El Quinto De

En agosto de 2014, con 30 años cumplidos y ya lejos de la pubertad (de hecho, ya había adoptado la costumbre de afeitarme la cabeza dos o tres veces por semana para asumir mi calvicie y no esconderla más usando boina y “pelo largo” de la nuca para abajo, vale aclarar) me mudé. Nos mudamos, ya que con la Marian nos vinimos a vivir a un edificio céntrico. Empezamos a experimentar en primera persona la maravillosa experiencia de ir al supermercado -no hay cosa que me malpegue más que ello-, de arreglar la mochila del inodoro cada dos semanas y de desear con todas nuestras fuerzas poder hacer fotosíntesis cuando, promediando el mes apenas, quedan las reservas del sueldo. ¡Dichosas las plantas que sólo con agua y ponerse al sol puede generar su alimento!.

Ni hablar de las asiduas visitas virtuales a “PagoMisCuentas” o reales a los Rapi-pago-fácil”. Creo que el mismo miedo que nos generaba el Viejo de la Bolsa cuando éramos chicos, nos despiertan esos sitios cuando somos grandes y nos vamos a vivir solos. Podría seguir enumerando las cosas que cambian cuando te vas a vivir solo (como aquel calzoncillo blanco que metí al lavarropas con una toalla roja y se volvió rosado), pero no viene al caso.

Nos mudamos al Quinto De de un edificio de calle España. La verdad es que extraño horrores poder tener aunque sea un metro cuadrado de jardín para poder andar descalzo, y en verano la temperatura mínima es de 43 grados. A eso se le suma que los porteros me prohibieron con la mirada que llevara la bicicleta a mi nuevo hogar. Pero saliendo de eso, supongo que está bastante bien el lugar. Los vecinos son normales (hasta donde sabemos, ninguno ha asesinado a nadie y ha guardado su cuerpo en la baulera) y estoy sintiendo los temblores como nunca. Supongo que la Pachamama se está vengando de todos aquellos que nunca sentí. Y eso que ni siquiera soy de poner en Facebook o Twitter: “Está temblando” o cosas por el estilo.

Hace un tiempo, en uno de los departamentos del edificio, un vecino se disparó a sí mismo con un arma de fuego. Ni la Marian ni yo estábamos esa noche, pero cuando leímos la noticia, no lo pudimos creer. Si hubiéramos estado ahí, creo que todavía estaríamos en shock y tomando alguna pastilla, por lo que agradezco no haber estado. La noticia no le aportó demasiado al consorcio, pero nosotros siempre nos acordamos de lo mismo.

Y hablando de cosas que hacemos siempre, ya tenemos un par de frases, chistes y gags que repetimos hasta el cansancio (porque de esas cosas también está hecha la convivencia). Una de ellas es la de salir juntos del Quinto De en el que vivimos los dos (solos, aclaro) y cuando llegamos a la puerta del edificio, me acerco al portero eléctrico y toco el timbre en el que se lee “5 – D”. Un chiste estúpido, que por lo general recibe como respuesta una cara de “¡Basta, Nacho, ¿Otra vez?” por parte de la Marian. Pero la respuesta de ayer fue distinta. Porque, estando los dos abajo, en la puerta del edificio, alguien contestó el timbre en el Quinto De, del otro lado…

Todavía no hablamos del tema con la Marian (ni siquiera lo hemos mencionado), pero si saben de algún departamento con una habitación, un baño, un comedor y cocina que se alquile por el centro, agradeceríamos que nos avisaran. Con respecto a la ropa y las cosas que quedaron en el Quinto De, no hay nada que no se pueda comprar de nuevo. No nos vamos a poner en exigentes…

(Publicado el 2 de octubre en Diario Los Andes http://www.losandes.com.ar/article/el-quinto-de )

  • Sin Comentarios
  • Sin votos