Me gusta (y no tiene nada que ver con Facebook)

Me gusta

-No releer lo que escribo en un solo arrebato, sabiendo que una mínima relectura podría significar sacrificar todo lo que escribí en ese arrebato…

-Sentarme en el pasto a mirar el cielo de noche…

-Recostarme en el pasto cuando me cansé de estar sentado, pero no de mirar el cielo de noche…

-Ir con la cámara de fotos a todos lados y sacar (o hacer, suena más artístico aunque no tenga ni idea) fotos de situaciones y cosas que a nadie le interesa ni le interesará…

-Olvidarme de que tengo tortícolis mientras escribo esto, así como tampoco pensar que se inició como un dolor de cabeza (por mi bien, espero que no siga bajando el dolor)…

-Desvelarme dibujando (aunque nunca me guste el dibujo final), escribiendo (aunque no lo relea) o leyendo (aunque sea el detalle de la factura de Claro)…

-Andar en bicicleta…

-Escuchar música…

-Sentirme frustrado cada vez que me aferro a la guitarra después de varias horas escuchando música…

-No enojarme…

-Ser ermitaño…

-Jean Baptiste Grenouille y la cueva de la montaña en la que vivió solo durante siete años…

-Saber que cuando termine de enumerar estas cosas, me voy a dar cuenta de que me quedaron afuera 830 cosas más…

-Estar solo en una casa enorme que no es mía, escuchar ruidos extraños como los que escucho precisamente en este momento que se están pisando con Andrés Calamaro, y no preocuparme (demasiado, aunque si admito que bajé un poco el volumen)…

-Pensar en vos cuando mi plan es poner la mente en blanco por varios segundos, minutos, horas… ¿Días?…

-Estar descalzo (y sacarme las zapatillas en cualquier lugar que esté, aún en el diario)…

-Usar puntos suspensivos sin sentido…

-Ir a recitales (nota al margen: a mi tobillo derecho no le gusta tanto como a mí, más teniendo en cuenta la reciente experiencia de Las Pelotas y un esguince que se ligó de arriba)…

-Viajar…

-Estar con mi familia…

-Hacer teatro y darme cuenta que no soy tan tímido como creía ni tan extrovertido como puedo parecer a veces…

-El asado…

-No participar de discusiones estériles desde que se gestan…

-Contar (y aprender) chistes malos…

-Luca Prodan y Sumo…

-Decir, al menos una vez al mes, que en marzo voy a ir a ver a Roger Waters (nadie lo sabe, pero lo digo en voz alta para terminar de convencerme a mí mismo)…

-La montaña (ni hablar si se combinan con la bici)…

-Subir videos y fragmentos de canciones a mi perfil de Facebook (con todo respeto y un expreso pedido de disculpas a quienes les “okupo” el muro y me acusan –con justa razón- de spammer)…

-Saber que este año voy a conocer Europa…

-No tener noción de la cantidad de cosas que ya llevo enumeradas ni de las que aún me restan…

-Las mismas anécdotas con amigos, esas que ya me sé de memoria, contadas una y otra vez entre costillas, vacío y vasos de fernet…

-Que Word no me corrija automáticamente lo que voy escribiendo…

-Las ideas creativas (propias o ajenas)…

-Ser periodista…

-Ser colgado (a veces)…

-La música vieja y bizarra…

-Los ’70 y los ’80…

-La historia…

-The Beatles y The Rolling Stones

-Comprar a veces, justamente, la revista Rolling Stone (según lo que vea en la tapa cuando me cuelgo en el kiosco de revistas)…

-Trabajar en Cooltura Teen…

-Comprar CDs de música y DVDs de recitales originales (cuando puedo)…

-No tener un horizonte delimitado y predeterminado…

-Nadar…

-Jugar y ver al fútbol (algo me dice que soy mejor viendo que jugándolo)…

-Las fiestas de fin de año en familia…

-Darme cuenta que hay vida sin la soberbia…

-Saber cuando terminar una discusión (por lo general suele ser al tercer cruce sobre una misma idea… Nada como callarse con la tranquilidad de confiar ciegamente en la validez de una idea propia mientras otros esperen que sigas confrontándola públicamente)…

-Liniers…

-La lluvia (y pedalear mientras llueve)…

-El frío…

-No ser rencoroso ni resentido…

-La melancolía (en su justa medida)…

-Mantener vivo mi blog, aunque sea con este tipo de escritos que probablemente yo sólo las lea (o al menos sea el único que llegó hasta acá)…

-La mitología nórdica, escandinava…

-Tolkien…

-San Lorenzo y Gimnasia y Esgrima de Mendoza…

-El respeto (propio y ajeno)…

-El perfil bajo (pese a medir 1,84, je)…

-Ver estas películas: “Love actually” y “Big Fish”…

-Tim Burton y su co-equiper, Danny Elfman…

-Sacarme los pellejitos cuando me estoy despellejando, je…

-Llevar casi una hora escribiendo esto sin haberme detenido siquiera un segundo para pensar si me estoy olvidando de algo o no…

-Hacer el ascenso al Cerro Arco con luna llena…

-Haber estado dos días en Confluencia (uno de los campamentos del Aconcagua) y soñar –o fabular- con que algún día trataré de hacer cumbre (o al menos me prepararé para hacerlo)…

-Sacarle 958 fotos a la luna en cualquiera de sus versiones y que todas salgan mal…

-Escuchar un tema –o varios-, acordarte inmediatamente de alguien y que se te dibuje una sonrisa en la cara…

-Haberme tomado un break de 5 minutos para darme una ducha de agua helada y volver (ya sé, no va a ayudar en lo más mínimo a mi torticolis, pero tenía mucho calor)…

-Intentar escribir sin errores de ortografía y respetando todos los acentos (aunque probablemente en este mismo texto ya tenga miles)…

-Ir por la tercera hoja de Word…

-Acordarme mientras escribo una enumeración de este tipo que en la revista del colegio (Tinta India) siempre hacían enumeraciones como esta, pero de cosas muy graciosas…

-Ponerle nombre a los regalitos…

-Hablar con mi sobrino imaginario, Tuluz…

-Hablar conmigo mismo y no estar de acuerdo en todo, está bueno discrepar…

-Saber que por mis últimas dos oraciones no faltará quien me acuse de “esquizofrénico”… Tranquilos, es sólo de colgado…

-Suspirar después de pensar mucho en algo… Eso significa que la procesión va por dentro…

-Este tipo de catarsis…

Leave me alone…

¿Qué tan malo puede ser querer disfrutar cada vez con más frecuencia de la soledad?. ¿Qué tan mal puede ser interpretado por un amigo o tu pareja que vos le digas lisa y llanamente: “Hoy tengo ganas de estar solo… Y mañana… Y tal vez pasado…”?…

Soledad

Nunca me voy a olvidar de un cuadro que estuvo colgado en un pasillo de mi casa durante muchos años. Supongo que era de mi vieja y era de la época en que ella estudiaba en Córdoba. No era un Picasso ni mucho menos, ni siquiera era una pintura. Era una foto tomada en algún lugar del mundo al momento del atardecer, con un cielo naranja de fondo y la sombra de un velero con una persona sentada en él. Y el velero estaba en medio de una laguna, donde el agua reflejaba el naranja del cielo. No se podía advertir nada más en la foto, porque justamente la idea era sólo representar las siluetas oscuras.

A la altura del agua, en color blanco, se podía leer una frase que –por lo que me contó mi mamá- daba toda la impresión de ser de autoría de Antonio Porchia. “Nunca encontré un compañero tan sociable como la soledad”. Fue ella, mi vieja, quien me presentó a Porchia y me indujo a leer algunas de sus obras. Cortitas y al pie, así eran las reflexiones de este poeta poco conocido, pero cada vez que terminaba de leer una de sus frases, levantaba la cabeza y me quedaba algunos segundos pensando, re prensando y repitiendo para mí mismo la frase, fascinado por la simpleza y la profundidad de sus palabras. Claro que después, gracias a Google, supe que la frase podía llegar a ser de Henry David Thoreau. Y digo podía, porque en cierto modo me gusta seguir pensando que es de Porchia, darle crédito a la enseñanza de mi mamá y contradecir cualquier manual, Wikipedia o cualquier página a la que me redireccione Google cuando busque en él el autor de esa frase.

No pretendo convertirme en un ermitaño ni mucho menos rendir culto a ese estilo de existencia, pero sí pretendo enfrentarme a aquellos que –quizá siguiendo el parámetro de lo políticamente correcto o de lo convencional- asocian el estar solo con el estar mal. No es lo mismo, ¡claro que no lo es!… Tengo mis amigos, dentro y fuera del trabajo. También tengo a mis padres, a mis hermanos y a toda mi familia. Y son tipos en los que, por momentos, no podría concebir mi vida ni mis actos sin su presencia (física o sentimental). Ellos lo saben, y saben lo fundamental que son para mí, y creo que sería redundante e innecesario agradecerles, dar nombres y dedicarles un discurso interminable a cada uno de ellos. No viene a la ocasión…

Eso sí, amigos, enemigos, conocidos, colegas y cualquier ser vivo que esté en condiciones de leer estas líneas: como cualquier ser humano, necesito y disfruto mucho de mis momentos y los diálogos conmigo mismo. No me parece una enfermedad ni una situación como para preocuparse de sobremanera. Entiendan: por momentos me gustaría hacer como Jean-Baptiste Grenouille y exiliarme en soledad durante siete años en una cueva perdida en medio de la montaña. Y no me gustaría que me vayan a buscar cuando esté así, volveré sólo cuando quiera. Pasando en limpio: que quiera estar solo por momentos (y que cada vez sean más esas ocasiones) no significa que me sienta mal ni que esté pidiendo ayuda.

Final lap

Y es que muchas veces mis sentimientos -que van al triple de velocidad que mi razón-, se relajan y detienen a descansar al costado del camino, como la fábula de la Liebre y la tortuga… Y cuando coinciden y se dan esos efímeros momentos en que la lógica alcanza a mis impulsos, les puedo jurar que ganas de asesinarlos es lo menos que siente mi razón frente a esos peligrosos sentimientos arrebatados…Pero éstos, asustados, aceleran de nuevo el paso, vuelven a escaparse y esta vez van seis veces más rápido y acá la situación no se parece en nada a la Liebre y la tortuga, lamentablemente… Y se transforma en un maldito círculo vicioso…

En el Planeta Nacho…

En el Planeta Nacho un animal que tiene cabeza de perro, ojos de perro, hocico de perro, patas de perro, cola de perro y ladra como perro… Probablemente sea un hipopótamo…

¡Qué lindo es el Planeta Nacho!. ¡Qué lástima que esté a tantos años luz del Planeta Tierra!

Principito

La hoja en blanco

Nuevamente, después de varios meses, me encuentro cara a cara con una hoja en blanco. Con los sentimientos más que aclarados, pero sin definir aún cómo plasmarlos. Solamente estamos los dos, la hoja en blanco y yo, y me invade una incontenible necesidad de escribir, de escribirlos, de describirlos… De la forma  que sea, o como se dé, pero compartirlos con esta hoja.

No me aterra enfrentarme a hojas en blanco, de hecho lo hago a diario y sin sobresaltos. Claro que no es lo mismo cuando el objetivo es rellenarlas con palabras y textos banales sobre la noticia del día o una entrevista a alguien que ha hecho –o alguien considera caprichosamente que esa persona ha hecho- algo productivo y relevante por la vida. O es amigo de algún fulano de doble apellido.

No, no es lo mismo. Pareciera que siempre es más fácil entrevistar a otro que entrevistarse a uno mismo. No nos tiembla tanto la voz ni nos tiritan tanto las manos a la hora de escribir cuando le preguntamos a otro “¿Cómo estás?, ¿Cómo te sentís?” en comparación con cuando nos lo preguntamos a nosotros mismos. Y claro, pensándolo bien, es preferible ser un mero oyente pasivo de los problemas, planteos y dudas existenciales de otra persona en lugar de asumir e intentar ahondar en los propios.

No sé si es el desvelo (en este momento son las 3:30 de la madrugada del sábado 14 de mayo del 2011) o el haber sobrevivido prácticamente ileso e intacto al inefable viernes 13 y su mala prensa. Pero lo cierto es que siento desde hace días una imperiosa necesidad de escribir sobre mí mismo, de analizarme y nadie me conoce mejor que esta hoja en blanco, que en la medida que van pasando los segundos y voy escribiendo en ella va teniendo menos de blanco, pero más de mí.

Me gusta escribir, en general, y escribir sobre mí mismo en particular. Me ayuda a confirmar algo que parece una obviedad decirlo, pero no es tan simple: nadie me conoce mejor que yo mismo. Bah, yo y esta “ex hoja en blanco”. Y en unos pocos segundos de catarsis me doy cuenta de que estoy bien, estoy relajado, estoy en un estado especial, particular. Me gusta tornarme introvertido por momentos, como por ejemplo éste, elegir la introspección para pasar el tiempo y firmar la paz conmigo mismo.

No es muy extenso el momento, apenas dura algunos minutos, no más de 20, supongo… Media hora, como mucho. Los suficientes como para poder completar esta hoja antes de que me invada el sueño que, muy a pesar de la hora que es, parece no estar ni cerca de mi habitación. Igual, no lo subestimo, sé cómo es y sé que ni bien se le ocurra llegar e instalarse acá, no hay manera de hacerle frente y terminará por imponerse en una fracción de segundo.

Pero mientras tanto escribo, me sigo descubriendo (me conozco hace casi 27 años y nunca dejo de encontrarme cosas nuevas, en su mayoría me agradan o puedo convivir con ellas) y continúo recorriéndome por dentro. Voy alternando entre la música y el silencio. Suenan The Beatles, Harrison con su “Here comes the sun” y su “Something”, y caigo en la cuenta de que esos temas me agradan mucho más desde hace un tiempo. Y de nuevo el silencio… Y más Beatles. Aprovecho mientras canto en la soledad de mi habitación, recostado sobre la cama, con la espalda apoyada a la pared mientras escribo esto, para seguir viajando por mi interior.

Mezclo Beatles con Los Rodríguez. “Palabras más, palabras menos”. Me tomo un descanso entre tanto análisis introspectivo que me estoy haciendo para decirme (obviamente a mí mismo también) que es uno de los mejores discos en español que he escuchado. Y sé que no he escuchado muchos, pero con los pocos que tengo en mi memoria auditiva me alcanza para confirmar esa afirmación.

“No te fíes si te juro que imposible…”. Sabiendo que podía pasar, pero sin haberlo premeditado, se me escapa una sonrisa con ese tema… O la dejo escapar, eso no lo sabré nunca. A la selección musical le agrego alguno que otro videíto que veo por Youtube para que se me escapen más sonrisas como la primera… Y simplemente fluyen. U2 también toma su protagonismo en esta selección musical que, tranquilamente, podría bautizar como: “Música para conocerse a sí mismo”.

Vuelvo a mirar el celular y ya son como las 4:30. Encima hace unos minutos escuché que se entreabría la puerta de mi pieza, no mucho, apenas unos centímetros. No me preocupé, no creo en fantasmas ni en ese tipo de cosas. Además, lo reconozco por lo sigiloso que es para invadir mi espacio: es el sueño.

Y no tengo ganas de empezar una discusión, una disputa que puede llegar a ser tan larga como improductiva, porque a la larga termina venciendo él. Entonces me acomodo, guardo este archivo, cierro la Notebook, abro la cama y dejo que él sueño haga el resto del trabajo.

Así es, amiga hoja en blanco –o ex hoja en blanco- durante casi una hora fuiste testigo de mi catarsis, de mi expedición introspectiva. Como una hoja de ruta, como un diario de viaje todo lo que pasó en esa hora queda con vos.

El resto queda para el sueño, que ya empieza a ponerle cada vez más peso a mis párpados. Probablemente en otra ocasión comience a llenar otra hoja en blanco con más sentimientos. Pero lo que resta del hoy, de este momento, quedará en mí.

Casi no puedo mantener los ojos abiertos… Una vez más venció el sueño.

Disléctico incoherente

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Cuando más relajado me siento, más ganas de hacer catarsis literaria me invaden. Cuando mejor creo sentirme, una hoja en blanco delante de mi nariz me demuestra que eso es una triste falacia.

Cuando mejor parecen estar las cosas, más negras se ponen las nubes que anuncian la tormenta.

Cuando más gente me contiene, me acompaña y sé que está a mi lado, más anhelo los momentos de soledad.

Cuando más propenso es el momento para hablar, sigo callado… Y cuando el silencio está encantador, arruino todo hasta con la palabra más inoportuna.

Cuando repentinamente me atormentan las ganas de escribir, estoy pedaleando en la bicicleta… Y cuando no tengo absolutamente nada, pero nada de inspiración, abro un archivo de Word en mi compu y escribo cosas como éstas…

Creo que es el momento en que deje ciertas cosas en claro con mi incoherencia si estamos dispuestos a seguir juntos…

Es que mueras por mí…

Y cuando estoy terminando de escuchar por enésima vez ‘Dos pájaros de un tiro’, del Nano y Joaquín, termino de darme cuenta de que es un claro acto suicida y de desprecio para mi autoestima… ¿Con qué inspiración, afecto y amor propio puedo llegar a intentar siquiera escribir algo de mi autoría?.

Sabina Serrat

Lo que mata es la rutina…

Yo me tomaba todos los días el 102 en la esquina de Granaderos y Moldes y me bajaba en la Plaza Independencia para ir a trabajar. Pero un día el 102 cambió el recorrido y nunca supe cómo volver a la Plaza Independencia, por lo que no fui a trabajar nunca más.

solitario

Pronóstico extendido

cantando bajo la lluvia

Después de buscar el celular para tirarlo con una furia catárquica contra la pared –acción que me hubiese servido como una inmejorable revancha, debo aclarar-, me di cuenta que el aparatito infernal estaba cumpliendo con el cometido para el que yo lo había programado la noche anterior: hacer las veces de despertador. Y pese a estar dormido todavía, porque tengo la costumbre de dormir unos 15 minutos más después de levantarme, a tal extremo de hacer cosas automatizadas ni bien salgo de la cama con tal de no despertarme pese a no seguir durmiendo (formalmente hablando), con la mente en blanco me senté sobre la cama y así alcancé finalmente la mesita de luz donde el maldito teléfono celular no dejaba de gritar como un desesperado –y en su idioma- “¡¡¡¡Despertate, pibe, DESPERTATE!!!!” o algo por el estilo. Sin distinguir siquiera el botoncito que uno debería presionar especialmente para enmudecer la alarma, creo que le di tres o cuatro cachetazos al celular hasta que finalmente me dio una tregua.

El silencio no es un buen amigo mío, al menos cuando estoy en el proceso de despertarme, ya que es como una voz inaudible que me llama de nuevo a la cama y, mientras más lo deje ser (al silencio), con argumentos más sólidos intentará persuadirme de las ventajas de la almohada, las sábanas y lo hermoso que sería volver a cama aunque sea por unos minutos más. Claro que son minutos de los que, por lo general, no dispongo y entonces tengo que acallar esa fucking voz (que ni siquiera sé de donde viene todavía, aunque intento averiguarlo con desesperación) con la TV, la radio o cualquier artefacto que emita sonido –por más básicos que sean- y que pueda desviar y centrar mi somnolienta atención cuanto antes. Sí, y a todo eso se le suma que para llevar adelante todo ese proceso, todavía estoy dormido. No es fácil, pero ya aprendí a vivir conmigo mismo y me acostumbré a mis caprichos y mis mañas…

Dormido, por supuesto, ya no estoy sentado sobre la cama sino que estoy parado buscando el control remoto, que siempre suelo encontrar en el piso y que termina ahí después de varias vueltas y enredos en la sábana. Se ha caído –de nuevo- y ya no hay cinta adhesiva que lo maquille, aunque sea un poco, entre tantas grietas. Claro que a esa altura del día poco me interesa ese detalle. Ya llegaré del diario por la tarde y, si me acuerdo, le haré una nueva y para nada sofisticada reparación.

Con los ojos entreabiertos –que no ven nada ni lo verían aunque estuviesen abiertos de par en par- apunto el control al televisor y lo prendo. Pongo algún canal local o nacional para enroscarme en noticias mediocres y reiterativas y con ese mismo envión enfilo hacia el baño.

Casualmente ha quedado sintonizado uno de los dos canales locales en la tele y yo desde el baño, con las manos llenas de agua que me frotaré una, dos y tres veces en la cara y los párpados para empezar a despertarme, apenas si escucho lo que dice ese embustero profesional al que todos llaman meteorólogos (no es una acusación con nombre y apellido propio, es una infame generalización, aclaro).

Mientras me veo al espejo (es la primera escena clara que tengo en todo el día, la de mi cara tomando forma) y chorrea el agua por mis mejillas y mentón hasta que encuentro la toalla, escucho como –con total naturalidad- el hombre del clima se explaya en sus augurios. “Para hoy el pronóstico no es nada alentador. Durante todo el día habrá una confusión mental inestable, empeorando para la noche”, sale de los parlantes del televisor, raramente con un volumen más alto en esa frase, como si me la hubiese dedicado especialmente.

Y yo, que lo escuché clarito y no necesito que nadie me lo confirme ni me lo repita, casi sin inmutarme y mientras me pongo la remera y me calzó el morral para luego salir a la calle, tomarme el micro y llegar al laburo (verás que la rutina es mi puta debilidad) me repito para mí mismo la frase con la que, rutinariamente, empiezo cada día. Como por inercia, me digo sin decir: “Y bueno… Nada nuevo, será otro día complicado, como tantos otros”

Apolíticamente incorrecto

Hagas lo que hagas, te cosas la boca con aguja e hilo o te pongas dos gotitas de pegamento en los labios –una en el inferior y otra en el superior-, es inevitable. Siempre va a llegar ese momento en que optes por dejar de lado esa extremista e innecesaria sobredosis de modales que te inculcaron a fuerza de gritos o zamarreos, primero tus padres y después en la escuela.

Va a llegar ese momento en el que te plantees y replantees qué le aporta o cambia a tu historia personal y a la universal que finjas una sonrisa hipócrita durante 17 de las 24 horas del día –eso si es que esa mueca no te acompaña mientras dormís también-.

Ese día en que entiendas que un “hola” no es más que una palabra insulsa, carente de sentido y más si la repetís de memoria, casi como un robot ante el primer ser que se te cruce –da lo mismo que sea una persona o un perro-. Y te vas a dar cuenta que no siempre querés saber “cómo está” alguien a quien se lo preguntás casi por instinto, como una frase hecha para romper el hielo. Y tampoco te va a interesar contarle toda tu vida –con las venturas y desventuras- al primero que se te cruza por la calle por el simple hecho de que haya salido de su boca un insignificante “¿Cómo andás?”.

Inevitablemente, y casi sin razonarlo previamente, te vas a dar cuenta que una mirada indiferente, de reojo; o una interjección que connota el más mínimo interés –o el máximo desinterés- va a salir de lo más profundo de vos en lugar de un “¡¡¡Qué buenoooooooooooooooooooo!!!” (con una O exageradamente estirada y un interés más fingido que una farsa teatral) después de oír la anécdota más pelotuda que te hayan contado.

Y te vas a dar cuenta que los únicos “hola” y los “¿cómo estás?”  que te van a salir del alma a la hora de preguntar o contestar no serán más que un puñado, y que siempre estarán vinculados a esas personas que realmente te preocupan y sobre quiénes verdaderamente te interesa saber cómo andan y, a la vez, te molestarías en gastar varios minutos respondiéndole el tan famoso “¿Cómo andás?”.

Y verás que, si bien sonreír es fácil y nunca está de más, al mismo tiempo sentirás que no todos te generan ganas de hacerlo. Y ni siquiera te importará fingir una estúpida sonrisa ante cualquier idiota, como si te sujetaran las mejillas con dos ganchitos de una engrampadora a la altura de los pómulos para dibujar la sonrisa más perfecta que jamás hayas visto, en momentos en que ni siquiera entenderías por qué estás sonriendo.

Y la indiferencia será un novedoso sentimiento que experimentarás más a menudo, y lo “políticamente correcto” a toda hora del día, en cualquier momento te parecerá cuando poco, absurdo.

Y lo mejor, frente a esos energúmenos arrebatados que se mueren por aplastarte la cabeza, o simplemente te desean en secreto todas las desgracias existentes y por descubrirse, pero que encuentran más cínico mentirte y reemplazarlo por un “Hola, ¿cómo estás?”, acompañado por una hipócrita sonrisa y un sostenido tono de voz, en ese momento encontrarás hasta satisfactorio poder descargarte con un sincero, profundo y aliviador…

¡ANDATE BIEN A LA MIERDA! (por supuesto, con una sonrisa plena en tu cara).

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