La BSO de la vida

Si de metáforas chatas hablamos, bien podríamos decir que la vida es como una película. Quizá una de esas interminables y tediosas como las multi premiadas en festivales de cine iraní.

Esas en las que -pese a no haber entendido ni el título-, a la hora de hablar de ellas tenemos que recurrir a frases como: “Una clara muestra de lo que somos como sociedad y de lo ciego que nos vuelve la banalización de lo cotidiano. Es una metáfora inmejorable”. Todo este palabrerío es aplicable aunque la película hayan sido 160 minutos de papel ardiendo para hacer un asado.

O quizá sea de esas películas pochocleras de canal de aire un sábado a la tarde. O una de acción, en la que todo pasa rapidísimo -incluso las poquísimas expectativas que le habíamos puesto-, aunque a la vida misma le falten autos que anden con nitro, tipos que esquiven disparos o camiones que salten de una punta de la autopista a la otra (el detalle de una autopista a medio terminar como escenario de persecución siempre garpa).

Una vez más me fui para cualquier lado. A lo que iba es que, así como en las películas existe lo que se llama Banda de Sonido Original (BSO) para musicalizar, creo que cada vida también puede tener su propia BSO. Y aunque nosotros no seamos los directores exclusivos de nuestra vida (digamos que es una coproducción entre nosotros y el destino), sí podemos hacernos cargo de la música que la acompaña.

Siempre voy a recordar la anécdota de un tío que soñaba con entrar a la iglesia con la Marcha Triunfal de Aída (de Verdi) el día de su casamiento, algo que no pudo hacer. Creo que ese fue el disparador para que yo empiece a armar el playlist de mi vida. Así fue como un día me imaginé que el 30 de mayo del ‘84, en el Español, sonaba de fondo “Así habló Zaratustra” (de Strauss) cuando yo nacía (un tanto exagerado).

“I don’t wanna grow up” (en versión de Ramones) para mis primeros años de secundaria, con algunos momentos para “La Nave del Olvido” (La Renga) tampoco podrían faltar. Imaginaba a Wagner y su “Cabalgata de las Valkirias” cada vez que tenía que entrar a rendir un final en la facultad, aunque sin los helicópteros con Napalm si el profesor se ponía pesado.

Si algún día me recibo, sin dudas la “Obertura 1812” (de Tchaikovsky) será la BSO para ese momento. Y los cañonazos del final tal vez sean el sonido de los huevazos al reventarse contra mí. Ni hablar del final de “El lago de los cisnes” (siguiendo con Tchaikovsky) cada vez que siento que me estoy metiendo en una parada difícil.

Los Beatles son otra fija en mi BSO de vida. “Norwegian Wood” para recordar algún pájaro que ya voló o “The Magical Mistery Tour” para esas escapadas a Chile con los chicos de la revista, sólo por citar algunos. O “Shook me all night long” de AC/DC para salir a andar en bici a donde sea. “In-A-Gadda-Da-Vida” (de Iron Butterfly) y sus 17 minutos mientras escribo esto, también.

Los temas de Enya para recorrer las sierras cordobesas con mi familia. O la ya mencionada marcha de Aída cuando subíamos un cerro en La Falda (juro que llegamos a escuchar la canción en el lugar, nunca creímos eso de que en realidad era el ruido del viento.

Así como tampoco creímos nunca en los padres: sabemos que son los reyes magos disfrazados). Cualquier momento en que coincidamos los cinco de la Rosa – Alcobas, sí o sí debe ir acompañados de “Shiny happy people” (de REM). O “Tan joven y tan viejo” (de Sabina) para cuando me da el maldito viejazo.

¿Para el final de la “película”?. Tengo un par de opciones. Quizá “I’m the walrus” (de Beatles) o “God only knows” (de los Beach Boys). Pero no me gustaría que “Himnos de mi corazón” (de Los Abuelos de la Nada), quede afuera.

Quizá mi vida, su desarrollo y su final no sean dignos de una película. Pero quién me quita la emoción de ponerle un tema -o al menos un fragmento de él- a cualquier cosa que haga, por mínima que sea: desde ir al baño hasta pedirle al delivery cinco empanadas de choclo.

(Publicada en Diario Los Andes el 28 de agosto de 2015 http://www.losandes.com.ar/article/la-bso-de-la-vida )