De nosotros para ustedes

Nuestras musas están inquietas, confundidas, y hasta un poco desanimadas. Insisten y persisten en utilizarnos como sus canales para dar su mensaje. Es imposible no escucharlas y mucho menos ignorarlas. Por eso, para que haya un poco de paz y armonía entre ellas y nosotros, es que accedimos a transmitir su mensaje.

Hace unos días escribimos, inspirados por nuestras musas, un post dirigido a los administradores de Blogs de la Gente. Nos pareció que esa era la mejor manera de manifestarles ciertas cosas que, a nuestro criterio, no estaban como deberían.

En el referido post nos quejamos, fundamentalmente, de la falta de visitas que recibían nuestros blogs, a la ubicación que a estos se les había dado, y al estado de abandono en el que el sitio se encontraba.

Si trazáramos un paralelo entre los Blogs de la Gente y el mercado inmobiliario, el resultado sería el siguiente: “Pasamos de tener una luminosa y amplia casona de dos plantas en el mejor barrio de la ciudad a un monoambiente con una sola ventana, techo de chapas un tanto agujereadas, ubicado a 20 cuadras de la ruta y a 50 de la estación más cercana.

Como verán estas condiciones no son las óptimas para que el proceso intelectual y creativo se desarrolle, y crezca. Muy por el contrario, eso hace que las ideas se desvanezcan, se entristezcan. Eso hace que la frustración y la impotencia nos bloquee, inhabilitándonos. Que ponga a nuestras mentes en blanco, encerrando a nuestras ideas y a nuestra inspiración, en una bolsa sin fondo, para siempre.

Agradecemos la posibilidad que se nos da en este espacio, y entendemos que este es un espacio gratuito, que no es lo mismo que barato. Se pueden hacer cosas buenas con pocos o escasos recursos.

Es en esos casos en los se trabaja por amor a la camiseta, en el que aflora nuestro costado filantrópico, cuando ponemos el corazón y el alma toda para que las cosas salgan. Es cuando surgen los sentimientos más profundos y más auténticos. Porque todo se hace desinteresadamente, a pulmón, sin otro incentivo más que la expresión misma, y el ser leído

Sabemos que siempre tuvimos, y tendremos las puertas abiertas, tanto para abrir un blog como para cerrarlo. Esto último es justamente lo que no queremos, es la razón por lo cual nos embarcamos en este intento de cambio.

No queremos que este espacio desaparezca, queremos a este lugar, lo sentimos como propio, y nos sentimos todos un poco artífices de su existencia. Deseamos profundamente que siga siendo un lugar de expresión para todos por igual.

Un espacio en el que todas las ideas son bienvenidas, toleradas y respetadas. Un espacio en el que no hay límites acotados, y mucho menos censura. Un espacio en el que nos podemos expresar con libertad, dentro de un marco de respeto y responsabilidad que nosotros mismos nos imponemos.

Pero pensamos que, si tal vez este espacio gratuito y casi secreto se hace público, sería sumamente rentable para ustedes, y por ende, más beneficioso para nosotros. Si es necesario, estamos dispuestos a ayudarlos y, a poner todo de nuestra parte para conseguirlo.

Siguiendo con el paralelo del mercado inmobiliario, si ustedes ponen carteles más grandes, más claros, con colores más vivos y llamativos los lectores se van a sentir atraídos, casi compelidos a visitar nuestros blogs. Lo que va a traer como consecuencia la entrada de mucha más gente. Y por supuesto, el lógico corolario, la aparición de más anunciantes.

En cuanto al posteo que hicimos el día martes, lamentablemente, aun no hemos recibido una respuesta formal de los administradores. Si, se han producido una serie de “cuestiones” que han llamado nuestra atención, y nos han preocupado un poco.

Cuestiones que, como no somos mal pensados y mucho menos mal intencionados, creemos que se deben a casualidades, o al mal funcionamiento de la plataforma. Y no a algún tipo de represalia tomada en forma solapada.

Estas son algunas de las “anomalías” que hemos notado: desde el martes dejamos de recibir el mail con los destacados del día. También han desaparecido varios posteos de nuestros blogs. Hay una mayor cantidad de blogs de spam, que publican indiscriminadamente, haciendo desaparecer inmediatamente del inicio a nuestros posteos.

Nos ponemos a su disposición para lo que necesiten de nosotros para mejorar los Blogs de la Gente. Ojalá esta vez nuestra comunicación se produzca, ojalá nuestras ideas sirvan para mejorar el sitio.

Muchas gracias por su atención los blogueros de los Blogs de la Gente.

Mensaje de nuestras Musas

La falta de comunicación trae como contrapartida la abulia, el desinterés y el desánimo, estos desembocan inevitablemente en el abandono. Ese abandono hace que el proceso creativo no se concrete ni se complete, que quede trunco, diezmado. Hace que se pierdan ciertos medios de expresión que los seres humanos usamos como canales para expresar sentimientos, experiencias, amores, enojos, reales o inventados.

A veces no basta con expresarnos, la expresión en soledad suele tornarse en falta de expresión, en algo vacío y vano. Algo que nadie conoce, ni comparte, algo que carece de valor por que no se conoce. El conocer cual es el efecto que lo que nuestra expresión causa en los demás es nuestro alimento, es lo que nos nutre, lo que nos impulsa a crear. Al igual que los artistas necesitan ser aplaudidos, y los pintores necesitan que su obra sea vista, los escritores necesitan ser leídos.

Esa es la premisa para que el círculo se cierre, para que el proceso creativo se complete y rinda sus frutos. Si esto no se produce ocurre lo mismo que enuncia ese antiguo proverbio chino: ”Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿produce sonido?”.

Y así nos sentimos en ocasiones los Blogueros que aquí participamos, como arboles que caen en medio del bosque, sin emitir sonido, por que no hay nadie allí para escucharlos. Sentimos que escribimos textos que nadie lee, por diversas razones.

Somos escritores en su mayoría aficionados, se nos dio este don de la palabra para expresarnos, para plasmar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que nos pasa. Es nuestra forma más plena de expresión, la más autentica, la que calca a la perfección todos y cada uno de nuestros sentimientos, pareceres y sensaciones.

Esta es la mejor manera en la que nos comunicamos y comunicamos, esta es la manera en la que se nos ocurrió comunicarnos con ustedes Señores Administradores. Esta es la manera en la que queremos decirles que nos gustaría que las cosas cambiaran en el Blog de la Gente para beneficio de ustedes y el nuestro.

Agradecemos profundamente el espacio que aquí se nos brinda. Pero, hay algunas cuestiones que nos gustaría que cambiaran o al menos mejoraran.

El acceso a los blogs de Gente es sumamente engorroso. Nos sentimos como enclavados en medio de la cordillera, como el secreto mejor guardado. Antes había una solapa para ingresar directamente a los blogs. Ahora solo se anuncia “abrí tu blog aquí”.

No queda demasiado claro donde se pueden leer los blogs que ya están funcionando. Tampoco contamos con un índice por categoría que contenga a todos los blogs o por lo menos los que están activos. Lo que reduce muchísimo las visitas.

También notamos cierto abandono en la actualización del sector de blogs. Los destacados tienen más de un año sin actualizarse. Los blogs más comentados y los más votados datan de julio de 2011. Lo que nos lleva a preguntarnos, si no hubo post posteriores que superaran esa cantidad de comentarios o de votos.

Cuando se produjo el cambio de portada del diario virtual, se nos redujo prácticamente a la nada. De Cuatro blogs destacados pasamos a sólo uno. Compartimos lugar con La Viola y otro blog de deporte, que no es un Blog de la Gente.

Se incluye diariamente a La Viola en el mail de los blogs destacados del día, lo que quita un lugar a los blogs de la Gente. En los referidos mails en ocasiones los links están mal o no funcionan.

Otro de los problemas con el que nos topamos diariamente al hacer un comentario es el “nunca bien ponderado Captcha”. Si no lo colocamos debidamente pasa a otra pantalla borrándonos el comentario. A veces, dependiendo de nuestro tiempo y paciencia, volvemos a comentar. Generalmente esto es beneficioso, porque el segundo y a veces hasta el tercer comentario nos queda mucho mejor que el primero. Eso, por supuesto, siempre que el Captcha quiera, porque si no quiere lo vuelve a borrar. Pero no todo el mundo tiene el mismo tiempo y paciencia y si el comentario se le borró una vez, terminan no comentando.

Y en lo que a comentarios respecta, sería muy interesante que vengan abiertos por defecto. Y si el bloguero no quiere comentarios, que los cierre en cada caso. Cuando somos primerizos y no manejamos la plataforma todo se nos complica, y solemos no tener en cuenta esos detalles. El no recibir comentarios suele ser bastante decepcionante.

Lamentablemente hay mucha gente que a raíz de estas circunstancias ha dejado de escribir en su blog o postea cada vez menos. Por eso, para que vuelvan los que se han ido y no se vayan los que se están por ir, eso es lo nos motivo a escribir este post.

Ojalá puedan solucionarse estos inconvenientes, y para mejorar la comunicación entre ustedes y nosotros.

Muchas Gracias por su Atención los Blogueros de los Blogs de la Gente.

Compartir hasta …

Víctor volvió un poco más rápido de lo que Ayse esperaba. Cerró la puerta muy despacio, absorto en sus pensamientos, entró a la cocina. Se sirvió un vaso de agua, y se sentó. No dijo una palabra, tampoco vió que ella que estaba parada junto a la mesa mirándolo y tratando de adivinar lo que había pasado.

Ayse no sabía que hacer, si preguntarle o dejar todo como estaba. No podía quedarse como una mera espectadora, esa no era su naturaleza. Él estaba sufriendo, ella lo conocía, sabía lo que el sentía Norma, sabía que la amaba y la amaría por siempre.

El silencio, la apatía y la abstracción no eran una buena señal. Ayse lo amaba con toda su alma, tenía que hacer algo, pero ese algo era drástico, dramático. Cambiaría la vida de los tres para siempre. Aclararía y confundiría aun más las cosas.

Tal vez sea un mal necesario pensó Ayse, algo que debe pasar, algo que nos debe pasar. Se sentó junto a Víctor y tomó su mano. Hola, le dijo ella, ¿Cómo está Meliha?

El la miró muy profundamente tratando de contener un llanto incontrolable. Ayse sintió en esa mirada que él estaba buscando su consuelo. Sintió que le suplicaba que lo ayude a llevar a cabo esa empresa imposible, y totalmente desquiciada.

Ayse, Meliha se está muriendo, le dijo Víctor. La diálisis ya no funciona, necesita un trasplante. No le queda mucho tiempo, los médicos me dijeron que esta en una lista, que está primera.

No entendí muy bien lo que me dijeron, usan esas palabras difíciles. Hablan de patología, histocompatibilidad, que se yo. Vos sabes que a mi estas cosas me ponen mal y entiendo la mitad de lo que me dicen.

Lo único que sé es que Meliha necesita un riñón, ahora mismo. Yo no soy compatible, tampoco lo son sus primas. Es desesperante, no sé que más hacer, a quien recurrir. Me siento tan inútil, tan impotente, no puedo esperar sentado a que se muera y todo termine, tengo que hacer algo. ¿Pero qué?

Me lo dijiste a mi, y eso es suficiente le dijo Ayse, quizás  tenga la solución, o tal vez la solución este en mi.

Víctor la miró sin comprender, no entendía o no podía entender lo que ella le decía. Estaba abrumado, lo que Ayse decía lo desconcertaba. No entiendo, le dijo él.

Es muy simple, el mes pasado doné sangre para ella. Tenemos el mismo grupo sanguíneo. Es un comienzo, tal vez seamos compatibles.

¿Qué decís? Le dijo Víctor, creo que no te entiendo ¿vas a donarle un riñón?

Si Víctor, voy a donarle un riñón. No puedo verte así, se cuanto la amas, su muerte de aniquilaría. Hace años que estas librando una batalla demoledora con tu culpa por no poder ayudarla, y la impotencia.

Ya va siendo hora de que tengas un poco de alivio, de que ella tenga un poco de alivio, de que en definitiva todos tengamos un poco de alivio.

Ese mismo día Ayse se hizo los estudios correspondientes para saber si ambas eran compatibles. Y sí lo eran, asi que Ayse cumplió con su promesa y le dono un riñón a Meliha, la esposa de su amante. Ahora no solo comparten un hombre, también comparte su sangre y un riñón.

Esta historia no es únicamente producto de mi loca imaginación. Me inspiré en una nota que leí en yahoo. Una vez más la realidad supera a la ficción. Les dejo el link http://co.noticias.yahoo.com/mujer-turca-recibe-trasplante-ri%C3%B1%C3%B3n-amante-marido-093800197.html

La pasión de Mara

 

Estaba nerviosa, ansiosa, era el día más importante de su vida, quería que todo fuera perfecto. Como en esos cuentos que tenían a princesas como protagonistas, que su madre le contaba a su hermana y a ella cuando eran niñas. Por enésima vez se miró al espejo, primero de frente, luego un perfil y después el otro.

Acto seguido se acomodó el vestido una vez más, verificó que su peinado y maquillaje estuviera bien. Y se sentó en su cama a esperar que la vinieran a buscar para dar el gran paso.

Ese paso que la haría feliz, ese paso que la uniría al ser amado. Ese paso que tantas y tantas veces había soñado dar. Pero esta vez no era un sueño, era realidad. Por fin había llegado ese día tan esperado.

Mara había conocido al que sería su esposo por intermedio de Pamela, su hermana. En realidad no eran hermanas, eran hermanastras, pero ellas nunca hacían esa disquisición.

La madre de Mara había muerto cuando ella sólo tenía unos meses, ni siquiera la recordaba. Pocos años después su padre volvió a casarse con Nelly, quien tenía una hija Pamela. Ambas eran de la misma edad, sólo se llevaban unos meses. Mara quería a Nelly como si fuera su madre, y ella la quería como si realmente lo fuera.

Para Nelly, las dos chicas eran iguales. Nunca hizo distinciones entre su hija y la de su marido. Por el contrario, a veces se ponía más del lado de Mara que del de su propia hija.

Esto despertaba en Pamela unos celos incontrolables, y reacciones impredecibles que siempre hacían su impacto tanto en la persona de Mara como en “sus posiciones”.

Lo malo era que Mara nunca podía probar lo que Pamela le hacía. Ella era demasiado astuta como para ser atrapada en una de sus fechorías. Con el transcurso de los años las peleas, celos y venganzas se fueron aplacando hasta desaparecer.

Las chicas aprendieron a convivir y se hicieron amigas entrañables. Compartían salidas ý tenían casi el mismo grupo de amigos. Pamela fue la primera en conseguir novio, y como veía a su hermana tan sola un día trajo a un amigo que estaba segura que a ella le iba a gustar.

Y así fue, no se equivoco. Mara comenzó a salir con Guido. Al poco tiempo se pusieron de novios, se comprometieron y pusieron la fecha de casamiento. Fue algo rápido, un torbellino amoroso en el que vertiginosamente los dos quedaron perdidos y enamorados.

Mara miró nuevamente la puerta, no había ningún reloj en la habitación, no tenía idea de cuanto tiempo había pasado desde la última vez que revisó su atuendo frente al espejo. ¿Qué pasaba que no venían a buscarla?

Por fin la puerta de su dormitorio se abrió y entró una enfermera. “Mara, ¿estás lista? El doctor te esta esperando para tu sesión de esta mañana.”

Mara le clavó la vista, atónita, no comprendía lo que esa mujer le estaba diciendo. Ese era el día de su boda, el más importante de su vida. ¿Cómo iba a tener una sesión con un médico? ¿De qué le estaba hablando?

La enfermera se paró junto a Mara y la tomó dulcemente de la mano. “Hoy es martes, los martes por la mañana tenés que ir a ver a tu psiquiatra. ¿Lo recordás?”

Y Mara recordó, lo recordó todo. Recordó la carta que le hizo llegar Guido minutos antes de contraer matrimonio. Una carta en la que le contaba que se iba con Pamela, el amor de su vida.

Una carta en la que le revelaba que nunca la había querido a ella sino a su hermana. Una carta en la que Guido y Pamela le contaban como se habían burlado de ella todos estos años.

Una carta en la que Pamela le explicaba con lujo de detalles, como ella le había ido quitando el amor de su madre, y por ese terrible hecho, se había hecho acreedora de su venganza.

Una carta que marcó un antes y un después en su vida, una carta cruel, funesta, una carta que la desequilibró y le hizo perder la razón.

Es parte del amor…

 

Ella tuvo la ultima palabra. Él entró al dormitorio para buscar sus cosas y cerró la puerta. Eso provocó en ella algo que no esperó sentir nunca. La invadió la tristeza, la desesperación. La angustia comprimía su garganta dejándola sin aire.

No pensaba con claridad. Sensaciones y sentimientos se apoderaron de ella. Ese amor, que tanto le había costado conseguir, también se esfumaba. Otra vez sola, en esa casa que ahora, ante la inminencia de su partida, le parecía enorme, kilométrica.

De ahora en más estaría sola, rodeada únicamente por sus cosas Cosas a las que ella les daba valor, mucho valor, demasiado. Sólo eran cosas inanimadas, sin presente ni pasado, sin memoria ni recuerdos. Eran solo eso, posesiones circunstanciales, sin vida ni emociones adquiridas por si, sin una vida vividas por sí mismas, sino por otros.

Sólo eso tenía en su vida, en sus manos. Su capital estaba compuesto por puñados y puñados de nada recolectados a lo largo de toda una vida.

“¿Qué nos pasó? O, mejor dicho, ¿qué me pasó?” , se dijo, en voz alta. Esa auto revelación la dejó pensando, la hizo meditar una y otra vez. “A mi me pasó. Él era todo en mi vida y lo estoy perdiendo. A menos que…” Sacudió la cabeza hacia ambos lados con violencia. “No”, se dijo. “Es imposible.”

Pero la idea la perseguía, no la iba a abandonar tan fácilmente. Su vida y la de él, en realidad, la de ambos, estaba en juego. Ella tenía la solución al alcance de su mano. “Pero no”, se dijo. “Yo no soy de esas.”

Todo era tan simple y tan complejo. La solución estaba ahí, al alcance de su mano. ¿Por que no podía hacerlo?. Un simple acto marcaba la diferencia entre el amor y la soledad, la redención y la condena. Debía arriesgarse y cruzar esa línea delgada y frágil.

“No”, se dijo. ”No lo hice nunca, además ya es demasiado tarde.” Sus pensamientos no eran tan claros, tan firmes como sus afirmaciones. Él se estaba yendo para siempre de su vida. Él no era como los demás, él le importaba, a él lo amaba.

“¿Es tarde?” se preguntó, dubitativa. No se animó a hacerse la reveladora pregunta en voz alta, y tampoco en silencio. Porque conocía de sobra la respuesta. Pero tenía que convencer a su orgullo. Él no era tan flexible como se había tornado ella. Su orgullo era implacable, impiadoso, demoledor.

Él la había llevado hasta allí, un puerto seguro, un lugar donde él estaba a salvo y permanecía indemne, de pie, inmaculado. Un lugar al que constituyó en su reino, donde era preservado y el único privilegiado. Un lugar donde no había sitio para nada más, ni siquiera para el amor.

Cerró los ojos y por un momento se imaginó la vida de ahora en más. El precio era alto, y esta vez no estaba dispuesta a pagarlo. Esta vez, a diferencia de las otras, se dejó guiar por su impulso: tomó valor, abrió la puerta y por primera vez le pidió perdón.

Y esa fue la primera vez de tantas, la más dulce y la más amarga al mismo tiempo. Después de todo, eso también es parte del amor…

Estar en el cielo…

 

Me desperté al escuchar mi nombre. Estaba sola. Miré en derredor, y nada, todo estaba en silencio. La habitación estaba oscura. Prendí la luz, para cerciorarme, y tampoco ví nada ni a nadie. El sueño me vencía, los párpados me pesaban y los ojos se me cerraban, así que apagué la luz rápidamente y volví a dormirme.

Mi sueño era extraño, aún más extraño que de costumbre. Lo primero que ocurre habitualmente en mis sueños es una sucesión de imágenes inenarrables e irreconocibles. Fragmentos claroscuros sin sentido se agolpan, junto con imágenes que se tornan irreconocibles debido a la velocidad a la que transcurren.

Aunque esta vez se produjo una innovación en mi sueño. Salí por mis parpados y me elevé, mucho, mucho. Traspasé el techo y fui directo al cielo, pude tocarlo y atravesarlo. Veía como mis manos abrían surcos entre las nubes, que permanecían así unos segundos. Sentí su olor, ese perfume a aire puro y fresco.

Pude volar y correr sobre su superficie. La sensación era extraña pero agradable. Era consciente de no tener noción del tiempo, y de tener todas mis sensaciones a flor de piel. Era un sueño de lo más vivido, real, no como los otros que eran planos y simulados. Este no- sueño no utilizaba la información que tenía en mi cerebro para transcurrir, porque esa información nunca estuvo ahí.

Podía correr muy velozmente, casi volar por las nubes, sin cansarme, sin perder el aliento. Todo era muy mágico, se iban haciendo caminos a medida que presentían mi presencia, y cuando no las había daba un salto hasta la próxima o directamente volaba.

Al principio no me sentía muy confiada de volar, tenía vértigo, mucho vértigo. Volaba sin poder mirar hacia abajo, sólo abría los ojos por pequeños lapsos. Aunque después me fuí acostumbrando, y, de a poquito, comencé a poder mirar para abajo. Y a disfrutar el paisaje. Por primera vez tuve la mente en blanco, ningún pensamiento se cruzaba por ella.

Tenía una agradable sensación, un bienestar mezclado con paz y saciedad. Por primera vez en la vida sentí que no necesitaba más, que lo tenía todo. El cielo era mío con sus nubes y con los rayitos de sol que pegaban en mi cara tan dulcemente como si la acariciaran.

Volé alto, muy alto, y después fui bajando. De a poquito, casi sin darme cuenta, suave y progresivamente, perdí altura. Hasta que sin notarlo dí un pasito y toqué tierra. Estaba en un vallecito, rodeado por sierras, árboles muy verdes, había hasta un laguito limpio y cantarín.

Los rayos del sol se colaban por entre los árboles y lo iluminaban, creando un efecto sublime. Mire alrededor e inmediatamente reconocí donde estaba. Era mi lugar preferido en el mundo, un lugar que conocí en unas vacaciones cuando, tenía 11 años.

Ese lugar me enamoró, me cautivó, cuando algo no me gustaba o trataba de calmarme por que había tenido un mal día, me transportaba allí. Ese lugar que me rodeada, me envolvía y me embriagaba con sus perfumes. Con sus olores, conformados por una mezcla por momentos irreconocible y por otros reconocible de olor a verde con olor a río, a yuyos, a flores silvestres sumados al olor a río a campo, a tierra.

Era mi lugar perdido, mi espacio mágico y secreto, el lugar en el que me hubiera gustado vivir. Ese era el lugar que yo hubiera elegido como mi cielo, mi edén, mi pequeño paraíso. Ese era el lugar donde hubiera querido estar eternamente. Entonces alguien volvió a pronunciar mi nombre. Pero esta vez no se detuvo, lo hizo una y otra vez. Era como una letanía, una especie de mantra que repetía sin cesar.

Me distraía, me exasperaba, me irritaba, me tapé los oídos con fuerza para no escucharlo. No quería que esa voz pronunciando mi nombre invadiera mi lugar, y me invadiera. Pero algo pasó, y ese algo me arrastró. Sin poder evitarlo comencé a descender, como cuando se cae en un sueño.

La sensación era desagradable, violenta. Todo se sucedía rápido, era como viajar en un tren descontrolado a máxima velocidad. Intenté volver, pero no pude. No pude, por más que lo intenté. Comencé a ver luces a mi paso, y otra vez tuve el sueño con imágenes incoherentes, oscuras y deshilachadas.

Cuando abrí los ojos, mi novio estaba sosteniendo mi mano muy fuerte, demasiado fuerte. Tenía el rostro bañado en lágrimas y un corte muy profundo en la frente del que salía mucha sangre. Lo miré desorientada, no entendía lo que estaba pasando.

“Te llamé y no me contestabas, me pareció que no respirabas, traté de reanimarte. Pero no reaccionabas, no sabia que más hacer, estaba desesperado. Grité, y te grité hasta que se me ocurrió gritar tu nombre, lo hice una y otra vez, como un loco, sabía que si escuchabas mi voz ibas a volver. Tuvimos un accidente”, me dijo

Su secreta Pasión

Mario tenía varios pasatiempos, amores, pero sólo dos pasiones. Una era pública, por todos conocida y hasta compartida por alguno de sus amigos. Esa era la astronomía. Su otra pasión era más profunda, secreta, inconfensable, la que guardaba muy dentro de sí y tal vez era la que más disfrutaba.

Es un contador destacado, muy apegado a la rutina. Todos los días sale de su casa a la misma hora, y por supuesto indefectiblemente, llueve o truene, llega a su oficina también a la misma hora.

Abre la puerta de ingreso al edificio, sube al segundo ascensor, cierra las puertas, se mira al espejo, se acomoda el pelo, la corbata y oprime el botón que lo lleva al piso 18. Al llegar a su destino, se mira de soslayo nuevamente en el espejo, controlando que todo esté en su lugar.

Después entra en su oficina, prende la luz, levanta las persianas, prende su PC y luego, apaga la luz. Se para frente a la ventana, corre las cortinas, toma su telescopio, lo acomoda minuciosamente. Y lo dirige hacia su objetivo, ella.

La dama objeto y sujeto de su pasión también es una rutinaria empedernida. Todos los días cumple con el mismo rito minuciosamente sin apartarse un ápice de él. Ella comienza a ser mirada por él cada mañana a las 08:30 en el preciso momento, en el que corre las cortinas de su habitación y mira al cielo.

Acto seguido toma su bata y se dirige al cuarto de baño, del que sale 15 minutos después, atando su bata. Se sienta frente al tocador y comienza a prepararse para salir.

Comienza la ceremonia recogiendo su pelo rubio en una cola de caballo. El paso siguiente es colocar una crema que prepara a su piel para recibir el innecesario maquillaje. Él la mira fascinado, ella es delicada, cuidadosa, minuciosa. Mario no puede dejar de mirarla, en esos momentos ella es como una visión, desaparecería con tan solo tocarla con un dedo.

Él no se pierde detalle de lo que ella hace cada mañana. Sigue todos sus movimientos con una atención suprema. Parecería que trata de memorizarlos como si ella llevara a cabo un ritual pagano, del cual él tiene que recordar todos y cada uno de sus pasos, porque de ello depende su existencia.

Después de haber maquillado sus ojos y su boca, la observada dama se suelta el pelo. Mueve rápidamente la cabeza para un lado y luego para el otro, como si tratara de sacudir su pereza. Ensaya varios peinados delante del espejo y siempre se queda con el penúltimo.

La segunda parte de la ceremonia no se hace esperar, y Mario se prepara para ella. La dama se para frente a su placard, abre ambas puertas, y se para frente a el. Mira cada una de las prendas que se encuentran allí expuestas, y las evalúa.

Su elección es rápida, precisa, certera, siempre se pone lo primero que elige. Toma los zapatos, se los calza y luego se viste. Antes de salir vuelve a sentarse en su tocador, se pone perfume, retoca el peinado y sale de la vista de Mario, al salir de su habitación.

Mario comenzaba su jornada laboral una vez que la dama terminaba su involuntaria y privada función. Feliz, fascinado, con ella dentro de sus ojos, y atesorando su imagen en su memoria y contando las horas para volver a verla y deleitarse con su imagen.

A las 19:01 Hs. La dama en cuestión reaparecía en la vida de Mario. Ella era extremadamente puntual. Prendía la luz de su habitación y de esa manera lo “invitaba a entrar en su mundo”. Se sacaba la ropa con la que había estado todo el día y se ponía algo más cómodo para esperar a su marido que no tardaría en llegar.

Ese ultimo acto de la bella dama anunciaba el final de día. Entonces Mario cerraba las cortinas, bajaba las persianas, apagaba su PC, luego las luces de su oficina y se ponía en marcha para regresar a su casa.

Estaba ansioso por volver, su oficina estaba muy cerca de su casa, en la misma manzana, pero el trayecto le parecía eterno. No veía la hora de encontrarse con su mujer, darle un beso, estar con ella. Mario la adoraba, la amaba, la idolatraba a tal punto que  se convirtió en un voyeur de su propia esposa.

En sus ojos

 Nunca fuí una persona temerosa. Muy por el contrario, suelo enfrentar a mis temores. Trato de conocerlos, de saber cuales son sus puntos débiles. Una vez que tengo esa información, los enfrento, los tomo por sorpresa y los derroto. Mis armas secretas, infalibles e invencibles son la lógica y la racionalidad.

Pero hay dos temores que son constantes, que existen en mí desde que era pequeña. Y a pesar de que varias veces los enfrenté, no pude derrotarlos, me vencieron de la manera más humillante. El primero y tal vez el que más me perturba no voy a confesarlo. El segundo me produce solo un poco menos de resquemor, aunque sólo un poco. Y es el temor a los gatos.

Mi miedo a estos animales no radica en que me dañen físicamente. No me inspira temor el animal en sí. Al contrario, me parece de lo más bello y misterioso. Con una enorme cantidad de características positivas, los gatos son anatómicamente perfectos, poseen gran destreza, son eficientes, astutos, certeros, implacables cazadores, independientes, limpios y hasta simpáticos.

Lo que me inquieta de los gatos son sus ojos, su mirada. No sé muy bien como describirlo, tal vez debería hacerlo por descarte. No es algo patológico como una fobia, sino que es algo más intrínseco, más interno. Más espiritual, si se quiere.

Tal vez sea idea mía, pero la peculiaridad que tienen los gatos es esa mirada penetrante. Quizás se deba a la forma tan extraña que tiene su pupila, o a su color tan claro. La sensación que me dan es que no miran ni ven al humano que tienen delante, lo que quieren en realidad es ver su interior. Entran a través de sus ojos fundiendo su mirada con la suya para obtener todo cuanto necesitan saber de nosotros, y almacenarlo dentro de sí.

Un buen día apareció en el jardín de mi casa un gato gris perla. Era tan pequeño, estaban tan desprotegido, que sin pensarlo y sin acordarme de mis temores, lo metí dentro de la casa y le serví un plato de leche. A diferencia de lo que sentía con otros gatos,  Torcuato, así lo llamé, tenía una mirada amable, amigable, tierna, dulce y agradecida.

Con el tiempo me fui olvidando de ese segundo temor que limitaba mi vida, la relación con Torcuato era inmejorable. Me seguía a todos lados como un perro, me recordaba siempre la hora de comer, siempre estaba dispuesto a recibir mimos, y por supuesto yo a dárselos.

Que tonta fuí, tenerle miedo a estos animalitos todos estos años. Como pude tenerle resquemor a lago tan tierno y tan dulce como sus ojos. En fin una idea de lo más boba, de alguien que ignoraba lo magníficos que eran estos animales.

Me demolía cuando me miraba con sus ojitos bizcos, me miraba como tratando de entender lo que yo le decía. A veces el objeto de su mirada era la pared, o algún otro objeto. Eso me daba mucha curiosidad, se paraba frente a algo y lo miraba fijo, durante mucho, mucho tiempo. Como si el objeto en cuestión le diera instrucciones precisas para conseguir la paz del mundo.

Me causaba mucha gracia a la vez que me llamaba la atención su actitud, estaba abstraído, ensimismado, mirando un punto fijo en algún lado. Un día me senté en el piso a su lado y comencé a mirar la pared, fije exactamente mi vista en el punto que el la estaba fijando.

Y fue en ese momento que vi lo que el veía, sentí lo que el sentía y comprendí lo que entrañaba y guardaba su mirada. Un escalofrío recorrió mi columna, el pánico se apoderó de mí. No podía moverme ni articular palabra, estaba presa del pánico, presa de mi inmovilidad. Ahora estoy aquí, presa, dentro de sus ojos

Delicadas paradojas – Hoy Empiezo

Lábiles, sutiles, banales y eternas, perecen y permanecen con una existencia infinita y a veces inútil. Son contradictorias en si mismas, implican un contrasentido permanente. Pueden mutar de útiles a inútiles, en un lapso de tiempo muy acotado, tan solo un segundo que marca la diferencia y obra la contradicción.

Sus tamaños, formas, materiales y colores varían. Van de lo absolutamente llamativo y atractivo, a lo profundamente espantoso. En su mundo no hay reglas, solo estamentos, números y a veces, en la minoría de los casos, nombres.

Suelen volar alto y llegar hasta el cielo pero bien, bien arriba. Nos maravilla mirarlas, verlas en plenitud en lo alto. Pero no tienen termino medio, otras veces llegan a lo más bajo, caen y caen hasta quedar revolcadas en el fango.

Portan y contienen parte importante de nuestras vidas, a veces sólo gironés o deshechos de lo que fue. En algunos casos son las orgullosas poseedoras de nuestro pasado e incluso de nuestro futuro

Ellas son así, agradables y no degradables, eficientes e ineficientes, efímeras y eternas. Hechas a imagen y semejanza de sus creadores, una paradoja en sí mismas. Llegaron a nuestras vidas como la gran maravilla revelada, a fines del siglo pasado, y tal vez lo hicieron para quedarse. Ellas son a la vez las necesarias, innecesarias, útiles, inoperantes, amadas, odiadas, detestadas y contaminantes bolsitas de polipropileno, plástico y afines.

Nos siguen y nos persiguen ofreciéndonos sus servicios engañosos. Y lo peor es que solemos caer en su bien tramada y disimulada trampa. Por más que usemos la bolsita de las compras, tratando de cuidar a nuestro maltratado planeta. A veces nos quedamos cortas con la bolsa o largos con las compras.

Y es en esos momentos en los que ellas se hacen presentes, como lo hacia el Demonio ante el Fausto, y, de la misma panera te proponen “un pacto” que no podés rechazar. Un pacto del cual te vas arrepintiendo a cada paso. Un pacto que sufrís y padeces por sus consecuencias.

Un pacto que sufrís en carne propia, en el mismo momento en que las inocentes manijas de las bolsas, se van haciendo finitas, finitas, finititas. Y comienzan a introducirse como cuchillos mal afilados en tus manos, tratando de penetrarlas.

En ese momento sólo una pregunta ocupa tu mente toda: “¿Cuánto resistirán?” La pregunta es muy amplia, si te referís a tus manos entumecidas. Que a esa altura pasaron por una amplia gama de colores que fueron del rojo bermellón al violeta, para terminar en un blanco amarillento. O a las manijitas finitas que no sentís pero vez que en cualquier momento se cortan.

La desesperación te invade e invocás al cielo para que resistan las manijas de las bolsas y tus manos, aunque en ese momento tus manos poco importan porque casi no las sentís. Entonces se produce ese quiebre, ese momento crucial que presagia la desdicha y la tragedia.

Ese momento que nunca hubieras querido vivir y mucho menos presenciar, ese momento que es el momento en el que ves rodar los duraznos, junto con los tomates y la cebolla. Ese momento en el que ves a la espinaca que cae a plomo sobre los vestigios de vereda y sobre ella los huevos. El desastre más absoluto.

Tratando de contener las lagrimas, la ira, la vergüenza y todo eso que sentís. Siempre manteniendo la mayor dignidad posible y sobre todo poniendo mucha actitud al levantar todo el verdurerío desperdigado a lo largo de por lo menos dos veredas.

También podríamos capitalizar nuestro desastre bolsístico. Y tomar el desparramo como una experiencia, una aventura sin desventura. Tratando de experimentar lo que se siente al cosechar los vegetales de nuestra propia huerta. O pidiendo que la próxima vez nos pongan doble y hasta triple bolsa.

Besooo.