Un verdadero salto al vacío. Pero, con veintiún años, no viajás a Europa, te vas, si cuadra, a la luna, como dijo el Negro Mariano.
Y allí fue, como fue haciendo su vida.
No escribía.
Durante mucho tiempo no escribió.
Cuando recibí su primer carta, ya desde Madrid, pues lo echaron de Italia por indocumentado, creí que me moría de la alegría.
Allí me explicaba que, si gastaba en el correo, no podía comprar patatas y huevos. Así fue que tiempo después le tuvo fobia a la tortilla de patatas. Porque creo que las comió hasta en almibar. Una sencilla explicación para decirte: tranquilo tronco, que te echo de menos, pero las cosas están como el culo todavía como para gastar en cartas y gilipolleces. Pero la amistad, sigue intacta. Tranquilo.
Parecía un tipo frio, para el que no lo conocía. Tenía pocas demostraciones de afecto conmigo. Pero, si se le conocía bien, uno se daba cuenta de los detalles: Una sonrisa. Una palmada en la espalda o un revoltijo en los pelos, pasando su mano por mi cabeza, un tono paternal a veces, ya bastaban. Ese era el afecto que recibía de Fer.
Me cuidó mucho, me aconsejó siempre. Me ayudó muchísimo, sobre todo a la hora de tomar algunas decisiones.
Lo acompañé cuando murió Eduardito, su hermano.
Me acompaño cuando murió Francisco, mi padre.
Apoyó mis proyectos, lo hice rezongar mucho con mis locuras. Me ha regañado como a un hermano menor en privado, y en público, me ha defendido como nadie. Ha elogiado mis dibujos, fue exigente como nadie y me ha premiado con su sonrisa.
Cuando estudiaba dibujo, tenía mil dudas, mil preguntas. En una tarde, resolvió tres años de escuela de dibujo.
Por ahí leí que José Gallego aprendió a usar la pluma guillot 303 con él.
Pues, en mi caso, el profe que tenía me enseñaba a usar la Guillot 107. Y no le agarraba la mano ni a palos. “Usá la 303 y listo, me dijo. Y cagate en lo que te dice el profesor, que eso es una mierda. Vas a ver cómo mejoras haciendo esto y esto…”
“esto está muy lindo”. Cuando Fer decía esas palabras, el trabajo estaba hecho.
Era una ilusión saber que venía a Buenos Aires. Cuando anunciaba su visita, contaba los meses para volverlo a ver.
Cuando viví en España, fue una gran compañía y un gran consejero, como siempre.
Me cuidaba el dinero, me aconsejaba a guardar las colillas de cigarrillos (en esa época yo fumaba) en una bolsita, para luego con los restos, armarme un cigarrillo nuevo.
Cuando cobré mi primera nómina, me dijo: ojo con esto y aquéllo… Como siempre, un hermano mayor.
Cuando me fui, lo vi realmente triste. No quería que me fuera. Se había hecho a la idea de que ya mi vida pasaba por Madrid, y no volvería a Argentina.
En el aeropuerto, se nos llenaron los ojos de lágrimas, nos dimos un gran abrazo, como siempre, sin estridencias, como era su costumbre, acostumbrado también él a las despedidas en los aeropuertos.
Nos volvimos a ver por última vez en Buenos Aires. Hace unos años. Cenamos juntos, como siempre, los dos solos. Fuimos de copas, hablamos de todo, como era habitual.