20 Septiembre 2010 | Por Copérnico | # Enlace permanente
Para los que estamos solos el 25 de diciembre suele ser un garrón. Es un día que lo único que se puede hacer es ver películas repetidas por la tele. Todo está cerrado, no se puede ir ni siquiera al supermercado. Entonces para este año decidí hacer algo especial. Le pregunté a la gente quienes estaban dispuestos a venir a una jornada muy liviana después de las dos de la tarde por el triple de cualquier día. Cinco chicos se prendieron. A otros cinco los dejé de guardia para llamarlos si se me complicaba. En definitiva, podía abrir el bar y la librería, que era lo que importaba. Los demás sectores permanecerían cerrados sin culpa.
Por supuesto, la idea era más que nada hacernos compañía entre nosotros. Los cinco que vinieron no tienen familia ni nada por el estilo. Marcelo y Sandra son del interior, estudian en Buenos Aires, viven solos y hace un tiempo que andan haciéndose ojitos, pero de eso ya me ocuparé en otro momento. Jorge es viudo, y los hijos se fueron a estudiar a Mendoza. Rubén y Carina se vinieron a Buenos Aires a probar suerte desde Chaco. Así que allí estábamos los seis dispuestos a compartir esa navidad entre nosotros y con algún que otro cliente.
El primero que cayó resultó una verdadera sorpresa. El tipo venía bastante seguido, pero no era de los que caían más simpáticos. Venía, tomaba un whisky, dos, tres, a veces trataba de chamuyar alguna mina, a veces le salía bien, y jamás dejaba un centavo en la mesa. Uno más del montón. Siempre caía bien empilchado. Estaba un poco pasadito de kilos y usaba el pelo a la gomina. No tenía más de 35.
Pero esta vez su presencia fue distinta. Estaba despeinado, la cara colorada y llevaba una camisa manga larga con los puños desabrochados y los faldones afuera de una bermuda de gabardina. Calzaba sandalias. Su cara parecía la de un hombre que había visto un fantasma.
-¡Mozo! ¡Jack Daniels! ¡Doble!
En este caso el mozo era yo. Con Sandra y Marcelo nos estábamos ocupando del salón. Le llevé su whisky.
-¿Podés quedarte un minuto? –me dijo- Necesito hablar.
Yo ya me imaginaba haciendo de psicólogo del gordo. Como no había nadie y el asunto me intrigaba, me quedé.
-¿Creés en espíritus? –preguntó. Arrancamos con todo.
-Nunca necesité creer en ellos. ¿Por qué?
-Tuve un sueño. El sueño más real de toda mi vida.
-¿Y qué soñaste?
-Soñé que me visitaban tres espíritus. El del pasado, el del presente y el del futuro.
-Ahhh, entiendo. ¿Alguna vez leíste a Dickens?
-¿A quién?
-Charles Dickens, un escritor norteamericano.
-No papá, yo leo Clarín y Paparazzi nomás. No tengo tiempo para boludeces. Te estoy contando de mi sueño, no me interrumpás. El primero, el del pasado, me mostró la navidad de cuando yo era chico, cuando mi vieja se empastillaba y mi viejo aprovechaba para festejar garchándose a la mucama.
-Ahh, pero mirá vos…
-Sí, yo pensé lo mismo, un turro el fantasma ese que no deja en paz la memoria de mi vieja. Después vino el del presente. Me mostró a mi ex brindando con su pareja y mis nenes y deseándome una pronta muerte. Después me mostró a mis empleados jugando a los dardos con mi foto. ¿A vos te parece?
-Y…
-Bah, qué podés saber vos si sos empleado. Cuando seas dueño vas a saber lo difícil que es tener al personal conforme.
Yo mientras tanto miraba a Sandra y Marcelo trabajándose y divirtiéndose en la barra. Cuando les dije de venir no sabían cómo agradecerme. En fin…
-Y después vino el del futuro. Hijo de puta. Me llevó a una morgue donde mi hijo mayor estaba reconociendo mi cuerpo. ¿Sabés lo que decía? “Al fin te las tomaste la concha de tu madre”.
-…
-Y después la yegua de mi ex le compraba un auto a su macho con mi plata. ¡Con MI plata! Dios mío, qué pesadilla horrible… Menos mal que estos sueños te dejan enseñanzas…
-Y contame, ¿qué pensás hacer con todo eso que soñaste?
-Ahh, ya lo estuve pensando. Primero que nada voy a sacarles las horas extras a todos esos hijos deputa de la fábrica. Y de a poquito los voy reemplazando por otros que cobren y se quejen menos. Después, a la turra de mi ex le saco la tenencia de los pibes y le corto los víveres. Y a esos zánganos de mierda, le saco la herencia. Hago un testamento y le dejo todo al Casino Flotante, que ahí mi guita va a estar mejor que con esos vividores.
Acto seguido pagó su whisky, se levantó y se fue.
Las viejas fórmulas ya no resultan como antes.
Ah, por supuesto no dejó un mango de propina.
24 Agosto 2010 | Por Copérnico | # Enlace permanente
En la barra tenía dos personas trabajando por turno, más tres mozos que se repartían el salón. Los fines de semana solía reforzarlo con un barmán y un camarero más. Antonio estaba a cargo del turno noche, cinco días a la semana. Y siempre, desde el primer día, vio a la morocha sentada en el sector de sillones. Justo frente a donde estaba él.
La morocha tenía la costumbre de aparecerse sola. A veces, los fines de semana, venía con dos o tres amigas. En general no ocupaba demasiado espacio, y si lo hubiese ocupado era exactamente lo mismo. Los clientes así de fieles son los que le daban idiosincrasia al bar, y los que en definitiva nos daban de comer. En general siempre se daba un cierto feedback entre clientes y camareros, pero el caso de la morocha era muy particular. Ella era amable, atenta, dejaba buenas propinas, consumía generosamente y disfrutaba de los espectáculos, pero nunca dejaba salir nada sobre sí misma. Casi siempre se la veía leyendo algún libro. Antonio un par de veces se la cruzó en el entrepiso buscando algún libro para alquilar (no es biblioteca publica pero el alquiler de una novela te sale menos que un café). En definitiva, que la morocha era una de nuestras mejores clientes, pero también la más enigmática y misteriosa.
Antonio tenía martes y miércoles libres. Un martes a la mañana acudió a una cita con su ex esposa para iniciar un juicio de divorcio que ya venían estirando demasiado tiempo. Graciela lo convocó a reunirse ambos con su abogada para poner en marcha toda la burocrática maquinaria necesaria para que el hombre deshaga lo que la justicia ha unido. Antonio con frecuencia se preguntaba qué necesidad había tenido de poner su firma en ese libro de actas, pero en definitiva ya era tarde para lamentarse. Se había prometido a sí mismo jamás volver a caer en la misma trampa. Había tenido varias aventuras y relaciones cortas, pero se negaba rotundamente a formalizar con nadie. Y matrimonio era la palabra prohibida. Tal vez algún día podría decir “convivencia”. En una de esas se animaba a “hijos”. Pero “matrimonio” era aún más tabú que el nombre verdadero de Dios. Una vez Antonio salió con una chica de nombre Verónica. Buena mina, leal, cariñosa, compañera. Una vez Antonio le preguntó por sus sueños. “Vernos a los dos frente a un altar”. Creo que Verónica nunca entendió el motivo por que no volvió a verlo.
Así fue que un miércoles de abril a las cinco de la tarde Antonio se encontró con Graciela en la oficina de Avenida Callao donde ella lo esperaba. Subieron los tres pisos por escalera casi sin dirigirse la palabra y tocaron el timbre de la oficina. En la puerta había una placa que decía “Estudio Rigante-Bellizzi. Abogados”. La doctora María Inés Bellizzi aún no había terminado con el cliente anterior y ellos se sentaron en la sala de espera a aguardar su turno. Fue un momento bastante incómodo. Antonio y Graciela llevaban varios meses sin verse y con gusto hubiesen dejado pasar varios más. Pero habían firmado tiempo atrás en el Registro Civil de Sarandí y Cochabamba y ahora era momento de reparar eso. Luego de media hora sentados intercambiando monosílabos finalmente entraron al despacho de la doctora Bellizzi. Quien por supuesto no era otra que la morocha que solía ir por el bar.
Mientras la morocha les explicaba los procedimientos a seguir a partir de ese momento Antonio desviaba la mirada. La morocha le resultaba atractiva y más de una vez había pensado en la idea de acercársele para iniciar algo, idea que nunca había llevado a llevado a cabo porque sabía que si incomodaba a un cliente yo lo mataba. Sin embargo ahora se encontraba con ella de distintos lados de la justicia y decididamente eso le quitaba toda posibilidad de romance. O eso creía al menos.
El jueves a las cuatro de la tarde Antonio ocupaba nuevamente su lugar en la barra. La doctora María Inés Bellizzi llegó a las seis, llevando un libro de John Grisham en la mano. Antonio miraba desde la barra cuando se le acercó Marcelo, el mozo que atendía el sector de sillones.
-Tony, la morocha del living quiere hablar con vos.
-¿Te dijo para qué?
-No. Que quiere hablar con vos nomas. Yo te juro que no me mandé ninguna cagada.
-Quedate tranquilo. Capaz que el que se mandó la cagada fui yo.
Antonio fue mansamente hacia la mesa y se enfrentó con la abogada.
-Doctora, ¿Cómo le va?
-Bien bien –contestó ella-. Mirá vos al final cómo nos fuimos a conocer,eh…
Antonio estaba desconcertado. No sabía cómo dirigirse hacia ella. ¿Debía tener la familiaridad que tendría con una clienta habitual o la frialdad que merecía la abogada de su ex? Al final ella se lo hizo más fácil.
-Te mandé llamar porque tuve un conflicto ético antes de ayer. Vengo acá todos los días, me siento más cómoda que en casa en el bar. Mientras hablaba con vos y con Graciela me di cuenta de que no puedo estar de los dos lados y si la represento a ella iba a ser muy incómodo para mi venir acá. Le pasé el caso a un colega. Si querés te represento a vos, pero no vale la pena perder este lugar por algo tan banal como un divorcio.
A veces la fidelidad de los clientes sorprende. María Inés continuó viniendo durante mucho tiempo más. Se le complicó cuando quedó embarazada, pero ese es otro tema y no me interesa hilar tan fino.
María Inés y Antonio se casan el viernes, por civil.
16 Junio 2010 | Por Copérnico | # Enlace permanente

La idea del Bar era que tuviese un escenario abierto. Por supuesto, no iba a dejar que cualquiera subiera sin al menos traerme un demo. Pero este pibe venía recomendado por Marcelo, uno de los mozos, así que le mandé decir que me viniese a ver. Entonces se apareció en el boliche un miércoles a las doce y media del mediodía. El local estaba relativamente lleno de oficinistas y empleados en horario de almuerzo.
-¿Usted es Copérnico? –me preguntó el flaco. Yo estaba sentado en un sillón y él vino directo hacia mí, así que imaginé que Marcelo me había descrito bastante bien.
-Soy yo. ¿Y vos quién sos?
-Soy Augusto, Marcelo le habló de mí. Yo quería mostrarle mi rutina para venir cada tanto a presentarme acá.
-¿Tu rutina? ¿Y vos qué hacés?
-Yo hago stand up. Básicamente, me paro en el escenario y hago reír a los presentes.
-¿Ah sí? Mirá que es difícil hacer reír. ¿Me trajiste un demo?
-Sí, le traje, pero a mí me gustaría que me deje subir al escenario para mostrarle. Le aseguro que con público es muy diferente.
-Mirá que los que están acá son tipos que vienen a comer y no quieren que les rompan las bolas…
-No se preocupe Don Cope. Usted déjeme hacer lo mío y va a ver que no se arrepiente.
Lo de Don Cope me dio por las pelotas, pero igualmente decidí darle la oportunidad al flaco. Quiero creer que se había venido vestido para la ocasión, porque es la única manera de explicarme que alguien use ese horrible saco a cuadros, que parecía sacado de una historieta de Isidoro Cañones. El pibe subió al escenario y yo le prendí el micrófono y las luces. Entonces empezó con su show.
Augusto tenía un estilo que mezclaba a Juan Verdaguer con Jerry Seinfeld. Su repertorio iba desde los típicos chistes de suegras hasta observaciones de la realidad más filosa. Al principio algunos de los que estaban en las primeras mesas prestaron atención intrigados por el movimiento. Luego todos los presentes lo acompañaban con sus carcajadas. Al terminar la media hora que duró su perfomance, Augusto se ganó una ovación. Luego de eso volvió a mi mesa con cara de ganador.
-¿Y ? ¿Qué le pareció?
-¿Cuándo querés venir pibe?
-Esta es mi hora de almuerzo, también. A mí me gustaría si algún viernes o sábado a la noche me deja hacer lo mío.
-Venite este viernes, ¿Querés?
Augusto se fue re contento. El viernes a las once de la noche estuvo de vuelta en el bar. Sin embargo, el resultado no fue el mismo. La gente de la noche resultó tener otros intereses. Según el día se dividían entre los que venían a ver su banda de amigos o los que querían escuchar música sin tener que distraer su atención. De manera que el show del monologuista no los cautivaba de la misma manera que había sucedido aquella primera vez. Yo le pedí disculpas al pibe, pero le dije que era difícil que pudiese volver.
Sin embargo, ocurrió algo curioso. Los habitués del almuerzo comenzaron a preguntarme por aquel cómico que una vez un miércoles los había hecho cagar de la risa. Entonces no tuve otra alternativa que volver a llamarlo y ofrecerle un caché por cada vez que se presentara.
Hoy los miércoles y los viernes casi no tengo lugar al mediodía. Sin embargo, si quieren pasar, están invitados cualquiera de los dos días, a disfrutar sin cargo por apenas su consumición del show de Augusto, nuestro humorista de stand up.
14 Junio 2010 | Por Copérnico | Claves: argentina, bar, futbol, gente | # Enlace permanente

Los primeros clientes fueron cayendo apenas abrió el bar. Por lo general los sábados abrimos a las ocho de la mañana para recibir a los pocos madrugadores de la zona, pero esta vez para las nueve y media el salón ya estaba lleno. La pantalla gigante estaba montada desde el día anterior, y cada mesa tenía al menos un LCD a menos de tres metros. Las banderas y las camisetas celeste y blancas eran el denominador común. En las mesas había solitarios, parejas, grupos de amigos y familias. Muchos vinieron con ánimos de café con leche, pero no fueron menos los que arrancaron desde temprano con refrescantes cervezas. Nótese un detalle: desde hace un tiempo viene ganando terreno Stella Artois, pero ese día casi todas las que se vendieron eran Quilmes. A las once de la mañana se dio un hecho casi inédito, repetido no más de siete veces cada cuatro años. Avenida Rivadavia estaba vacía. Once y media las charlas dieron lugar a los gritos, cantos y alguna que otra corneta. Durante seis minutos el tiempo se detuvo. La tensión crecía dentro de cada uno de los presentes. Todo el stress acumulado durante la semana, el mes, el año, los cuatro años que habían pasado desde aquella vez con Alemania, los ocho desde Korea-Japón, el Corralito, Duhalde, los K, la 125, Alica alicate, Brazenas y el Clausura 2009, las Eliminatorias y a seguir chupando, el desempleo, la inseguridad, Jorge Julio López, Botnia y los asambleístas de Gualeguaychú, la crisis europea y la puta madre que los parió a todos, todo eso desapareció luego de seis minutos de mantener la garganta anudada cuando la Bruja pateó el corner y el Gringo se tiró de palomita para clavarla en la red de los morochos.
Fueron seis minutos y fue el Gringo Heinze. Ese mismo al que todos habíamos puteado y que si nos decían que iba a meter el primer gol de Argentina jamás lo hubiésemos creído cierto. Y vimos correr y gambetear a Messi y dirigir al Diego, y vimos como todas las dudas y las certezas de desastre que durante meses habíamos cultivado dejaban paso casi tímidamente a algo que nos resulta tan poco común que a veces hasta nos olvidamos que existe.
Esperanza.
Porque aunque el Mundial es sólo fútbol y con el fútbol no comemos, la alegría que da el fútbol no puede evitar llenarnos.
Porque aunque tal vez la mitad de los que estaban sentados en el bar el sábado al mediodía no fueran futboleros activos durante tres años y once meses, el Mundial es otra cosa. Hace menos de un mes, días antes de la celebración del Bicentenario, más de uno me dijo por acá que se iban a ver más banderas durante el Mundial que para recordar la Revolución de Mayo. Lo cierto es que yo vi las mismas banderas colgadas de las mismas ventanas, y también la mayor cantidad de gente junta que haya visto en mi vida. Y creo que el Mundial y el Bicentenario representan sencillamente dos maneras distintas de sentirse argentino. Por un lado el orgullo de la historia. Haber nacido en el mismo país en el que hace 200 años nacieron unos tipos con los suficientes huevos como para mandarse a sí mismos cuando la idea de la libertad era inédita y subversiva por estos lados (aunque se que muchos se horrorizarían si supieran que Cornelio Saavedra vio la luz en tierras que hoy son bolivianas, muy cerca de donde el 25 de mayo de 1809 se dio el primer grito libertador por estas latitudes). Y por otro lado, el orgullo del presente. Porque a los argentinos nos gusta sentirnos los mejores del mundo. Y son tan pocas las oportunidades que tenemos para ello que a veces incluso duele. Es ese el motivo de que cada cuatro años encontramos la excusa perfecta para exigir, y no pedir. Porque desde que sabemos que podemos, nos sentimos con autoridad para reclamar el lugar más alto del podio. Porque Argentina en los mundiales tiene la obligación de alcanzar el campeonato, sabiendo que el consuelo de “una actuación digna” no nos alcanza. Y porque cuando pasa, como este sábado, que nos abren la puerta para dejarnos entrever esa pequeña luz de esperanza, ese grito que sale de nuestras gargantas se escucha fuerte y claro hasta los más recónditos rincones del mundo.
Cuando terminó el partido algunos se fueron, pero la mayoría se quedó a almorzar y a festejar el triunfo de Argentina.
Ojalá que de para seis festejos más.
14 Mayo 2010 | Por Copérnico | # Enlace permanente

El Bar
Lo primero era conseguir el lugar. Eso de por sí parecía complicado. Un local pequeño no servía, tenía que ser algo grande pero bien ubicado. Al principio encontramos viejos restaurantes que de todos modos nos resultaban chicos. También nos ofrecían galpones. Ediliciamente estaban mucho mejor, pero muy mal ubicados para lo que era nuestra idea, en general calles interiores con muy poco movimiento comercial. Si el bar funcionaba como esperábamos el movimiento se generaría solo, pero no quería arriesgarme a que alguien no lo encontrara. Finalmente apareció el lugar perfecto. Era un viejo cine sobre Rivadavia entre Caballito y Flores, a mitad de camino de dos centros comerciales en la gran divisora de aguas porteña. A mí me pareció inmejorable.
El segundo tema fue el equipamiento. Dado el concepto que tenía y las necesidades al respecto entendía que para conseguir el mobiliario y las instalaciones iba a tener que moverme bastante. Lo primero fue armar el microcine. En realidad, microcine y miniteatro a la vez. Mandé hacer un pequeño escenario de 3 x 2 y 40 cm. de altura. Compré un proyector Epson con una pantalla de 84” y un home theatre Philips de 1000 w. de potencia. A eso le sumé ocho filas de seis butacas y un cerramiento en el entrepiso donde armé la sala. Afuera, en el resto del entrepiso, una serie de anaqueles que llenaría de libros para la biblioteca/libería.
Abajo, por supuesto, una barra de 10 metros de largo, sillas y mesas. Pero también el espacio para la disquería, el videoclub, el escenario para bandas y performances, pista de baile y un living con sillones y mesas ratonas. Y el piano. No iba a faltar un piano vertical en mi bar.
La ambientación sería retrofuturista, tomando como modelo la estética del Star Trek original. No me resultó barato llevar a cabo el proyecto. Mi propio capital no alcanzaba, de manera que tuve que conseguir varios sponsors que financiaran mi aventura. Afortunadamente la idea resultó atractiva, de manera que en relativamente poco tiempo aparecieron una gaseosa, una cerveza, una bebida energizante, otra bebida alcohólica, una editorial, una comiquería y una discográfica dispuestas a auspiciar esta locura. Finalmente, un día del mes de diciembre el bar estaba listo para abrir sus puertas.
La entrada principal daba a la avenida. En lo que antaño era el hall del cine funcionaban la disquería y la comiquería. A través de una arcada se ingresaba al bar. La barra estaba ubicada sobre el costado izquierdo, dejando un amplio espacio para mesas y sillas hasta el fondo. Sobre el costado derecho estaba el living, que constaba de 5 grupos de sillones con lugar para 10 personas en cada uno. Al fondo estaba el escenario original del cine, con su respectiva pantalla, en la que permanentemente se proyectaban videos de todo tipo. La música era bastante ecléctica, pero con predominio de rock clásico, blues y jazz. A veces sonaban ritmos más inusuales, como bossa nova, céltica o new age. Subiendo la escalera se accedía a los baños, el microcine, la librería y un living más pequeño donde se permitía leer los libros usados que prestábamos a modo de biblioteca. Un staff de 25 personas atendían las distintas secciones del complejo.
Desde su apertura en el bar sucedieron miles de cosas. Algunas olvidables, y otras que vale la pena contar.
Mi nombre es Copérnico. Este es mi lugar, el de mis sueños.
Sean bienvenidos a esta casa.
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