No hablemos de trabajo

En el tiempo que llevo siendo periodista en distintos medios he desarrollado una habilidad (aunque no alcanza a cuadrar como súper poder para presentarme en los X-Men o en los Avengers, lo he pensado y no da). Pero es una habilidad al fin y al cabo, y es la de lograr abstraerme y separar el trabajo del resto de mi vida.

Procedo a intentar explicar: nunca me creí ese personaje del “mar de conocimientos” (con una profundidad de 5 centímetros) que es el periodista, ese personaje que exige que suene un gong antes de enunciar una reflexión referida a cualquier tema: desde la devaluación hasta los cinco Balones de Oro de Messi. Y ya prácticamente opto por sonreír a secas, sin ensayar ni intentar ninguna otra respuesta cuando, precedida por la afirmación “Vos que sos periodista” casi que me exigen respuestas y certezas sobre cualquier tema: desde la muerte de Nisman hasta el pronóstico del tiempo para el fin de semana (pasando por el verdadero trasfondo de la fuga de los Lanatta y Schillaci).

Desde hace varios años he logrado adoptar una filosofía que me ha sorprendido gratamente con sus resultados: no hablar de trabajo en las reuniones sociales que se den afuera del diario, sea el ambiente que sea. De hecho, por momentos también lo aplico dentro del laburo y casi full time en mis redes sociales. Es difícil y eso no significa que no me guste mi profesión, pero disfruto más de aprovechar esos momentos para hablar de las otras cosas que hacen a nuestras vidas y que son igual o más importantes: novias de años, novias flamantes y también ex recientes. O de por qué la cerveza negra nunca va a compararse con la rubia. ¿Hago el esfuerzo económico y me voy a ver a los Stones?. De paso, retomo una vieja discusión: ¿por qué no hacer la Fiesta de la Vendimia cada cuatro años, como si fuese un Mundial de fútbol?. Así la reina tendría más tiempo para lucir su corona, la paquetería mendocina tendría más tiempo para criticar sus tuits y armar notas al respecto -aporte importante si los hay- y, de paso, los periodistas más meses para reponerse y volver recargados y apasionados a cubrir algo que ya se hace de forma automatizada año tras año. Es una flasheada, pero lo dejo ahí y retomo mi idea.

Los viernes por la noche -salvo tristes excepciones como la que ocurrirá este viernes y en la que prefiero ni detenerme- hemos armado un gran grupo de amigos con los que jugamos al fútbol (dos partidos, uno sobrios y otros con una alta graduación de cerveza en sangre) y que solemos acompañar con asado, pollo al disco o simplemente pizzas. En el grupo habemos varios colegas y la regla tácita parece ser la misma no se habla de trabajo. Porque una vez que empezamos nadie nos desenrosca.

Lo mismo con el grupo del “fulbito” de los sábados; con las juntadas con la Marian, el Dani, la Flor y el Hernán. De hecho, varias veces en que nos hemos juntado los amigos de esta redacción he llegado casi a implorar con la mirada que hablemos de cualquier cosa menos de trabajo.

Hace ya una década, en la primera redacción que tuve la suerte de integrar, el grupo era muy reducido y unido. Y siempre había una excusa para hacer -al menos- 2 o 3 fiestas grandes al año. Y ahí íbamos todos, amigos y compañeros de trabajo, a bailar, a disfrutar y a hablar de un montón de cosas totalmente distintas a esas aburridas que hablábamos entre las 4 paredes del diario. Si me preguntan, creo que esa fue la clave del éxito para que el grupo se afiance y hoy extrañe esas reuniones. Y no, no sé qué le pasó a Nisman ni si va a llover el domingo.

(Publicado el 14 de enero del 2016 en Diario Los Andes. http://losandes.com.ar/article/no-hablemos-de-trabajo)

Voto impugnado

Domingo 22 de noviembre. Primera vez en que el presidente va a ser elegido por balotaje (algo que también podría haber ocurrido hace 12 años, pero un ex presidente al que prefiero no nombrar -y que bien podría ser el padre político de los dos que se presentan ahora- decidió bajarse de la segunda vuelta). Son las 11.30 y, al igual que en la víspera de las otras seis elecciones en lo que va del 2015, dormí el sábado por la noche en lo de mis viejos. Los domingos de elecciones ya se han vuelto un clásico en mi familia: desayunamos los cinco, vamos en grupo a la escuela, tiramos 1.273 incoherencias mientras esperamos en la fila, votamos y después coronamos todo con asado. También son un clásico las quejas de mi vieja que, incluso antes de llegar a la escuela, ya está maldiciendo -con aires de pitonisa- que su mesa va a ser la que tiene más gente esperando y que va a estar toda una vida para poder votar. Aclaro que también es una fija que sea ella la primera de todos en desocuparse (con cinco minutos de demora, como mucho) y que después, cuando nos burlemos de su fallido pronóstico (uno más y van…), se defienda diciendo “¡Es la primera vez que no tengo tanta demora!”. El tema es que este año ya van cinco “primeras veces” sin tanta demora, no miento. Vuelvo a situarme en la mañana de 22. Después de tantas elecciones, finalmente me cambiaron de escuela y por fin votamos los cinco en la misma escuela (una excusa más para salir en “patota” el domingo). Entonces llegamos a la escuela del Barrio Cano, los “de la Rosa” nos fuimos a nuestra mesa y mi mamá a la suya. Y ahí empezó lo raro. Cuando estaba por entrar al cuarto oscuro, el presidente de mesa me pide -además del documento-, el celular. Pero no el número, sino el equipo. Lo miro extrañado, pero como hay un policía al lado, descarto que me lo vaya a robar (a menos que sean cómplices y ahí estoy en el horno). “Desbloquealo, por favor” me dice cuando se lo estoy por dejar en la mano, y yo pongo la clave. Ya con el teléfono en su mano, veo que abre MI Facebook y MI Twitter y se pone a revisar absolutamente todas mis publicaciones. “¿Habrá hecho lo mismo con todos los votaron antes? ¿¡Qué le pasa!?” es lo primero que pienso mientras el presidente de mesa va pasando mi celular a las otras autoridades. Todos anotan algo en la planilla y van asintiendo con la cabeza. Miro a mi viejo, a mis hermanos y tampoco entienden nada. Y la gente de atrás se va impacientando con la demora. “Disculpame, me temo que no vas a poder votar” me dice el presidente después de varios minutos, devolviéndome el DNI y el celular. Y se adelanta con la respuesta: “Ni en tus publicaciones de Facebook ni en tus tuits les has dicho a tus contactos a quién tienen que votar. No sólo eso: tampoco has compartido publicaciones del grupo ‘Éste sí, el otro no’ ni sobre las 246 ‘Campañas Bu’, o sobre todo lo malo que va a pasar si gana o pierde alguno de los dos ¿Para qué tenés redes sociales si no vas a intentar convencer e influir el voto de tus contactos? No vas a poder votar”, me dijo, tajante. Yo ya tenía el celular en mi mano y, aún sin terminar de entender, me invitaron a abandonar la fila. Mientras guardaba el celular en mi bolsillo, el presidente de mesa ya le estaba pidiendo a mi hermano el DNI y su celular, que empezaría a pasar de mano en mano en cuestión de minutos.

(Publicado el 11 de noviembre en Diario Los Andes. http://losandes.com.ar/article/voto-impugnado )

El Quinto De

En agosto de 2014, con 30 años cumplidos y ya lejos de la pubertad (de hecho, ya había adoptado la costumbre de afeitarme la cabeza dos o tres veces por semana para asumir mi calvicie y no esconderla más usando boina y “pelo largo” de la nuca para abajo, vale aclarar) me mudé. Nos mudamos, ya que con la Marian nos vinimos a vivir a un edificio céntrico. Empezamos a experimentar en primera persona la maravillosa experiencia de ir al supermercado -no hay cosa que me malpegue más que ello-, de arreglar la mochila del inodoro cada dos semanas y de desear con todas nuestras fuerzas poder hacer fotosíntesis cuando, promediando el mes apenas, quedan las reservas del sueldo. ¡Dichosas las plantas que sólo con agua y ponerse al sol puede generar su alimento!.

Ni hablar de las asiduas visitas virtuales a “PagoMisCuentas” o reales a los Rapi-pago-fácil”. Creo que el mismo miedo que nos generaba el Viejo de la Bolsa cuando éramos chicos, nos despiertan esos sitios cuando somos grandes y nos vamos a vivir solos. Podría seguir enumerando las cosas que cambian cuando te vas a vivir solo (como aquel calzoncillo blanco que metí al lavarropas con una toalla roja y se volvió rosado), pero no viene al caso.

Nos mudamos al Quinto De de un edificio de calle España. La verdad es que extraño horrores poder tener aunque sea un metro cuadrado de jardín para poder andar descalzo, y en verano la temperatura mínima es de 43 grados. A eso se le suma que los porteros me prohibieron con la mirada que llevara la bicicleta a mi nuevo hogar. Pero saliendo de eso, supongo que está bastante bien el lugar. Los vecinos son normales (hasta donde sabemos, ninguno ha asesinado a nadie y ha guardado su cuerpo en la baulera) y estoy sintiendo los temblores como nunca. Supongo que la Pachamama se está vengando de todos aquellos que nunca sentí. Y eso que ni siquiera soy de poner en Facebook o Twitter: “Está temblando” o cosas por el estilo.

Hace un tiempo, en uno de los departamentos del edificio, un vecino se disparó a sí mismo con un arma de fuego. Ni la Marian ni yo estábamos esa noche, pero cuando leímos la noticia, no lo pudimos creer. Si hubiéramos estado ahí, creo que todavía estaríamos en shock y tomando alguna pastilla, por lo que agradezco no haber estado. La noticia no le aportó demasiado al consorcio, pero nosotros siempre nos acordamos de lo mismo.

Y hablando de cosas que hacemos siempre, ya tenemos un par de frases, chistes y gags que repetimos hasta el cansancio (porque de esas cosas también está hecha la convivencia). Una de ellas es la de salir juntos del Quinto De en el que vivimos los dos (solos, aclaro) y cuando llegamos a la puerta del edificio, me acerco al portero eléctrico y toco el timbre en el que se lee “5 – D”. Un chiste estúpido, que por lo general recibe como respuesta una cara de “¡Basta, Nacho, ¿Otra vez?” por parte de la Marian. Pero la respuesta de ayer fue distinta. Porque, estando los dos abajo, en la puerta del edificio, alguien contestó el timbre en el Quinto De, del otro lado…

Todavía no hablamos del tema con la Marian (ni siquiera lo hemos mencionado), pero si saben de algún departamento con una habitación, un baño, un comedor y cocina que se alquile por el centro, agradeceríamos que nos avisaran. Con respecto a la ropa y las cosas que quedaron en el Quinto De, no hay nada que no se pueda comprar de nuevo. No nos vamos a poner en exigentes…

(Publicado el 2 de octubre en Diario Los Andes http://www.losandes.com.ar/article/el-quinto-de )

La BSO de la vida

Si de metáforas chatas hablamos, bien podríamos decir que la vida es como una película. Quizá una de esas interminables y tediosas como las multi premiadas en festivales de cine iraní.

Esas en las que -pese a no haber entendido ni el título-, a la hora de hablar de ellas tenemos que recurrir a frases como: “Una clara muestra de lo que somos como sociedad y de lo ciego que nos vuelve la banalización de lo cotidiano. Es una metáfora inmejorable”. Todo este palabrerío es aplicable aunque la película hayan sido 160 minutos de papel ardiendo para hacer un asado.

O quizá sea de esas películas pochocleras de canal de aire un sábado a la tarde. O una de acción, en la que todo pasa rapidísimo -incluso las poquísimas expectativas que le habíamos puesto-, aunque a la vida misma le falten autos que anden con nitro, tipos que esquiven disparos o camiones que salten de una punta de la autopista a la otra (el detalle de una autopista a medio terminar como escenario de persecución siempre garpa).

Una vez más me fui para cualquier lado. A lo que iba es que, así como en las películas existe lo que se llama Banda de Sonido Original (BSO) para musicalizar, creo que cada vida también puede tener su propia BSO. Y aunque nosotros no seamos los directores exclusivos de nuestra vida (digamos que es una coproducción entre nosotros y el destino), sí podemos hacernos cargo de la música que la acompaña.

Siempre voy a recordar la anécdota de un tío que soñaba con entrar a la iglesia con la Marcha Triunfal de Aída (de Verdi) el día de su casamiento, algo que no pudo hacer. Creo que ese fue el disparador para que yo empiece a armar el playlist de mi vida. Así fue como un día me imaginé que el 30 de mayo del ‘84, en el Español, sonaba de fondo “Así habló Zaratustra” (de Strauss) cuando yo nacía (un tanto exagerado).

“I don’t wanna grow up” (en versión de Ramones) para mis primeros años de secundaria, con algunos momentos para “La Nave del Olvido” (La Renga) tampoco podrían faltar. Imaginaba a Wagner y su “Cabalgata de las Valkirias” cada vez que tenía que entrar a rendir un final en la facultad, aunque sin los helicópteros con Napalm si el profesor se ponía pesado.

Si algún día me recibo, sin dudas la “Obertura 1812” (de Tchaikovsky) será la BSO para ese momento. Y los cañonazos del final tal vez sean el sonido de los huevazos al reventarse contra mí. Ni hablar del final de “El lago de los cisnes” (siguiendo con Tchaikovsky) cada vez que siento que me estoy metiendo en una parada difícil.

Los Beatles son otra fija en mi BSO de vida. “Norwegian Wood” para recordar algún pájaro que ya voló o “The Magical Mistery Tour” para esas escapadas a Chile con los chicos de la revista, sólo por citar algunos. O “Shook me all night long” de AC/DC para salir a andar en bici a donde sea. “In-A-Gadda-Da-Vida” (de Iron Butterfly) y sus 17 minutos mientras escribo esto, también.

Los temas de Enya para recorrer las sierras cordobesas con mi familia. O la ya mencionada marcha de Aída cuando subíamos un cerro en La Falda (juro que llegamos a escuchar la canción en el lugar, nunca creímos eso de que en realidad era el ruido del viento.

Así como tampoco creímos nunca en los padres: sabemos que son los reyes magos disfrazados). Cualquier momento en que coincidamos los cinco de la Rosa – Alcobas, sí o sí debe ir acompañados de “Shiny happy people” (de REM). O “Tan joven y tan viejo” (de Sabina) para cuando me da el maldito viejazo.

¿Para el final de la “película”?. Tengo un par de opciones. Quizá “I’m the walrus” (de Beatles) o “God only knows” (de los Beach Boys). Pero no me gustaría que “Himnos de mi corazón” (de Los Abuelos de la Nada), quede afuera.

Quizá mi vida, su desarrollo y su final no sean dignos de una película. Pero quién me quita la emoción de ponerle un tema -o al menos un fragmento de él- a cualquier cosa que haga, por mínima que sea: desde ir al baño hasta pedirle al delivery cinco empanadas de choclo.

(Publicada en Diario Los Andes el 28 de agosto de 2015 http://www.losandes.com.ar/article/la-bso-de-la-vida )

Spam político

Hace unos días, vía Facebook (ese hermoso, extenso y contraproducente canal del que todos disponemos para hacer catarsis, aún cuando a quien esté del otro lado de la pantalla o del celular ni le importe saber en detalle qué nos pasa) me explayé sobre una reflexión a la que había llegado en medio de un asado entre amigos. El tema es que fue más allá y decidí centrar esta columna en la idea que había disparado el comentario: el spam político.

En esas líneas pensaba en lo difícil que debe ser para Sergio Massa (solo por mencionar a alguno) querer hacer un llamado telefónico real.
Por ejemplo, un día Don Sergio quiere comer una muzzarella con la familia en su casa, tranquilo, y llama al delivery. Entonces se da la siguiente situación (hipotética):

- Hola… Soy Sergio Massa… Y quería pedirte una piz…
(Interrumpiendo del otro lado)

- Uhhhh… ¡Otra vez el contestador de este tipo! (acto seguido corta) Tu tu tu tu tu…
(Y Sergio se queda sin pedir su pizza). Y así sucesivamente…

En medio de la ruta, con el auto roto:

- Hola… Soy Sergio Massa… Y necesito la grú…

- Tu tu tu tu tu tu tu

Reclamando por un corte de luz:

-Hola… Soy Sergio Massa… Y estoy sin luz desd…

-Tu tu tu tu tu tu tu…

Jugando a esos programas de TV en los que hay que formar una palabra con las letras que se ven en la pantalla:
-Hola… Soy Sergio Massa… Y la palabra es “Fundam…

-Tu tu tu tu tu tu tu…

Llamando al 113:

-Son las 12 horas, 26 minu…

-Hola… Soy Sergio Massa. Y quería sab…

-Tu tu tu tu tu tu…

Al final del comentario, concluía en que no debe ser fácil ser Sergio Massa cuando quiere hablar por teléfono en serio.
Pero no me quise quedar solo en eso (para que tampoco me tilden de “anti algo” y “pro otro algo”). Entonces me voy a otro candidato, a otra situación.

Hace algunos días, aprovechando que no teníamos obligaciones laborales, habíamos acomodado todo para dormir la siesta en el departamento con mi novia (con todo lo que la palabra siesta significa para Mendoza, y viceversa). Pero a las 15:02 sonó el teléfono fijo -en Mendoza solo se llama a esa hora si hubo una tragedia o hay un terremoto- y fue ella la valiente que se levantó a atender. “Hola, soy Florencio Randazzo y si estás pensando en viajar…” ¡PLACK! (Creo que la violencia con la que colgó el teléfono dejó la marca en el mueble).

Y tampoco voy a explayarme sobre lo que le dijo/dijimos/gritamos a Don Florencio gracias a esa grabación inoportuna, que de seguro despertó o despierta a varias personas todos los días (como la mencionada de Don Sergio).

Pero eso no es todo. Ni hablar de aquellos momentos en los que uno muere de ganas de escuchar un tema, o de ver los goles de la Liga turca, o de lo que sea en Youtube. Y, tras abrir el video, tengo que ver sin posibilidad de elegirlo al menos 5 segundos antes de poder saltearlo (que, juro, son una eternidad) a Mauricio Macri visitando a no sé qué vecino o a Urtubey contándome no sé que cosa de Entre Ríos. O a los candidatos mendocinos hablándome de vaya uno a saber qué cosa. ¡¡Yo sólo quería escuchar Kashmir, de Led Zeppelin, o ver los goles del Galatasaray – Besiktas!!. Ah, y como si fuese poco, en mi mail personal debo eliminar tres o cuatro correos diarios con la plataforma de éste, las propuestas de aquel o las chicanas entre ambos.

No sé si el 146 (el BENDITO registro No Llame, ¡alabado seas!) incluye la propaganda política, pero yo ya me inscribí. Sé también que con Google Chrome puedo bajar un programa para que no haya más anuncios en los videos de Youtube (ni de políticos ni de perfumes -¿quién compra un perfume por un aviso de 30 segundos con música fuerte, un hombre seduciendo a una mujer y luces de colores?-).

Pero estoy convencido de que en plena era de las telecomunicaciones estamos en plena era del spam político también. Y sé que este tipo de invasiones (en una mínima medida, tal vez) pueden ayudar a que decida mi voto. Encima vivo en Ciudad, puedo llegar a votar siete veces este año y en cada una de ellas, estando en el cuarto oscuro, me voy a acordar de las siestas y videos arruinados por esos nombres que me miran desde las boletas.

¿Quiénes creen que son para interrumpir esos momentos sagrados en mí?. ¿El Pipi Romagnoli, Matías Alassia?. Por cierto, muchachos (y si es que leen esto): para ustedes estoy cuando sea, da la hora que sea.

(Publicada en Diario Los Andes el 19 de enero de 2015 http://www.losandes.com.ar/article/spam-politico )

¿Por qué me tocó ser yo?

Podría haber sido muchas cosas. ¡Muchísimas! Y podría haber elegido también otras tantas como “debilidad”, porque más allá de esas que a uno la vida y la propia naturaleza le imponen, también están esas otras que uno elige (tal vez inconscientemente).

Podría haber sido un abogado prestigioso de esos que ya han perdido la cuenta de tantos ceros que observan en sus cuentas (obviamente, siempre hablando de ceros a la derecha) y con exóticos gustos, como por ejemplo una escapada relámpago a Miami por una semana o un “caprichito” de dos semanas en París “para cortar el año” en pleno invierno mendocino (que es el verano europeo). Y mi debilidad podría ser, tal vez, la AFIP.

Podría haber sido quizás un ciudadano griego que vive días, horas y minutos cruciales, de esos que sin dudas marcarán un antes y un después para mi país, mi rutina, mi trabajo y mi familia. Y ser consciente de que en una votación que se dirime entre un “Sí” y un “No” hay todo un país y un futuro en juego. En ese caso, mi debilidad podrían ser Alemania y la Unión Europea.

Podría también ser un niño extraterrestre que fue enviado en una cápsula espacial apenas nació para salvarse de la destrucción de su planeta (en la que también murieron sus padres), y que luego creció bajo el cuidado de dos granjeros hasta transformarse en un superhéroe -con un alter ego periodista, requisito con el que ya cuento-. Y en ese caso, mi debilidad sería un extraño mineral verde, originario del país en el que nací y que respondería al nombre de kriptonita.

Podría ser, si no, un “exitoso emprendedor” que invirtió 13.000 pesos en cremas de cuidado de piel con la promesa de recuperarlos y ganar otros 65.000 más con sólo convencer a mis amigos (y no tan amigos) para que repitan esa misma inversión y el mismo proceso.

En este caso, mis debilidades -o temores- serían las estafas que siempre envuelven a los negocios con estructuras piramidales, y los refutadores de estos mitos (porque ya pasó con suplementos dietarios e, incluso, con infusiones que prometían hacernos adelgazar).

Incluso también tendría miedo de que algún día mis amigos se enteren de que los embauqué con tal de recuperar mi inversión y ganar más plata aún con fondos que provendrían del dinero que ellos pusieron. Y que, a su vez, les hicieron poner a sus amigos y conocidos.

Podría haber sido John Lennon o Mark Chapman. También JFK o Lee Harvey Oswald.

Pero no, me tocó ser Nacho de la Rosa, un periodista de 31 años, que hace improvisación teatral y argentino. Y mi debilidad tuvo que ser, justamente, ser tan futbolero. Y haber tenido que vivir para ver la final de la Copa América 2015.

(Publicado en Diario Los Andes el 6 de julio de 2015 http://www.losandes.com.ar/article/-por-que-me-toco-ser-yo )

Improvisar no es ser improvisado

A mediados del 2010 conocí a uno de esos tipos que, quizás sin saberlo en ese momento, terminarían por marcar mi vida. Y cambiarla, obviamente -y por suerte- para bien.

Ese tipo a quien me refiero prácticamente como una personificación del mesías (que no es el mismo que el Messías, valga la aclaración) es tan humano como yo, tan pelado como yo (con más años de experiencia), aunque más barbudo que yo. Ese tipo es Esteban Agnello, a quien todos conocemos como “El Pelado” o “Pela”, así a secas.

Fue por un taller de teatro y expresión corporal organizado por el diario donde él era el profesor, que se repitió al año siguiente y luego se esfumó. Pero del Pela aprendí un montón de cosas: a perder la vergüenza, a expresarme mejor (porque todavía no lo hago bien, reconozco) en público, a confiar un poco más en mí y en mis habilidades y a comunicar con mi cara y el cuerpo.

Después seguí en otros talleres y grupos comandados por él, con presentaciones en público incluidas (¡Yo, que apenas podía hilvanar dos palabras seguidas me veía de repente “actuando” delante de mucha gente!). Y de hecho, actualmente soy parte de la Liga Mendocina de Improvisación, proyecto al que llegué de la mano del Pela y del que soy parte hace tres años.

Sin embargo, las enseñanzas de las que hablo trascienden lo meramente artístico o profesional. Para pruebas me remito a la frase con que titulé esta columna y que -casi con seguridad- tampoco es de autoría de Agnello. Pero a él se la escuché por primera vez, por lo que me voy a tomar el atrevimiento de adjudicársela.

“Improvisar no es ser improvisado”. En el género teatral de la improvisación, la explicación es más que simple. Es que si bien se trata de un estilo en el que las escenas no tienen un guión predefinido -y por eso hay que improvisar la puesta a partir de una palabra o una situación enunciada por el público en ese momento-, se puede aplicar a cualquier situación de la vida cotidiana.

Sin ánimo de caer en lugares “bucayescos” o “coelhistas” -que son peores y causan más daño que los lugares comunes-, a diario enfrentamos situaciones que no estaban en nuestros planes y que debemos resolver o -al menos- salir parados.

Le pasa al periodista, al doctor, al albañil y hasta al propio gobernador, solo por mencionar algunas profesiones y sin ningún tipo de encono en particular. Y la clave es saber reaccionar sin guión, tener cintura (como le dicen).

Para ello es clave la experiencia, la velocidad y agilidad mental y los reflejos. No son habilidades con las que se nacen, sino justamente en las que vamos mejorando mientras las vamos atravesando. Dicho sea de paso, ningún episodio se repite, por más parecidos que sean entre sí. Es la falsa ilusión del Déjà vu que no es más que eso: una ilusión.

Por mi parte, hace tiempo dejé de asociar la frase: “Algo vamos a improvisar” como sinónimo de zafar, de salir del paso. Y esas son las cosas -entre otras- que le debo al Pela.

También le debo haber conocido a la Meri, a la Laura y al Flavio, pero eso es tema de otra columna. Si es que alguna vez decido hablar de los Impower Rangers.

(Publicado en Diario Los Andes el 22 de mayo de 2015 http://losandes.com.ar/article/improvisar-no-es-ser-improvisado )

El fútbol en los tiempos de Twitter

¡Último momento! (música de Crónica, placa roja y voz de catástrofe). Las redes sociales están matando al fútbol (más música de Crónica). Ampliaremos.

No hay una oficina fiscal ni un juzgado para denunciarlo, por eso elijo hacerlo por este medio ante un oficial de justicia invisible. ¿Cómo que no me entiende, señor oficial? Intentaré explayarme un poco más.

Cuando digo “matando al fútbol”, no me refiero a éste como deporte, sino más bien como pasión y a todo lo que lo rodea. Y aunque haya elegido estigmatizar a Twitter con el título de esta columna quiero que conste en actas que la acusación involucra a todas las redes sociales. Ojo, se lo estoy diciendo yo, que me abrí cuenta de Twitter cumpliendo una especie de promesa 2.0 después de que San Lorenzo zafara del descenso en 2012 (pensar que hay gente que promete ir de rodillas a la Difunta Correa o dejar de fumar, me da vergüenza llamarle promesa al mamarracho que hice). Pero bueno, yo tampoco estoy libre de pecado.

Volviendo a la denuncia, no tengo dudas de que las redes sociales son lo peor que le pudo haber pasado al fútbol y su pasión.
A las pruebas me remito. Hace unos días, junto a un grupo de amigos, aceptamos un desafío para jugar un partido en esas canchas de las que uno termina llevándose kilos y kilos de caucho adentro de los botines y los acumula en el living de casa. Hasta ahí, nada raro. Pero lo raro empezó después (parafraseando a Sacheri).

Resulta que el otro equipo -en su totalidad- empezó a “jugar” el partido casi una semana antes en Twitter. Gastadas por acá, deliradas por allá y promesas de una paliza (que nunca se concretó en la cancha), entre otras cosas.

Quiero dejar en claro que no me molestó ello e, incluso, hasta me pareció simpático (estoy sonriendo mientras le digo esto, discúlpeme señor oficial. Pero no puedo evitar recordar que hasta sacaron una foto a la cancha antes de que empezara el partido para tuitearla).

El tema es que el correlato de toda esa previa picante en Twitter nunca se vio en la cancha y -más allá del resultado, favorable a mi equipo de principio a fin- la sensación con la que me volví fue clarita: si el fútbol se definiera en 140 caracteres y en cantidad de seguidores (o “fologüers”), es probable que hubiésemos perdido por goleada.

Pero como el fútbol es “todo” menos eso, los que ganamos fuimos nosotros. Incluso, después del partido, los jugadores del otro equipo siguieron con su discurso en las redes. Y, a juzgar por lo que decían, llegué a pensar que en realidad habíamos perdido en la cancha. Por suerte mis amigos, cuando les pregunté, me reafirmaron lo que yo tenía entendido: habíamos ganado.

Tengo más pruebas para mi denuncia, señor oficial. Hay gente que tuitea mientras está viendo a su equipo. ¡Así como me escuchó! No conformes con ser un manojo de nervios y tensiones durante 90 minutos (más los 15 del entretiempo), tienen el tupé de hacerse tiempo para comentar, insultar y hasta “gritar” los goles… ¡por Twitter y Facebook!

No se descompense, señor oficial… Siéntese y tome un vaso de agua. ¿Cómo dice?… ¿Que los goles no se gritan por Twitter? ¡Claro que no! Por eso estoy acá.

Desde lo personal, prefiero quedarme sin voz gritando (en serio) los goles y abrazándome con mi viejo mientras vemos el partido. Y no tocar el teléfono. Imagínese a mi viejo parado al lado mío, mirándome con los brazos abiertos para abrazarme después de un gol y yo diciéndole: “Esperame que tuiteo y te abrazo”. Mi viejo pensaría -y con razón- que fracasó como padre y como futbolero.

Le juro que no son malas personas, aún gritando los goles por Twitter. Tengo muchos amigos que lo hacen, espero que sirva como atenuante.

Ah, y ya que estoy, quiero aprovechar y ampliar la denuncia como coautor del asesinato del fútbol (y su pasión) a los improductivos y banales “tradicionales afiches post partido”. Siempre andan junto a las redes en la escena del crimen.

(Pulbicado en Diario Los Andes el 14 de abril del 2015 http://www.losandes.com.ar/article/el-futbol-en-los-tiempos-de-twitter )

Santa María, madre del rock…

Antes de empezar a escribir mucho -y no decir nada -, me siento obligado a hacer una confesión: las sierras de Córdoba son mi lugar en el mundo. A mí no me vengan con históricas ciudades europeas o metrópolis de imponentes edificios.

Yo a las sierras cordobesas, ésas en las que pasé 15 vacaciones de invierno junto a mi familia y donde el propio Luca Prodan encontró refugio la primera vez que gambeteó a la parca, no las cambio por nada.

Entre tantas ciudades -o pueblitos, ya que la mayoría no llegan al status de lo que comúnmente conocemos como ciudad-, está Santa María de Punilla.
La primera vez que fui a esa ciudad fue con mis viejos y mis hermanos, en el “noventa y algo”.

Volvíamos de pasar el día en la Ciudad de Córdoba con dirección a Huerta Grande (donde vivíamos durante las vacaciones) y a mis padres -que estudiaron medicina en esa provincia- se les ocurrió pasar por el histórico Hospital de Santa María (conocido comúnmente como “el hospital de tuberculosos”, ya que allí se trata a aquellos pacientes con esta enfermedad).

Recuerdo que mi viejo encaró por ese camino lleno de árboles, en medio de las sierras, y al llegar a la entrada del lugar, un encargado de seguridad nos dijo que no podíamos seguir.

Más de dos décadas después decidí volver al pueblito. Fue el sábado 14 de febrero pasado para el primer día del Cosquín Rock, que de “Cosquín” mantiene sólo el nombre, ya que hace varias ediciones se fue de esa ciudad -Cosquín sí entra en el rótulo de ciudad- y se mudó al aeródromo de Santa María.

Apenas pisé la ruta 38 (que también hace las veces de una de las dos calles más importantes del lugar), y mientras me abría paso entre remeras del Indio, La Renga, Almafuerte y CJS tuve un déjà vu. Tenía clarísimo que yo ya había estado ahí.

Lo mismo me pasó cuando fui a dar, siguiendo la fila de quienes esperaban entrar al aeródromo, a la “segunda calle más importante” de Santa María. No es una gran avenida repleta de marquesinas.

De hecho, es apenas una calle de tierra con almacenes y casas. Claro que durante los cuatro días que duró el Cosquín Rock, en todas las casas de familia del lugar se ofreció comida (hamburguesas, empanadas, choris o panchos), bebida (fernet, vino, soda y la especialidad de la casa: Pritty con vino tinto) o hielo.

Siempre a precios más económicos que esos que uno encontraba en los stands “oficiales”, donde -al parecer- los precios se acomodaban de acuerdo al valor del dólar.

Del show en sí no voy a decir mucho, ya que de seguro hay mil periodistas especializados para hacerlo (”¡¿Qué hace una banda como Babasónicos en un espectáculo como el Cosquín Rock?!. Perdón, me traicionó en subconsciente).

Sólo voy a aclarar que el segundo déjà vu que me invadió esa tarde fue estando en el medio del aeródromo, cuando miré para las sierras y vi dos casas blancas, una al lado de la otra y envueltas en árboles. “¿Ése no es el hospital de los tuberculosos?”, pensé. Y me acordé del viaje de allá, por el “noventa y algo”.

El final de la noche merece un párrafo especial porque el temporal de ese fin de semana en las sierras empezó esa misma madrugada y los más de 1.000 metros que separaban el aeródromo de “la segunda calle más importante” de Santa María transcurrieron entre la tormenta y las patinadas en el barro.

Pasando el control de la entrada, los puestitos de comida no oficiales volvieron a ser parte del paisaje, con precios más razonables. En un quincho del lugar, una banda se esforzaba por “homenajear” a Massacre y al Gordo Walas.

Ya en la calle de tierra (que a esa altura era de barro), los mismos locales y casas particulares seguían proveyendo a los asistentes de comida, bebida y hasta un techo. En cada uno de ellos la música era el combustible que mantenía encendidos a quienes estaban (estábamos) ahí.

En uno sonaban Los Redondos, en otro La Renga, un poco más lejos El Soldado, mientras un grupo de pibes y pibas bailaba “Prohibido”, de CJS, ya llegando a la ruta 38 y sin preocuparse por la lluvia que los duchaba. Eran recién las 4.30 am.

“Santa María, madre del rock… Ruega por nosotros, rockeadores…”.

(Publicada el 25 de febrero de 2015 en diario Los Andes http://www.losandes.com.ar/article/santa-maria-madre-del-rock-835138 )

Los Elegidos

Están por todas partes. En los cafés del Centro, en las redes sociales, en los medios de comunicación, manifestándose a viva voz en la Peatonal. Incluso, todos tenemos a alguno en nuestro círculo más íntimo (amigo o familiar), aunque a ese lo queremos y lo aceptamos simplemente porque no podemos ser críticos ni maliciosos con él. Pero están.

Y de eso le hablaba al Dani, al Javi y al Davo mientras tomábamos varios pares de cerveza en un bar de la calle Colón.
“¿Un apocalipsis zombie?”, me dijo el Dani, que siempre fabula con eso y ve zombies hasta en la heladera.

“No, pavo. Hablo de los elegidos”.

Cuando dije eso, todos me miraron como si estuviese hablando de religión. O de la Matrix. Al Javi hasta le costó tragar el sorbo de cerveza que tenía en la garganta. Como vi que no entendían lo que quería decir, tomé yo un trago de cerveza -pasó limpito- y me dispuse a explicarles un poco más.

“Son esos tipos que, sin decirlo, se piensan más que vos. Y que son tolerantes y democráticos, siempre y cuando pienses como ellos. Son esos tipos y minas que defienden la democracia y la libertad de pensamiento. Y lo hacen en sus discursos, en sus palabras, en sus posteos de Facebook y hasta en Twitter. Y defienden la polémica, el debate y hasta les encanta discutir. Obviamente, siempre queriendo ser más que vos… Pero cuando ven que la realidad no es como ellos quieren y pinta de otra forma, ahí el debate se va al carajo y pasamos a ser todos ignorantes, brutos, garcas y oligarcas”, les dije mientras me volvía a llenar el vaso de cerveza para volver a humedecerme los labios.

“Loco, ¿estás hablando de fútbol? No te pongas mal, te he dicho que tu San Lorenzo va a ganar el mundial de clubes. Despreocupate, ni el ébola los va a parar”, tiró el Davo, que seguía entendiendo poco y nada lo que estaba diciendo y a donde apuntaba.

“No bolú’… No hablo solo de fútbol, aunque te agradezco el pronóstico buena onda. Yo sé que Ronaldo le tiene miedo a Ortigoza, jaja. Igual, me refiero a todo con lo que digo: a política, religión… Y sí, fútbol. Mirá…”, le dije y saqué el celular para mostrarle un posteo de alguno de mis contactos (porque -aunque Facebook así lo decida-, no somos amigos). Y le mostré cómo esa mujer hablaba maravillas de un político X -no viene al caso mencionar quién era- destacando sus medidas y decisiones igualitarias que lo diferenciaban del resto. Al tercer comentario, alguien ‘osaba’ cuestionar su punto de vista… Y toda esa igualdad y discurso tolerante se caía. ‘Sólo los garcas no entienden a X’ era el siguiente posteo de aquella que, minutos antes, había hecho gala de la admirable tolerancia e igualdad de su posición.

“¿Entendés lo que te digo? Estoy seguro de que a esta gente le gustaría que existiera una democracia selectiva. De esas en las que todos podemos votar, siempre y cuando votemos lo que ellos quieren. Y que los que no comparten no voten, por ‘garcas-ignorantes-zurdos-fachos-inserte aquí su subestimación por el otro’.

Es esa gente que, cuando hay elecciones, se florea con un ‘¡Qué lindo domingo para la fiesta de la democracia!’ en sus redes y que a las 18, cuando ve que el candidato que votaron no es el ganador, se descargan con un ‘¡Qué pueblo ignorante-desmemoriado-fascista-zurdo! Sigan votando así y ya van a ver a dónde vamos a ir a parar’. ¿No les ha pasado?”, les tiré, y volví a empinar el vaso como para mojarme la garganta que ya estaba seca.

El Dani, que escuchaba atento, se quedó un rato callado, nos miró a todos y me dijo: “Chabón, igual quedate tranquilo. Pensá que hay algo que esos tipos no van a poder hacer nunca y es meterse al cuarto oscuro con vos. Lo que pasa ahí adentro es lo que importa y lo hacés vos…”, largó. Y se llenó el vaso.

“Ahora, ¿de verdad pensás que Cristiano le tiene miedo a Ortigoza? ¡En taxi lo va a tener que perseguir. Y eso si es que llegan a jugar contra el Madrid…”, me chicaneó el Dani.

(Publicado en Diario Los Andes el 23 de octubre de 2014 http://www.losandes.com.ar/article/los-elegidos?rv=1 )