTO:
.Para colmo…

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Todos los comics son cortesía de Manuel Abal.

Julio Sabato
Betina Pascar
Morggan
Silvina Winsteinn
Norma IRAMovich
Elizabeth Peth
Axolotl
Azulejito

Roru Uror
Fernando Vidal
y gran elenco..


Protagonistas de ..


PREFERIRIA NO HACERLO
INICIO 2da TEMPORADA
SENSACIONAL EXITO
LOCALIDADES AGOTADAS
¡Consuélese leyéndolo aquí!

EPISODIO 1

Emite 1 de ABRIL de 2009
(Local Time)
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Espejos. (Fin de la primera temporada)

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En la habitación oscura, frente a una pantalla encendida, con las manos danzantes sobre un teclado alfabético, escribe. A veces, cuando duda, los ojos saltan de los límites del monitor y parecen viajar sobre las paredes penumbrosas: en esa mirada están latentes -como la mayoría de las veces- la impotencia y la inutilidad.

“Me pidas ésto o lo otro” hace decir a Fernando Vidal “de igual modo moriré”.

“De acuerdo”. Admite Roru Uror: “Pero no te vayas solo de este mundo. Pensá en el amante de Norma, por ejemplo; tan amable, tan para asesinar”.

Ahora, abatido, deja a un lado el cursor y está jugando con el corrector ortográfico. ¿Por qué escribe así?; ¿para quién?; ¿para qué?. Al fin y al cabo, sería casi más fácil ir y hacer todo aquello que, con suma cobardía, pone en boca de sus literarios títeres. Acaso comprar un arma, salir a las calles, decidir por el largo de las sonrisas…

“Pues matá de a miles, Fernando”. Obliga decir a su compañero. “Ensañáte con los imbéciles, esos son los más felices”.

“Entonces, él también morirá”. Sentencia, de improviso, el ingeniero Vidal, señalando, desde la pantalla, al rostro fascinado del escritor.

Ambos hombrecitos aparecen ante sus ojos; los ve claramente inyectados entre las líneas de barrido electrónico, apretujados por las letras del artículo que, con marcada violencia, comienzan a patear a cada lado de los márgenes para hacerse notar.

“¡Y encima nos escribe!”. Exclama el doctor Uror, buscando dolorosamente los ojos de su creador.

“¡Canalla!”. Culmina Vidal. Momento en el que una pregunta condenada estalla en la boca de ambos personajes. Y el escritor tipea:

“¿Pero por qué, por qué nos ha hecho tan desdichados?”.

Entonces sucede lo asombroso. Pues el escritor toma con ambas manos su cabeza, se refriega la frente y las sienes, dejando escapar al mundo un último gemido de horror y perplejidad. Sus brazos, ya inertes, caen a cada lado del cuerpo (¡En lugar de escribir la respuesta se le ha antojado dejar las manos muertas a cada lado del cuerpo!) y, esculpiendo una expresión de insoportable desdicha, no hace otra cosa que voltear su rostro hacia atrás para mirarme. No dice nada, es cierto, pero me mira; me escruta inquiriendo la respuesta. Porque él me tiene a mí, que escribo. Y yo miro atrás y estoy solo, siempre y como siempre. Estoy tan solo y no tengo a nadie que me escriba y que me dé una respuesta.


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n del a.

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Ayer volví a ver “La Vida De Los Otros“. Una película que narra los últimos años del duro régimen socialista de la Alemania Oriental, antes de la caída del muro. Hay una escena en la que un personaje de alta jerarquía del Partido le dice a su subordinado: “Existen varias formas de matar a un artista. En este caso, el que nos compete pertenece al tipo que teme el encierro y la soledad. A este, simplemente, debemos arrestarlo, aislarlo, dejarlo sin comunicación con el resto de los hombres. No obstante se lo trata bien. Se lo alimenta. En solitario. Sin interrogatorios ni torturas. Empero, transcurridos varios meses, el sujeto es liberado, evitando mayor explicación. Entonces veremos que, sin apelar a la violencia, habremos logrado nuestro cometido. Pues tal artista nunca más escribirá obra ninguna”.
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Pienso que a veces no necesitamos regímenes totalitarios para hacer silencio. Pues basta con crearse una cárcel interior, arrestarse a sí mismo, censurarse. Y eso es todo. Alcanza. Es suficiente. Y no sale nada, como creo que le dijo Faulkner a su mujer antes de pegarse un tiro. La verdad es que no sé cómo se manifiestan los procesos creativos de una novela en los demás escritores. Ignoro si los personajes les vienen y se les van, que es el modo en que se comportan los míos. Porque ellos me someten, me dictan, me subordinan a sus antojos y necedades. Y una mañana no están. Se han ido. Y yo me quedo en la soledad de la gramática, puliendo las incoherencias de estilo, la ortografía, salvando del olvido sus sinos y perplejidades. Como un empleado de limpieza que rescata del salón aquellos enseres de los que se valieron los agasajados en la fiesta de la víspera.
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Además, confieso que mi sensación, durante el desarrollo de esta historia, fue de extrañamiento. Como si me hubiese despertado con las manos manchadas de sangre y un cadáver en el piso. Más de una vez me acometió la vergüenza, la culpa, el pudor y la miseria en tanto apuraba el argumento. Y estimo que algo presentí al crear el blog, pues sólo el Doctor Uror, personaje completamente opuesto a mi forma de vivir, creer y pensar, podía ser el portavoz de tanto disparate. ¡Y ni qué decir tengo de Fernando! Si mi entorno real supiese que esta historia fue escrita por mí, les aseguro que perdería el respeto de la mayoría. Y más de uno se sentiría estafado, desorientado, víctima de una cruel puesta en escena. Pues siempre se tiende a pensar que lo escrito tiene más peso que lo hablado o actuado durante toda una vida. Antes y después del texto inclusive.
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Pero vayamos al grano (como dice El Bananero). Ahora sólo quiero agradecer a todos los amigos y amigas que he cosechado por aquí, en la blogósfera, mientras la historia del Mirador de Caballito cobraba forma y sentido. Dirección que en más de una oportunidad fue trazada por muchos de ustedes, siempre tan atentos a mis textos engorrosos, retorcidos y largos, como si tuviesen tiempo de leerlos minuciosamente cada tres o cuatro días en que se publicaban. Sin embargo fue así. Y me encontré con personas que advertían sutilezas, diminutas contradicciones, solapados plagios argumentales, ideas sin explotar, es decir, lectores esmerados que me ponían en el perpetuo compromiso de continuar escribiendo, explorando, buscándole la vuelta a la historia y agregándole corazón a estos tipos hechos de palabras que en cada post iban surgiendo. Por eso, nunca más atinado en el contexto de una blogonovela afirmar que, sin ustedes apoyando el proceso creativo -atestiguando quedaría mejor decir-, yo no hubiese llegado ni al quinto artículo. Esto es absolutamente cierto. Y lo agradezco con todo cariño.
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Demás está decir que no me voy del barrio. Que la historia no quedará trunca. Que preferiría no discontinuar ni borrar a Preferiría No Hacerlo. En primer lugar porque, así como un viejo libro contiene anotaciones de cálidos lectores en los márgenes de sus páginas, párrafos subrayados e indescifrables indicaciones, un blog ofrece comments: pequeñas perlas de palabras, balizas para el autor atento, mapas de un instante posterior al texto que yace hermanado al artículo y lo embellece. Con todo su misterio y subjetividad. Es que en cada comment hay como trocitos de lectores que permanecen y le dan sustento a todo el proyecto.
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Pero tampoco me voy, naturalmente, porque aquí, en la blogósfera, se respira amistad, se siente uno bien. Como si fuese un lugar al que cada tanto venimos a purificarnos, a cruzar nuestros destinos. Con seres queridos. Con nosotros mismos. Y logramos ser quienes nunca fuimos. De hecho, muchos de nosotros somos aquí lo que no pudimos en el mundo cotidiano. Sinceramente, al igual que ustedes, prefiero escribir ficciones a sacar cuenta en Second Life. ;) ))
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Y con estas confesiones culmina la “Primera Temporada”.
Un cariño a todos.
Hasta el año que viene.
Que terminen y empiecen muy bien.
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¡Abrí, Vidal, que sos boleta! (Parte 1 1/2)

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Hay instancias que los hombres transcurrimos silenciosos, solapados, quedos. El mundo no nos nota. El dolor es tácito y terrible. Privado. Sin grito. El dolor sin grito ha de ser la clase de lamento más impresionante por antonomasia. Como el llanto sin gemido. Ese horror de lágrima seca. ¡Qué cosa más intolerable que contemplar a un ser humano llorando en silencio! Observar el mapa de su rostro. Las contorsiones de innumerables músculos faciales que esculpen en la carne la capital de su propia tragedia. Ver es mucho más intenso que escuchar. Alguien decía que el espíritu talla en los rostros todos y cada uno de sus atributos. No son sólo los ojos de una persona, sino su cara, la brújula que nos orienta hacia su propio interior. El password de su universo.
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Pero, ¿tenemos ganas de ser testigos? ¿Observar, escuchar, leer, documentar la semiología de la existencia? “Signos de signos”: así terminaba Umberto Eco El Nombre De La Rosa. ¿Cómo terminará nuestra novela?; ¿con qué palabra?; ¿con qué clase de grito o de silencio?; ¿qué personaje hablará por última vez? Y, lo que es infinitamente más inquietante: ¿cuál será la última palabra que pronunciaremos cada uno de nosotros, lectores y escritores de carne y hueso, antes de morir?
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Reflexiones que uno hace con la puerta del Mirador entreabierta. En dos horas debería aparecer Luis Sábato ingresando por allí. Mientras tanto, en la televisión están pasando en primicia exclusiva el accidente de De Angeli en su avioneta.

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Interludio.

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Anoche tuve el siguiente sueño: estaba en una galería comercial de dos plantas. En el primer piso, frente a un escaparate de lo que parecía ser un local de electrónicos, o una disquería, yo escuchaba música, marcando el compás con una mano, muy entretenido. De pronto, todas las luces se apagan, incluso el equipo desde el cual se emitía la canción, cesa drásticamente. Comprendí que me había quedado mucho tiempo allí, distraído. Que la galería había cerrado y yo debería esperar hasta el día siguiente para salir, rodeado, en tanto, de una oscuridad absoluta y visceral. Esa idea, en el sueño, la de permanecer ahí metido, solo y sin luz, me produjo un miedo incomprensible, desesperado, espantoso. Y desperté gritando la palabra “auxilio” como un herido en un accidente de tránsito. Y el alivio llegó con la vigilia. Esa que, en estos casos, es preferible a la amada irrealidad.
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Vidal dice que el sueño no puede ser concebido y soñado a la vez. Pues, de lo contrario, sabríamos -como el guionista de una película- la cadena de acontecimientos que lo comprende de principio a fin. Y el miedo, la angustia, la desesperación ante lo desconocido no tendrían cabida. Sin embargo, no sucede así. En el sueño ignoramos a dónde vamos, del mismo modo que en la aleatoriedad de la vigilia. Y la incertidumbre es tanto o más impresionante que en la realidad. Entonces, ¿quién guiona nuestros sueños?; ¿quién es el montajista, el escenógrafo, el productor que los inventa?
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Yo creo que nosotros, casuales soñantes, sólo los actuamos.
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¡Abrí, Vidal, que sos boleta! (Capítulo Doble – Parte I)

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Siempre tuve la impresión que el éxito, la victoria, esos momentos en los que parece que vencemos a la adversidad, son meras excepciones de la verdadera naturaleza de la existencia, en general trágica e irremediable. Y si, en virtud de algún azar nos es dado acariciar la dicha, tarde o temprano, la intrínseca lógica del universo se encargará de facturar con creces semejante privilegio divino. Puesto que los hombres, parece, no estamos hechos para tolerar durante mucho tiempo la felicidad. Por eso yo me cuido de los festejos, me guardo de las jactancias, trato de ecualizar mi espíritu de forma tal que el goce sea leve para que el dolor posterior no resulte intolerable.
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Vidal, sin embargo, no lo cree así. Supone que el mundo es el producto de complejas ecuaciones matemáticas que pueden ser gobernadas por el intelecto de nuestra especie. Algo como un barco con el timón escondido. Hay timón. Sólo debe encontrárselo. Y ha transcurrido su vida explorando un inmenso acorazado a la deriva, recorriendo cada uno de sus recovecos, cubiertas, maquinarias, superestructuras, camarotes y cuchetas; esto es, las infinitas vastedades de la realidad, sus matices y dilemas. Y olvidó que los hombres también somos naves que tienen timón y requieren de un rumbo. Y él, Vidal, buscando aquel orden supremo, divino, el password de Dios, culminó zozobrando en el caos de su individualidad, prolongándolo, además, sobre sus seres queridos.
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Así fue que, en medio de los festejos del primer “cumplemuerte” del señor Casca, es decir, del éxito que parecía significar haber alterado un nimio acontecimiento por primera vez en la historia humana sobre el espacio-tiempo, entre copa y copa, chistes de variado origen, ladridos de Azulejo e insensatas matracadas, alguien golpeó violentamente la puerta de entrada al departamento. Nos quedamos duros. Ese alguien había estado ahí, del otro lado del Mirador, según un apresurado cálculo mental, veintiún días atrás, poco tiempo después de la muerte del Dueño del Axolotl en mitad del palier. La intensidad, cierta petulancia aguda y brillante de lo que parecía un puño cerrado arrojado contra la madera y, lo repito, la virulencia del acto mismo de la llamada, nos instó a un nuevo orden de cosas, a un estado de miedo, de alerta, de alarma por completo desconocido. A partir de ese momento, percibí claramente que inaugurábamos otro acto detrás del telón de nuestra aventura. El último. Aquel en el que se bosqueja la inminencia del desenlace, el arribo de la tónica final en el intrincado concierto del cual éramos oyentes e improvisados instrumentistas.
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Entonces, sin transición alguna, blindados por un silencio de sepulcro, oímos como una voz quebró el sagrado clima del Mirador: “¡Abrí, Vidal, que sos boleta!”. Fernando, sacudido por un espasmo imprevisible, me dijo en un susurro: “Roru, es él“. Y se le fue de las manos el vaso de whisky. Yo, en tanto trataba de pensar algo, cualquier ardid que nos permitiera postergar el infarto al menos otros diez minutos, vi como Azulejo, inconsciente y gentil, lamía del piso el elixir amarillo. “Sí”. Contesté. “Pero no pudo haber estado veintiún días aguardando en el palier a que nos llegara el mensaje de ahí afuera. Es imposible”. De inmediato, oímos un nuevo golpe sobre la puerta. Y un turbio y pastoso: “La reputa madre que te parió. ¡Turro! Por fin lograste moverte en el tiempo”. “Es él”. Repitió Vidal. “No tengo ninguna duda”. “Ya lo sé, boludo. ¿Pero cómo mierda llegó hasta aquí? ¿Cómo sabe que estamos viajando en el tiempo?”. “¡Escúchenme muy bien los dos, manga de ilusos!” Otro golpe más. Francisco Casca, en tanto, sin tener la menor idea de la gravedad de los hechos, no obstante, se acurrucó en un rincón del comedor, convertido en una especie de poster plegado. “¡Lo sé todo, imbéciles!” Prosiguió la voz. “Sé lo de los ocho minutos, sé lo de la Anomalía, sé lo del Efecto Storni. ¡Pero cómo se les ocurre publicar semejantes hallazgos en ese blog de mierda que abrieron en Clarín! ¡Encima los destacan para que los lea medio planeta! ¡Estúpidos! Ahora tienen a toda la CNEA detrás. ¿O creen que no lo saben? ¡Lo saben todo! Y con lujo de detalles. Norma Iramovich, tu esposa, pedazo de gordo baboso, te denunció a la Federal. Para colmo, hay un video en donde se la ve garchando con su amante en tu propio bulín de la avenida Belgrano”. Se oyó un rasposo bramido, un suspiro arrastrado por la inercia del desdén. “Vidal”. Continuó la voz. “Este problema es ahora un asunto de inteligencia de Estado. La mismísima Comisión designó una división ultra secreta con doce científicos que estudian veinticuatro horas por día el fenómeno del Mirador. De hecho, en este momento, media docena de satélites escudriñan el edificio desde el cielo, auditándolo todo, incluso los soretes que cagás. Y, por otro lado, ese perro, el que cambia de color, ¿está ahí? Uror, sacá ya el perro del comedor, ¡ahora!”. Nos dimos cuenta que hacía una pausa para que nos lleváramos a Azulejo. “¿Se fue? Qué mierda, les pregunto como si pudiese oírlos. Escúchenme bien que me estoy jugando la vida: ese animal fue diseñado especialmente para llamar la atención. Tu atención, Fernando. Te lo dejaron en la puerta con la esperanza de que tu curiosidad hiciera el resto. Yo diseñé los polímeros que permiten la ilusión cromática del cambio de tonos sobre el pelaje. Pero hay algo más: posee un micrófono subcutáneo. Los están oyendo desde hace más de dos meses. Han grabado, palabra a palabra, todas las pelotudeces que dicen, las conversaciones infantiles que mantienen entre sí y, lo que es mucho peor, el recitado de algoritmos matemáticos que vos, Vidal, balbuceás cuando tocás el piano. ¿Te imaginás para qué? Intentan recrear otra Anomalía Temporal Local, pero con el acelerador de partículas del gobierno, el TANDAR. No sé si sabés del nuevo presupuesto adjudicado a la CNEA para el 2008. Fue modificado en Junio. Es sideral. Y también un hecho absolutamente palaciego. Sólo estamos al tanto quienes trabajamos en el área de fotónica de la Comisión. Vienen importando equipamiento para potenciar el acelerador desde el tercer trimestre del año. Y están improvisando sobre el modelo experimental del de ustedes, en forma de ocho, con electrodos cónicos. ¡Y todo por esa manía tuya de repetir con la voz los desvaríos de tu conciencia!” Se produjo un brevísimo bache en el que el abdomen de Vidal aprovechó para dejar escurrir un bruto pedo. Yo me senté, de espaldas a la puerta.
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“Señores”. Continuó la voz, ahora con cierta calma. Esa que, salvando el lugar común, suele preceder a la tormenta. “Nunca han crecido. Creen que el mundo es un jueguito del Nintendo. Han involucrado a más personas de las que puedan imaginarse. Hoy día están todos investigados. ¡Todos! Hasta tus amigos de la blogósfera, Fernando. Esa buena gente que saborea tu historia como si fuese una novela de ciencia ficción. ¡No es posible tanta irresponsabilidad! Y si aún no los han guardado a ustedes dos es sencillamente porque necesitan más información. Están esperando a que des en la tecla, ingeniero. Y resuelvas el fenómeno del mismo modo que lo creaste. Entonces, ¡adiós! Despedite del universo. ¡Y vos también, Uror! Que, después de todo, sos el artífice de ese monstruo maldito que ensamblaste en el comedor de tu propio departamento”.
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Se produjo otro silencio espantoso. Por detrás, comenzamos a oír una suerte de graznido ahogado, como de tero herido. Era el llanto del señor Casca, que, de tanto en tanto, balbuceaba breves incoherencias, cosas como: “Yo quiero vivir. Quiero vivir”. O bien: “Y todo por culpa de ese Axolotl “. “¡Cállese, quiere!”. Atinó Fernando, apretándose el grano verdoso de su mejilla. Pero, en tal instancia, esa maldita voz del otro lado, arremetió de nuevo: “Uror, Vidal, sé algo acerca del futuro. Una cosa terrible. No del de ustedes, sino del mío. Es tremendamente importante que trabajemos juntos. En veinticuatro horas, volveré. Dejen la puerta abierta del Mirador. Y ni se les ocurra hacerme ninguna cama. Porque los cago. Como que me llamo Luis Sábato, que los cago”.
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Vidal, lisa y llanamente, aflojó los esfínteres en medio del comedor.
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HACÉ DE ESTE BLOG EL MAYOR DELIRIO DEL MUNDO
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Y Ahora También en ¡FACEBOOK!
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La gráfica es cortesía del Maestro Manuel Abal
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Nota del autor: ¡Gracias, Renzi, por prestarme tu personaje! Lo devolveré sano y salvo a tu blog.
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El Evento: 17:15, Uror Time.

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Así como en algunas ciudades ostentosas del primer mundo se celebra el cambio de año mediante rebuscadas extravagancias astronómicas, esto es, por ejemplo, con un gran contador digital en lo alto de un monumento público, casi siempre obelisco, monolito o rascacielos, en derredor del cual, además, la pertinente jauría humana se dispondrá a enumerar los ultimísimos segundos restantes que se le escapan al año vigente; así, decíamos, como consuetudinarios pelotudos que en general somos los hombres, falaces propietarios del cielo, la tierra y el minuto, Fernando Vidal preparó los prolegómenos de la fiesta, el “cumplemuerte”, el famoso Evento, la patada a los huevos de Dios, es decir, para no complicarnos más con desatinados sinónimos o abstrusas alegorías: la jodita al Dueño del Axolotl, si es que éste sobrevivía pasadas las 17:15 horas del presente día de nuestra fecha, tarde pretérita para ustedes, ciudadanos del tiempo oficial, mas no para nosotros, convictos del tiempo de Uror. En otras palabras: rodeados de matracas, globos de colores y serpentinas -adminículos que Vidal había robado de una importante cadena de cotillones-, nos instalamos cómodamente junto al flanco interior de la puerta de entrada al departamento para ser testigos sólo auditivos de aquel trágico encuentro en el palier. Ése en el cual Francisco Casca cayó muerto de un síncope. Ése también en el que Vidal, arrastrándolo de la cabeza hacia el comedor, le rompió el espinazo contra la baranda de las escaleras. Ése, finalmente, donde el hombrecito fue resucitado en virtud de la diferencia de tiempos reinante entre el Mundo o Universo Común y nuestro querido y fabuloso Mirador. En fin, para qué seguir explicando cosas, redundancias que todos ustedes conocen, intuyen e, incluso, calculan; además, en esta prosa intrincada y firuleta que hoy me anda saliendo, a falta de otra mejor que nos vendría al pelete, más científica, rigurosa y lineal como las ecuaciones de Newton.
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Y he aquí que, si de tecnicismos literarios hablamos, dado este traspié expresivo evidentísimo que deja al presente narrador sumido en la decadencia de su inventiva, ingenio o, para qué negarlo, condiciones artísticas, uno de ustedes, Tipito, Betina, Eliante, Mochu, Renzi, Manuel Abal, en fin, todo aquel que se precie de ser asiduo concurrente de Preferiría No Hacerlo, bien que podría preguntarme con rigurosa legitimidad, por ejemplo, “¿Y dígame una cosa, señor, de quién no conocemos su nombre, pues, a estas alturas, se cae de maduro que Roru no es autor de ningún texto, explíquenos por qué, ya que usted, además, es enemigo de las incoherencias según consta en varios comments suyos de la blogósfera, díganos de una buena vez por qué, a ver, en lugar de escuchar qué pasa al otro lado de la puerta de entrada al departamento, estos tres títeres suyos, Vidal, Uror y Casca, directamente no la abren y miran la consabida escena?”.
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Del mismo modo que el colega Atodono, quien, no está demás hacerlo público, se ha tomado el trabajo de desmenuzar la presente historia de pe a pa; o Nayru, veraz admiradora de Fernando Vidal, al punto de haber impreso la completud del blog sobre inmaculadas hojas A4 para leerlo en los bares y otros sucuchos pertinentes, podrían presentar quejas de similar calibre, a saber: “¿Y por qué, teniendo en cuenta el manto de melancolía que envuelve al Mirador merced a la Anomalía Temporal Local, esto es, el Efecto Storni, aún así, sus personajes deciden hacer un festejo con globos de colores, matracas y serpentinas, en el caso que Casca no muera dentro del departamento como antes lo hubo hecho afuera? ¿Cómo es que no están lloriqueando, al menos Vidal y Uror, hipnotizados por esa pseudo imagen inexplicable, esa alucinación común en la que aparecen caminando por una playa en dirección al océano con el kármico propósito de suicidarse?”.
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Finalmente, otros lectores más ecuánimes, democráticos y/o afectos a personajes secundarios que, ora aquí, ora allí, fueron apareciendo en el discurrir de mis textos como breves estrellitas en un cielo nublado, también podrían, ya que cuando uno empieza a tirar piedras se sabe lo fácil que es sumarse a la pedrada, podrían, impunemente, aunque munidos a esa suerte de derecho a réplica universal e incuestionable que todo lector embandera ante el autor, reclamar: “¿Y qué pasó con Silvina Winsteinn y su placard embutido, ese arcaiquísimo artículo en el cual se insinúa por primera vez la posibilidad de viajar en el tiempo? ¿Y Chirolita, el muñeco que Fernando compró en Mercado Libre para practicar ventriloquía? ¿Y el hijo de aquél, Federico, encerrado en su cuarto como un hikikomori japonés, a ver, díganos, qué ha sido de él, por qué nunca lo ha vuelto a mencionar?” Y así, sucesiva e indefinidamente, en virtud de mis desaciertos argumentales, mis baches de guión, cada uno de ustedes estaría en posición de denunciar incoherencias, traspiés, tropezones, caídas, malos pasos, irresponsabilidades retóricas, de estilo, forma y fondo. Pues, no hay deuda más seria que aquella que un escritor mantiene con sus lectores, dado que el tiempo que éstos invierten leyendo un blog es oro, se resta a otras actividades más importantes, al trabajo o la familia. Para colmo, uno se enamora de ciertos personajes, pregúntenle a Nayru para más datos, o a Betina que se hizo Carmelita, de manera que el tratamiento, el destino que se tenían pensados para tal o cual humanidad que uno ha hecho palabras, cambian, deben rectificarse en función del respeto hacia ese lector, ese otro ser verdadero, de carne y hueso, que palpita junto a los nuestros absolutamente inventados.
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Y ahora, en tanto me pierdo en el confín de estas reflexiones desprolijas, preguntas que formulo como si estuviese al otro lado del blog, veo el reloj de nuestros condenados amigos del Mirador de Caballito. 17:16 horas. Es increíble. Están festejando. Francisco Casca no ha muerto. Vidal trae la botella de Grant’s. Uror, en cambio, siempre más cauto, sonríe con cierta reserva. El desconfía de todo. Nunca está demasiado seguro. Se parece a mí. Con la diferencia que es rubio, tiene rulos por toda la cabeza y los ojos celestes. Si estás por suicidarte, lector querido, mirar a los ojos a Roru te haría enfundar tu revólver.
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Escribo esto mientras me pregunto qué carajos voy a hacer ahora con Francisco Casca, tan cómodo y adaptado a la situación, brincando junto a Azulejo, intentando regalarle definitivamente el Axolotl a Vidal, un poco por cariño al ingeniero, otro tanto para quebrar la maldición azteca, esa que sólo se rompe con el obsequio del estrafalario anfibio. Están todos allí, juntos, celebrando. Yo, en cambio, ando solo. Con un cigarrillo y un whisky. Quisiera hacer una vida sana, al estilo yogur Ser. Tal vez más adelante.
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Todos los dibujos son cortesía de MANUAL ABAL

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Francisco Casca.

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Luego de inenarrables esfuerzos deductivos que incluyeron gritos, peleas, llantos y patadas -las últimas sólo por parte de Vidal- pudimos comprender quién cornos era ese sujeto que teníamos delante, desnudo, mojado, con curitas en las orejas y la cabeza vendada. Se trataba, naturalmente, del dueño del Axolotl, otrora muerto de un síncope en el palier, mas hoy resucitado en tanto no abandonara la Anomalía Temporal Local que gobernaba el departamento. Ni bien la cuestión se aclaró, Fernando, del modo más inverosímil, enrocó su antigua hostilidad por una insoportable deferencia hacia este nuevo huésped que, por poco, rozaba el servilismo. A medida que Francisco Casca -que así se llamaba el tipo- nos explicaba con generalidades quién era, qué hacía y por todo el horror que había discurrido desde el abandono del anfibio en el tanque de agua del edificio, Vidal, con meditada consecuencia, se desvivía en halagos, atenciones y regocijos. Daba la impresión de querer purgar su culpa ante el conglomerado de vejámenes al que lo había sometido horas antes en el palier, aunque también, de un modo un tanto más solapado, se advertía en el ingeniero la duda del homicidio.
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Por otra parte, llamaba la atención la extraordinaria capacidad de adaptación del señor Casca a este nuevo orden de cosas de mi departamento: el desfasaje temporal de 8 minutos por hora, el acelerador de partículas dominando el comedor como un reptil en su madriguera, el telescopio olvidado en lo alto del Mirador. Para él -como para Vidal- todo este mundo era perfectamente normal, sensato y posible. De hecho, oyéndolos hablar a mis espaldas, mientras yo permanecía arrojado en el sillón, cada dos por tres percibía como uno adulaba al otro. Y por los motivos más absurdos e inconcebibles. En otras palabras: entre ellos dos, Vidal y Casca, una extraña confraternidad había hecho nido. Y en tanto discurrían los días, fui quedando relegado a una suerte de función paternal, tutora o como quiera llamársele, pues, estos tipos, incluidas las mascotas Azulejo y Axolotl, jugaban con la vida, le hacían el amor a la existencia, como dos adolescentes encapsulados en su pequeño universo, tan frágil y maravilloso como un castillo de naipes en medio de un vendaval. Yo, por el contrario, intentaba llamar al orden, invocar a la razón, sobre todo a Fernando, antes embebido en la solución al problema de la Anomalía, ahora disperso en abstrusas conversaciones filosóficas con el otro sujeto, quien, para colmo, había sido profesor de filosofía, escritor, estudioso de doctrinas orientales, egiptólogo y no sé qué carajo más.
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Y, en virtud de esta imprevisible comunión, merced a esta especie de yuxtaposición científico-humanística de conceptos e impresiones mutuas, fui hilvanando, reconstruyendo, un poco por los comentarios de uno, otro tanto por las confesiones desesperadas del otro, qué cuernos había hecho de su vida el señor Casca. De hecho, era un calco de Vidal. Un loco. Un alienado. La diferencia estribaba en el flanco en que habían ubicado sus cámaras para contemplar el universo. Mientras uno lo había intentado desde el continente de las ciencias duras, el otro, no menos extravagante, puso toda su lívido en la literatura, el arte y la religión. Y, curiosamente, buscaban lo mismo: encontrarle el password a la existencia, cagar a Dios -esta palabra, cagar, la usaban ambos al referirse a los misterios más insondables-, reventar de cualquiera manera la críptica de la realidad.
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Yo, mientras tanto, me llamaba al silencio. Pensaba otra vez en la distancia que me separaba de estos seres tan extraordinarios. Me preguntaba por qué Vidal había perdido el tiempo conmigo, dedicándome toda su adolescencia, como un maestro empecinado en iluminar a su alumno, acercándome sus proyectos cada vez que yo sospechaba que este mundo no tenía ningún sentido. Entonces él aparecía. Y de algún modo, vaya a saber uno cómo se las arreglaba, me convencía. Postergaba mi tácito suicidio. Me daba una razón para vivir. Pero, ¿por qué a mí? ¿Qué tenía yo? Cavilaba, no sin sorna, que todo genio tuvo siempre una suerte de pelotudo a su lado: Kafka a Max Brod, Poe a su sobrina retrasada mental, etcétera. Y así me consolaba, eludía la posibilidad de una inquebrantable amistad. Porque no hay nada más terrible que la certeza de ser queridos, el hecho innegable de saber que alguien nos quiere nada más que por aquello que somos.
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¡Pero no nos disgreguemos en nostalgias y melancolías! Mañana, a las 17:15 horas, tiempo de Uror -como le gusta llamarle a Vidal-, llegará el momento en que Francisco Casca muere de un síncope en el palier de mi departamento. Si este evento no se produce, debo anotar aquí que hemos conseguido modificar el futuro del espacio-tiempo. Cagar a Dios. O, al menos, empezar a patearle los testículos.
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Todas las ilustraciones del blog son cortesía de Manuel Abal
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Documentalito.

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¿Por qué será que el mundo, ese ser empecinado en conmovernos con sus misterios, es capaz también de quitarnos el tiempo y rompernos tanto los testículos? Hace una semana que no soy capaz de sentarme a escribir ni mi nombre, mientras resuelvo quilombos laborales, sociales, técnicos e informáticos de las índoles más inverosímiles. ¿Vidal? bien, gracias. La otra noche, como si Dios se hubiese apiadado de mis tenues esfuerzos literarios, me concedió soñar con él. Pude verlo en los brazos de Morfeo, aunque parezca increíble. Claro que el ingeniero es el alter ego de un amigo que *SÍ* existió en la presente realidad, la análoga, la bruta, la boluda de todos los días, la que indica que la muerte es todo a lo que podemos aspirar, la que tabula nuestras acciones, la que dictamina que los aceleradores de partículas *NO* pueden reconfigurar el espacio-tiempo; esa que regula la supervivencia del más apto en virtud de sus músculos, la que condena al sufrimiento a miríadas de seres inocentes vaya uno a saber merced a qué ecuación estúpida. En fin: la realidad de TN, Clarín y nuestras vidas de porquería que se consumen tirando minutos al techo como si fuésemos eternos. No importa. Soñé con mi amigo Vidal y eso es suficiente. Qué miserablemente poco pide uno. Con qué pocos centavos se consuela. Somos pordioseros del amor, junta puchos del afecto, cartoneros de la piedad. Qué se yo que mierda seremos, pero cada tanto hacemos algo lindo. Algo que puede ser hermoso. Y eso es todo.
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Una mañana, William Faulkner le dijo a su mujer “hoy no sale nada“. El tipo estaba en punto muerto. Cagado en Horror Vacui. Se llevó un jugo de naranja con whisky al estudio y ahí, delante de un papel en blanco, se pegó un tiro en la cabeza. Mandó nuestra solemne realidad a la mierda. Yo, gracias a mi irrefutable hígado -y a la pena de no ser aquel genio-, todavía tengo muchas copas por beber, de modo que no pienso morirme. Mientras me desempantano, les dejo un breve documental que realicé el año pasado con un grupo de estudiantes de cine sobre la pobreza. No es nada del otro mundo, porque si este mundo tiene algo es nada de ese otro que no aparece. En fin. Lo que sigue es casi un crudo de la tercera parte de un laburo documental sobre vivienda en la ciudad de Buenos Aires que armamos con gente del Movimiento de Documentalistas durante el primer semestre del 2007. ¡Qué lo disfruten! Y no protesten si no comento en sus blogs. Ya volveré. Y renovado. Un fuerte abrazo.
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