¡Cómo cambia todo cuando tenés tu pelota!

Siempre guardaré en mi memoria los partidos de fútbol en el patio de la Escuela Vergara, durante mi Primaria, y el clásico entre los del A y los del B. En el mejor de los casos, el más futbolero del curso llevaba una pelota decente. Cuando no contábamos con esa suerte, siempre había uno que llevaba una de tenis, aunque nos cansamos después de haber perdido más de una decena mandándola a la casa del celador que vivía al lado de la escuela. Pero la mayoría de esos partidos improvisados se jugaban de una forma prácticamente suicida: con una latita de gaseosa que uno aplastaba casi artesanalmente y la transformaba en un disco que, a veces, te cortaba de sólo mirarla.

Sin embargo, lo que más revolotea en mis recuerdos son esos partidos que se jugaban con pelota de fútbol verdadera. Ahí, dos de los pibes se cargaban la responsabilidad de armar los equipos. Obviamente, se apuraban por elegir al Pablo -que la rompía- y al Alexander, que atajaba en las inferiores de “no-sé-qué-club”

Así, en la medida en que los iban nombrando, se iban formando todos en dos filas e íbamos quedando el resto, esperando que nos eligieran. En ese momento yo decidí que quería jugar de 2 para toda la vida. Claro que esto era una mera fantasía, ya que -salvo excepciones en las que salía a la cancha de 2 y con ganas de cabecear hasta las hojas que caían de los árboles- no sólo que era el último en ser elegido sino que me estaba esperando el puesto de arquero.

Claro, el típico destino que le depara al “gordito de lentes” (que es lo que era por aquellos años). Encima, como me sacaba los lentes para atajar, era todo un verdadero círculo vicioso: mientras más jugaba y me mandaban al arco, más goles me comía y más se demoraban en elegirme en el partido siguiente.

Como era de esperarse, esto me valió quedar afuera (no por decisión propia, claro está) de los intercolegiales y de los clásicos de la Sexta Sección contra la Edmundo De Amicis. Crecí con ello.

Ya en la secundaria, con compañeros nuevos, volví a insistir con mi idea de ser 2.

Nos anotamos para jugar algunos torneos y en el último año me tocó, además, ser parte de la organización de la Liga del CUC. Mientras tanto, siempre jugando con la 2 imaginaria en la espalda.

Pasó la secundaria, quedé afuera de algunos torneos y en la facu no jugué más de 10 partidos con mis compañeros, quienes también se anotaron en “vaya-uno-a-saber-qué-y-cuántos-torneos”.

En los distintos diarios en que he trabajado también nos juntamos varias veces a despuntar el vicio pateando la redonda y hasta me anoté en algunos torneos internos. Nunca gané ninguno, pero yo seguía jugando de 2 y era muy feliz. Aún llegando tarde a cortar. La verdad es que nunca fui un virtuoso con la redonda.

Hace como dos años que no participo de ningún torneo pero ahora lo decido, porque pude comprarme “mi pelota” y ya no dependo de la pelota de otro que, con delirios de Messi, me mande al arco o me elija en último lugar.

Sigo jugando con los pibes del “Fútbol de los viernes” y ahí puedo ir al arco si tengo ganas, seguir haciéndome el Paolo Maldini con la 2 y hasta animándome a subir un poco para equivocarme y hacer un gol.

Es que también siempre guardaré en mi memoria cuando me hice “dueño” de la pelota y empecé a jugar realmente como y con quien quería.

Por cierto, y más allá del contexto futbolero de estas líneas, me parece que ésta es una metáfora que se puede aplicar a cualquier aspecto de la vida cotidiana. Me parece.

(Publicado en Diario Los Andes el 11 de setiembre de 2014 http://www.losandes.com.ar/noticia/-como-cambia-todo-cuando-tenes-tu-pelota )

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Insomnio azulgrana

Insomnio. Maldito insomnio. Aunque es insomnio del bueno, si es que existe esa categoría. Y si no, lo invento para escribir estas líneas… Así fue mi noche del martes y madrugada del miércoles.

El 2014 no viene siendo mi año, que digamos. Fanático enfermizo del fútbol, todavía me duelen en el pecho (como si fueran dos infartos fulminantes) los “no goles” de Higuaín y de Palacio contra Alemania en la final de Brasil. Del mismo modo, me duele que Palacio ni siquiera nos haya mentido a casi 40 millones de hinchas diciéndonos que no duerme por la noche con el gol que se le escapó. No, el señorito dijo -para colmo- que no lo atormenta el yerro y que son “cosas que pasan”. Y el 7 a 1 de Alemania es un consuelo de tontos.

Pero volvamos a lo que importa (o a lo que me importa a mí, en todo caso). Porque ganar el Mundial de Brasil hubiera sido algo muy bonito y todos hubiéramos celebrado. De hecho, estuve entre los que salieron a cantar por la calle San Martín después de los penales contra Holanda. Este año también estuve en el Víctor Antonio Legrotaglie y quedé afónico cuando el viejo y querido Gimnasia y Esgrima ganó el ascenso. Porque, además, lo hizo en la cancha como tiene que ser y no en un escritorio.

Pero lo que a mí me desvela es otra cosa… Tengo 30 años, 76 menos que mi querido Club Atlético San Lorenzo de Almagro y nunca en la vida (tanto en la mía como la del Ciclón) habíamos vivido un año como éste. Porque la Libertadores se nos viene negando desde siempre y porque nunca habíamos llegado siquiera a una final. Al menos hasta ayer…

Cuando esta columna vea la luz, el resultado ya va a estar puesto pero nada me va a quitar los interminables abrazos con mi viejo, el culpable de que yo sea tan patológicamente fanático de San Lorenzo. Ni el renacer después del empate en Ecuador en primera ronda que nos dejaba afuera y que me había llevado a tomar la decisión de eliminar una de las 700 aplicaciones para seguir la Libertadores que quise descargar (y que fue la única que logré hacer). Pero no lo hice.

O cómo olvidar aquel 3 a 0 contra el Botafogo en el Nuevo Gasómetro. Si esa noche tenía un ojo puesto en ese partido y otro en el infartante 5 a 4 de Unión Española contra Independiente del Valle. Incluso, creo que si siguieran jugando aquel partido, ya irían como 204.003 a 204.002. Esa noche necesitábamos de dos resultados para volver a la vida y los conseguimos sufriendo, claro está. ¿Algo más para poner otro condimento de dramatismo? Sí, en simultáneo tenía mis oídos pegados a la radio, escuchando cómo el Lobo del Parque le ganaba a Huracán de San Rafael en el Sur 3 a 2 empezando a forjar su ascenso.

Todos nos emocionamos con el Mundial. Una vez terminado, quisimos ser como Mascherano enfrentando a la vida, o nos sentimos Messi al momento de encarar en un bar o en un boliche. Claro que estaba la posibilidad de que terminemos como Agüero, pidiendo el cambio. Pero el riesgo había que correrlo. O en lo que va del año todos hemos tenido -en algún momento- que tomar una decisión en el acto, como la de Palacio de picársela a Neuer. Estoy seguro de que, si no salió como esperábamos, no pudimos dormir durante varias noches. A diferencia del “calmo” Rodrigo.

Sin embargo, si a mí me preguntan, prefiero encarar el día a día como Mercier, pararme frente a los problemas como Torrico y tener la calma de Matos o Nacho Piatti para resolver en las difíciles.

Insomnio, maldito insomnio. Hace un mes yo ya debería estar durmiendo tranquilo. Pero eso también se lo debo al mundial, que postergó la definición de la caprichosa Copa.

(Publicado en Diario Los Andes el 14 de agosto de 2014 http://www.losandes.com.ar/noticia/insomnio-azulgrana )

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Esos permisos que nos da el Mundial

Tres partidos diarios (mínimo) para ver, 270 minutos de fútbol. Hay partidazos, como España – Holanda, Alemania – Portugal y hasta el 0 a 0 entre Brasil y México.

Y también hay bodrios como Irán – Nigeria o el mismísimo Argentina – Bosnia – Herzegovina. Obviamente, todos por televisión ya que es para lo que da el presupuesto (con suerte).

“Che, que el Mundial dure todo el año, muchachos”, les digo al Pelado, al Fede, al Miguel (el ‘mostro’ -no monstruo- de los tres goles por partido) y a los dos Leo mientras vemos los minutos finales de Chile – España en uno de los televisores de la redacción.

Es miércoles a la tarde y en cualquier otra circunstancia (entiéndase, un día sin Mundial) cada uno de nosotros estaría terminando de -o empezando a- escribir su nota y haciendo algunas averiguaciones pertinentes. Pero desde el 12 de julio el ambiente es distinto en el diario. Y en cualquier oficina de trabajo.

Minutos antes de la frase fogonera -que suena muy parecida al “¡Qué no se corte!”-, la conclusión (una de las tantas a las que llegamos mientras vemos los partidos) había sido que hacía falta una cerveza y dos compoteras de maní para completar la postal. ¡Lástima que no se puede!

En ese mismo momento, algunas de las chicas que trabajan con nosotros habían osado a preguntar por qué nos interesaba tanto un partido en el que no jugaba Argentina y por qué hacíamos del diario un “quilombo” (perdón por la palabra, pero la cita es textual).

“Es un Mundial. Además, el Mundial es un hecho periodístico del que salen coberturas para todas las secciones”, responde el Leo intentando explicar por qué ese “quilombo” está permitido.

A no malinterpretar. Por quilombo entendemos a gritar irónicamente “¡ole, ole!” cada vez que España quiere empezar a tocar la pelota, aún perdiendo 2 a 0-. O a prolongadísimos “¡Uhhhhhhh!” cada vez que algún jugador patea al arco, aún cuando la pelota haya pasado a veinticinco millas del arco.

Y empiezan los chistes, que caen como una catarata. O, mejor dicho, como una compuerta que abre el que tira el primer chiste y que después sigue con un “chorro” de chanzas que se prolongarán hasta vaya uno a saber cuándo.

“Iker no está en sus Casillas”, tira el Pelado después de que el arquero español se haya comido siete goles en dos partidos. “¡Ese chiste ya lo hiciste el otro día!”, le retruca el Miguel.

“¿Por qué no entrás y hacés tus tres goles para que clasifique España?”, le digo al Mike. “Entrá vos y hace tu gol de taco”, se defiende.

Vale la aclaración: mi gol de taco fue un accidente de hace más de un año en el que definí con esa parte del pie y por arriba del arquero en un partido entre nosotros. No sé si después de eso terminamos el partido y nos fuimos, pero deberíamos haberlo hecho.

“España nos está arruinando el prode a todos”, larga otro a lo lejos. Antes de que empiece el mundial completamos un Excel con nuestros pronósticos y la verdad que nadie daba por eliminado al último campeón.

“¿Qué prode?”, pregunta uno de los Leos, el que trabaja en Estilo. “Uno que armamos acá en la Redacción. Pero ustedes los de Estilo arman prodes sobre quién ganará el ‘Bailando por un sueño’, seguro”, contra ataca otro. Y de nuevo, risas.

“Mi nota de hoy es a las seis, pero me vine a las cuatro para poder ver el partido acá. Si no iba a tener que venirme a la mitad y me iba a perder el final”, había largado uno del turno tarde cuando llegó con la idea de ver tranquilo la eliminación del último campeón del mundo en primera ronda en el diario.

Terminó España – Chile y es hora de volver a nuestras notas… ¡Al menos hasta que empiece Croacia – México!” Y ahí empezarán de nuevo los chistes, los gritos, las quejas de algunas de las chicas que están tratando de trabajar -como corresponde, dicho sea de paso-.

Y todos se van a venir al lado del TV que está arriba de mi computadora (de nuevo). Porque se ve lindo y tiene cable, a diferencia del otro que es con televisión satelital y llega todo más tarde.

Y así, por los siglos de los siglos. O, al menos, hasta el 13 de julio.

(Publicado en Diario Los Andes el 20 de junio del 2014 http://www.losandes.com.ar/article/esos-permisos-que-nos-da-el-mundial-795191 )

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“Me verás volver”

“Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio ¿Cuándo?… ¿Pero cuándo?… Si siempre estoy llegando” (Aníbal “Pichuco” Troilo, fragmento de “Nocturno a mi barrio”).

Viernes 4 de abril de 2014. Como una enorme cicatriz, esa fecha será una marca que llevaremos por siempre los hinchas de San Lorenzo en nuestro orgullo, además de exhibirla en nuestra piel (plagada de plumas negras). Es la marca que quedará del cierre de una gran herida que se abrió a inicios de la década del ‘80, en plena dictadura militar.

En una época donde todo lo que pasaba en el país era “poco claro” y encontraba sus fundamentos en caprichos antes que en leyes constitucionales, el brigadier Osvaldo Cacciatore (a cargo de la Municipalidad de Buenos Aires) decidió expropiar los terrenos del Gasómetro. Años después se levantaría la sucursal de un supermercado francés allí, en avenida La Plata al 1700, en el corazón del barrio de Boedo. La herida ya estaba abierta y el daño era considerable, pero no permanente.

Nací en 1984 y en esa avenida ya estaba el supermercado que -paradójicamente- tiene los colores de San Lorenzo en su logo. No conocí el Gasómetro y recuerdo el día de la inauguración del Nuevo Gasómetro y la remera conmemorativa que mi viejo me compró a mí cuando tenía 9 años. Tampoco viví el descenso azulgrana ni estuve para disfrutar del equipo que hizo historia y que, jugando en segunda división, metió más gente en canchas prestadas que cualquier otro de primera.

Pasaron los años, crecí volando y fui entendiendo de a poco todo. Entendí que no estábamos en nuestra casa, que nos habían despojado de ella, pero nunca entendí el por qué. O sí: por un capricho. Las charlas con mi viejo me enseñaron más que cualquier libro o profesor de historia. La caminata (acompañada por una profunda charla) por avenida La Plata en octubre de 2012 junto a mi viejo y a mi hermano, me marcó. Nos contó de las veces que viajó a Buenos Aires a ver al Ciclón en su juventud y de la tía que vivía en las inmediaciones del Gasómetro.

El proceso de “Restitución Histórica” ya estaba en marcha y los hinchas ya nos encontrábamos empujando todos juntos para volver.

Un mes después, el 15 de noviembre (15N), en la Legislatura Porteña se aprobó la restitución y la vuelta a Boedo dejaba de ser un sueño de los más nostálgicos para transformarse en una realidad.

Lo que sigue es digno de un cuento del Negro Fontanarrosa. Los propios hinchas fueron comprando los metros cuadrados del lugar para concretar la vuelta. Esos tipos que tal vez cuentan con el dinero justo para llegar a fin de mes, eligieron ajustarse un poco en sus gastos para poder ser parte de la historia. Y lo siguen haciendo, hoy más que nunca.

El viernes 4, la dirigencia de San Lorenzo firmó un acuerdo con la cadena de supermercados. Ya es una realidad, el Gasómetro vuelve a Boedo y en 2015 empiezan las obras.

Sé que dentro de algunos años volveré con mi viejo a la avenida La Plata y esta vez será para ir a ver a “Sanloré” en su barrio y gritar los goles para que retumben en todo Boedo.

Y para quienes todavía siguen preguntando de qué barrio soy, les respondo con mucho orgullo: del barrio de Boedo, barrio de murga y carnaval.

(Publicada el 5 de abril de 2014 en Diario Los Andes http://www.losandes.com.ar/article/veras-volver-777612 )

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¡Qué importante es ser un buen tipo!

Del Carlos sé muy pocas cosas. Sé que le dicen Charly, que vive en Mendoza, que realmente existe y que es el abuelo de un gran amigo. No lo conozco en persona (creo) y su historia jamás va a ser el eje de una crónica, simplemente porque los diarios no cuentan cosas como la que le pasó a él ya que es una “anécdota”.

Pero desde que nos la contó su nieto se quedó guardada en mi memoria y sentí la necesidad de hacerle este homenaje, este regalito que no es más que el poder dedicarle unas palabras en este par de columnas.

Fue en uno de esos tantos momentos que compartimos en el bar de siempre, rodeados de lo que quedaba de la cena y de algunas botellas de cerveza vacías que -celosas- miraban y encerraban a la única que aún tenía algo en su interior.

Esas reuniones se han transformado en una versión mendocina, poco original e insignificante de la legendaria “mesa de los galanes”, que “el Negro” Roberto Fontanarrosa compartía con sus amigos en el rosarino bar El Cairo.

Ahí estábamos reunidos todos cuando el Davo (es infaltable usar el artículo antes del nombre para dejar bien en claro el mendocinismo de los protagonistas) nos contó de su abuelo “el Charly”, y que hacía muchos -¡muchísimos!- años se había ido a Estados Unidos a buscar laburo y probar suerte.

No les voy a mentir, hay detalles que no recuerdo con precisión, pero sí me acuerdo que el Davo nos contó que allá lo esperaba un conocido para recibirlo los primeros días y para que se vaya adaptando entre los yanquis. El Charly ya tenía todo pensado: se iba él y después, cuando consiguiera algo y ahorrara unos mangos (de los verdes), mudaba a toda su familia allá.

Acá había laburado como chofer de colectivo (o trole, está entre los datos que no recuerdo) durante mucho tiempo, pero esos días habían quedado atrás y ahora tenía que ir y adaptarse a una de esas ciudades que, si te quedás quieto, te morfan.

Todo arreglado había dejado para que lo fuesen a buscar. Iba a llegar a tal hora, a tal aeropuerto y por tal vuelo. No había smartphones, paquetes de datos ni redes sociales, pero -aparentemente- no había forma de desencontrarse con el amigo que lo iba a estar esperando. Pero la hubo.

El Charly llegó a la hora señalada, al lugar señalado y en el vuelo señalado y ahí se quedó esperando al amigo que por ‘equis’ motivo no había podido llegar a todos los detalles señalados. Pasaron los minutos y ahí estaba el mendocino, solo en el aeropuerto y sin un solo dato de cómo salir de ahí.

Llevaba anotado el domicilio del amigo que lo iba a recibir, el equipaje… Y nada más, era todo lo que tenía para hacerle frente a la ciudad (si no me falla la memoria, estoy casi seguro de que era Nueva York). ¡Ni sabía para donde tomar!

“¡Hey! ¡Yo lo conozco! ¡¡Usted es mendocino y manejaba el micro (o el trole, andá a saber)!!”.

El Charly se dio vuelta y se quedó mirando con una mezcla de susto y sorpresa en la cara (eso me lo imagino yo, porque el Davo no me dio tanto detalle) al hombre que le hablaba.

“¡Yo soy mendocino y cuando estudiaba en la facultad usted varias veces me dejó viajar en el micro (o trole) y me llevó a la universidad aunque no tuviese plata para el boleto, yo me acuerdo!”, siguió hablándole el tipo en medio del aeropuerto y rodeado de un océano de gringos.

Ahí el Charly le contó lo que le había pasado, el desencuentro con su amigo y que estaba solo en medio de la nada con una dirección anotada en un papel.

“¿Y sabés qué hizo el tipo? Lo llevó al Charly a la casa del amigo, a la dirección que tenía anotada. Y cuando llegó estaba la familia de él, que lo recibió. Y el amigo llegó más tarde, y no podía creer que ya estuviese ahí ni lo que le había pasado al Charly. Le pidió perdón por no haber podido ir”, nos contó el Davo.

Creo que la charla siguió después y hablamos de cómo le había ido en gringolandia al Charly, de cuándo volvió y otras cosas más. Y después seguimos hablando de más cosas. Pero yo me quedé enroscado pensando en lo que le había pasado al Charly. ¡Qué importante es ser un buen tipo!

(Publicado en Diario Los Andes el 12 de enero del 2014 http://www.losandes.com.ar/article/%C2%A1que-importante-buen-tipo!-761261 )

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Sobre pasiones y pseudo chauvinismos en el fútbol

Nací, crecí y voy a morir siendo hincha de San Lorenzo, algo de lo que siempre voy a estar agradecido. Recientemente me hice socio y, religiosamente, abono cada mes la cuota, además de haberme preinscripto para comprar un metro cuadrado del predio de Avenida La Plata. Sí, ese lugar del que nos despojaron durante la dictadura y de donde nunca debimos irnos.

He festejado, me he alegrado, he llorado y me he encerrado en mi pieza deseando no salir por varios días gracias a (o culpa de) San Lorenzo. Y hasta he llegado a dividir los días de la semana para lucir, como si se tratase de un desfile, los distintos modelos de camisetas del Ciclón que forman parte de mi amada colección.

Creo que está de más decir que me considero un hincha fanático del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, de esos que no se mueve de en frente de la pantalla de la televisión cuando juega el azul grana, salvo contadas excepciones en las que me vuelvo dependiente de la radio o internet para seguir minuto a minuto.

Podría seguir relatando situaciones que he vivido como cuervo (como aquella tarde en Praga en la que, adherido a la computadora, festejé en soledad un épico triunfo frente a Newell’s luego de ir perdiendo, y más teniendo en cuenta que esa derrota nos condenaba a volver al maldito Nacional B). Pero no viene al caso.

Luego del nefasto desenlace del partido en que Godoy Cruz y Boca empataron 2 a 2 el fin de semana en el Malvinas, con trompadas, patadas y corridas incluidas (en las tribunas, con los hinchas locales y los “neutrales”, y en la cancha con los jugadores de ambos equipos), me topé con más de una voz mesiánica, de esas que se impostan poniéndose en el lugar de sabelotodos y que aguardan que suene un gong cada vez que terminan de dar un enunciado.

Desde su lugar prácticamente le ordenaban a todos los mendocinos ser hinchas de Godoy Cruz Antonio Tomba (o de otros equipos mendocinos), tildando a quienes fuesen hinchas de River, Boca, San Lorenzo o Flandria de “mendo-porteños”, de “doble camisetas”, de “vende provincia” y de “no entender nada de lo que es la pasión”.

No conforme con ello, se ubican a sí mismos en un altar intentando explicar por qué sí es pasión ser hincha de Gimnasia y Esgrima, del Deportivo Maipú, de Independiente Rivadavia y del mismo Tomba, pero no lo es ser de Talleres de Córdoba, Rosario Central, Racing Club o Chaco For Ever.

He ahí una importante falacia: ¿cómo se explica, define y compara lo que es la pasión? Es un error tratar de cuantificar o medir algo totalmente subjetivo. ¿Cómo se le explica a un hincha del Cicles Club Lavalle que un hincha de Boca tiene más pasión que él? Y, en todo caso: ¿en qué podríamos basarnos para esa aseveración?

Pasando en limpio: soy mendocino, nacido en el Hospital Español y -sin caer en chauvinismos- estoy orgulloso de mi provincia y de que, por ejemplo, haya quedado entre las 28 ciudades más maravillosas del mundo.

Sin embargo no veo los partidos de Godoy Cruz. No soy socio, no participo de movidas para que vuelva al Gambarte y no me entristece si pierde o no gana. Al año veo con detenimiento dos partidos del Tomba: contra San Lorenzo en el Malvinas y contra San Lorenzo en el Gasómetro.

Me agrada que le vaya bien (menos en los dos partidos contra El Ciclón) y que la provincia tenga un representante en el fútbol grande de la AFA. Pero no es algo que me desvela.
Para cerrar: ¿por qué algunas lágrimas, alegrías y emociones deberían considerarse menos apasionadas que otras? Aún no lo entiendo.

(Publicado en diario Los Andes el 23 de octubre de 2013 http://www.losandes.com.ar/noticia/sobre-pasiones-pseudo-chauvinismos-futbol-746090 )

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De doctores, licenciados e ingenieros 2.0

Todos somos directores técnicos. Le damos indicaciones a Messi, pedimos que entre Tevez por Lavezzi, que Marcos Rojo no juegue más en la Selección y bromeamos preguntando cómo se escribe el apellido de José Basanta, el prácticamente ignoto defensor de la Selección argentina con el que insiste una y otra vez Sabella. Intentamos armarle el esquema a Carlos Bianchi, convencer a Ramón Díaz de jugar con Teo y hasta le pedimos a Pizzi que su San Lorenzo salga a buscar más los partidos.

Pero no todo queda ahí. También somos todos médicos. De repente somos especialistas en gripe A, en enfermedades terminales y ni hablar cuando nos animamos a opinar de cirugías complejas. Nuestro médico de cabecera, el doctor Google, nos saca todas las dudas que podamos tener referidas a salud en cuestión de segundos. Después de todo, ¿para qué los médicos estudiaron y completaron toda una carrera universitaria con honores?

Y hay más. Somos todos músicos. Nos tomamos la libertad de decir que el Indio Solari cantó desafinado en el autódromo de San Martín, que los temas de Los Cafres o No Te Va Gustar son tan parecidos entre sí que podemos escuchar un disco entero sin diferenciar cuándo terminó un tema y empezó otro. Casi hasta nos ponemos a la altura de George, John, Paul y Ringo, de Mick y Keith o de Dylan hablando de lo estúpida que es la música de One Direction, de Miley Cyrus o -incluso- la del ex cantante de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota.

Pero seguimos sumando a nuestras profesiones y habilidades. Como si todo esto fuese poco, por momentos somos no sólo excelentes críticos literarios, sino también brillantes literatos a la altura de Cortázar, Baudelaire o Bukowski. Y aprovechamos la ocasión para menospreciar a quienes leen libros de Bucay, Cohelo y Claudio María Domínguez. Porque ya no alcanza con defenestrar al autor, sentimos la necesidad de ir más allá y arremetemos contra sus lectores.

¿Algo más? ¡Mucho más! Somos revoltosos, bolcheviques de armas tomar y no dudamos ni un segundo en hacer la revolución. Restringida a 144 caracteres o con libertad de extensión, elaboramos máximas que busquen marcar la historia universal y acercarnos cada vez más a Karl Marx. O a Adam Smith. Del teclado sale humo por la velocidad en que fluyen nuestras diatribas, y el sonido de las teclas es ensordecedor. Consideramos que mientras más ataquemos las ideas de quienes no piensan como nosotros, más convincentes suenan nuestros argumentos ¿Tiene esto algo de lógica? Ninguna, pero nos hace sentir bien.

Somos los dueños de la verdad universal y -como tales-, no se concibe la posibilidad de que el otro pueda tener razón también. Nos sentimos como los únicos capacitados para votar a un candidato, creyendo que quienes no lo votan son ignorantes y pobres diablos. Claramente no perdemos la posibilidad de hacerlo saber.

Somos presidentes, ministros de Seguridad, directores técnicos, futbolistas, músicos, escritores y hasta maestros mayor de obra. Todo en uno, y en el mismo día, en cuestión de minutos. Pero nuestro éxito no se mide por elecciones ganadas, políticas exitosas, campeonatos del mundo obtenidos, discos vendidos, estadios repletos o edificios construidos. Simplemente se mide por “Me gusta” y “RT”.

En fin, esas son las cosas que nos permiten Facebook y Twitter y la inconmensurable libertad de expresión que (por suerte) traen consigo.

(Publicado el 25 de setiembre de 2013 en Diario Los Andes el 25 de setiembre de 2013 http://www.losandes.com.ar/article/doctores-licenciados-ingenieros-740354 )

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Manual de no uso para Facebook

(Señor lector, señora lectora: lo que está a punto de leer es apenas un punto de vista, totalmente subjetivo y carente de cualquier fundamento teórico. No es más que un parecer de quien suscribe, por lo que la veracidad o el cumplimiento de lo enunciado no garantizará felicidad plena ni éxito en el rubro laboral o amoroso. Es meramente una forma de ver y entender las redes sociales y uno de tantos comportamientos frente a éstas).

En los años que llevo haciendo uso (y abuso) de las redes sociales, y en especial de Facebook (hagamos de cuenta que Mark Zuckerberg podría condecorarme a esta altura por ser uno de sus clientes más fieles), me he chocado con distintas situaciones.

Si bien física y espacialmente no he impactado contra nada en el sentido literal, es mi vista la que sufre esas colisiones. A veces quienes protagonizan esos choques salen ilesos, pero otras veces hay heridos de gravedad. Y, debo reconocer, mis ojos sufren mucho al leer ciertas cosas y yo me preocupo demasiado por su salud.

Es por esto que me tomo estos minutos para enumerar algunas situaciones en las que, desde mi óptica caprichosa, es importante evitar caer. Vendría a ser como una especie de manual de manejo defensivo en Facebook, para nosotros y para los demás.

He aquí algunos tips:

-Nunca, desde ningún punto de vista pongas “Me gusta” en tus propias publicaciones y fotos. Es comparable a reírse de un chiste que uno mismo acaba de contar. Si elegiste contar ese chiste y hacerlo público es porque te gusta, se sobreentiende. Lo mismo ocurre con lo que se difunde por las redes. Es esperable que si decidimos compartir con nuestros cercanos una foto, una reflexión, un artículo, una crítica o una frase de una canción es porque nos gusta.

-Evita escribir TODO EN MAYÚSCULA. Es más bien por una cuestión estética. Aún teniendo en cuenta aquella interpretación que se le da a la mayúscula y que connota enojo. Es preferible aplicar aquello que aprendimos en la escuela: sólo se usa en la primera letra al comienzo de una oración y en los nombres propios.

-Salvo excepciones, nadie es tan bueno para regalar autos, televisores, celulares o viajes a las Islas Seychelles por el sólo hecho de compartir una publicación, ponerle Me Gusta o comentarla. De hecho, son las tres formas de interactuar con un perfil X y de alimentar una base de datos para vaya uno a saber qué cosa. Ah, y además es muy probable que a Kevin, de Haití, no le llegue ningún centavo de dólar por cada vez que se comparta una foto o imagen.

-Hacer click en un link que nos invita a ver un video subido de tono no siempre nos llevará a ese puerto. Probablemente lo único que consigamos es que Facebook nos escrache publicando en nuestro muro que quisimos ver ese video.

-Compartir fotos de perritos lastimados y sufriendo maltrato no va a sanarlo mágicamente ni va a lograr que se sienta mejor.

-El español es un idioma hermoso que, a diferencia del inglés o del francés, tiene dos signos de exclamación y dos de interrogación. Además del “?” y del “!” para usar al cierre de una frase, encontramos el “¿” y el “¡”. No sólo es el uso correcto sino que además queda muy bien usarlos.

-No siempre quien no vota al político que nosotros queremos o sigue al equipo de nuestros amores es un “ignorante”. Nadie ha cambiado de ideología o de equipo por leer interminables testamentos que ataquen a uno u otro.

-Hay que tener cuidado al momento de publicar algo que pueda resultarle ofensivo a un jefe o superior a quien tenemos como amigo. Si bien hay fallos judiciales que establecen que no es causal de despido, mejor no pasar por esa situación, aunque el desenlace sea feliz.

(Publicado el 18 de noviembre de 2013 en Diario Los Andes – http://www.losandes.com.ar/article/manual-para-facebook-751125 )

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Consiste

Irlanda 1

Consiste, un poco, en disfrutar. Pero no disfrutar como lo hacen los ricos –nuevos y viejos-, para quienes es sinónimo de lujo, riqueza y de enormes gastos; sino simplemente en encontrar alegría y comodidad en las cosas más tontas y rutinarias de la vida.

Consiste en disfrutar leyendo un libro mientras caminás por el centro, con todos los órganos de atención despiertos para no caerte a una acequia, doblarte un pie o chocarte con un señor de traje que camina derechito y sin mirar para abajo, como si fuese un caballo tirando una carretela.

Consiste en disfrutar caminando por caminar y, aunque conozcas el camino de memoria, darte la libertad de perderte en el tiempo y en el espacio… Y que esa –o esas- repetidas rutas que transitás a diario sean distintas día a día… Y que un día estés “caminando” por una hermosa y verde pradera de Belfast y al siguiente lo estés haciendo por el imaginario Rohan o por una postal digna de un relato de Cortázar… Y al próximo lo estés haciendo por la Patagonia o el NOA y –por qué no- en una semana haber recorrido infinidad de lugares, con todos sus climas, aunque el pavimento de las calles y las baldosas de las veredas que pisamos una y otra vez hayan sido siempre los mismos…

Consiste en tener alguien en quién pensar. Acá no hay excepciones: puede ser un familiar, un amigo, una novia o alguien que sepas que nunca va a ser tu novia. O hasta en vos mismo y en todo lo que tenés. ¡Se vale todo!.

Consiste, otro poco, en tener buen sentido del humor, en estar de buen ánimo. Pero tiene que ser sincero, porque si es fingido o sostenido es muy probable que en algún momento todo explote y ni siquiera vos mismo quieras estar cerca tuyo cuando eso suceda…

Consiste en no dejar de lado la confianza y la inocencia (o al menos no hacerlo por completo) y en no llegar a pensar nunca que la realidad está complotada contra vos. Después de todo, no creo que seas TAN relevante frente a lo banal para que todo un mundo te odie…

Consiste en saber pegarle una buena patada en el culo a esa gente que, no solo que no suma en tu vida, sino que está más cerca de restar. Tomar una distancia considerable de esos que vienen con ideas y discursos apocalípticos en todo momento y que nunca, pero nunca, consideraron la idea de ser felices justamente.

Consiste en poder crear tu propio mundo, vivir en tu burbuja, sin abusar de los cuelgues a tal extremo de no tener idea de dónde estás parado. Pero sí tener un cable a tierra (o al aire, en este caso) para poder descansar y refugiarte por momentos.

Consiste en tener un motivo para dormirte con una sonrisa y despertarte con una igual de amplia –o más- porque pudiste soñar con él (o ella, o ello).

Consiste en disfrutar de gestos pequeños como una palabra, mensaje, una frase, la letra de una canción o su melodía (o todo junto)…

Consiste, en cierta forma, en tener siempre una canción preparada antes de que se termine la que estamos escuchando (en la computadora, en el MP3 o en tu cabeza)… En tener otro libro en la biblioteca listo para leer mientas caminás cuando completes el actual. En tener varios destinos en mente para “recorrer” cuando camines… En tener siempre a mano un boleto para irte a tu mundo, a esa burbuja…

En pocas palabras, consiste en ser feliz. En que puedas frenar un día en seco, en cualquier momento de tu vida, mires para atrás y al ver toda la huella puedas decir (o gritar, o susurrar): ¡La puta madre, qué feliz soy!. Sólo eso.

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El otro muro…

wall

Me condenaron a derribar el muro hace ya algún tiempo, y lo hice tal y como indican las convenciones sociales, del mismo modo en que Roger Waters lo grafica en The Wall… Lo reconocieron y celebraron quienes me rodeaban… Lo que nadie sabía era que por cada ladrillo que sacaba del muro visible, ponía dos nuevos en el propio, en el que nadie veía: en el invisible…

Ya lo levanté… Más alto, hermético e imponente que el primero, aquel por el que tanto se preocuparon y todavía no entiendo por qué… Y lo mejor es que la sentencia de “Tear down the wall!” ya no resuena ensordecedora y repetitiva como la primera vez… Detrás de este nuevo muro, reforzado, no hay jurisprudencia y de nada sirven sentencias previas… Y el espacio es más reducido, pero no me asfixio… Ya no estoy sobreexpuesto… Ya no escucho la orden de derribar el muro, ya no escucho ninguna orden… Salvo las que me doy a mi mismo, si es que estoy dispuesto a obedecerlas…

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