No hablemos de trabajo

En el tiempo que llevo siendo periodista en distintos medios he desarrollado una habilidad (aunque no alcanza a cuadrar como súper poder para presentarme en los X-Men o en los Avengers, lo he pensado y no da). Pero es una habilidad al fin y al cabo, y es la de lograr abstraerme y separar el trabajo del resto de mi vida.

Procedo a intentar explicar: nunca me creí ese personaje del “mar de conocimientos” (con una profundidad de 5 centímetros) que es el periodista, ese personaje que exige que suene un gong antes de enunciar una reflexión referida a cualquier tema: desde la devaluación hasta los cinco Balones de Oro de Messi. Y ya prácticamente opto por sonreír a secas, sin ensayar ni intentar ninguna otra respuesta cuando, precedida por la afirmación “Vos que sos periodista” casi que me exigen respuestas y certezas sobre cualquier tema: desde la muerte de Nisman hasta el pronóstico del tiempo para el fin de semana (pasando por el verdadero trasfondo de la fuga de los Lanatta y Schillaci).

Desde hace varios años he logrado adoptar una filosofía que me ha sorprendido gratamente con sus resultados: no hablar de trabajo en las reuniones sociales que se den afuera del diario, sea el ambiente que sea. De hecho, por momentos también lo aplico dentro del laburo y casi full time en mis redes sociales. Es difícil y eso no significa que no me guste mi profesión, pero disfruto más de aprovechar esos momentos para hablar de las otras cosas que hacen a nuestras vidas y que son igual o más importantes: novias de años, novias flamantes y también ex recientes. O de por qué la cerveza negra nunca va a compararse con la rubia. ¿Hago el esfuerzo económico y me voy a ver a los Stones?. De paso, retomo una vieja discusión: ¿por qué no hacer la Fiesta de la Vendimia cada cuatro años, como si fuese un Mundial de fútbol?. Así la reina tendría más tiempo para lucir su corona, la paquetería mendocina tendría más tiempo para criticar sus tuits y armar notas al respecto -aporte importante si los hay- y, de paso, los periodistas más meses para reponerse y volver recargados y apasionados a cubrir algo que ya se hace de forma automatizada año tras año. Es una flasheada, pero lo dejo ahí y retomo mi idea.

Los viernes por la noche -salvo tristes excepciones como la que ocurrirá este viernes y en la que prefiero ni detenerme- hemos armado un gran grupo de amigos con los que jugamos al fútbol (dos partidos, uno sobrios y otros con una alta graduación de cerveza en sangre) y que solemos acompañar con asado, pollo al disco o simplemente pizzas. En el grupo habemos varios colegas y la regla tácita parece ser la misma no se habla de trabajo. Porque una vez que empezamos nadie nos desenrosca.

Lo mismo con el grupo del “fulbito” de los sábados; con las juntadas con la Marian, el Dani, la Flor y el Hernán. De hecho, varias veces en que nos hemos juntado los amigos de esta redacción he llegado casi a implorar con la mirada que hablemos de cualquier cosa menos de trabajo.

Hace ya una década, en la primera redacción que tuve la suerte de integrar, el grupo era muy reducido y unido. Y siempre había una excusa para hacer -al menos- 2 o 3 fiestas grandes al año. Y ahí íbamos todos, amigos y compañeros de trabajo, a bailar, a disfrutar y a hablar de un montón de cosas totalmente distintas a esas aburridas que hablábamos entre las 4 paredes del diario. Si me preguntan, creo que esa fue la clave del éxito para que el grupo se afiance y hoy extrañe esas reuniones. Y no, no sé qué le pasó a Nisman ni si va a llover el domingo.

(Publicado el 14 de enero del 2016 en Diario Los Andes. http://losandes.com.ar/article/no-hablemos-de-trabajo)

  • Sin Comentarios
  • Sin votos