Voto impugnado

Domingo 22 de noviembre. Primera vez en que el presidente va a ser elegido por balotaje (algo que también podría haber ocurrido hace 12 años, pero un ex presidente al que prefiero no nombrar -y que bien podría ser el padre político de los dos que se presentan ahora- decidió bajarse de la segunda vuelta). Son las 11.30 y, al igual que en la víspera de las otras seis elecciones en lo que va del 2015, dormí el sábado por la noche en lo de mis viejos. Los domingos de elecciones ya se han vuelto un clásico en mi familia: desayunamos los cinco, vamos en grupo a la escuela, tiramos 1.273 incoherencias mientras esperamos en la fila, votamos y después coronamos todo con asado. También son un clásico las quejas de mi vieja que, incluso antes de llegar a la escuela, ya está maldiciendo -con aires de pitonisa- que su mesa va a ser la que tiene más gente esperando y que va a estar toda una vida para poder votar. Aclaro que también es una fija que sea ella la primera de todos en desocuparse (con cinco minutos de demora, como mucho) y que después, cuando nos burlemos de su fallido pronóstico (uno más y van…), se defienda diciendo “¡Es la primera vez que no tengo tanta demora!”. El tema es que este año ya van cinco “primeras veces” sin tanta demora, no miento. Vuelvo a situarme en la mañana de 22. Después de tantas elecciones, finalmente me cambiaron de escuela y por fin votamos los cinco en la misma escuela (una excusa más para salir en “patota” el domingo). Entonces llegamos a la escuela del Barrio Cano, los “de la Rosa” nos fuimos a nuestra mesa y mi mamá a la suya. Y ahí empezó lo raro. Cuando estaba por entrar al cuarto oscuro, el presidente de mesa me pide -además del documento-, el celular. Pero no el número, sino el equipo. Lo miro extrañado, pero como hay un policía al lado, descarto que me lo vaya a robar (a menos que sean cómplices y ahí estoy en el horno). “Desbloquealo, por favor” me dice cuando se lo estoy por dejar en la mano, y yo pongo la clave. Ya con el teléfono en su mano, veo que abre MI Facebook y MI Twitter y se pone a revisar absolutamente todas mis publicaciones. “¿Habrá hecho lo mismo con todos los votaron antes? ¿¡Qué le pasa!?” es lo primero que pienso mientras el presidente de mesa va pasando mi celular a las otras autoridades. Todos anotan algo en la planilla y van asintiendo con la cabeza. Miro a mi viejo, a mis hermanos y tampoco entienden nada. Y la gente de atrás se va impacientando con la demora. “Disculpame, me temo que no vas a poder votar” me dice el presidente después de varios minutos, devolviéndome el DNI y el celular. Y se adelanta con la respuesta: “Ni en tus publicaciones de Facebook ni en tus tuits les has dicho a tus contactos a quién tienen que votar. No sólo eso: tampoco has compartido publicaciones del grupo ‘Éste sí, el otro no’ ni sobre las 246 ‘Campañas Bu’, o sobre todo lo malo que va a pasar si gana o pierde alguno de los dos ¿Para qué tenés redes sociales si no vas a intentar convencer e influir el voto de tus contactos? No vas a poder votar”, me dijo, tajante. Yo ya tenía el celular en mi mano y, aún sin terminar de entender, me invitaron a abandonar la fila. Mientras guardaba el celular en mi bolsillo, el presidente de mesa ya le estaba pidiendo a mi hermano el DNI y su celular, que empezaría a pasar de mano en mano en cuestión de minutos.

(Publicado el 11 de noviembre en Diario Los Andes. http://losandes.com.ar/article/voto-impugnado )

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