Maquiabelo el Principe Parte 4
CAPÍTULO XVII
DE LA CLEMENCIA Y DE LA SEVERIDAD, Y SI VALE MAS SER AMADO QUE TEMIDO
Descendiendo a las otras prendas de que he hecho mención, digo que todo príncipe ha de desear que se le repute por clemente y no por cruel. Advertiré, sin embargo, que debe temer en todo instante hacer mal uso de su demencia. César Borgia pasaba por cruel, y su crueldad, no obstante, reparó los males de la Romaña, extinguió sus divisiones, restableció allí la paz, y consiguió que el país le fuese fiel. Si profundizamos bien su conducta, veremos que fue mucho más clemente que lo fue el pueblo florentino cuando permitió la ruina de Pistoya, para evitar la reputación de crueldad en orden a las familias Panciatici y Cancellieri, que tenían a la ciudad dividida en dos partidos y enteramente asolada con sus contiendas. Y es que al príncipe no le conviene dejarse llevar por el temor de la infamia inherente a la crueldad, si necesita de ella para conservar unidos a sus gobernados e impedirles faltar a la fe que le deben, porque, con poquísimos ejemplos de severidad, será mucho más clemente que los que por lenidad excesiva toleran la producción de desórdenes, acompañados de robos y de crímenes, dado que estos horrores ofenden a todos los ciudadanos, mientras que los castigos que dimanan del jefe de la nación no ofenden más que a un particular. Por lo demás, a un príncipe nuevo le es dificilísimo evitar la fama de cruel, a causa de que los Estados nuevos están llenos de peligros. Virgilio disculpa la inhumanidad del reinado de Dido, observando que su Estado era un Estado naciente, puesto que hace decir a aquella soberana:
Res dura et regni novitus me talia cognut
Moliri, et late fines custode tueri.
Un tal príncipe no debe, sin embargo, creer con ligereza en el mal de que se le avisa, sino que debe siempre obrar con gravedad suma y sin él mismo atemorizarse. Su obligación es proceder moderadamente, con prudencia y aun con humanidad, sin que mucha confianza le haga confiado, y mucha desconfianza le convierta en un hombre insufrible. Y aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Respondo que convendría ser una y otra cosa juntamente, pero que, dada la dificultad de este juego simultáneo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido más seguro es ser temido antes que amado.
Hablando in genere, puede decirse que los hombres son ingratos, volubles, disimulados, huidores de peligros y ansiosos de ganancias. Mientras les hacemos bien y necesitan de nosotros, nos ofrecen sangre, caudal, vida e hijos, pero se rebelan cuando ya no les somos útiles. El príncipe que ha confiado en ellos, se halla destituido de todos los apoyos preparatorios, y decae, pues las amistades que se adquieren, no con la nobleza y la grandeza de alma, sino con el dinero, no son de provecho alguno en los tiempos difíciles y penosos, por mucho que se las haya merecido. Los hombres se atreven más a ofender al que se hace amar, que al que se hace temer, porque el afecto no se retiene por el mero vínculo de la gratitud, que, en atención a la perversidad ingénita de nuestra condición, toda ocasión de interés personal llega a romper, al paso que el miedo a la autoridad política se mantiene siempre con el miedo al castigo inmediato, que no abandona nunca a los hombres. No obstante, el príncipe que se hace temer, sin al propio tiempo hacerse amar, debe evitar que le aborrezcan, ya que cabe inspirar un temor saludable y exento de odio, cosa que logrará con sólo abstenerse de poner mano en la hacienda de sus soldados y de sus súbditos, así como de despojarles de sus mujeres, o de atacar el honor de éstas. Si le es indispensable derramar la sangre de alguien, no debe determinarse a ello sin suficiente justificación y patente delito. Pero, en tal caso, ha de procurar, ante todo, no incautarse de los bienes de la víctima porque los hombres olvidan más pronto la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio. Si sus inclinaciones le llevasen a raptar la propiedad del prójimo, le sobrarán ocasiones para ello, pues el que comienza viviendo de rapiñas, encontrará siempre pretextos para apoderarse de lo que no es suyo, al paso que las ocasiones de derramar la sangre de sus gobernados son más raras, y le faltan más a menudo.
Cuando el príncipe esté con sus tropas y tenga que gobernar a miles de soldados, no debe preocuparle adquirir fama de cruel, ya que, sin esta fama no logrará conservar un ejército unido, ni dispuesto para cosa alguna. Entre las acciones más admirables de Aníbal, resalta la que, mandando un ejército integrado por hombres de los países más diversos, y que iba a pelear en tierra extraña, su conducta fue tal que en el seno de aquel ejército, tanto en la favorable como en la adversa fortuna, no hubo la menor disensión entre los soldados ni la más leve iniciativa de sublevación contra su jefe. Ello no pudo provenir sino de su despiadada inhumanidad, que, juntada a las demás dotes suyas, que eran muchas y excelentes, le hizo respetable por el terror para sus hombres de armas, y, sin su crueldad, no hubieran bastado las demás partes de su persona para obtener tal efecto. Poco reflexivos se muestran los escritores que, a la vez que admiran sus proezas, vituperan la causa principal que las produjo. Para convencerse de que las demás virtudes suyas le hubieran resultado insuficientes en última instancia, basta recordar el ejemplo de Escipión, hombre extraordinario si los hubo, no sólo en su tiempo, mas también en cuantas épocas sobresalientes conmemora la historia. En España, sus ejércitos se sublevaron contra él únicamente a causa de su mucha clemencia, que dejaba a sus guerreros más libertad que la que la disciplina militar podía permitir. De tan extremada clemencia le reconvino en pleno Senado, Favio, acusándolo de corruptor de la milicia romana, y alegando que destruidos los locrios por un lugarteniente de Escipión, éste no los había vengado, ni castigado siquiera la insolencia de dicho lugarteniente. Todo esto derivaba de su natural blando y flexible, que él llevó hasta el punto de que, al disculparse de ello en el Senado, dijo que muchos hombres sabían mejor no cometer faltas que corregir las de los demás. Si con semejante temperamento, hubiera conservado el mando, habría alterado a la larga su reputación y su nombradía. Pero, como laboró después bajo la fiscalización del Senado, desapareció de su carácter cualidad tan perniciosa, y aun la memoria que de ella se hacía, fue causa de que se convirtiese en gloria suya. De donde infiero que amando los hombres a su voluntad y temiendo a la del príncipe, debe el último, si es cuerdo, fundarse en lo que depende de él, no en lo que depende de los otros, y únicamente ha de evitar que se le aborrezca, como llevo dicho.
CAPÍTULO XVIII
DE QUE MODO DEBEN GUARDAR LOS PRÍNCIPES LA FE PROMETIDA
¡Cuán digno de alabanza es un príncipe cuando mantiene la fe que ha jurado, cuando vive de un modo íntegro y cuando no usa de doblez en su conducta! No hay quien no comprenda esta verdad, y, sin embargo, la experiencia de nuestros días muestra que varios príncipes, desdeñando la buena fe y empleando la astucia para reducir a su voluntad el espíritu de los hombres, realizaron grandes empresas, y acabaron por triunfar de los que procedieron en todo con lealtad. Es necesario que el príncipe sepa que dispone, para defenderse, de dos recursos: la ley y la fuerza. El primero es propio de hombres, y el segundo corresponde esencialmente a los animales. Pero como a menudo no basta el primero es preciso recurrir al segundo. Le es, por ende, indispensable a un príncipe hacer buen uso de uno y de otro, ya simultánea, ya sucesivamente. Tal es lo que con palabras encubiertas enseñaron los antiguos autores a los príncipes, cuando escribieron que muchos de ellos, y particularmente Aquiles, fueron confiados en su niñez al centauro Quirón, para que les criara y los educara bajo su disciplina. Esta alegoría no significa otra cosa sino que tuvieron por preceptor a un maestro que era mitad hombre y mitad bestia, o sea que un príncipe necesita utilizar a la vez o intermitentemente de una naturaleza y de la otra, y que la una no duraría, si la otra no la acompañara.
Desde que un príncipe se ve en la precisión de obrar competentemente conforme a la índole de los brutos, los que ha de imitar son el león y la zorra, según los casos en que se encuentre. El ejemplo del león no basta, porque este animal no se preserva de los lazos, y la zorra sola no es suficiente, porque no puede librarse de los lobos. Es necesario, por consiguiente, ser zorra, para conocer los lazos, y león, para espantar a los lobos; pero los que toman por modelo al último animal no entienden sus intereses. Cuando un príncipe dotado de prudencia advierte que su fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio, y que los motivos que le determinaron a hacerlas no existen ya, ni puede, ni siquiera debe guardarlas, a no ser que consienta en perderse. Y obsérvese que, si todos los hombres fuesen buenos, este precepto sería detestable. Pero, como son malos, y no observarían su fe respecto del príncipe, si de incumplirla se presentara la ocasión, tampoco el príncipe está obligado a cumplir la suya, si a ello se viese forzado. Nunca faltan razones legítimas a un príncipe para cohonestar la inobservancia de sus promesas, inobservancia autorizada en algún modo por infinidad de ejemplos demostrativos de que se han concluido muchos felices tratados de paz, y se han anulado muchos empeños funestos, por la sola infidelidad de los príncipes a su palabra. El que mejor supo obrar como zorra, tuvo mejor acierto.
Pero es menester saber encubrir ese proceder artificioso y ser hábil en disimular y en fingir. Los hombres son tan simples, y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que engaña con arte halla siempre gente que se deje engañar. No quiero pasar en silencio un ejemplo fehacientísimo. El papa Alejandro VI no hizo jamás otra cosa que engañar a sus prójimos, pensando incesantemente en los medios de inducirles a error y encontró siempre ocasiones de poderlo hacer. No hubo nunca nadie que conociera mejor el arte de las protestas persuasivas ni que afirmara una cosa con juramentos más respetables, ni que a la vez cumpliera menos lo que había prometido. A pesar de que todos le consideraban como un trapacero, sus engaños le salían siempre al tenor de sus designios, porque, con sus estratagemas, sabia dirigir a los hombres.
No hace falta que un príncipe posea todas las virtudes de que antes hice mención, pero conviene que aparente poseerlas. Hasta me atrevo a decir que, si las posee realmente, y las practica de continuo, le serán perniciosas a veces, mientras que, aun no poseyéndolas de hecho, pero aparentando poseerlas, le serán siempre provechosas. Puede aparecer manso, humano, fiel, leal, y aun serlo. Pero le es menester conservar su corazón en tan exacto acuerdo con su inteligencia que, en caso preciso, sepa variar en sentido contrario. Un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiera mantenerse en su trono, ha de comprender que no le es posible observar con perfecta integridad lo que hace mirar a los hombres como virtuosos, puesto que con frecuencia, para mantener el orden en su Estado, se ve forzado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias o caritativas y hasta contra su religión. Su espíritu ha de estar dispuesto a tomar el giro que los vientos y las variaciones de la fortuna exijan de él, y, como expuse más arriba, a no apartarse del bien, mientras pueda, pero también a saber obrar en el mal, cuando no queda otro recurso. Debe cuidar mucho de ser circunspecto, para que cuantas palabras salgan de su boca, lleven impreso el sello de las virtudes mencionadas, y para que, tanto viéndole, como oyéndole, le crean enteramente lleno de buena fe, entereza, humanidad, caridad y religión. Entre estas prendas, ninguna hay más necesaria que la última. En general, los hombres juzgan más por los ojos que por las manos, y, si es propio a todos ver, tocar sólo está al alcance de un corto número de privilegiados. Cada cual ve lo que el príncipe parece ser, pero pocos comprenden lo que es realmente y estos pocos no se atreven a contradecir la opinión del vulgo, que tiene por apoyo de sus ilusiones la majestad del Estado que le protege. En las acciones de todos los hombres, pero particularmente en las de los príncipes, contra los que no cabe recurso de apelación, se considera simplemente el fin que llevan. Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Si logra con acierto su fin se tendrán por honrosos los medios conducentes a mismo, pues el vulgo se paga únicamente de exterioridades y se deja seducir por el éxito. [[1]] Y como el vulgo es lo que más abunda en las sociedades, los escasos espíritus clarividentes que existen no exteriorizan lo que vislumbran hasta que la inmensa legión de los torpes no sabe ya a qué atenerse. En nuestra edad vive un príncipe que nunca predica más que paz, ni habla más que de buena fe, y que, de haber observado una y otra, hubiera perdido la estimación que se le profesa, y habría visto arrebatados más de una vez sus dominios. Pero creo que no conviene nombrarle. [[2]]
CAPITULO XIX
EL PRÍNCIPE DEBE EVITAR SER ABORRECIDO Y DESPRECIADO
Habiendo considerado todas las dotes que deben adornar a un príncipe, quiero, después de haber hablado de las más importantes, discurrir también sobre las otras, al menos de un modo general y brevemente, estatuyendo que el príncipe debe evitar lo que pueda hacerle odioso y menospreciable. Cuantas veces lo evite, habrá cumplido con su obligación, y no hallará peligro alguno en cualquiera otra falta en que llegue a incurrir. Lo que más que nada le haría odioso sería mostrarse rapaz, usurpando las propiedades de sus súbditos, o apoderándose de sus mujeres, de lo cual ha de abstenerse en absoluto. Mientras no se guite a la generalidad de los hombres sus bienes o su honra, vivirán como si estuvieran contentos, y no hay ya más que preservarse de la ambición de un corto número de individuos, ambición reprimible fácilmente de muchos modos.
Un príncipe cae en el menosprecio cuando pasa por variable, ligero, afeminado, pusilánime e irresoluto. Ponga, pues, sumo cuidado en preservarse de semejante reputación como de un escollo, e ingéniese para que en sus actos se advierta constancia, gravedad, virilidad, valentía y decisión. Cuando pronuncie juicio sobre las tramas de sus súbditos, determínese a que sea irrevocable su sentencia. Finalmente, es preciso que los mantenga en una tal opinión de su perspicacia, que ninguno de ellos abrigue el pensamiento de engañarle o de envolverle en intrigas. El príncipe logrará esto, si es muy estimado, pues difícilmente se conspira contra el que goza de mucha estimación. Los extranjeros, por otra parte, no le atacan con gusto, con tal, empero, que sea un excelente príncipe, y que le veneren sus gobernados.
Dos cosas ha de temer el príncipe son a saber: 1) en el interior de su Estado, alguna rebelión de sus súbditos; 2) en el exterior, un ataque de alguna potencia vecina. Se preservará del segundo temor con buenas armas, y, sobre todo, con buenas alianzas, que logrará siempre con buenas armas. Ahora bien: cuando los conflictos exteriores están obstruidos, lo están también los interiores, a menos que los haya provocado ya una conjura. Pero, aunque se manifestara exteriormente cualquier tempestad contra el príncipe que interiormente tiene bien arreglados sus asuntos, si ha vivido según le he aconsejado, y si no le abandonan sus súbditos, resistirá todos los ataques foráneos, como hemos visto que hizo Nabis, el rey lacedemonio.
Sin embargo, con respecto a sus gobernados, aun en el caso de que nada se maquine contra él desde afuera, podrá temer que se conspire ocultamente dentro. Pero esté seguro de que ello no acaecerá, si evita ser aborrecido y despreciado, y si, como antes expuse por extenso, logra la ventaja esencial de que el pueblo se muestre contento de su gobernación. Por consiguiente, uno de los más poderosos preservativos de que contra las conspiraciones puede disponer el soberano, es no ser aborrecido y despreciado de sus súbditos, porque al conspirador no le alienta más que la esperanza de contentar al pueblo, haciendo perecer al príncipe. Pero cuando tiene motivos para creer que ofendería con ello al pueblo, le falta la necesaria amplitud de valor para consumar su atentado, pues avizora las innumerables dificultades que ofrece su realización. La experiencia enseña que hubo muchas conspiraciones, y que pocas obtuvieron éxito, porque, no pudiendo obrar solo y por cuenta propia el que conspira, ha de asociarse únicamente a los que juzga descontentos. Mas, por lo mismo que ha descubierto a uno de ellos, le ha dado pie para contentarse por sí mismo, ya que al revelar al príncipe la trama que se le ha confiado, bástale para esperar de él un buen premio. Y como de una parte encuentra una ganancia segura, y de otra parte una empresa dudosa y llena de peligros, para que mantenga la palabra que dio a quien le inició en la conspiración será menester, o que sea un amigo suyo como hay pocos, o un enemigo irreconciliable del príncipe.
Para reducir la cuestión a breves términos, haré notar que del lado del conjurado todo es recelo, sospecha y temor a la pena que le impondrán, si fracasa, mientras que del lado del príncipe están las leyes, la defensa del Estado, la majestad de su soberanía y la protección de sus amigos, de suerte que, si a todos estos preservativos se añade la benevolencia del pueblo, es casi imposible que nadie sea lo bastante temerario para conspirar. Si todo conjurado, antes de la ejecución de su plan, siente comúnmente miedo de que se malogre, lo sentirá mucho más en tal caso, pues, aun triunfando, tendrá por enemigo al pueblo, y no le quedará entonces ningún refugio. Sobre esto podría citar infinidad de ejemplos, pero me ciño a uno solo, cuya memoria nos trasmitieron nuestros padres. Siendo Aníbal Bentivoglio (abuelo del Aníbal de hoy día) príncipe de Bolonia, le asesinaron los Cannuchis (1445), familia rival suya, a continuación de una conjura, y cuando estaba todavía en mantillas su hijo único Juan. Naturalmente, éste no podía vengarle, pero el pueblo se sublevó acto seguido contra los asesinos y les mató atrozmente. Fue un efecto lógico de la simpatía popular que los Bentivoglio se habían ganado en Bolonia por aquellos tiempos, simpatía tan grande, que, no disponiendo ya la ciudad de persona alguna de dicha casa que, muerto Aníbal, pudiera regir el Estado, y habiendo sabido los ciudadanos que existía en Florencia un descendiente de la misma familia, hijo de un modesto artesano, fueron en busca suya, y le confirieron el mando de su comunidad, que rigió de hecho hasta que Juan llegó a edad de gobernar de derecho por sí mismo. De donde se deduce que un príncipe debe inquietarse poco de las conspiraciones, cuando le manifiesta buena voluntad el pueblo, al paso que si éste le es contrario, y le odia, le sobran motivos para temerlas en cualquier ocasión y de parte de cualquier individuo.
Los príncipes sabios y los Estados bien ordenados cuidaron siempre tanto de contentar al pueblo como de no descontentar a los nobles hasta el punto de reducirlos a la desesperación. Es esta una de las cosas más importantes a que debe atender el príncipe. Uno de los reinos mejor concertados y gobernados de nuestra época es Francia. Se halla allí una infinidad de excelentes estatutos, el primero de los cuales es el Parlamento y la amplitud de su autoridad, estatutos a que van unidas la libertad del pueblo y la seguridad del rey. Conociendo el fundador del actual orden político la ambición e insolencia de los nobles, juzgando ser preciso ponerles un freno que los contuviese, sabiendo, por otra parte, cuánto les aborrecía el pueblo, a causa del miedo que les tenía y deseando sin embargo sosegarlos no quiso que quedase a cargo particular del monarca esa doble tarea. A fin de quitarle esta preocupación, que podía repartir con la aristocracia, y de favorecer a la vez a los nobles y al pueblo, estableció por juez a un tercero, que, sin participación directa del monarca, reprimiera a los primeros y beneficiase al segundo. No cabe imaginar disposición alguna más prudente, ni mejor medio de seguridad para el príncipe y para la nación. Y de aquí infiero la notable consecuencia de que los príncipes deben dejar a otros la disposición de las cosas odiosas, y reservarse a si mismos las de gracia, estimando siempre a los nobles, pero sin hacerse nunca odiar del pueblo.
Al considerar la vida y la muerte de diversos emperadores romanos, quizá crean muchos que existen ejemplos contrarios a mi opinión. Tal César, en efecto, perdió el imperio, y tal otro fue asesinado por los suyos, conjurados contra él, a pesar de haber procedido con rectitud y mostrado magnanimidad. Proponiéndome responder a semejante objeción, examinaré las dotes personales de aquellos emperadores, y probaré que la causa de su ruina no se diferencia de la misma contra la que he querido preservar a mi príncipe, y haré cuenta de ciertas cosas que no han de omitir los que leen las historias de tales épocas. Para ello me bastará limitarme a los Césares que se sucedieron en el imperio desde Marco Aurelio hasta Maximino, es decir, Marco Aurelio, su hijo Cómodo, Pertinax, Juliano, Septimio Severo, su hijo Caracalla, Máximo, Heliogábalo, Alejandro Severo y Maximino.
Notemos, ante todo, que en principados de otra especie que el suyo, apenas hay que luchar más que contra la ambición de los grandes y contra la violencia de los pueblos, mientras que los emperadores romanos tropezaban, además, con un tercer obstáculo, la avaricia y la crueldad de los soldados, obstáculo de tan difícil remoción, que muchos se desgraciaron en ello. No es, en efecto, fácil contentar a la vez a los soldados y al pueblo porque el pueblo es amigo del descanso y lo es asimismo el príncipe de moderada condición, al paso que los soldados quieren un príncipe que tenga espíritu marcial, y que sea rapaz, cruel e insolente. La voluntad de los soldados del imperio era que su príncipe ejerciera sobre la plebe tan funestas disposiciones, para obtener una paga doble, y para dar rienda suelta a su codicia, de lo cual resultaba que los emperadores a quienes no se consideraba capaces de imponer respeto al ejército y al pueblo, quedaban siempre vencidos. Los más de ellos, especialmente los que habían ascendido a la soberanía en calidad de príncipes nuevos, conocieron cuán arduo resultaba conciliar ambas cosas, y abrazaron el partido de contentar a los soldados, sin temer mucho ofender al pueblo, por casi no serles posible obrar de otro modo. No pudiendo los príncipes evitar que les aborrezcan unos cuantos, han de esforzarse, ante todo, en que no les aborrezca el mayor número. Pero, cuando tampoco les es dable conseguir este fin, deben precaverse, mediante todo linaje de expedientes del odio de la clase más poderosa.
Así, aquellos emperadores que, en razón de ser nuevos, necesitaban de extraordinarios favores, se apegaron con más gusto al ejército que al pueblo, lo cual se convertía en su beneficio o en su daño, según la mayor o menor reputación que sabían conservar en el concepto de sus tropas. Tales fueron las causas de que Pertinax y Alejandro Severo, a pesar de ser tan moderados en su conducta, tan amantes de la justicia, tan enemigos de la crueldad, tan buenos y tan humanos como Marco Aurelio, cuyo fin fue feliz, tuviesen, sin embargo, uno muy desdichado. Únicamente Marco Aurelio vivió y murió venerado de todos, por haber sucedido al emperador por derecho hereditario, y por no hallarse en la necesidad de portarse como si debiera su trono al ejército o al pueblo. Dotado, por otra parte, de muchas virtudes que le hacían respetable, contuvo siempre al ejército y al pueblo dentro de justos límites, y no fue aborrecido ni despreciado nunca. Por el contrario, Pertinax, nombrado emperador contra la voluntad de los soldados, que, bajo el imperio de Cómodo, se habían habituado a la vida licenciosa, quiso reducirlos a una vida decente, que se les hacía insoportable, lo que engendró en ellos odio contra su persona, odio a que se unió el desprecio, a causa de ser viejo, y, en los comienzos de su reinado, le asesinaron sus tropas. Este ejemplo nos pone en el caso de observar que el príncipe se hace aborrecer tanto con nobles como con perversas acciones, y por eso indiqué que, si quiere conservar sus dominios, se halla con frecuencia obligado a no ser bueno. Si la mayoría de hombres (grandes, soldados o pueblo) de que necesita para sostenerse, está corrompida, debe seguirle el humor, y contentarla, pues las nobles acciones que entonces realizara, se volverían contra él mismo. Alejandro Severo era un hombre de bondad tamaña, que, entre las demás alabanzas que se le prodigaron, se encuentran las de que, en los catorce años que reinó, no hizo morir a nadie sin juicio. Empero, habiéndose conjurado en contra suyo el ejército, pereció a sus golpes, por haberle tornado despreciable su fama de hombre de genio débil, y que se dejaba gobernar por su madre.
Comparando las buenas prendas de aquellos príncipes con el carácter y con la conducta de Cómodo, Septimio Severo, Caracalla y Maximino, hallamos a los últimos sumamente rapaces y crueles. Para contentar a los soldados, no perdonaron al pueblo injuria alguna, y todos, menos Septimio Severo, murieron desgraciadamente. Pero éste poseía tanto valor, que, conservando en favor suyo el afecto de los soldados, pudo, aun oprimiendo al pueblo, reinar con toda felicidad. Sus dotes le hacían tan admirable en el concepto de unos y del otro, que los primeros le admiraban hasta el paroxismo, y el segundo le respetaba y permanecía contento. Pero, como las acciones de Septimio Severo tuvieron tanta grandeza cuanta podían tener en un príncipe nuevo, quiero mostrar brevemente cómo supo diestramente ejercer de león y de zorra, lo cual es indispensable a un soberano, como ya llevo dicho. Habiendo conocido Septimio Severo la cobardía de Desiderio Juliano, que acababa de hacerse proclamar emperador, persuadió al ejército, que estaba bajo su mando en Esclavonia, a que haría bien en marchar a Roma, para vengar la muerte de Pertinax, asesinado por la guardia pretoriana. Queriendo con tal pretexto mostrar que no aspiraba al imperio, arrastró a su ejército contra Roma, y llegó a Italia, antes que nadie se hubiese enterado siquiera de su partida. Entrado que hubo en Roma, forzó al Senado, atemorizado, a nombrarle emperador, y fue muerto Desiderio Juliano, al que se había conferido aquella dignidad. Después de este primer principio le quedaban a Septimio Severo dos dificultades que vencer, para constituirse en señor de todo el Imperio. La primera estaba en Oriente, donde Níger, jefe de los ejércitos asiáticos, se había hecho proclamar emperador. La segunda se hallaba en Bretaña, y era su fautor Albino, que también aspiraba al imperio. Juzgando peligroso declararse a la vez enemigo de uno y de otro, resolvió engañar al segundo, mientras atacaba al primero. Al efecto, escribió a Albino para decirle que, habiendo sido elegido emperador por el Senado, quería repartir con él aquella dignidad. Hasta le envió el título de César, después de haber hecho declarar al Senado que Septimio Severo tomaba por asociado a Albino, el cual tuvo por sinceros todos aquellos actos, y les prestó su adhesión. Pero, no bien Septimio Severo hubo vencido y muerto a Níger, y regresado a Roma, se quejó de Albino en pleno Senado, alegando que aquel colega, poco reconocido a los beneficios que recibiera de él, había intentado asesinarle a traición, por lo que se veía obligado a ir a castigar su ingratitud. Partió, pues, para Francia a su encuentro y le quitó el imperio con la vida. Donde se ve que Septimio Severo era a la vez un león ferocísimo y una zorra muy astuta, que consiguió que le temiesen y le respetaran todos, sin que le aborreciesen los soldados. No se extrañará, por ende, que, aun siendo príncipe nuevo, lograse conservar un imperio tan vasto. Su grandísima reputación le preservó del odio que hubieran podido tomarle los pueblos, a causa de sus rapiñas.
Pero su mismo hijo Caracalla, que se hacía llamar Alejandro y Antonio el Grande, fue también un hombre excelente en el arte de la guerra. Poseía bellísimas dotes, que le atraían la admiración de los pueblos y el amor de los soldados. Estos le querían, por ser un guerrero que sobrellevaba hasta el último límite todo género de fatigas, despreciaba los alimentos delicados, y desechaba las satisfacciones de la molicie. Pero le hicieron extremadamente odioso a todos sus continuas matanzas, pues, en muchas ocasiones, había hecho perecer una gran parte del pueblo de Roma y todo el de Alejandría, sobrepujando su ferocidad y su crueldad a cuanto se había visto hasta entonces. El temor que por él se sentía alcanzó a los mismos que le rodeaban, y un centurión le mató en presencia de su propio ejército. Con cuyo motivo conviene notar que semejantes atentados, cuyo golpe parte de un propósito deliberado y tenaz, no puede el príncipe evitarlos en modo alguno, porque al que tiene en poco la vida no le asusta dar a otro la muerte. Pero el príncipe no debe temer demasiado perecer de este modo, porque tales agresiones son rarísimas, y únicamente ha de cuidar de no ofender gravemente a ninguno de los que emplea, y en especial a los que tiene a su lado y a su servicio, como lo hizo Caracalla, que abandonó la custodia de su persona a un centurión, a cuyo hermano había mandado matar ignominiosamente, y que a diario amenazaba con vengarse. Temerario hasta ese punto, Caracalla no podía menos de ser asesinado, y lo fue.
Vengamos ahora a Cómodo, a quien tan fácil le hubiera sido conservar el trono, puesto que lo había adquirido, por herencia, de su padre. Le bastaba seguir las huellas de éste para contentar al pueblo y a los soldados. Pero, hombre de genio brutal, de condición perversa y de rapacidad inaudita, ejercitó ésta sin tasa sobre el pueblo, y, para favorecer al ejército, lo lanzó al libertinaje. Todo ello junto le tornó odioso al pueblo, y los soldados empezaron a menospreciarle, cuando le vieron rebajarse hasta el extremo de ir a luchar con los gladiadores en los circos, y de hacer otras cosas vilísimas y poco dignas de la majestad imperial. Aborrecido por una parte y despreciado por otra, se conjuraron contra él, y le asesinaron.
Maximino, cuyas cualidades me queda por exponer, fue un hombre muy belicoso. Elevado al imperio por algunos ejércitos disgustados de la molicie de Alejandro Severo, a quien antes aludí, no lo poseyó mucho tiempo, porque le hacían menospreciable y aborrecible dos cosas. Era la primera su bajo origen, pues había guardado rebaños en Tracia, lo cual nadie ignoraba, y le atraía general vilipendio. La otra era su reputación de hombre sanguinario. Durante las dilaciones de que usó después de su elección al imperio, para trasladarse a Roma, y tomar allí posesión del trono, ordenó a sus prefectos que cometiesen todo género de crueldades en las provincias. Indignado todo el mundo, así de la ruindad de su abolengo como del miedo que su ferocidad engendraba, resultó de esto que el África se sublevó contra él, y que luego el Senado, el pueblo romano e Italia entera conspiraba contra su persona. Su propio ejército, que estaba acampado bajo los muros de Aquilea, y que no acababa de tomar esta ciudad, juró igualmente su ruina. Fatigado de su crueldad, y temiéndole menos, desde que le veía con tantos enemigos, le mató atrozmente.
Evito hablar de Heliogábalo, de Máximo y de Juliano, que, despreciables en un todo, perecieron muy poco después de elevados a la soberanía, y vuelvo a las consecuencias de este discurso, arguyendo que los príncipes de nuestra era no experimentan ya tanto esa dificultad de contentar a las tropas por medios extraordinarios. A pesar de los miramientos que con ellas están obligados a guardar, aquella dificultad se allana bien pronto, porque ninguno de nuestros príncipes tiene ningún cuerpo de ejército, que, por su larga residencia en las provincias, se amalgame con las autoridades y con las administraciones de éstas, como lo hacían las legiones del imperio romano. Si convenía entonces contentar más a los soldados que al pueblo, era porque los primeros podían más que el segundo. Hoy día, los términos se han invertido, y conviene contentar más al pueblo que a los soldados, porque aquél posee más poder que éstos. Hago excepción, sin embargo, del sultán de Turquía y del soldán de Egipto. El sultán, rodeado continuamente, como prenda de su fuerza y de su seguridad, de doce mil infantes y de quince mil caballos, y que no hace caso alguno del pueblo, se ve obligado a conservar en sus guardias el afecto hacia su persona. Sucede lo mismo con el soldán, que tampoco atiende en nada al pueblo, y cuya fuerza está depositada por entero en sus soldados, que ha de procurar no le pierdan cariño. Por cierto que el Estado del soldán es diferente de todas las soberanías, y que se asemeja no poco al Pontificado cristiano, que no es principado hereditario, ni nuevo. No heredan la soberanía los hijos del príncipe difunto, sino un particular elegido por hombres que tienen facultad para ello. Sancionado de inmemorial este orden, el principado del soldán no puede llamarse nuevo, y no presenta ninguna de las dificultades que existen en las soberanías nuevas. El príncipe es nuevo, pero las constituciones de semejante Estado son antiguas, y están constituidas de modo que le reciban en él como si fuera poseedor suyo por derecho hereditario.
Volviendo al asunto, digo que, cualquiera que reflexione sobre lo que dejo expuesto, verá que el odio, o el menosprecio, o ambas cosas juntas, fueron la causa de la ruina de los emperadores que he mencionado. Sabrá también por qué, habiendo obrado parte de ellos de una manera, y otra parte de la manera contraria, sólo dos correspondientes cada uno a cada manera, tuvieron un fin dichoso, mientras que los demás tuvieron un fin desastrado. Comprenderá, en fin, por qué Pertinax y Alejandro Severo quisieron imitar a Marco Aurelio, no sólo en balde, sino en perjuicio suyo, por no considerar que el último reinaba por derecho hereditario, al paso que ellos eran príncipes nuevos. Igualmente les fue adversa a Caracalla, a Cómodo y a Máximo su pretensión de imitar a Septimio Severo, por no hallarse dotados del valor suficiente para seguir sus huellas en todo. Así, un príncipe nuevo en una soberanía nueva no puede, sin peligro, imitar las acciones de Marco Aurelio, y no le es fácil, ni indispensable, imitar las de Septimio Severo. Debe, pues, tomar de éste cuantos procederes le sean necesarios para fundar y asegurar bien su Estado, y de aquél lo que hubo en su conducta de conveniente y de glorioso, para conservar un Estado ya fundado y asegurado.
CAPÍTULO XX
SI LAS FORTALEZAS Y OTRAS MUCHAS COSAS QUE LOS PRÍNCIPES HACEN, SON ÚTILES O PERJUDICIALES
Para conservar con seguridad sus Estados unos creyeron necesario desarmar a sus súbditos, y otros promovieron divisiones en los países que les estaban sometidos. Unos mantuvieron enemistades contra si mismos, y otros se consagraron a ganarse a los hombres que en el comienzo de su reinado les eran sospechosos. Unos construyeron en sus dominios fortalezas, y otros demolieron y arrasaron las que existían. Ahora bien, aunque no es posible formular una regla fija sobre todos estos casos, a no ser que quepa, por la consideración de algunos detalles significativos, decidirse a tomar la determinación que implique mayor cordura, hablaré, sin embargo, sobre ello del modo más extenso y más general que la materia misma permita.
Jamás hubo príncipe alguno nuevo que desarmara a sus súbditos, y, cuando los halló desarmados, los armó siempre él mismo. Obrando así, las armas de sus gobernados se convirtieron en las suyas propias; los que eran sospechosos se tornaron fieles; los que eran fieles se mantuvieron en su fidelidad, y los que no eran más que sumisos se transformaron en partidarios de su reinado. Pero como el príncipe no puede armar a todos sus súbditos, aquellos a quienes arma reciben realmente un favor de él, y puede entonces obrar más seguramente con respecto a los otros. Por esa distinción, de que se conocen deudores al príncipe, los primeros se le apegan y los demás le disculpan, juzgando que es menester, ciertamente, que aquellos tengan más mérito que ellos mismos, puesto que el soberano los expone así a más peligros, y les hace contraer más obligaciones.
Cuando el príncipe desarma a sus súbditos, empieza ofendiéndoles, puesto que manifiesta que desconfía de ellos, y que les sospecha capaces de cobardía o de poca fidelidad. Una u otra de ambas opiniones que le supongan contra sí mismos engendrará el odio hacia él en sus almas. Como no puede permanecer desarmado, está obligado a valerse de la tropa mercenaria, cuyos inconvenientes he dado a conocer. Pero, aunque esa tropa fuera buena, no puede serlo bastante para defender al príncipe a la vez de los enemigos poderosos que tenga por de fuera, y de aquellos gobernados que le causen sobresalto en lo interior. Por esto, como ya dije, todo príncipe nuevo en su soberanía nueva se formó siempre una tropa suya. Nuestras historias presentan innumerables ejemplos de ello.
Pero cuando un soberano adquiere un Estado, nuevo, que se incorpora en calidad de nuevo miembro a su antiguo principado, es preciso que lo desarme inmediatamente, no dejando armados en él más que a los hombres que en el acto de la adquisición se declararon abiertamente partidarios suyos, y, aun con respecto a estos mismos, le convendrá, con el tiempo, y aprovechando las ocasiones propicias, debilitar su genio belicoso, y provocar su afeminamiento progresivo. Debe, en suma, hacer de manera que todas las armas de su nuevo Estado permanezcan en poder de los soldados que le pertenecen a él solo, y que, de años atrás viven en su antiguo Estado, al lado de su persona. Nuestros mayores, los florentinos, y principalmente los que pasan por sabios, decían que para conservar a Pisa, se requería tener en ella fortalezas, y que, para retener a Pistoya, convenía fomentar allí algunas facciones. Por tal causa, para hacer más fácil su dominación en determinados distritos, mantenían en ellos ciertas contiendas, método útil en una época en que existía algún equilibrio en Italia, pero que no juzgo tan útil hoy día, porque no creo que en una ciudad las divisiones proporcionen ningún bien. Hasta me parece imposible que, a la llegada de algún enemigo, las ciudades así divididas no se pierdan al punto, por cuanto de los dos partidos que encierran, el más débil se entiende siempre con las fuerzas que atacan, y el otro no es suficiente para resistir por sí solo. En mi entender, los venecianos se guiaron por las mismas consideraciones que los florentinos, para fomentar en las ciudades que dominaban las facciones de los güelfos y de los gibelinos, aunque no les dejaban propagarse en sus pendencias hasta llegar a la efusión de sangre, y únicamente alimentaban en su seno el espíritu de oposición, a fin de que, ocupados en sus rencillas los secuaces de una o de otra, no se sublevaran contra ellos. Pero se vio que esta estratagema no se convirtió en beneficio suyo cuando les derrotaron en Vaila, pues una parte de aquellas facciones cobró entonces aliento, y les arrebató sus dominios de tierra firme.
Semejantes recursos dan a conocer que el soberano adolece de alguna debilidad, ya que nunca, en un principado vigoroso, se tomará nadie la libertad de sostener tales divisiones, provechosas solamente en tiempo de paz, en que, por su medio, cabe dirigir más fácilmente a los súbditos, pero flojas y peligrosas, como expediente político, si sobreviene la guerra. Incontestablemente los príncipes son grandes, cuando superan las dificultades y las resistencias que se les oponen. Ahora bien: la fortuna, si quiere elevar a un príncipe nuevo, que, más que un príncipe hereditario, necesita adquirir fama, le suscita enemigos, y le inclina a varias empresas contra ellos, a fin de hacerle triunfar, y con la escala que ellos mismos le traen, subir más arriba. Por esto, piensan muchos que un príncipe sabio debe, siempre que le sea posible, procurarse con arte algún enemigo, para que, atacándole y reprimiéndole, provoque un aumento de su propia grandeza.
Los príncipes, y especialmente los nuevos, hallaron muchas veces más fidelidad y más provecho en los hombres que al principio de su reinado les eran sospechosos, que en aquellos en quienes al empezar ponían toda su confianza. Pandolfo Petruci, príncipe de Siena, se servía, en la gobernación de su Estado, mucho más de los que habían sido sospechosos que de los que no lo habían sido nunca. Pero no puede darse sobre esto una regla general, porque los casos no son siempre unos mismos. Me limitaré, pues, a decir que si los hombres que al comienzo de un reinado se mostraron enemigos del príncipe no son capaces de mantenerse en su posición sin apoyos, aquél podrá ganarlos fácilmente, y, después, tanto más obligados se verán a servirle con fidelidad cuanto más comprendan lo necesario que les es borrar con sus acciones la siniestra opinión que el soberano se había formado de ellos. Y sacará mayor provecho de estos tales que de aquellos otros que, sirviéndoles con tranquilidad en interés de sí mismos, descuidan el del príncipe forzosamente.
Puesto que la materia lo exige, no dejaré de recordar al príncipe que adquirió un Estado con el favor de algunos ciudadanos, que ha de considerar muy bien el motivo que les inclinó a favorecerle. Si lo hicieron, no por afecto natural a su persona, sino únicamente por no estar contentos con el Gobierno que tenían, no podrá conservar su amistad sino muy trabajosa y dificultosamente, porque le resultará casi imposible contentarlos. Discurriendo sobre el particular, se advierte que es más hacedero conseguir la amistad de los hombres que se conformaban con el Gobierno anterior, aunque no gustasen de él, que la de aquellos otros que, siéndole contrarios, se declararon por este solo motivo adictos al príncipe nuevo, y le ayudaron a apoderarse del Estado. Los príncipes que querían conservar más seguramente el suyo acostumbraron a construir fortalezas que sirvieran de freno a quien concibiera designios contra ellos, y de seguro refugio a sí mismos en el primer asalto de una rebelión. Aplaudo esta medida, puesto que la practicaron nuestros mayores. Sin embargo, en nuestro tiempo se vio a Nicolás Viteli demoler dos fortalezas en la ciudad de Castelo, para conservarla. Guido Ubaldo, duque de Urbino, de regreso en su Estado, del que le había expulsado César Borgia, arruinó hasta sus cimientos todas las fortalezas de la próxima, para retener más fácilmente aquel Estado, si alguien quisiera quitárselo otra vez. Habiendo de entrar en Bolonia, los Bentivoglio procedieron del mismo modo. Y es que las fortalezas son útiles o inútiles, según las circunstancias y los tiempos, y si proporcionan algún beneficio al príncipe en algunos respectos, le perjudican en otros. La cuestión puede reducirse a breves y claros términos. El príncipe que tema más a sus pueblos que a los extranjeros debe construirse fortalezas. Pero el que tema más a los extranjeros que a sus pueblos, debe pasarse sin la defensa de esos baluartes. El castillo que Francisco Sforcia edificó en Milán, atrajo y atraerá a sus descendientes más guerras que cualquier otro desorden posible en aquel Estado. La mejor fortaleza con que puede contar un príncipe es no ser aborrecido de sus pueblos. Si le aborrecen, no le servirán de nada las fortalezas como medio de salvación, porque se levantarán en armas contra él y no les faltarán extranjeros que acudan en su auxilio. En nuestro tiempo, no hemos comprobado que las fortalezas hayan redundado en provecho de ningún príncipe. Caso único de excepción ha sido el de la condesa de Forli, después de la muerte de su esposo, el conde Jerónimo. Su ciudadela le sirvió para evitar el primer asalto de la rebelión del pueblo para esperar sin sobresalto algunos socorros de Milán y para recuperar su Estado. Las circunstancias de entonces no permitían que los extranjeros fueran a ayudar al pueblo. Pero, más tarde, cuando César Borgia atacó a la condesa, y su pueblo, que era enemigo suyo, se reunió con el extranjero contra ella, las fortalezas le resultaron inútiles.
Más que poseer estos baluartes expugnables le hubiera servido con el baluarte invencible del amor del pueblo. Así, bien considerado todo, elogiaré tanto al que haga fortalezas como al que no las haga. Pero censuraré a los que, fiándose demasiado en ellas, tengan el odio del pueblo por cosa de poca monta.
CAPÍTULO XXI
CÓMO DEBE CONDUCIRSE UN PRÍNCIPE PARA ADQUIRIR CONSIDERACIÓN
Nada granjea más estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas. De ello nos presenta nuestra edad un admirable ejemplo en Fernando V, rey de Aragón y actualmente monarca de España. Podemos mirarle casi como a un príncipe nuevo, porque, de rey débil que era, llegó a ser el primer monarca de la cristiandad, por su fama y por su gloria. Pues bien: si consideramos sus empresas las hallaremos todas sumamente grandes, y aun algunas nos parecerán extraordinarias. Al comenzar a reinar, asaltó el reino de Granada, y esta empresa sirvió de punto de partida a su grandeza. Por de contado, la había iniciado sin temor a hallar estorbos que se la obstruyesen, por cuanto su primer cuidado había sido tener ocupado en aquella guerra el ánimo de los nobles de Castilla. Haciéndoles pensar incesantemente en ella, les distraía de cavilar y maquinar innovaciones durante ese tiempo, y por tal arte adquiría sobre ellos, sin que lo echasen de ver, mucho dominio, y se proporcionaba suma estimación. Pudo en seguida, con el dinero de la Iglesia y de los pueblos, sostener ejércitos, y formarse, por medio de guerra tan larga, buenas tropas, lo que redundó en pro de su celebridad como capitán. Además, alegando siempre el pretexto de la religión, para poder llevar a efecto mayores hazañas, recurrió al expediente de una crueldad devota, y expulsó a los moros de su reino, que quedó así libre de su presencia. No cabe imaginar nada más cruel y a la vez más extraordinario que lo que ejecutó en ocasión semejante. Después, bajo la misma capa de religión, se dirigió contra África, emprendió la conquista de Italia, y acaba de atacar recientemente a Francia. Concertó de continuo grandes cosas, que llenaron de admiración a sus pueblos, y que conservaron su espíritu preocupado por las consecuencias que podían traer. Hasta hizo seguir unas empresas de otras de gran tamaño, que no dejaron tiempo a sus gobernados ni siquiera para respirar, cuanto menos para urdir trama alguna contra él.
Es también un expediente muy provechoso para el príncipe que imagine, en la gobernación interior de su Estado, cosas singulares, como las que se cuentan de Barnabó Visconti de Milán. Cuando sucede que una persona realizó, en el orden civil, una acción poco común, ya en bien, ya en mal, es menester encontrar, para premiarla, o para castigarla, un modo notable, que dé al público amplio tema de conversación. El príncipe debe, ante todas las cosas, ingeniarse para que cada una: de sus operaciones políticas se ordene a procurarle nombradía de grande hombre y de soberano de superior ingenio. Y asimismo se hace estimar, cuando es resueltamente amigo o enemigo de los príncipes puros, es decir, cuando sin timidez se declara resueltamente en favor del uno o del otro. Esta resolución es siempre más conveniente que la de permanecer neutral, porque si dos potencias de su vecindad se declaran la guerra entre si, no es posible que ocurra más que uno de estos dos casos: o que, vencedora la una, tenga motivo para temerla después, o que ninguna de ellas sea propia para infundirle semejante temor. En un caso, como en el otro, le convendrá declarar guerra franca a alguna de ellas. En el primero, si no la declara, será el despojo del vencedor, lo que agradará en gran manera al vencido, y no hallará a ninguno que se compadezca de él, ni que vaya a socorrerle, ni siquiera que le ofrezca un asilo. El vencedor no quiere amigos sospechosos, que no le auxilien en la adversidad, y el vencido no acogerá al neutral, puesto que se negó a tomar las armas, para correr las contingencias de su fortuna.
Habiendo pasado Antíoco a Grecia, de donde le llamaban los etolios, para echar de allí a los romanos, envió un embajador a los acayos, para inducirles a permanecer neutrales, mientras rogaba a los otros que se armasen en favor suyo. Esto fue materia de una deliberación en los consejos de los acayos. El enviado de Antíoco insistía en que se resolviesen a la neutralidad. Pero el diputado de los romanos, que estaba presente, le refutó por el siguiente tenor: “Se os dice que el partido más sabio para vosotros, y más útil para vuestro Estado, es que no intervengáis en la guerra que hacemos, en lo cual se os engaña. No podéis tomar resolución más contraria a vuestros intereses, porque, si no intervenís en nuestra guerra, privados entonces de toda consideración, e indignos de toda gracia, infaliblemente serviréis de premio al vencedor.” Note bien el príncipe que quien le pide la neutralidad no es amigo, y que lo es, por el contrario, quien solicita que se declare en su favor, y que tome las armas en defensa de su causa. Los príncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento retrasan a menudo el rompimiento de su neutralidad, pero también a menudo caminan hacia su ruina. Cuando el príncipe se declara generosamente en favor de una de las potencias beligerantes, si triunfa aquella a la que se une, aunque ella posea una gran fuerza, y él quede a discreción suya, no tiene por qué temerla, pues le debe algunos favores, y le habrá cogido afecto. Los hombres, en ocasiones tales, no son lo bastante cínicos para dar ejemplo de la enorme ingratitud que habría en oprimir al que les ayudó. Por otra parte, los triunfos nunca son tan prósperos que dispensen al vencedor de tener algún miramiento a la justicia. Si, por el contrario, es derrotado aquel a quien el príncipe se une, conservará su consideración, contará con su socorro en caso posible para él, y será el compañero de su fortuna, que puede mejorar algún día.
En el segundo caso, esto es, cuando las potencias que luchan una contra otra son tales que el príncipe nada tenga que temer de la que triunfe, cualquiera que sea, habrá, por su parte, tanta más prudencia en unirse a una de ellas, cuanto por este medio concurra a la ruina de la otra, con ayuda de la misma que, si fuera discreta, debiera salvarla. Siendo imposible que con el socorro del aludido príncipe no triunfe, su victoria no puede menos de ponerla a disposición de aquél. Y es necesario notar aquí que cuando un príncipe quiere atacar a otros, ha de cuidar siempre de no asociarse a un príncipe más poderoso que él, a menos que la necesidad le obligue a hacerlo, como queda indicado, puesto que si dicho príncipe triunfa se convertirá en esclavo suyo en algún modo. Ahora bien: los príncipes deben evitar, cuanto les sea posible, quedar a discreción de los otros príncipes. Los venecianos se aliaron con los franceses para luchar contra el duque de Milán, y esta alianza, de la que hubieran podido excusarse, causó su ruina. Pero si no cabe evitar semejantes alianzas, como les sucedió a los florentinos cuando con el Papa fueron, con tres ejércitos reunidos, a atacar la Lombardía, entonces, a causa de las razones que llevo apuntadas, conviene a un príncipe unirse a los otros. Por lo demás, ningún Estado crea poder nunca, en tal circunstancia, tomar una resolución segura. Piense, por el contrario, que no puede tomarla sino dudosa, por ser conforme al curso ordinario de las que no trate uno de evitar jamás un inconveniente, sin caer en otro. La prudencia estriba en conocer su respectiva calidad, y en tomar el partido menos malo.
Ha de manifestarse el príncipe amigo generoso de los talentos y honrar a todos aquellos gobernados suyos que sobresalgan en cualquier arte. Por ende, debe estimular a los ciudadanos a ejercer pacíficamente su profesión y oficio, agrícola, mercantil o de cualquier otro género, y hacer de modo que, por el temor de verse quitar el fruto de sus tareas, no se abstengan de enriquecer al Estado, y que, por el miedo a los tributos, no se persuadan a dedicarse a negocios diferentes. Debe, además, preparar algunos premios para quien funde establecimientos útiles, y para quien trate, en la forma que quiera, de multiplicar los recursos de su ciudad. Finalmente, está obligado a proporcionar fiestas y espectáculos a sus pueblos, en las fechas anuales que estime oportunas. Como toda ciudad se halla repartida en tribus municipales o en gremios de oficios, le conviene guardar miramientos con estas corporaciones, reunirse a veces con ellas en sus juntas, y dar en éstas ejemplo de humildad y de munificencia, conservando, empero, inalterablemente la majestad de su clase, y cuidando que, en tales casos de popularidad, no se humille su dignidad regia en manera alguna.
CAPÍTULO XXII
DE LOS MINISTROS O SECRETARIOS DE LOS PRÍNCIPES
No es cosa de poca importancia para los príncipes la buena elección de sus ministros, los cuales buenos o malos, según la prudencia usada en dicha elección. El primer juicio que formamos sobre un príncipe y sobre sus dotes espirituales, no es más que una conjetura, pero lleva siempre por base la reputación de los hombres de que se rodea. Si manifiestan suficiente capacidad y se muestran fieles al príncipe tendremos a éste por prudente puesto que supo conocerlos bien, y mantenerlos adictos a su persona. Si, por el contrario, reúnen condiciones opuestas, formaremos sobre él un juicio poco favorable, por haber comenzado su reinado con una grave falta, escogiéndolos así.
No hubo nadie que, viendo a Venafío nombrado consejero de Petruci, príncipe de Siena, no estimara que el último fue un hombre prudente en alto grado, por el mero hecho de haber tomado al primero por ministro. Pero es necesario saber que, hay entre los príncipes, como entre los demás hombres, tres especies de cerebros. Los primeros piensan y obran por sí y ante sí; los segundos, poco aptos para inventar, poseen sagacidad selectiva en atenerse a lo que les proponen otros; los terceros no conciben nada por sí mismos, ni nada tampoco sacan en limpio de ajenos discursos. Los primeros son ingenios superiores; los segundos son talentos estimables; los terceros son como si no existiesen.
Si Petruci no era de la primera especie, perteneció, indudablemente, a la segunda. Cuando un príncipe, carente de originalidad creadora, posee inteligencia suficiente para discernir con mesura juiciosa lo que se dice y lo que se hace, conoce las buenas y malas operaciones de sus consejeros, para apoyar las primeras y corregir las segundas, y no pudiendo sus ministros abrigar esperanzas de engañarle, se le conservan íntegros, discretos y sumisos. Pero ¿cómo alcanzar tan sabia prudencia y tan loable discernimiento? He aquí un recurso que no induce jamás a error. Cuando el príncipe vea a sus ministros pensar en ellos más que en él, y regirse en todas sus acciones por afán de provecho personal, quede persuadido de que tales hombres jamás le servirán bien. No podrá estar seguro de su actuación ni un momento, porque faltan a la primera de las máximas morales de su condición. Esta máxima es que los que manejan los negocios de un Estado no deben nunca pensar en si mismos, sino en el príncipe, ni recordarle nunca nada que no se refiera a los intereses de su reinado. Pero también, por otra parte, el príncipe, a fin de no perder a sus ministros buenos y de generosas disposiciones, debe pensar en ellos, revestirles de honores, enriquecerlos, y atraérselos por la gratitud, con las dignidades y los cargos que les confiera. Los honoríficos grados y las pingües riquezas que les conceda, colman los deseos de su ambición, y los importantes puestos de que les haya provisto les hacen temer que el príncipe caiga, o sea suplantado, porque saben perfectamente que sólo con él los conservarán. Si príncipe y ministro se conducen así recíprocamente, la confianza será no menos mutua. Pero, si no se portan de tal modo, uno y otro acabarán mal.