Aaahhhh qué manera de morfar!!!

Una gota de tinta tiene encerradas, apenas un dibujo y otras pavadas… -R. Fontanarrosa-

Esa mañana me levanté muy temprano para ir al trabajo. Hacía doble turno. Desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Doce horas parado en la puerta del Vips. El sitio donde trabajaba como guardia de seguridad en la calle Orense.
Román, mi amigo me había invitado a pasar Nochebuena en su casa. Era mi primera Navidad lejos de mi casa, lejos de mis afectos.
Muy lejos, estaba en Madrid. Hacía casi un año que había llegado y ya me sentía como en casa.
Es que todos me hacían sentir como en casa.
El departamento que compartía con Jesús y Miguel, estaba en silencio. Miguel estaba encerrado en la habitación con la china Li Jing, su novia. Que era el reemplazo ocasional de su novia, la alemana… la que le había regalado su coche nuevo.
Jesús roncaba en la otra habitación.
Qué personajes vivían en ese piso… Los tres divorciados, los tres de la misma edad…
Y cada uno con una locura distinta.
Miguel: vago, creador de la empresa unipersonal Seeferland, que fabrica imitaciones de fragancias importadas. Perfumes que daba a los moros para que lo vendan en el Metro… Todo un empresario. Aficionado a la pornografía, con todos los vicios, proveniente de una familia vasca muy adinerada. La oveja negra. Yo le conseguí el trabajo que hoy tiene. Del que hoy lo van a despedir, porque ha resuelto pasar el día con su novia, metido en la cama.
Jesús. Carajo qué sacrilegio llamarse así para un tipo como él.
Ex condenado por robo. Con condena cumplida. Ahora, orgulloso de llevar un uniforme de Guardia de Seguridad.
Me ha preguntado cuando le dieron la pilcha: ¿Qué te parece, americano? ¿Cómo me queda?
Pintado, macho. Pareces Patton. Le respondía.
Jesús era noble. Como los caballos, bruto pero noble. Después de muchos desencuentros verbales, me había encariñado con “la bestia” como lo llamaba cariñosamente.
La bestia: comía como un cerdo, tomaba ese vino asqueroso “Cumbre de Gredos” y era un manual de obscenidades y malas costumbres.
Me metí en la ducha, y luego del ritual de todos los días, como afeitarme, reventar algún granito y tratar de mejorar un poco la cara de reventado de todas las mañanas, me vestí. Tomé mi portafolios, con una muda de ropa dentro y un abrigo extra, porque pasaré esta fiesta cerca de la Sierra y va a hacer frio esta noche.
Mi primera Nochebuena con frío.
Y el día de hoy sería muy frío. Lo decían en la radio.
Mi primera navidad viendo nieve en la sierra madrileña. Tiene algo mágico, y cierta tristeza, por no estar con los chicos. ¡Cómo los extraño!.
Las horas en el trabajo pasaron rápidamente.
Todos los clientes venían a saludarme y a desearme lo mejor. Querían saber dónde la pasaría, no vaya a ser cosa de que estuviera solo en Nochebuena. La gente me había tomado cariño. Era el único Guardia de Seguridad que saludaba a todo el mundo y había establecido un vínculo con los clientes habituales. Me preguntaban qué tal andaba mi país, qué tal mi familia… Que si estaba a gusto y qué bien “el Boca” que había salido campeón de la Intercontinental.
Las prostitutas de la zona, me saludaban todas, ya que siempre las piropeaba y las halagaba. Jamás salí con ninguna. Nuestra relación era de clientes. Es decir, ellas eran mis clientes, no yo.
El Uruguayo fue uno de los que vino a saludarme. Un tipazo el Uruguayo. Me dijo que él empezaría tarde, que si quería, podía acercarme a donde yo tenía mi cena.
Le dije que era en Aravaca.
El brindis se armó con la gente de tienda y la gente del restaurante, antes de irnos cada uno a su festejo familiar. El Gerente del restaurante estaba duro como una piedra, por la ración extra que había metido en su nariz, por ser fiesta y tenía la sonrisa de oreja a oreja, inexplicable, porque no había mucho motivo de risa.
Me fui a buscar al Uruguayo, que me esperaba en su casa.
Salimos hacia Aravaca.
Hubo algo que me inquietó. Había olvidado recargar la batería del móvil y no tenía el cargador. Pero aún estaba encendido. Así como vino ese pensamiento, lo dejé ir.
Ibamos hacia Aravaca con el Uruguayo, y yo, con esa cosa estúpida de no querer incomodar, cuando llegamos, le dije: dejame aquí nomás, que ya conozco el camino. Es sobre aquélla calle que pasa por ahí arriba. Ahí vive Román.
Me preguntó si estaba seguro.
Que sí, le dije. Tengo buena memoria, si bien no recordaba la calle ni el número, sabría cómo encontrar la casa.
Eran las nueve y media de la noche cuando llegué, y dos horas después de tocar muchas timbres, en fincas muy señoriales, como la de Román, había caído en la cuenta de que me había perdido.
Llamaba al celular de Román y lo tenía apagado. Me empecé a desesperar.
Seguí caminando y empezó a hacer más frio. Nevaba a pocos kilómetros de Aravaca.
Me puse el abrigo extra. Me levanté la solapa del abrigo y seguí caminando.
Ya estaba muy cansado. Fueron muchas horas parado, y ahora llevo dos caminando de aquí para allá.
Poco antes de que dieran las doce, me llamaron mis hijos desde Argentina.
Un poco de emoción, risas de mis tres hijos y de su madre, de la que me había separado recientemente.
Besos, cariños y la promesa de llegar pronto a visitarlos.
Ahí fue cuando la batería de mi celular murió.
Me acerqué a un señor que estaba guardando el coche en el garage de su casa. Mi imagen, si bien era de una persona decente (al menos eso creo), no fue tomada por él como de tal condición, y cuando le dije: Señor … podría usted… Me dijo: nada nada…
Cuando aclaré que no era dinero ni comida, sino que tenía un problema y que solo quería ver si no tenía un cargador para mi teléfono, allí me escuchó y trató de darme una mano, pero fue inútil. No servía.
Me preguntaba, si yo fuera un ángel y mi intención en Navidad con este hombre hubiera sido regalarle un millón de Euros, se los hubiera perdido por no escucharme, por estúpido…

Bajaba un camino apenas iluminado, ya había perdido las esperanzas de encontrar la casa de Román. Desde ese camino se podía ver el corazón de Aravaca. Desde allí se podía ver la sombra de
De pronto, la primer bengala, junto con una campanada anunció
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Me dije: Feliz Navidad Juan.
Desde esa cuesta, vi dibujada la iglesia, desde donde venían las campanadas. Calculé que había unos milquinientos metros y sin dudarlo me encaminé hacia allá. Por fin, iba hacia un lugar.
¿Qué mejor que pasar Navidad en la casa del Señor? Me dije.
En un rato estaba empujando las enormes puertas de
No, no era por eso, es que detrás de las puertas había montones de fieles. Allí estaba todo el mundo. No podía creer desde mi visión de cristiano tan “infiel” por decirlo de algún modo, que hubiera tanta gente en la misa. Con lo bueno que deben estar pasándolo en lo de Román. Porque nadie como él para agasajar a los amigos…
Pensé, por un momento, pararme en la puerta al final de la misa, y pedir a alguien un cargador de baterías compatible con el mio… Pero, me fui entregando mansamente a la misa. Recé con todo, y al finalizar, le di la mano a varios que estaban allí, deseándonos la paz.
Había pasado
No recuerdo cuánto, pero al salir, caminé mucho, dando vueltas por ahí… Pensé en una comisaría. Román fue Juez, y su mujer, Loli, lo era.
Pero ya estaba muy cansado, y estaba muy enojado conmigo como para llegar a una fiesta donde todos estarían ya cenados, bailando y bebiendo como cosacos.
Ya no, ya quería ir a comer algo, y dormir. Dormir como un bebé. Eso quería.
Me dolían los pies y estaba con mi cabeza en otra sintonía, que no era de fiesta, precisamente. Era de paz.
Tomé un taxi, avisando al taxista que tal vez no llegaría con el efectivo que tenía, pero que si me esperaba en la puerta de mi departamento, bajaría con lo que faltaba.
Me dijo que no me hiciera problemas, que me podía esperar. Qué espíritu navideño, pensé… y me reí sólo.
El taxista esperó unos minutos frente a la puerta de mi piso en el barrio El Carmen. Bajé pagué los veinticinco euros que costó el viaje.
Lo primero que hice fue quitarme los zapatos, el abrigo, tirar todo en la habitación, que siempre era un perfecto caos. Limpia, pero espantosamente desordenada.
Fui a la cocina, estaba hambriento.
Y recuerdo que no había comprado nada , si total, pasaría el 24 y el 25 en lo de mi amigo…
Antes de largar la puteada, abro la heladera y veo que había un cartón de “Cumbre de Gredos” que me pareció el mejor de los vinos. Un salame, que se veía exquisito.
Miro la bolsa del pan, había y muy fresco.
Todo esto era de Jesús.
Recuerdo que él una vez me dijo: “ Macho, que no me entere que te falte, ni una cama caliente, ni un plato de comida”.
Por eso fue que no lo dudé.
Me preparé un enorme sándwich de salame.
Me serví un generoso vaso de vino tinto.
Y sentado, en silencio, comí, en paz.
A pesar de todo, creo que fue una noche llena de magia.
Esa noche, cené, gracias a Jesús.
Esta historia está dedicada a aquellos que alguna vez pasaron una Nochebuena en soledad.
A los que creen en la magia.
A los que nunca pierden la fé.
FELIZ NAVIDAD!
(¡Gracias Anila por las correcciones y tu tiempo!… perdón:¿ hace falta aclarar a esta altura quién es Anila?
Digo lo mismo que Caín, pidanme plata, pero no que escriba su apellido.)