EL LIBRO DE DICIEMBRE

Las golondrinas aparecieron de entre las nubes de tormenta y comenzaron un juego que tenía que ver con besar el agua de un manantial en vuelo rasante y subir otra vez, sigzagueando. Nada serio el espejo de agua, apenas un pantano con plantas acuáticas y, eso si, un conventillo repleto de ranas, sapos, peces, ranacuajos y quien sabe que otras especies que a la noche tejen un concierto indefenido de notas silvestres y homogéneas. Lo que más me divierte son las luciérnagas, los bichitos de luz, que por una magia indescriptible compiten con cualquier tecnología de avanzada con sus intermitentes planeos en el marco azul de la noche.
Pareciera como que la naturaleza tiene como servicio no dejar que la cabeza piense, que se asombre en todo caso, porque permanentemente está organizando una función diferente, un show tras otro y con tanta originalidad que hay que estar muy despierto para seguir su ritmo, su presentación. Yo me paro en el medio y me hago las preguntas correspondientes, porque sin preguntas parece que no vale; si la pelota no pasa por la mente la jugada no es legítima. Una de mis preguntas es porquè me gusta tanto esta historia silvestre que a veces llega a ser salvaje?. Existe un mundo muy distanciado allí en el asfalto, en las situaciones que nos llegan por cable coaxil, en el espezo aire de monóxido de carbono y electricidad estática. Percibo la lluvia muy torrencial cayendo casi vertical contra las palmeras y me parecía que se reían, las palmeras, como unas minas jugando con sus cabellos al viento.
En algún momento me encontré ayudando en una actividad de milenios: la recolección. Los frutos del cocotero que caen de sus plantas cuando el reloj biológico del tiempo determina que ese es el momento. Miles de cocos para ser juntados hacía un destino de alimentos, aceite, jabón, perfumes. Encontré una gran pluma que podría ser de un águila tal vez y la inserté en mi sombrero y me sentí en aquello de cuando comenzamos: los ancestros recolectores, los primitivos dueños del planeta ganándose el pan simplemente juntando los frutos de la tierra. Entonces la lección es lo simple que podría ser todo. Las ambiciones reducidas a su mínima expresión cosechando el fruto más espectacular de la naturaleza…paz, tranquilidad.
A veces descubro lo complicado que somos fabricando cosas para vivir mejor y lo más insólito es que hay que hacerlo rápido, muy rápido. La naturaleza si que hace milagros. Puede desintegrar una montaña, deshacer una roca y convertirla en agua; puede fabricar y parar una tormenta para que apreciemos la calma. Y a mi me parece que lo hace con cariño, con generosidad. Porque la meta es uno mismo cuando aparece ese poco de cariño.
Sé que es muy deifícil deshacer todo lo estructurado, todo el andamiaje donde se mueven las ambiciones y las metas deformadas y mentirosas de la satisfaccción. Pero se puede leer en el libro de la naturalleza donde hay un índice, un prefacio, las fórmulas, una dedicatoria y la trama fantástica de una novela que comenzó hace siglos y cada vez se pone mejor…No esperen el final, no lo tiene. Permanentemente está inventando renglones para todos aquellos que quieren leer e interpretar. Caulquiera puede leer el libro de la vida, hasta los analfabetos, porque no sirve la mente, es el corazón de un primitivo habitante de hace siglos la herramienta perfecta para comprender y actuar.
 
 
JUAN ROMERO                                                                                                      apenasjuan@hotmail.com


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