Comienza mi vida
En otros tiempos, supongo, todo esto lo vertiría en un diario íntimo, y claramente lo prendería fuego el día anterior si supiera que al día siguiente me moriría. Pero ya asumí “la nueva tecnología” y pensé: ¿Porqué no, de este modo y pública?
Continúo: Mi madre vino a Bariloche conmigo a cuestas, siendo yo un bebé apenas. Sus expectativas de trabajo no sé como serían, o su miedo, su angustia, su soledad, y todo aquello que puede sentir una madre despreciada y rechazada por todo su entorno en Chile, en un lugar donde, si bien era hermoso, no tenía ningún vínculo con nadie. Ella estaba sola con un bebé aquí, nada más. Habría tenido muchos ovarios para cruzar la cordillera conmigo. O mucha desesperación. No sé.
Pero la suerte le sonrió un poco al principio, y luego un poco más. Trabajó en algunos lugares de sirvienta y tan bien lo hizo, que fué recomendada para trabajar en la casa de Ruth y Alfred von Ellrihausen, un matrimonio alemán fantástico que por ese entonces era dueño del vivero de plantas “La Gaviota”, en la avenida Bustillo, allá por el año 1960. Digo “fantástico” porque este matrimonio no tuvo reparos en contratar a mi vieja como empleada doméstica, conmigo a cuestas, y en darnos alojamiento, comida, protección, enseñanza… Todo.
Pero nada era gratuito. Mi madre debía levantarse temprano todos los días a servirle el desayuno en la cama a este matrimonio. Sí, todos los días. Los domingos era un poco mas tarde, pero el desayuno debía prepararlo igual; Y el almuerzo, y la cena, y hacer las camas, lavar la ropa, limpiar la cocina, en fin: Todo. Ella lo hacía.
Yo crecí en medio de esto, recibiendo el amor de un matrimonio alemán ajeno a mis raíces y sin saber el precio que mi madre pagaba por esto. Ella nunca se quejó, que quede bien en claro, y hasta se la veía satisfecha por este trabajo “asegurado”.
Yo crecí entre medio de lujos y afecto, degullando comidas fantásticas que mi madre aprendió a cocinar, porque a este matrimonio le agradaba la buena cocina, la cocina fina, elegante, la del buen paladar e internacional.
Alfred era muy inteligente. Jamás conocí a persona alguna que hablara y escribiera siete idiomas diferentes a la perfección. Sabía de todo y la historia de cada cosa, hasta el porqué de cada cosa, sabía. Aún hoy lo sigo admirando. Aparte, recuerdo que cuando yo le relataba algo muy vago, sin importancia, él se demostraba muy interesado y entusiasmado por mi relato. Un gran signo de respeto y una gran enseñanza para mí, que la traduzco en una sola definición: “Escuchar a un niño sobre cómo arregló la rueda de su camioncito de juguete rota, puede transformar a este niño a creer que todo lo que realice en reparar puede ser muy importante”. Así crecí, con estos valores, que fueron el pilar de mi vida.
La historia sigue: Alfred se asoció junto a dos personas más, y construyeron el famoso hotel “El Casco”, único en Bariloche en ese entonces por su lujo y por su selección de clientes. No cualquiera podía alojarse en este hotel, de tan sólo 24 habitaciones. Ya era yo casi un adolescente. Apenas tenía unos nueve años, o algo así, y comencé a trabajar, yendo a buscar los diarios todos los días a la tarde al centro de la ciudad. Luego me ascendieron, y debía levantarme a eso de las seis de la mañana a lustrar los zapatos de todos los pasajeros que dejaban sus calzados en los pasillos, para que yo les saque brillo. Tarea simple, pero tediosa.
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