Archivo para la categoría ‘ FAMOSOS LITERATURA’

PENSAMIENTOS DE LOS GRANDES DE LA HISTORIA

Arte:
La eternidad es para los creadores.
José Narosky

Adulación:
Los aduladores se parecen a los amigos como los perros a los lobos.
George Chapman

Alegría:
Muchas personas no gozan de las pequeñas alegrías, porque esperan la gran felicidad.

Pearl S. Buck

Ambición:
Si se cumple una ambición, seguramente hay un tercero perjudicado.

La ambición nos obliga a trepar, y para ello tomamos la postura de los reptiles.
Jonathan Swith

Amistad:
La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba.
Anónimo

El victorioso tiene muchos amigos, el vencido buenos amigos.
Proverbio Mongol

El arte seduce.
James M. Wistier

Una pintura es una poesía sin palabras.
Horacio

Autoridad:

Un ejército de ciervos dirigidos por un león, es mas temible, que un ejército de leones dirigidos por un ciervo.
Plutarco

Ayer:
Lo que quise ayer lo tengo todo hoy… pero hoy no es ayer.

José Narosky

Belleza:
Belleza e inteligencia, una rareza.

Anónimo

Las mujeres bellas, suelen sorprender menos el segundo día.
Marie Henri Beyle

Bondad y Caridad:
Para la caridad no hay excesos.
Francis Bacon

La persona que no tiene un corazón caritativo, padece del peor de los problemas cardíacos.  Bod Hope

Una familia dichosa siempre habita un palacio.
José Narosky

Ciencia:
Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible, mientras que los políticos hacen imposible lo posible.

Bertrand Russell

La ciencia no es más que una suma de errores que conducen a la verdad.

Juan Luis Vives

Cobardía:
Un conservador es un hombre muy cobarde para luchar y muy gordo para huir.

Elbert Hubbard

Valiente es aquel que reconoce su miedo.

José Narosky

Conciencia:
La buena conciencia es una almohada blanda.

John Ray

Deseos:
Lo único que deseo para mi entierro, es que no me entierren vivo.

Lord Chesterfield

Dinero:
No hagaís como los marineros, que ganan el dinero llevando una vida de perros y lo gastan como burros.
Tobías G. Smollet

Los avaros trabajan como las abejas, trabajan como si fueran a vivir eternamente.
Demócrito de Abdera

Hay persona tan pobres que lo único que tienen el dinero.
Anónimo

No pongas interés en el dinero, pon tu dinero en interés.
Oliver W. Holmes

Cuando no se tiene dinero siempre se piensa en él. Cuando se lo tiene sólo se piensa en él.
Paul Getty

Cuando el dinero habla, la verdad calla.
Proverbio Chino.

Dolor:
Dolor que no oscurece, clarifica.
Narosky

Muchas arrugas, indican años, otras sólo dolores.
Narosky


Muchos vuelan como hojas.Pocos como aves.
Narosky

Todos vemos lo mismo, pero los grandes lo revelan.
Narosky

Algunos ciegos mostraron caminos.
Narosky

Narosky



Yo no sé quien fue mi abuelo, me importa mucho más saber quién será su nieto – Comentarios

¿Por qué no tener confianza en la justicia del pueblo? ¿Hay en el mundo esperanza mejor o que pueda igualarla? – Comentarios

¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros? – Comentarios

Suavizar las penas de los otros es olvidar las propias – Comentarios

Medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas – Comentarios

Así como no sería esclavo, tampoco sería amo – Comentarios

Si tuviera dos caras ¿estaría usando ésta? – Comentarios

Voy despacio pero jamás desandando lo andado – Comentarios

Es más fácil reprimir el primer capricho que satisfacer a todos los que le siguen – Comentarios

La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con las palabras mayores – Comentarios

Quien tiene derecho de criticar debe tener el corazón para ayudar – Comentarios

Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de si mismo – Comentarios

Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo – Comentarios

Todos los hombres nacen iguales, pero es la última ez que lo son – Comentarios

Ha sido mi experiencia que gente que no tiene vicios tiene muy pocas virtudes – Comentarios

Recuerda siempre que tu propia resolución de triunfar es más importante que cualquier otra cosa – Comentarios

Ningún hombre es lo bastante bueno para gobernar a otro sin su consentimiento – Comentarios

Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si quereis probar el carácter de un hombre, dadle poder – Comentarios

Si quieres ganar un adepto para tu causa, convéncelo primero de que eres su amigo sincero – Comentarios

Hay momentos en la vida de otro político, en que lo mejor que puede ahcer es no despegar los labios – Comentarios

Dios prefiere a la gente corriente por eso ha hecho tanta – Comentarios

La más estricta justicia no creo que sea siempre la mejor política – Comentarios

El hombre nunca ha encontrado una definición para la palabra libertad – Comentarios

La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo – Comentarios



Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro – Comentarios

El más elevado tipo de hombre es el que obra antes de hablar y practica lo que profesa – Comentarios

Entristécete no porque los hombres no te conozcan sino porque tú no conoces a los hombres – Comentarios

El hombre que ha cometido un error y no lo consigue comete otro error mayor – Comentarios

Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes – Comentarios

Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro – Comentarios

Aprende a vivir y sabrás morir bien – Comentarios

El posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto – Comentarios

Yo no procuro conocer las preguntas, procuro conocer las respuestas – Comentarios

Un erudito que no sea serio no inspirará respeto y su sabiduría por lo tanto carecerá de estabilidad – Comentarios

El mal no está en tener faltas, sino en no tratar de enmendarlas – Comentarios

No debes quejarte de la nieve en el tejado de tu vecino cuando también cubre el umbral de tu casa – Comentarios

Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos – Comentarios

Los defectos de un hombre se adecuan siempre a su tipo de mente. Observa sus defectos y conocerás sus virtudes – Comentarios

La ignorancia es la noche de la mente, pero una noche sin luna y sin estrellas – Comentarios

La naturaleza hace que los hombres nos parezcamos unos a otros y nos juntemos, la educación hace que seamos diferentes y que nos alejemos – Comentarios

Donde hay educación no hay distinción de clases – Comentarios

Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente, hijo obediente, hermano complaciente – Comentarios

Uno que no sepa gobernarse a sí mismo ¿cómo sabrá gobernar a los demás? – Comentarios

Gobernar es rectificar – Comentarios

La mujer es lo más corruptor y lo más corruptible que hay en el mundo – Comentarios

Mejor que el hombre que sabe lo que es justo es el hombre que ama lo justo – Comentarios

Es más fácil apoderarse del comandante en jefe de un ejército que despojar a un miserable de su libertad – Comentarios

Trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos – Comentarios

Si no conoces todavía la vida ¿cómo puede ser posible conocer la muerte? – Comentarios

El tipo más noble de hombre tiene una mente amplia y sin prejuicios. El hombre inferior es prejuiciado y carece de una mente amplia – Comentarios

La naturaleza humana es buena y la maldad es esencialmente antinatural – Comentarios

Aprender sin reflexionar es malgastar la energía – Comentarios

Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender peligroso – Comentarios

Aprender sin reflexionar es malgastar la energía – Comentarios

No pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación – Comentarios

Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla – Comentarios

Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos – Comentarios

Se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad – Comentarios

Cuando veais a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuando veais a un hombre desprivisto de virtud examinaos vosotros mismos – Comentarios

Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso – Comentarios

La virtud no habita en la soledad, debe tener vecinos – Comentarios

El lenguaje artificioso y la conducta aduladora rara vez acompañan a la virtud – Comentarios

Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos – Comentarios

Un hombre sin virtud no puede morar mucho tiempo en la adversidad, ni tampoco en la felicidad. Pero el hombre virtuoso descansa en la virtud y el hombre sabio la ambiciona – Comentarios

Sólo el virtuoso es competente para amar u odiar a los hombres – Comentarios

Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe, he aquí el verdadero saber – Comentarios

Lo que quiere el sabio lo busca en sí mismo, el vulgo lo busca en los demás – Comentarios

Sólo los sabios más excelentes y los necios más acabados son incomprensibles – Comentarios

El hombre superior es persistente en el camino cierto y no sólo persistente – Comentarios

Oír o leer sin reflexionar es una ocupación inútil – Comentarios



Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza – Comentarios

La felicidad no consiste en adquirir y gozar, sino en no desear nada, pues consiste en ser libre – Comentarios

La felicidad no consiste en desear cosas sino en ser libre – Comentarios

No hay que tener miedo de la pobreza ni el destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo – Comentarios

Todos los asuntos tienen dos asas. Por una son manejables, por la otra no – Comentarios

No se llega a campeón sin sudar – Comentarios

El exceso de cólera engendra la locura – Comentarios

No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea más bien que se produzcan tal como se producen y serás feliz – Comentarios

Si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de ti – Comentarios

El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos – Comentarios

En las desgracias hay que acordarse del estado de conformidad con que miramos las ajenas – Comentarios

¿Quieres dejar de pertenecer al número de esclavos? Rompe tus cadenas y desecha de ti todo temor y todo despecho – Comentarios

Así como hay un arte de bien hablar, existe un arte de bien escuchar – Comentarios

¿Qué ganarías con injuriar a una piedra que es incapaz de oírte? Pues bien, imita a la piedra y no oigas las injurias que te dirijan tus enemigos – Comentarios

Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas – Comentarios

En la prosperidad es muy fácil encontrar amigos, en la adversidad no hay nada más difícil – Comentarios

Los placeres raros son los que más nos deleitan – Comentarios

Si dicen mal de ti con fundamento corrígete, de lo contrario échate a reir – Comentarios

La envidia es el adversario de los más afortunados – Comentarios

Filosofar es esto: examinar y afinar los criterios – Comentarios

El que empieza a instruirse en la filosofía de todo se echa la culpa a sí mismo – Comentarios

Acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo, demuestra que la educación ha comenzado – Comentarios

Sólo el hombre culto es libre – Comentarios

Cuando hayas de sentenciar procura olvidar a los litigantes y acordarte sólo de la causa – Comentarios

La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte sino el miedo a la muerte – Comentarios

El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos – Comentarios

La prudencia es el más excelso de todos los bienes – Comentarios


El hombre que no se contenta con poco, no se contenta con nada – Comentarios

Los bienes son para aquellos que saben disfrutarlos – Comentarios

Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo de comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo – Comentarios

Es impío no el que suprime a los dioses, sino el que los conforma a las opiniones de los mortales – Comentarios

La necesidad es un mal, no hay necesidad de vivir bajo el imperio de la necesidad – Comentarios

Es placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma. – Comentarios

Juzgamos mejores que los placeres muchos dolores porque se consiguen para nosotros un placer mayor – Comentarios

Una conducta desordenada se parece a un torrente invernal de corta duración – Comentarios

El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo – Comentarios

¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia – Comentarios

La muerte es una quimera porque mientras yo existo no existe la muerte y cuendo existe la muerte no existo yo – Comentarios



Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado – Comentarios

Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas, un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna – Comentarios

Detrás de un gran hombre hay una gran mujer y detrás de ésta su esposa – Comentarios

En las fiestas no te sientes jamás, puede sentarse a tu lado alguien que no te guste – Comentarios

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música – Comentarios

Nunca olvido una cara pero con la suya haré una excepción – Comentarios

He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso – Comentarios

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros – Comentarios

He tenido una noche absolutamente maravillosa. Pero no ha sido ésta – Comentarios

Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero. Pero cuestan tanto – Comentarios

Inteligencia militar es una contradicción de términos – Comentarios

El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución. – Comentarios

El matrimonio es la principal causa de divorcio – Comentarios

Hace tiempo conviví casi dos años con una mujer hasta descubrir que sus gustos eran exactamente como los míos, los dos estábamos locos por las chicas – Comentarios

La política es el arte de buscar problemas, econtrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados – Comentarios

No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio – Comentarios

La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria – Comentarios

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? – Comentarios

Fuera del perro un libro es probablemente el mejor amigo del hombre y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer – Comentarios

El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso lo has conseguido – Comentarios

Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende me retiro a otra habitación y leo un libro – Comentarios

Humor es posiblemente una palabra, la uso constantemente. Estoy loco por ella y algún día averiguaré su significado – Comentarios

En esta industria todos sabemos que detrás de un buen guionista hay siempre una gran mujer, y que detrás de ésta está su esposa – Comentarios


a acción no debe ser una reacción sino una creación – Comentarios

Lo urgente generalmente atenta contra lo necesario – Comentarios

La política es una guerra sin efusión de sangre, la guerra una política con efusión de sangre – Comentarios

Vivir no consiste en respirar sino en obrar – Comentarios

La crítica debe hacerse a tiempo, no hay que dejarse llevar por la mala costumbre de critica sólo después de consumados los hechos – Comentarios

Leer demasiados libros es peligroso – Comentarios




El amor, para que sea auténtico, debe costarnos – Comentarios

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota – Comentarios

El fruto del silencio es la oracion. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz – Comentarios

Sin nuestro sufrimiento, nuestra tarea no diferiría de la asistencia social – Comentarios

Mi sangre y mis orígenes son albaneses, pero soy de ciudadanía india. Soy monja católica. Por profesión, pertenezco al mundo entero. Por corazón pertenezco por completo al Corazón de Jesús – Comentarios

El que no sirve para servir, no sirve para vivir – Comentarios

Cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios – Comentarios

Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nostros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control y podemos confiar plenamente el Él – Comentarios

Nuestra idea consiste en animar a cristianos y no cristianos a realizar obras de amor. Y cada obra de amor hecha de todo corazón acerca a las personas a Dios – Comentarios

Amo a todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía – Comentarios

Jesús es mi Dios, Jesús es mi Esposo, Jesús es mi Vida, Jesús es mi único Amor, Jesús es todo mi ser, Jesús es mi todo – Comentarios

No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para desansar – Comentarios

Lo que importa es cuánto amor ponemos en el trabajo que realizamos – Comentarios

Dar hasta que duela y cuando duela dar todavía más – Comentarios

No deis solo lo superfluo, dad vuestro corazón – Comentarios

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal – Comentarios

Para hacer que una lámpara esté siempre encendida no debemos dejar de ponerle aceite – Comentarios




El que se ahoga no repara en lo que se agarra – Comentarios

La conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien – Comentarios

Una derrota peleada vale más que una victoria casual – Comentarios

Serás lo que debas ser o no serás nada – Comentarios

Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor cuando el hombre se vence a sí mismo – Comentarios

Uno debe saber vivir con el dinero que tiene – Comentarios

Cuando hay libertad todo lo demás sobra – Comentarios

Hace más ruido un sólo hombre gritando que cien mil que están callados – Comentario

shttp://www.portalplanetasedna.com.ar/citas_celebres.htm


El Cigarrilo provoca una nueva victima Muere Sandro 04-01-10

Martes 4 enero 2010 2 05 /01 /2010 11:54


Adios A Sandro de America Murio  05-01-10 El Idolo mas grande  De Argentina Muere , despues de varias operaciones , estas que no consiguio  soportar un tan maltratado organismo como el de Sandro , Maltratado por El Maldito vicio del CIGARRILLO , Esto tiene que marcar un precedente historicco […]
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Sábado 2 enero 2010 6 02 /01 /2010 18:33


02 Ene 2010 Cualquier documento que imprimas puede ser rastreado hasta ti Escrito por: betocampos el 02 Ene 2010 – URL Permanente Lo que los fabricantes de impresoras no quieren que sepas publicado el 08/10/2009, en Hardware Conspiraciones hay de todos los tipos, pero quizás las más […]
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Jueves 31 diciembre 2009 4 31 /12 /2009 19:54


BETO CAMMPOS Paratodos Supermercados Toledo ¿ engaño o estafo a todos sus clientes ? Supermercados Toledo ¿ engaño a todos sus clientes O mejor dicho estafo a su clientela ? El pasado mes de octubre 2009 el Supermercado Toledo propiedad de Antonio Toledo promueve un sorteo a trabes de ll Leer […]
Por BETOCAMMPOS - Comunidad: A TU SALUD
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Lunes 28 diciembre 2009 1 28 /12 /2009 20:02


8 Dic 2009 El Secreto de la Vera Pizza Italiana ( de Don Giovanni Escrito por: betocampos    El Secreto de La pizza Italiana Receta de la buena pizza Aquí les paso el secreto de la masa de pizza Para que nunca le quede cruda o que no levante o desabrida, bueno eso se soluciona con esta formula […]
Por BETOCAMMPOS
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 03:59


25 Dic 2009         En el nuevo año para las posiciones de varios significados astrológicos de los cambios individuales y colectivos. Económico, político, social, ambiental, el significado de poder, desempeño y la lucha entre las fuerzas de mantenimiento y renovación. Posiciones son similares a […]
Por BETOCAMMPOS - Publicado en: Astrologia
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 02:43


25 Dic 2009   2010 AÑO DEL TIGRE ¿Que influencia a cada signos? Los últimos años Tigre han sido 1950, 1962, 1974, 1986 y 1998. Nos interesa espacialmente 1950 pues fue el último año idéntico al 2010: Tigre de Metal, en ese año del Tigre de Metal comenzó a afirmarse la “guerra fría”: cabría […]
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:59


Ve plácidamente entre el ruido y la prisa. Recuerda que la paz puede estar en el silencio. Sin renunciar a ti mismo, esfuérzate por ser amigo de todos. Di tu verdad quietamente, claramente. Escucha a los otros aunque sean torpes e ignorantes: cada uno de ellos tiene también una vida que contar. […]
Por BETOCAMMPOS - Publicado en: Escritores y poetas
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:46


24 de agosto de 1899 nace Jorge Luis borges Familia Biografía Amigos Temas y grupos de pertenencia Principales obras Revistas y diarios Enlaces   cerrar Publicar en tu sitio Copiando este código (Ctrl + C) e insertándolo en tu página podrás visualizar la nota en su sitio: Jorge Luis Borges Nace […]
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:39


cerrar Publicar en tu sitio Copiando este código (Ctrl + C) e insertándolo en tu página podrás visualizar la nota en su sitio: Jorge Luis Borges Nace el 24 de Agosto de 1899 24 de agosto de 1899 nace Jorge Luis borges Familia Biografía clarin.com 21 Ago 2009> Ir a la nota e Luis Borges  PARTE […]
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:30


Balada para un loco Astor Piazzolla Escrito por: betocampos  Letra:
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:19


Pero ¿podrá, realmente, pedírsele honradez a una transnacional? ¿Quién nos acude Por BETOCAMMPOS Vector de la gripe A?     Por José Saramago (x) No sé nada del asunto y la experiencia directa de haber convivido con cerdos en la infancia y en la adolescencia no me sirve de nada. Aquello era […]
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Sábado 26 diciembre 2009 6 26 /12 /2009 00:11


Les traigo Alguien que yo admiro por su música y por su forma de pensar, forma esta que mucho de ella me identifico , lo siento cada día de mi vida , cada vez que abro mi ordenador ,miro mis correos , pienso que detrás del clic estas vos , con un comentario , un amigo ,hija saludando , y mucha […]

31-12 -1878 Nace el notable cuentista uruguayo Horacio Quiroga.

1878 Nace el notable cuentista uruguayo Horacio Quiroga. Falleció en Buenos Aires en 1937.

Horacio Quiroga


(Uruguay, 1878-1937)
Quiroga


E
scritor uruguayo, nacido en Salto. Deportista y aficionado a las ciencias, funda la tertulia de Los tres mosqueteros y se inicia en las letras bajo el patrocinio de Leopoldo Lugones. Viaja a París en 1900 y hace una breve experiencia de la bohemia pobre. La mayor parte de su carrera transcurre en Argentina, donde llega a ser muy leído por sus cuentos publicados en revistas y recogidos en libro. Ejerce empleos consulares y la crítica de cine, y pasa largas temporadas en el medio rural de Misiones, en la frontera argentino-paraguayo-brasileña, ambiente del que tomará temas para sus narraciones. Su

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2181

El loro pelado

Había una vez una bandada de loros que vivía en el monte.

De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.

Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después se pudren con la Lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazaban a tiros.

Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo Llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se Llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.

Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar.

Decía: “¡Buen día, lorito! “¡Rica la papa!” “¡Papa para Pedrito!…” Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.

Cuando Llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.

Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o clock tea.

Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:

—¡Qué lindo día, lorito!… ¡Rica, papa!… ¡La pata, Pedrito!… y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.

Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.

—¿Qué será? —se dijo el loro— ¡Rica, papa!… ¿Qué será eso?… ¡Buen día, Pedrito!… El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse.

Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.

Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.

—¡Buen día, tigre! —le dijo— ¡La pata, Pedrito!…

Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:

—¡Bu-en día!

—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. ¡Rica, papa!… ¡rica, papa!… ¡rica papa!…

Y decía tantas veces “¡rica papa!” porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.

—¡Rico té con leche! —le dijo—. ¡Buen día, Pedrito!… ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?

Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:

—¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sor-do!

El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca dei suelo.

—¡Rica, papa, en casa! —repitió gritando cuanto podía.

—¡Más cer-ca! ¡No oi-go! —respondió el tigre con su voz ronca.

El loro se acercó un poco más y dijo:

—¡Rico, té con leche!

—¡Más cer-ca toda-vía! —repitió el tigre.

El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto,

tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.

—¡Tomá!—rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche…

El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola, que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.

Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre, Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.

Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:

—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica, papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a Llorar.

Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.

Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.

—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!

Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacia sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.

Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado; un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento, cantando:

—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!

Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.

El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.

Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.

Entonces el loro se puso a gritar:

—¡Lindo día!… ¡Rica, papa!… ¡Rico té con leche!… ¿Querés té con leche?…

El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esta vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:

—Acer-cá-te más! ¡Soy sor-do!

El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:

—¡Rico, pan con leche!… ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!…

Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.

—¿Con quién estás hablando? —rugió—. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?

—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buen día, Pedrito!… ¡La pata, lorito!…

Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol, para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con escopeta al hombro.

Y Llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:

—¡Rica, papa!… ¡ATENCIÓN!

—¡Más cer-ca aún!—rugió el tigre, agachándose para saltar.

—¡Rico, té con leche!… ¡CUIDADO, VA A SALTAR! y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenia el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un rugido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.

Pero el loro, !Qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas!

El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.

Cuando Llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.

—¡Rica, papa!… —le decía—. ¿Querés té con leche?… ¡La papa para el tigre!…

Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

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http://www.patriagrande.net/uruguay/horacio.quiroga/cuentos/index.php?libro=Cuentos%20de%20la%20selva

POETA ESTEBAN ECHEVERRÍA (1805 – 1851)BIOGRAFIA

ESTEBAN ECHEVERRÍA (1805 – 1851)

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Esteban Echeverría vio la luz en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. Era hijo de la argentina doña María Espinosa y del vasco español José Domingo Echeverría. Durante su primera infancia perdió a su madre.
Estudia varios años en el Colegio de Ciencias Morales; lo abandona a fines de 1823, a pesar de haber sido estudiante aplicado. Ingresa como dependiente en la fuerte casa comercial Lezica Hermanos. Como su primera juventud fue en extremo borrascosa y desarreglada, resuelve regenerarse moralmente y completar su educación en Europa.

Esa ausencia de la patria (1825-1830) le es muy provechosa. En París sigue los cursos más variados, se familiariza con las tendencias literarias ideológicas en boga, forma una sólida cultura de carácter enciclopédico y se asimila infinidad de obras en francés e inglés. Con ese importante bagaje retorna a la ciudad natal (junio de 1830) totalmente transformado. Introduce en el Plata el romanticismo literario, suscitando una fecunda renovación, y formula la doctrina del liberalismo político, impregnado de altas preocupaciones sociales y pedagógicas.

En 1831 publica sus primeros versos en diarios porteños, por más que en el viejo continente se ejercitara en escribirlos. En 1832 aparece anónimamente su poema Elvira. La indiferencia con que se le recibe contrasta con el desbordante entusiasmo y la cálida simpatía que suscitan después los Consuelos (1834) y sus Rimas (1837), donde inserta la Cautiva, su mejor obra en verso.

http://www.los-poetas.com/b/bioeche.htm


Esteban Echeverría :POETA ARGENTINO POEMA LA CAUTIVA

LA CAUTIVA

El Desierto

Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.

Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en el mar.
Doquier campos y heredades
del ave y bruto guaridas,
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que Él sólo puede sondar.
A veces, la tribu errante,
sobre el potro rozagante,
cuyas crines altaneras
flotan al viento ligeras,
lo cruza cual torbellino,
y pasa; o su toldería
sobre la grama frondosa
asienta, esperando el día
duerme, tranquila reposa,
sigue veloz su camino.

¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allí! ¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.

Las armonías del viento
dicen más al pensamiento
que todo cuanto a porfía
la vana filosofía
pretende altiva enseñar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza?
¿Qué lengua humana alabarlas?
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar.

Ya el sol su nítida frente
reclinaba en occidente,
derramando por la esfera
de su rubia cabellera
el desmayado fulgor.
Sereno y diáfano el cielo,
sobre la gala verdosa
de la llanura, azul velo
esparcía, misteriosa
sombra dando a su color.

El aura, moviendo apenas
sus alas de aroma llenas,
entre la yerba bullía
del campo que parecía
como un piélago ondear.
Y la tierra, contemplando
del astro rey la partida,
callaba, manifestando,
como en una despedida,
en su semblante pesar.

Sólo a ratos, altanero
relinchaba un bruto fiero
aquí o allá, en la campaña;
bramaba un toro de saña,
rugía un tigre feroz;
o las nubes contemplando,
como extático y gozoso,
el yajá, de cuando en cuando,
turbaba el mudo reposo
con su fatídica voz.

Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más obscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.

El crepúsculo, entretanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja,
negra como una mortaja,
el occidente cubrió;
mientras la noche bajando
lenta venía, la calma,
que contempla suspirando
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó.

Entonces, como el rüido
que suele hacer el tronido
cuando retumba lejano,
se oyó en el tranquilo llano
sordo y confuso clamor;
se perdió… y luego violento,
como baladro espantoso
de turba inmensa, en el viento
se dilató sonoroso,
dando a los brutos pavor.

Bajo la planta sonante
del ágil potro arrogante
el duro suelo temblaba,
y envuelto en polvo cruzaba
como animado tropel,
velozmente cabalgando;
ve íanse lanzas agudas,
cabezas, crines ondeando,
y como formas desnudas
de aspecto extraño y crüel.

¿Quién es? ¿Qué insensata turba
con su alarido perturba
las calladas soledades
de Dios, do las tempestades
sólo se oyen resonar?
¿Qué humana planta orgullosa
se atreve a hollar el desierto
cuando todo en él reposa?
¿Quién viene seguro puerto
en sus yermos a buscar?

¡Oíd! Ya se acerca el bando
de salvajes, atronando
todo el campo convecino;
¡mirad! como torbellino
hiende el espacio veloz.
El fiero ímpetu no enfrena
del bruto que arroja espuma;
vaga al viento su melena,
y con ligereza suma
pasa en ademán atroz.

¿Dónde va? ¿De dónde viene?
¿De qué su gozo proviene?
¿Por qué grita, corre, vuela,
clavando al bruto la espuela,
sin mirar alrededor?
¡Ved que las puntas ufanas
de sus lanzas, por despojos,
llevan cabezas humanas,
cuyos inflamados ojos
respiran aún furor!

Así el bárbaro hace ultraje
al indomable coraje
que abatió su alevosía;
y su rencor todavía
mira, con torpe placer,
las cabezas que cortaron
sus inhumanos cuchillos,
exclamando: -”Ya pagaron
del cristiano los caudillos
el feudo a nuestro poder.

Ya los ranchos do vivieron
presa de las llamas fueron,
y muerde el polvo abatida
su pujanza tan erguida.
¿Dónde sus bravos están?
Vengan hoy del vituperio,
sus mujeres, sus infantes,
que gimen en cautiverio,
a libertar, y como antes,
nuestras lanzas probarán.”

Tal decía, y bajo el callo
del indómito caballo,
crujiendo el suelo temblaba;
hueco y sordo retumbaba
su grito en la soledad.
Mientras la noche, cubierto
el rostro en manto nubloso,
echó en el vasto desierto,
su silencio pavoroso,
su sombría majestad.

PARTE SEGUNDA

…orríbile favelle,
parole di dolore, accenti d’ira,
voci alte e fioche, e suon di man con elle
facévano un tumulto…
(Dante)

El festín

Noche es el vasto horizonte,
noche el aire, cielo y tierra.
Parece haber apiñado
el genio de las tinieblas,
para algún misterio inmundo,
sobre la llanura inmensa,
la lobreguez del abismo
donde inalterable reina.

Sólo inquietos divagando,
por entre las sombras negras,
los espíritus foletos
con viva luz reverberan,
se disipan, reaparecen,
vienen, van, brillan, se alejan,
mientras el insecto chilla,
y en fachinales o cuevas
los nocturnos animales
con triste aullido se quejan.

La tribu aleve, entretanto,
allá en la pampa desierta,
donde el cristiano atrevido
jamás estampa la huella,
ha reprimido del bruto
la estrepitosa carrera;
y campo tiene fecundo
al pie de una loma extensa,
lugar hermoso, do a veces
sus tolderías asienta.

Feliz la maloca ha sido;
rica y de estima la presa
que arrebató a los cristianos:
caballos, potros y yeguas,
bienes que en su vida errante
ella más que el oro precia;
muchedumbre de cautivas,
todas jóvenes y bellas.

Sus caballos, en manadas,
pacen la fragante yerba;
y al lazo, algunos prendidos,
a la pica, o la manea,
de sus indolentes amos
el grito de alarma esperan.
Y no lejos de la turba,
que charla ufana y hambrienta,
atado entre cuatro lanzas,
como víctima en reserva,
noble espíritu valiente
mira vacilar su estrella;
al paso que su infortunio,
sin esperanza, lamentan,
rememorando su hogar,
los infantes y las hembras.

Arden ya en medio del campo
cuatro extendidas hogueras,
cuyas vivas llamaradas
irradiando, colorean
el tenebroso recinto
donde la chusma hormiguea.
En torno al fuego sentados
unos lo atizan y ceban;
otros la jugosa carne
al rescoldo o llama tuestan.

Aquél come, éste destriza,
más allá alguno degüella
con afilado cuchillo
la yegua al lazo sujeta,
y a la boca de la herida,
por donde ronca y resuella,
y a borbollones arroja
la caliente sangre fuera,
en pie, trémula y convulsa,
dos o tres indios se pegan
como sedientos vampiros,
sorben, chupan, saborean
la sangre, haciendo mormullo,
y de sangre se rellenan.

Baja el pescuezo, vacila,
y se desploma la yegua
con aplausos de las indias
que a descuartizarla empiezan.
Arden en medio del campo,
con viva luz las hogueras;
sopla el viento de la pampa
y el humo y las chispas vuelan.
A la charla interrumpida,
cuando el hambre está repleta,
sigue el cordial regocijo,
el beberaje y la gresca,
que apetecen los varones,
y las mujeres detestan.

El licor espirituoso
en grandes bacías echan;
y, tendidos de barriga
en derredor, la cabeza
meten sedientos, y apuran
el apetecido néctar,
que bien pronto los convierte
en abominables fieras.
Cuando algún indio, medio ebrio,
tenaz metiendo la lengua
sigue en la preciosa fuente,
y beber también no deja
a los que aguijan furiosos,
otro viene, de las piernas
lo agarra, tira y arrastra,
y en lugar suyo se espeta.

Así bebe, ríe, canta,
y al regocijo sin rienda
se da la tribu; aquel ebrio
se levanta, bambolea,
a plomo cae, y gruñendo
como animal se revuelca.
Éste chilla, algunos lloran,
y otros a beber empiezan.

De la chusma toda al cabo
la embriaguez se enseñorea
y hace andar en remolino
sus delirantes cabezas;
entonces empieza el bullicio,
y la algazara tremenda,
el infernal alarido
y las voces lastimeras,
mientras sin alivio lloran
las cautivas miserables,
y los ternezuelos niños,
al ver llorar a sus madres.

Las hogueras, entretanto,
en la obscuridad flamean,
y a los pintados semblantes
y a las largas cabelleras
de aquellos indios beodos,
da su vislumbre siniestra
colorido tan extraño,
traza tan horrible y fea,
que parecen del abismo
précito, inmunda ralea,
entregada al torpe gozo
de la sabática fiesta.

Todos en silencio escuchan;
una voz entona recia
las heroicas alabanzas,
y los cantos de la guerra:
-Guerra, guerra, y exterminio
al tiránico dominio
del huinca; engañosa paz:
devore el fuego sus ranchos,
que en su vientre los caranchos
ceben el pico voraz.

Oyó gritos el caudillo,
y en su fogoso tordillo
salió Brian;
pocos eran y él delante
venía, al bruto arrogante
dio una lanzada Quillán.
Lo cargó al punto la indiada:
con la fulminante espada
se alzó Brian;
grandes sus ojos brillaron,
y las cabezas rodaron
de Quitur y Callupán.

Echando espuma y herido
como toro enfurecido
se encaró,
ceño torvo revolviendo,
y el acero sacudiendo:
nadie acometerlo osó.

Valichu estaba en su brazo;
pero al golpe de un bolazo
cayó Brian
como potro en la llanura:
cebo en su cuerpo y hartura
encontrará el gavilán.

Las armas cobarde entrega
el que vivir quiere esclavo;
pero el indio guapo, no:
Chañil murió como bravo,
batallando en la refriega,
de una lanzada murió.

Salió Brian airado
blandiendo la lanza,
con fiera pujanza
Chañil lo embistió;
del pecho clavado
en el hierro agudo,
con brazo forzudo,
Brian lo levantó.

Funeral sangriento
ya tuvo en el llano;
ni un solo cristiano
con vida escapó.
¡Fatal vencimiento!
Lloremos la muerte
del indio más fuerte
que la pampa crió.

Quiénes su pérdida lloran,
quiénes sus hazañas mentan.
Óyense voces confusas,
medio articuladas quejas,
baladros, cuyo son ronco
en la llanura resuena.

De repente todos callan,
y un sordo mormullo reina,
semejante al de la brisa
cuando rebulle en la selva;
pero, gritando, algún indio
en la boca se palmea,
y el disonante alarido
otra vez el campo atruena.

El indeleble recuerdo
de las pasadas ofensas
se aviva en su ánimo entonces,
y atizando su fiereza
al rencor adormecido
y a la venganza subleva.

En su mano los cuchillos,
a la luz de las hogueras,
llevando muerte relucen;
se ultrajan, riñen, vocean,
como animales feroces
se despedazan y bregan.

Y, asombradas, las cautivas
la carnicería horrenda
miran, y a Dios en silencio
humildes preces elevan.
Sus mujeres entretanto,
cuya vigilancia tierna
en las horas de peligro
siempre cautelosa vela,
acorren luego a calmar
el frenesí que los ciega,
ya con ruegos y palabras
de amor y eficacia llenas,
ya interponiendo su cuerpo
entre las armas sangrientas.

Ellos resisten y luchan,
las desoyen y atropellan,
lanzando injuriosos gritos;
y los cuchillos no sueltan
sino cuando, ya rendida
su natural fortaleza
a la embriaguez y al cansancio,
dobla el cuello y cae por tierra.
Al tumulto y la matanza
sigue el llorar de las hembras
por sus maridos y deudos,
las lastimosas endechas
a la abundancia pasada,
a la presente miseria,
a las víctimas queridas
de aquella noche funesta.

Pronto un profundo silencio
hace a los lamentos tregua,
interrumpido por ayes
de moribundos, o quejas,
risas, gruñir sofocado
de la embriagada torpeza;
al espantoso ronquido
de los que durmiendo sueñan,
los gemidos infantiles
del ñacurutú se mezclan;
chillidos, aúllos tristes
del lobo que anda a la presa.

De cadáveres, de troncos,
miembros, sangre y osamentas,
entremezclados con vivos,
cubierto aquel campo queda,
donde poco antes la tribu
llegó alegre y tan soberbia.
La noche en tanto camina
triste, encapotada y negra;
y la desmayada luz
de las festivas hogueras
sólo alumbra los estragos
de aquella bárbara fiesta.

PARTE TERCERA

Yo iba a morir, es verdad,
entre bárbaros crüeles,
y allí el pesar me mataba
de morir, mi bien, sin verte.
A darme la vida tú
saliste, hermosa, y valiente
(Calderón)
http://www.los-poetas.com/b/cautiva.htm

Jose Zorrilla Poeta 1817-1893 (Dueña de la Negra Toca)

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/z/fotos/zorrilla_2.jpg

José Zorrilla
(1817-1893)

José Zorrilla nació en Valladolid (1817). Su padre, José Zorrilla, era hombre de rígidos principios, absolutista y partidario del pretendiente don Carlos; su madre, Nicomedes Moral, mujer piadosa, sufrida y sometida al marido.Estudió leyes en las universidades de Toledo y Valladolid (1833-36), con nulo aprovechamiento. Durante unas vacaciones se enamoró de una prima, a la que evoca en “Recuerdo del Arlanza”, era éste el primero de una larga lista de amores.

DUEÑA DE LA NEGRA TOCA

Dueña de la negra toca,
la del morado monjil,
por un beso de tu boca
diera a Granada Boabdil.
Diera la lanza mejor
del Zenete más bizarro,
y con su fresco verdor
toda una orilla del Darro.
Diera la fiesta de toros
y, si fueran en sus manos,
con la zambra de los moros
el valor de los cristianos.
Diera alfombras orientales,
y armaduras y pebetes,
y diera… ¡que tanto vales!,
hasta cuarenta jinetes.
Porque tus ojos son bellos,
porque la luz de la aurora
sube al Oriente desde ellos,
y el mundo su lumbre dora.
Tus labios son un rubí,
partido por gala en dos…
Le arrancaron para ti
de la corona de Dios.
De tus labios, la sonrisa,
la paz de tu lengua mana…
leve, aérea, como brisa
de purpurina mañana.
¡Oh, qué hermosa nazarena
para un harén oriental,
suelta la negra melena
sobre el cuello de cristal,
en lecho de terciopelo,
entre una nube de aroma,
y envuelta en el blanco velo
de las hijas de Mahoma!
Ven a Córdoba, cristiana,
sultana serás allí,
y el sultán será, ¡oh sultana!,
un esclavo para ti.
Te dará tanta riqueza,
tanta gala tunecina,
que ha de juzgar tu belleza
para pagarle, mezquina.
Dueña de la negra toca,
por un beso de tu boca
diera un reino Boabdil;
y yo por ello, cristiana,
te diera de buena gana
mil cielos, si fueran mil.

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O bella vida que me has dado toda esa gana

de comer un buen bocado

cuanto deseo poner entre mis dientes

un asado, un bife casi crudo

con su sangre resbalando

¿y la bendita papa frita?

Que suerte de delicia crocante y sabrosa ,

Junto a un huevo amarillo y blanco rozagante

Que me dice no pienses en tu hígado,

¡Cómeme! ¡Saboréame!

¿Y la salud? dicen que todo esto es delicia

Pero malos y traicioneros

Que mi vida a lo lejos o aquí cerca

Me mostrara que nada era tan bello,

Y si me aquejaran los dolores

Y tal vez mi vida sucumba antes del tiempo

Que me la quitaron, los aromas y sabores,

No h abre vivido todo lo que querría,

¿O cambiar quizás antes a tiempo?

¿y donde quedaran mi herencia ancestrales ?

El legado de mis padres mis abuelos

¿Cómo enfrentar todo eso?

Cambiando ¡¡ abruptamente!! Y dejar

de fumar si es preciso,

¿Cambiare?

Para el verde el amarillo el rojo

Quizás el violeta de la remolacha

Siempre me gusto la espinaca también

El brócoli, el amarillo de la naranja,

El sabor dulce de la banana me

hace acordar los paraísos tropicales,

le escribiría tantas cosas, ¡ha!

y la alcachofa con su fuente

natural de vitaminas,

¿Y por que no las rojas frutillas ?

que de agua la boca se me llena

de solo mirarla,¿y cuando pienso, que

mas de cuatrocientos años llevan las abejas

preparando, ese néctar delicioso que ira

a endulzar mi desayuno?,

y las nueces las castañas el maní,

la soja el tomate, berenjenas zapallo ,

el pescado el ¡¡pollo!!

Si debo cambiar por todas esas delicias

¿Por que no hacerlo?

¡Si! ¡¡Siii !!

Cambio

Bienvenida sea la VIDA.

Traducido al español

Betocammpos

de

Radacmvalej

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Gastroenteritis al Comer Empanadas Recalentadas

2 noviembre 2009

Gastroenteritis al Comer empanadas Recalentadas

El informe que les traigo a continuación es sucedio en la ciudad de Buenos Aires, en la realidad lo que sucede todo los días pero en forma individual de personas que comen en cualquier lugar empanadas como hamburguesas, sin tener en cuenta la higiene del establecimiento que las vende principalmente, aquellos que por comodidad o economizar horno o fritura, exponen por horas las empanadas a temperaturas ambiente, como lo explica este informe seria ideal que el calentado de las empanadas 75ºC antes del consumo.

Pocos tienen en cuenta por que nadie se queja, y una descompostura le echamos la culpa a comer corriendo o los nervios y nunca al comercio que nos vendió la comida.

¡¡¡cuidado al comer empanadas recalentadas!!!

Brote de Gastroenteritis provocado

por el consumo de

Empanadas de Carne

Silvia Michanie (1), Alicia Vega (2), Gilberto Padilla (3) y Amalia Rea Nogales (4)

Trabajo realizado en el Centro Panamericano de Zoonosis, OPS/OMS.

-

Dirección actual: Instituto Panamericano de Protección de Alimentos y Zoonosis, OPS /OMS -

Facultad de Farmacia y Bioquímica, UBA

Casilla de Correo 44 (1640) Martínez – Buenos Aires – Argentina

-

Centro de Estudios y Control de Contaminantes (CESCCO). – Tegucigalpa – Honduras

4-

Instituto Nacional de Laboratorios de Salud – La Paz – Bolivia

La Alimentación Latinoamericana Nº 194:49-54, 1993

Palabras claves: Alimentos, Clostridium perfringens, brote gastroenteritis

Resumen

Un brote de origen alimentario por Clostridium perfringens tipo A se presentó en ocasión de un

“Iunch” en que se sirvieron empanadas de carne fritas, canapés y masas dulces. De las 41

Personas encuestadas, 23 (56%) desarrollaron un síndrome típico de gastroenteritis. Las

Empanadas de carne fritas mostraron la mayor diferencia entre las dos tasas de ataque (46%);

Alta para el grupo de comensales que las consumió y enfermó (63%) y baja para el grupo que

También enfermó pero no las consumió (17%). La prueba de Chi (p<0.05) mostró una franca

2

Asociación con el consumo de empanadas. El recuento de C. perfringens en el picadillo de

carne, de una empanada del mismo lote, pero sin freír, fue 2.6 x 10E1 UFC/g. El factor

Determinante del brote fue el enfriamiento inadecuado del picadillo de carne (punto crítico de

Control) que favoreció la germinación de las esporas de C. perfringens y la propagación DE las celulas vegetativas otros factores adicionales fueron a)el uso de una olla en lugar de

.

una sartén para la preparación de picadillo de carne situación que mantuvo condiciones

Anaeróbicas durante el escaso período de enfriamiento (1 hora), b) la colocación en la heladera

del picadillo de carne presuntamente tibio, c) la fritura de las empanadas (2 a 3 min) que resultó

Insuficiente para reducir el número de células vegetativas contenidas en el picadillo, d) la

Colocación en paquetes de las empanadas, inmediatamente después de haber sido fritas, que

volvió a generar un enfriamiento inadecuado que se mantuvo durante 4 horas, hasta el consumo

de las empanadas. Las recomendaciones son: a) cocer el picadillo de carne en recipientes poco

profundos, b) enfriar el picadillo rápidamente a temperatura del ambiente, c) refrigerarlo a

Temperaturas menores de 4ºC sin tapas y en capas no superiores a 10 cm, d) consumir los

alimentos inmediatamente después de cocidos o conservarlos a temperaturas mayores de 65ºC


La gastroenteritis por Clostridium perfringens tipo A es una de las tres principales causas

de enfermedad transmitida por los alimentos en los Estados Unidos de América y en el Reino

Unido; país, este último, donde la notificación es obligatoria (10,11l). En la Argentina no se

dispone de datos y raramente se notifica. La mayoría de los brotes resultan de la exposición a

alimentos preparados con carne bovina o pollo que contienen un número elevado (10E5/g o

mayor) (E=exponente) de células vegetativas viables del agente.

Saramago Agrio Senil desesperado (Seriamos Mejores sin la biblia)

Fuente: revista Ñ(clarín)

Saramago: “Seríamos mejores sin la Biblia

El Premio Nobel portugués acaba de presentar su flamante novela Caín, que ya despertó polémica en su país y en la comunidad católica y advierte que “lo único que han hecho las relgiones a lo largo de la historia es matar, matar, matar”.

Caín, nada menos, es el protagonista de la nueva novela de José Saramago (Azinhaga, 1922), que acaba de publicar Alfaguara. El pasado fin de semana, Saramago y su esposa, Pilar del Río, asistieron al festival Escritaria, en la localidad de Penafiel, cerca de Oporto, cuyas calles se transformaron en homenaje al escritor: grupos de teatro daban vida a sus personajes, artistas plásticos exhibían instalaciones inspiradas en su obra, los expertos debatían en mesas redondas… y el rostro de Saramago aparecía, entre severo y apacible, en los escaparates de las tiendas.

La novela, Caín, no es solamente la historia de este personaje sino que usted le hace viajar por el Antiguo Testamento. ¿Cómo le vino la idea de reescribir episodios bíblicos, cosa que no hacía desde El Evangelio según Jesucristo (1991)?
No soy un escritor de temas religiosos, pero eso no significa que la religión no me interese, porque no podemos entender al ser humano sin ella. Aunque no seamos creyentes, la religión está en el aire. Caín me ha interesado desde hace muchos años, pero quizá antes no poseía la madurez necesaria para enfrentarme a él.

Le da la vuelta a los episodios conocidos por todos…
Mientras no conocemos el otro lado de las cosas, no las conocemos de verdad. Sucede si miramos de frente una moneda, vemos un rostro pero existe otra realidad en el envés. Incluso un libro como la Biblia, permite – y exige-que intentemos leerlo por el otro lado.

Caín mata a Abel, pero aquí entendemos sus razones…
Es muy fácil condenar a Caín por fratricidio y yo tampoco lo absuelvo. Lo que hago es poner una parte de la culpa en Dios. Cuando los dos hermanos le ofrecen los productos de su trabajo, Caín, al ser agricultor, le ofrenda verduras, y Abel, como es ganadero, le regala carne. Dios queda encantado con la grasa del cordero ardiendo en la hoguera… y desprecia los presentes de Caín. ¿Qué clase de dios es este que, para enaltecer a uno, desprecia a otro, de una manera provocadora? Caín es humillado por Dios, y mata a su hermano al no poder matar a Dios.

El libro se lee con una sonrisa permanente.
Cada libro dice al autor cómo quiere ser escrito. Con Caín me salió, de modo inesperado, la primera frase, que es la puerta abierta a la ironía. La experiencia y la vida me han enseñado a no despreciar esos modos espontáneos en que se me presentan las historias. Por eso hay más humor que nunca en un libro mío.

Bueno, la sexualidad está también mucho más presente, con pasajes casi pornográficos.
Eso me sorprendió también, es verdad, porque yo soy muy discreto en ese particular. La exhibición fisiológica del cuerpo humano en contacto con otro y sus secreciones no es algo que me haya llamado nunca la atención. Pero aquí la figura de Lilith era importante, y decidí cargarla de una sensualidad extrema. Cumplí con mi obligación de escritor.

También hay descripciones de gran violencia.
Sí, pero ahí no he necesitado añadir nada a la violencia que se encontraba en los textos bíblicos de origen. Quizá he ridiculizado algunas situaciones, como cuando Abraham va a matar a su hijo…

Sí, al final no es Dios quien salva a la criatura…
Dios envía en el último instante a un ángel a detener el ímpetu asesino de su fiel Abraham, pero el ángel llega tarde porque sufre una avería en el ala derecha.

Aparte de esa chapuza, su Dios no es demasiado omnipotente, hasta exclama: “Ser dios no es tan fácil como creéis”.
Si nosotros fuéramos infalibles e inmaculados, habríamos creado un Dios así. Pero los hombres hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza. Por eso es tan cruel, malo y vengativo.

Aunque hay quejas de obispos en Portugal, ¿cree que la novela levantará tanta polémica como su evangelio… de 1991?
La reacción de Aníbal Cavaco Silva, entonces primer ministro, a El Evangelio según Jesucristo, como sabe, me hizo abandonar mi país. Creía que ahora la Iglesia católica no iba a entrar en algo que, además, no es suyo, porque el Antiguo Testamento es el libro de los judíos. No me imaginaba que volvieran a desempolvar esos viejos odios. En cualquier caso, ya estoy acostumbrado a no gustar a mucha gente… y me da igual.

Literariamente, ¿le encuentra virtudes a la Biblia?
No. Es un libro que no me seduce. He releído ahora ciertas escenas para Caín. Además, seríamos todos mejores sin este libro.

Uno de los hallazgos de esta obra es su uso del tiempo, pues los episodios no se suceden cronológicamente.
Era el problema más complejo que tenía. Dios condena a Caín a la errancia y él va conociendo sucesos de la Biblia. ¿Cómo narrar los episodios, cómo concatenar los personajes? ¿Cómo relacionar unos y otros crímenes? Era muy difícil utilizando el tiempo como nosotros lo utilizamos. Así que, en lugar de pasado, presente y futuro, todo es presente, pero hay diferentes tipos de presentes: el que ha ocurrido, el que ocurre y el que ocurrirá. Eso me permite ir hacia atrás y hacia delante sin saltos.

¿El mensaje de la novela son las consecuencias destructivas de creer en Dios?
El mensaje es el que cada lector extraiga. Yo no tengo ninguna duda sobre las consecuencias nefastas de la existencia de religiones, que inevitablemente se oponen las unas a las otras. Matar, matar, matar… eso es lo que han hecho a lo largo de la historia.

Se ocupa también del episodio de Sodoma y Gomorra…
Me interesaba el debate entre Abraham y Dios. El Señor quiere arrasar esas ciudades y Abraham le pide que no lo haga si encuentra cincuenta hombres justos en ellas. Al final, Dios le promete que no quemará Sodoma y Gomorra si hay en ellas diez personas inocentes… pero Dios las destruye. Y Abraham se da cuenta de que había muchos más inocentes que diez: todos los niños. Dios es un sádico, es cruel, es mentiroso, no es alguien de fiar, no se puede confiar en su palabra. Abraham contempla el horror y se da cuenta de muchas cosas. Repugna creer en un Dios como ese.

© La Vanguardia y Clarín

Se puede opinar sobre todo pero cuando el tema es Dios las cosas cambian , si la Biblia a Saramago le parece que hay que leerla de otra manera para entender , el lado oscuro de lo que se escribió a mas de 2000 años sin dudas que tendremos varias versiones , pero lo que esta mal en Saramago es ridícularizar a la fe de millones de personas en el mundo , cuando se es un personaje tan notorio e importante en la literatura como Saramago debería tomar ciertos recaudos al opinar sobre religión , para evitar que aquel que cree pueda no solo odiarlo sino , evitarle una angustia , no nos olvidemos que el mundo esta compuestos por personas fuertes como frágiles , a las que le es un necesidad imperiosa ,aferrarse a alguna religión y eso a mi ver debe ser respetado

En este aspecto el señor Saramago esta rotundamente equivocado engañado, y mas aun pasa a colocarse como otros tantos escritores amados por el mundo entero que en el ocaso de sus vidas solo destilaron miedos inverdades y toda la inseguridad propia de quien no cree en nada, (pobres serán los ateos que deambularan por por la vida solos y desesperados sumidos en la mas profunda desesperación)”Radacanvalej” “Fe y miedos”

Si en algo de lo que dice contra la fe católica Saramago esta cierto , por respeto a millones de católicos debería callar hay veces que es preferible una mentira piadosa que la incertidumbre de no tener nada para aferrarse , no discutiré la existencia o la inexistencia de Dios las religiones · Budismo. · Judaísmo · Cristianismo. · Islamismo · Hinduismo o cualquier otra , cada uno tiene su propia fe y debe ser respetada .

Betocammpos

Aguardo su opinion sobre el tema


Comentario: Betocammpos

Nicolas Maquiavelo EL PRÍNCIPE parte 1

Reseña Biográfica

NICOLÁS MAQUIAVELO (1469-1527)

Nicolás Maquiavelo nació y murió en Florencia. Hijo de una familia de abolengo pero escasos recursos económicos, siguió el oficio de su padre, estudió jurisprudencia y a los 25 años logró ocupar un puesto en el gobierno florentino como secretario de la República De Los Diez.

El joven funcionario tenía grandes ambiciones, sustentadas en su vasta cultura – era un lector insaciable – y en su talento extraordinario para comprender los más sutiles asuntos de estado. En poco tiempo se le encomendaron algunas misiones diplomáticas en las que tuvo ocasión de poner en práctica sus concepciones políticas, lo mismo ante la temible Catalina Sforza que en la corte del monarca francés Luis XII. Si con la primera las negociaciones llegaron a un punto muerto y no hubo ventajas para nadie, con el segundo Maquiavelo obtuvo su primer gran triunfo.

Debe recordarse que aún no se constituía Italia como una verdadera nación. Estaba dividida en diversas repúblicas y ducados autónomos donde el poder quedaba en manos de ciertas familias, rivales entre sí. La situación no podía ser más problemática y los asesinatos, conjuras, revueltas, invasiones y despojos sucedían en forma vertiginosa; los aliados de hoy eran los enemigos de mañana, y la desconfianza era la norma más elemental en los manejos políticos. En medio de tales circunstancias el joven Maquiavelo empezó su carrera política, y sus conclusiones teóricas partieron de esa realidad concreta.

El mérito fundamental de Maquiavelo consistió en su habilidad para estructurar una teoría política con base en las experiencias cotidianas, al margen de toda concepción idealista. El príncipe, su obra maestra, ha tenido una trascendencia universal por constituir un verdadero manual para el ejercicio del poder. Se dice que, a lo largo de la historia, ha sido el libro de cabecera de Napoleón, Richelieu y muchos otros grandes políticos y estadistas.

No es de extrañar la amoralidad del celebérrimo libro si se toma en cuenta que Maquiavelo fue secretario de César Borgia, a quien puede considerarse su principal inspirador. En efecto, el escritor florentino estuvo al lado de César cuando éste convocó, con pretextos amigables, a los capitanes que habían rehusado servirle, y en seguida los mandó degollar. Maquiavelo redactó un minucioso informe sobre aquel trágico episodio, donde ya se advierte su manera de separar tajantemente la política y la moral.

De Principatibus, título latino que dio Maquiavelo a su tratado, expone en 26 apartados “qué es un principado, cuáles son sus clases, cómo se adquieren, cómo se conservan y por qué se pierden”. Maquiavelo evitó componer un tratado voluminoso, como era lo usual en su época, confiriendo mayor importancia al fondo de las cosas que a las palabras. No sólo revolucionó la concepción del ejercicio del poder sino el estilo de toda la literatura renacentista: aunque de lenguaje escueto, casi lacónico, su libro no está exento de un tono vibrante y de una gran perfección formal. Se trata del primer libro que desarrolla técnicamente, y con un lenguaje apropiado, el arte de gobernar. Para llegar a una visión tan clara de la realidad política de su tiempo, Maquiavelo supo asimilar catorce años al servicio del Estado florentino, sin olvidar las experiencias que adquirió en sus frecuentes misiones diplomáticas y en la observación directa de príncipes y monarcas.

En 1502 el activo funcionario y diplomático florentino contrajo matrimonio con Marieta Corsini, quien le dio cinco hijos. La vida familiar de Maquiavelo no pudo ser muy feliz, tanto por su necesidad de viajar constantemente como por las dificultades económicas y los inevitables vaivenes de la política. La primera etapa de la vida de Maquiavelo estuvo caracterizada por una actividad incesante, motivada sin duda por su ambición pero, más aún, por un sincero patriotismo. Cuando las circunstancias cambiaron y Maquiavelo hubo de afrontar el destierro, la cárcel y la tortura, su existencia tomó un ritmo más pausado: la política activa fue sustituida por el trabajo intelectual. Curiosamente, el autor de El Príncipe no procedió “maquiavélicamente”, tratándose de su persona, salvo cuando ya era un hombre acabado; por el contrario, puso toda su ciencia al servicio de otros que supieron aprovecharla.

En 1512, cuando los franceses fueron expulsados de Florencia, los españoles, aliados con el Papa, decretaron la abolición de la república y el retorno de los Medici. Maquiavelo no tuvo más remedio que abandonar su querida ciudad y retirarse de toda actividad política, buscando refugio en el pueblo de San Andrea in Percussina, donde tenía una pequeña casa de campo. Más no quedó a salvo pues, al año siguiente, fue descubierta una conspiración contra el régimen mediceo, capitaneada por dos jóvenes republicanos: Boscoli y Capponi. Para desgracia de Maquiavelo, su nombre figuraba en la lista de “colaboradores” que había elaborado Boscoli, y mientras se efectuaban las averiguaciones fue encarcelado y sometido a torturas. Los conspiradores negaron toda participación de Maquiavelo, incluso momentos antes de ser decapitados, por lo cual se le dejó en libertad. A partir de entonces comenzó su actividad literaria convencido de que jamás volvería a Florencia.

Maquiavelo redactó El Príncipe en el otoño negro de 1513; Los diálogos sobre el arte de la guerra quedaron terminados en 1516; Los discursos sobre la primera década de Tito Livio datan del año 1519; su exitosa comedia La mandrágora se sitúa en 1520 y ese mismo año inició Las historias florentinas por encargo de Julio de Médici, elegido pontífice de la Iglesia con el nombre de León X. Este libro marcó el acercamiento a quienes fueran antes sus mortales enemigos y, por única vez en su vida, Maquiavelo aplicó las teorías que desarrollara magistralmente en sus ensayos


DEDICATORIA A LORENZO EL MAGNÍFICO, HIJO DE PEDRO DE MÉDICIS

Los que desean alcanzar la gracia y favor de un príncipe acostumbran a ofrendarle aquellas cosas que se reputan por más de su agrado, o en cuya posesión se sabe que él encuentra su mayor gusto. Así, unos regalan caballos; otros, armas; quiénes, telas de oro; cuáles, piedras preciosas u otros objetos dignos de su grandeza. Por mi parte, queriendo presentar a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda o regalo que pudiera demostraros mi rendido acatamiento, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más cara, ni que tenga en más, que mi conocimiento de los mayores y mejores gobernantes que han existido. Tal conocimiento sólo lo he adquirido gracias a una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y merced a una continuada lectura de las antiguas historias. Y luego de haber examinado durante mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con seria atención, encerré el resultado de tan profunda y penosa tarea en un reducido volumen, que os remito.

Aunque estimo mi obra indigna de Vuestra Magnificencia, abrigo, no obstante, la confianza de que bondadosamente la honraréis con una favorable acogida, si consideráis que no me era posible haceros un presente más precioso que el de un libro con el que os será fácil comprender en pocas horas lo que a mi no me ha sido dable comprender sino al cabo de muchos años, con suma fatiga y con grandísimos peligros. No por ello he llenado mi exposición razonada de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentación de ciencia, ni la he envuelto en hinchada prosa, ni he recurrido a los demás atractivos con que muchos autores gustan de engalanar lo que han de decir, porque he querido que no haya en ella otra pompa y otro adorno que la verdad de las cosas y la importancia de la materia. Desearía, sin embargo, que no se considerara como presunción reprensible en un hombre de condición inferior, y aun baja, si se quiere, la audacia de discurrir sobre la gobernación de los príncipes y aspirar a darles reglas. Los pintores que van a dibujar un paisaje deben estar en las montañas, para que los valles se descubran a sus miradas de un modo claro, distinto, completo y perfecto. Pero también ocurre que únicamente desde el fondo de los valles pueden ver las montañas bien y en toda su extensión. En la política sucede algo semejante. Si, para conocer la naturaleza de las naciones, se requiere ser príncipe, para conocer la de los principados conviene vivir entre el pueblo. Reciba, pues, Vuestra Magnificencia mi modesta dádiva con la misma intención con que yo os la ofrezco. Si os dignáis leer esta producción y meditarla con cuidado reconoceréis en ella el propósito de veros llegar a aquella elevación que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si después os dignáis, desde la altura majestuosa en que os halláis colocado, bajar vuestros ojos a la humillación en que me encuentro, comprenderéis toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción.


CAPÍTULO I

DE LAS VARIAS CLASES DE PRINCIPADOS Y DEL MODO DE ADQUIRIRLOS

Cuantos Estados y cuantas dominaciones ejercieron y ejercen todavía una autoridad soberana sobre los hombres, fueron y son principados o repúblicas. Los principados se dividen en hereditarios y nuevos. Los hereditarios, en quien los disfruta, provienen de su familia, que por mucho tiempo los poseyó. Los nuevos se adquieren de dos modos: o surgen como tales en un todo, como el de Milán para Francisco Sforcia, que, generalísimo primero de los ejércitos de la república milanesa, fue proclamado más tarde príncipe y duque de los dominios milaneses; o aparecen como miembros añadidos al Estado ya hereditario del príncipe que los adquiere, y tal es el reino de Nápoles para el monarca de España, el cual lo conserva desde el año 1442, en que Alfonso V, rey de Aragón, se hizo proclamar rey de aquel país. Estos Estados nuevos ofrecen a su vez una subdivisión, porque: o están habituados a vivir bajo un príncipe, o están habituados a ser libres; o el príncipe que los adquirió lo hizo con armas ajenas, o lo hizo con las suyas propias; o se los proporcionó la suerte, o se los proporcionó su valor.

CAPÍTULO II

DE LOS PRINCIPADOS HEREDITARIOS

Pasaré aquí en silencio las repúblicas, a causa de que he discurrido ya largamente sobre ellas en mis discursos acerca de la primera década de Tito Livio, y no dirigiré mi atención más que sobre el principado. Y, refiriéndome a las distinciones que acabo de establecer, y examinando la manera con que es posible gobernar y conservar los principados, empezaré por decir que en los Estados hereditarios, que están acostumbrados a ver reinar la familia de su príncipe, hay menos dificultad en conservarlos que cuando son nuevos. El príncipe entonces no necesita más que no traspasar el orden seguido por sus mayores, y contemporizar con los acontecimientos, después de lo cual le basta usar de la más socorrida industria, para conservarse siempre a menos que surja una fuerza extraordinaria y llevada al exceso, que venga a privarle de su Estado. Pero, aun perdiéndolo, lo recuperará, si se lo propone, por muy poderoso y hábil que sea el usurpador que se haya apoderado de él. Ejemplo de ello nos ofreció, en Italia, el duque de Ferrara, a quien no pudieron arruinar los ataques de los venecianos, en 1484, ni los del papa Julio, en 1510, por motivo único de que su familia se hallaba establecida en aquella soberanía, de padres a hijos, hacía ya mucho tiempo. Y es que el príncipe, por no tener causas ni necesidades de ofender a sus gobernados, es amado natural y razonablemente por éstos, a menos de poseer vicios irritantes que le tornen aborrecible. La antigüedad y la continuidad del reinado de su dinastía hicieron olvidar los vestigios y las razones de las mudanzas que le instalaron, lo cual es tanto más útil cuanto que una mudanza deja siempre una piedra angular para provocar otras.

CAPÍTULO III

DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS

Se hallan grandes dificultades en esta clase de régimen político, muy principalmente cuando el principado no es enteramente nuevo, sino miembro añadido a un principado antiguo que se posee de antemano. Por tal reunión se le llama principado mixto, cuyas incertidumbres dimanan de una dificultad, que es conforme con la naturaleza de todos los principados nuevos, y que consiste en que los hombres, aficionados a mudar de señor, con la loca y errada esperanza de mejorar su suerte, se arman contra el que les gobernaba y ponen en su puesto a otro, no tardando en convencerse, por la experiencia, de que su condición ha empeorado. Ello proviene de la necesidad natural en que el nuevo príncipe se encuentra de ofender a sus nuevos súbditos, ya con tropas, ya con una infinidad de otros procedimientos molestos, que el acto de su nueva adquisición llevaba consigo. De aquí que el nuevo príncipe tenga por enemigos a cuantos ha ofendido al ocupar el principado, y que no pueda conservar por amigos a los que le colocaron en él, a causa de no serle posible satisfacer su ambición en la medida en que ellos se habían lisonjeado, ni emplear medios rigurosos para reprimirlos, en atención a las obligaciones que le hicieron contraer con respecto a si mismo. Por muy fuertes que sean los ejércitos del príncipe, éste necesita siempre el favor de una parte, al menos, de los habitantes de la provincia, para entrar en ella. He aquí por qué Luis XII, después de haber ocupado a Milán con facilidad, lo perdió inmediatamente. Y, para quitárselo aquella primera vez, bastaron las tropas de Ludovico, porque los milaneses, que habían abierto sus puertas al rey, vieron defraudada la confianza que pusieran en los favores de su Gobierno, así como las esperanzas que habían concebido para lo futuro, y no podían soportar ya la contrariedad de poseer un nuevo príncipe. Cierto que, al recuperar por segunda vez Luis XII los países que se le habían rebelado, no se los dejo arrebatar tan fácilmente. Prevaliéndose de la sublevación anterior, se mostró menos reservado y menos tímido en los medios de consolidarse, pues castigó a los culpables, desenmascaró a los sospechosos y fortaleció las partes mas débiles de su anterior Gobierno. Si, para que la primera vez perdiese a Milán el rey de Francia, se requirió solamente la tremenda aparición del duque Ludovico en los confines del Milanesado, para que la perdiese por segunda vez se necesitó que se armasen todos contra él y que sus ejércitos fuesen destruidos o arrojados de Italia. Sin embargo, perdió a Milán ambas veces, y si conocemos las causas de la primera pérdida, réstanos conocer las de la segunda y considerar los medios de que disponía y de que podría disponer otro cualquiera en su mismo caso para mantenerse en su conquista mejor que lo hizo.

Comenzaré estableciendo una distinción. O dichos Estados nuevamente adquiridos se reúnen con un Estado ocupado hace mucho tiempo por el que los ha logrado, siendo unos y otro de la misma provincia, y hablando la misma lengua, o no sucede así. Cuando son de la primera especie, hay suma facilidad en conservarlos, especialmente si no están habituados a vivir libres en república. Para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la descendencia del príncipe que reinaba en ellos, porque, en lo demás, respetando sus antiguos estatutos, y siendo allí las costumbres iguales a las del pueblo a que se juntan, permanecen sosegados, como lo estuvieron Normandía, Bretaña, Borgoña y Gascuña, que fueron anexadas a Francia hace mucho tiempo. Aunque existan algunas diferencias de lenguaje, las costumbres se asemejan, y esas diversas provincias viven en buena armonía. En cuanto al que hace tales adquisiciones, si ha de conservarlas, necesita dos cosas: la primera, que se extinga el linaje del príncipe que poseía dichos Estados; y la segunda, que el príncipe nuevo no altere sus leyes, ni aumente los impuestos. Con ello, en tiempo brevísimo, los nuevos Estados pasarán a formar un solo cuerpo con el antiguo suyo.

Pero cuando se adquieren algunos Estados que se diferencian del propio en lengua, costumbres y constitución, las dificultades se acumulan, y es menester mucha sagacidad y particular favor del cielo para conservarlos. Uno de los mejores y más eficaces medios a este propósito será que el príncipe vaya a residir en ellos, como lo hizo el sultán de Turquía con respecto a Grecia. A pesar de los otros medios de que se valió para conservarla, no habría logrado su fin, si no hubiera ido a establecer allí su residencia. Y es que, residiendo en su nuevo Estado, aunque se produzcan en él desórdenes, puede muy prontamente reprimirlos, mientras que, si reside en otra parte, aun no siendo los desórdenes de gravedad, tienen difícil remedio. Además, dada su permanencia, no es despojada la provincia por la codicia de sus empleados, y los súbditos se alegran más de recurrir a un príncipe que está al lado suyo que no a uno que está distante, porque encuentran más ocasiones de tomarle amor, si quieren ser buenos, y temor, si quieren ser malos. Por otra parte, el extranjero que apeteciese atacar a dicho Estado tropezaría con más dificultades para atreverse a ello. Por donde, residiendo en él el príncipe, no lo perderá sin que su rival experimente grandes obstáculos al pretender arrebatárselo.

Después del precedente, el mejor medio consiste en enviar algunas colonias a uno o dos parajes, que sean como la llave del nuevo Estado, a falta de lo cual habría que tener allí mucha caballería e infantería. Formando el príncipe semejantes colonias, no se empeña en dispendios exagerados, porque aun sin hacerlos o con dispendios exiguos, las mantiene en los contérminos del territorio. Con ello no ofende más que a aquellos de cuyos campos y de cuyas cosas se apodera, para dárselo a los nuevos moradores, que no componen en fin de cuentas más que una cortísima parte del nuevo Estado, y quedando dispersos y pobres aquellos a quienes ha ofendido, no pueden perjudicarle nunca. Todos los demás que no han recibido ninguna ofensa en sus personas y en sus bienes, se apaciguan con facilidad, y quedan temerosamente atentos a no incurrir en faltas, a fin de no verse despojados como los otros. De lo que se infiere que esas colonias, que no cuestan nada o casi nada, son más fieles y perjudican menos, a causa de la dispersión y de la pobreza de los ofendidos. Porque debe notarse que los hombres quieren ser agraciados o reprimidos, y que no se vengan de las ofensas, cuando son ligeras; pero que se ven incapacitados para hacerlo, cuando son graves. Así pues, la ofensa que se les infiera ha de ser tal que les inhabilite para vengarse.

Si, en vez de colonias, se tienen tropas en los nuevos Estados, se expende mucho, ya que es menester consumir, para mantenerlas, cuantas rentas se sacan de dichos Estados. La adquisición suya que se ha hecho se convierte entonces en pérdida, ya que se perjudica a todo el país con los ejércitos que hay que alojar en las casas particulares. Los habitantes experimentan la incomodidad consiguiente, y se convierten en perjudiciales enemigos, aun permaneciendo sojuzgados dentro de sus casas. De modo que ese medio de guardar un Estado es en todos respectos, tan inútil cuanto el de las colonias es útil.

El príncipe que adquiere una provincia, cuyo idioma y cuyas costumbres no son los de su Estado principal, debe hacerse allí también el jefe y el protector de los príncipes vecinos que sean menos poderosos, e ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío. Debe, además, hacer de manera que no entre en su nueva provincia un extranjero tan poderoso como él, para evitar que no llamen a ese extranjero los que se hallen descontentos de su mucha ambición. Por tal motivo introdujeron los etolios a los romanos en Grecia y demás provincias en que éstos entraron, llamados por los propios habitantes. El orden común de las cosas es que, no bien un extranjero poderoso entra en un país, todos los príncipes que allí son menos poderosos se le unen, por efecto de la envidia que concibieran contra el que les sobrepujaba en poderío, y a los que éste ha despojado. En cuanto a esos príncipes menos poderosos, no cuesta mucho trabajo ganarlos, puesto que todos juntos gustosamente formarán cuerpo con el Estado que él conquistó. La única precaución que ha de tomar es la de impedir que adquieran fuerza y autoridad en demasía. El príncipe nuevo, con el favor de ellos y con la ayuda de sus armas, podrá abatir fácilmente a los que son, poderosos, a fin de continuar siendo en todo el árbitro. El que, por lo que a esto toca, no gobierne hábilmente, muy pronto perderá todo lo adquirido, y aun mientras conserve el poder tropezará con multitud de dificultades y de obstáculos.

Los romanos adoptaron siempre todas esas prevenciones en las provincias de que se hicieron dueños. Enviaron allá colonias; tuvieron a raya a los príncipes de las inmediaciones menos poderosos que ellos, sin aumentar su fuerza; debilitaron a los que poseían tanta como ellos mismos; no permitieron en fin, que las potencias extranjeras adquirieran allí consideración ninguna. Como ejemplo de ello me bastará citar a Grecia, donde conservaron a los etolios y a los acayos, humillaron el reino de Macedonia y expulsaron a Antíoco. El mérito que los etolios y los acayos contrajeron en el concepto de los romanos no fue suficiente para que éstos les consintiesen engrandecer ninguno de sus Estados. Nunca los redujeron los discursos de Filipo hasta el grado de tratarle como amigo, sin abatirle, ni nunca el poder de Antíoco los llevó a tolerar que tuviera, en aquel país, ningún Estado. Los romanos hicieron en aquellas circunstancias lo que todos los príncipes cuerdos deben hacer cuando toman en consideración, no sólo los perjuicios presentes, sino más bien los futuros, y cuando quieren remediarlos con destreza. Sólo precaviéndolos de antemano es posible conseguirlo. Si se espera a que sobrevengan, ya no es tiempo de remediarlo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. En este respecto, ocurre lo que los médicos dicen de la tisis, que en los comienzos es fácil de curar y difícil de conocer, pero que más tarde si no la discernieron en su principio, ni la aplicaron remedio alguno; es fácil de conocer y difícil de curar. Con las cosas del Estado sucede lo mismo. Si se conocen anticipadamente los males que pueden después manifestarse, lo que no concede el cielo más que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados muy pronto. Pero cuando, por no haberlos conocido, se les deja tomar un incremento tal que llega a noticia de todo el mundo, no hay ya arbitrio que los remedie. Por eso, previendo los romanos de lejos los inconvenientes, les aplicaron siempre el remedio en su origen, y el temor de una guerra jamás les indujo a dejarles seguir su curso. Sabían que la guerra no se evita, y que el diferirla redunda en provecho ajeno. Al decidirse a hacerla contra Filipo y contra Antíoco en Grecia, fue para no tener que hacérsela en Italia. Fácil les hubiera sido evitar a uno y a otro, pero no lo quisieron ni les agradó el torpe consejo de gozar de los beneficios del tiempo, que no se les cae nunca de la boca a los sabios de nuestra edad. Les acomodó más el consejo que su prudencia y su valor les sugería, conviene a saber: que el tiempo, que echa abajo cuanto subsiste, puede acarrear tanto bien como mal, pero igualmente tanto mal como bien.

Volvamos a Francia y examinemos si hizo ninguna de esas cosas. Hablaré, no de Carlos VIII, sino de Luis XII como de aquel cuyas operaciones se conocieron mejor, puesto que conservó más tiempo sus posesiones de Italia, y veremos que hizo lo contrario de lo que debió hacer para retener un Estado de diferente idioma y de diferentes costumbres. Luis XII fue atraído a Italia por la ambición de los venecianos que querían, con su ayuda, ganar la mitad del Estado de Lombardía. No intento afear este paso del rey francés, ni su resolución sobre el particular, puesto que apenas puso el pie en Italia, donde carecía de amigos, y donde encontró cerradas todas las puertas a causa de los estragos que allí hiciera Carlos VIII, se vio forzado a respetar a los únicos aliados que en el país tenía, y su plan habría sido acertado si no hubiera cometido falta alguna en las demás operaciones. Tan pronto como conquistó a Lombardía volvió a ganar en Italia la consideración que Carlos VIII había hecho perder en ella a las armas francesas. Génova cedió, se hicieron amigos suyos los florentinos y el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, el príncipe de Bolonia, el señor de Forli, los de Pésaro, Rimini, Camerino, Piombino, los luqueses, los pisanos, los sieneses, todos, en suma, salieron a recibirle, para solicitar su amistad. Los venecianos hubieran debido reconocer entonces la imprudencia de la decisión que habían tomado, únicamente para adquirir los territorios de Lombardía y para hacer al rey francés dueño de los dos tercios de Italia. Compréndase ahora la facilidad con que Luis XII, de haber seguido las reglas que acabo de formular, hubiese conservado su reputación en nuestra península, y asegurándose cuantos amigos había hecho en su territorio. Siendo éstos numerosos, aunque débiles, y temiendo unos al Papa y otros a los venecianos se hallaban en la precisión de permanecer adictos al rey francés a quien, por medio de ellos, le era posible contener sin dificultad a lo que quedaba de más poderoso en el resto de Italia. Pero no bien llegó Luis XII a Milán, obró de un modo contrario, supuesto que ayudó al papa Alejandro VI a apoderarse de la Romaña, sin echar de ver que con semejante determinación se hacía débil, por una parte, desviando de sí a sus amigos, y a los que habían ido a ponerse bajo su protección, y que, por otra parte, extendía el poder de Roma, agregando tan vasta dominación temporal a la dominación espiritual, que le daba ya tanta autoridad. Esta primera falta le obligó a cometer otras pues, para poner término a la ambición de Alejandro VI e impedirle adueñarse de la Toscana, hubo de volver al Norte. No le bastó haber dilatado los dominios del Papa, y desviado de sí a sus propios amigos, sino que el deseo de poseer el reino de Nápoles le indujo a repartírselo con el rey de España. Así, en los momentos en que era el primer árbitro de Italia, se buscó en ella un asociado, al que cuantos se hallaban descontentos con él debían, naturalmente, recurrir, y cuando podía haber dejado en aquel reino a un monarca que no era más que pensionado suyo, le echó a un lado para poner a otro, capaz de arrojarle a él mismo. En verdad, el deseo de adquirir es cosa ordinaria y lógica. Los hombres que adquieren cuando pueden hacerlo serán alabados y nadie los censurará. Pero cuando no pueden, ni quieren hacerlo como conviene, serán tachados de error y todos les vituperarán. Si Francia podía atacar con sus fuerzas a Nápoles, debió hacerlo. Si no podía, no debió dividir aquel reino. Si el reparto que hizo de Lombardía con los venecianos es digno de disculpa a causa de que el rey francés halló en ello un medio de poner el pie en Italia, la empresa sobre Nápoles merece condenarse, puesto que no había motivo alguno de necesidad, que pudiera excusarla. Luis XII, pues, cometió cinco faltas, dado que destruyó las reducidas potencias de Italia; aumentó la dominación de un príncipe ya poderoso, introdujo a un extranjero que lo era mucho, no residió allí él mismo, y no estableció colonias. Estas faltas, sin embargo, no le hubieran perjudicado en vida, si no hubiese cometido una sexta: la de ir a despojar a los venecianos. Era cosa muy razonable, y hasta necesaria, abatirlos, aunque él no hubiera dilatado los dominios de la Iglesia, ni introducido a España en Italia. Pero no debió consentir su ruina, ya que siendo por sí mismo poderoso, hubiera tenido distantes siempre a los otros de toda empresa sobre Lombardía, ya porque los venecianos no le hubieran tolerado, sin ser ellos mismos los dueños, ya porque los otros no hubieran querido quitársela a Francia para dársela a ellos, o porque hubiera carecido de audacia para atacar a ambas potencias a la vez. Si alguien arguyera que Luis XII cedió la Romaña al Papa y el reino de Nápoles al monarca español, para evitar una guerra, le contestaría con las razones ya apuntadas, conviene a saber: que no debemos dejar nacer un desorden para evitar una guerra, pues acabamos no evitándola, y sólo la diferimos, lo que redunda a la postre en perjuicio nuestro. Y si algún otro alegara la promesa que el rey francés había hecho al Papa de ejecutar en favor suyo la empresa, para obtener la disolución de su matrimonio con Juana, su esposa, y el capelo cardenalicio para el arzobispo de Ruán, replicaré a la objeción con las explicaciones que daré más tarde sobre la fe de los príncipes y el modo como deben guardarla. Si Luis XII perdió la Lombardía, fue por no hacer lo que hicieron cuantos tomaron provincias y quisieron conservarlas. No hay en ello milagro, sino una cosa natural y común. Hablé en Nantes con el cardenal de Ruán, cuando el duque de Valentinois, al que llamaban vulgarmente César Borgia, hijo de Alejandro VI, ocupaba la Romaña, y habiéndome dicho el cardenal que los italianos no entendían nada de cosas de guerra, le respondí que los franceses no entendían nada de cosas de Estado, puesto que de otro modo no hubieran dejado tomar al Papa tamaño incremento de dominación temporal. Se vio por experiencia que la que el Papa y España adquirieron en Italia les vino de Francia, y que la ruina de Francia en Italia dimanó del Papa y de España. De lo cual podemos deducir una regla general que no engaña nunca, o que, al menos, no extravía sino raras veces, y es que el que ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina. Él es quien le hace tal con su fuerza o con su industria y estos dos medios de que se ha manifestado provisto le resultan muy sospechosos al príncipe que, por ministerio de ellos, se tornó más poderoso.

CAPÍTULO IV

POR QUÉ, OCUPADO EL REINO DE DARÍO POR ALEJANDRO, NO SE REBELÓ CONTRA SUS SUCESORES DESPUÉS DE SU MUERTE

Considerando las dificultades que se ofrecen para conservar un Estado recientemente adquirido, podría preguntarse con asombro cómo sucedió que hecho Alejandro Magno dueño de Egipto y del Asia Menor en un corto número de años, y habiendo muerto a poco de haber conquistado esos territorios sus sucesores, en unas circunstancias en que parecía natural que todo aquel Estado se rebelase, lo conservaron, sin embargo, y no hallaron al respecto más obstáculo que el que su ambición individual ocasionó entre ellos. He aquí mi respuesta al propósito. De dos modos son gobernados los principados conocidos. El primero consiste en serlo por su príncipe asistido de otros individuos que, permaneciendo siempre como súbditos humildes al lado suyo, son admitidos, por gracia o por concesión, en clase de servidores, solamente para ayudarle a gobernar. El segundo modo como se gobierna se compone de un príncipe, asistido de barones, que encuentran su puesto en el Estado, no por la gracia o por la concesión del soberano, sino por la antigüedad de su familia. Estos mismos barones poseen Estados y súbditos que los reconocen por señores suyos, y les consagran espontáneamente su afecto. Y, en los primeros de estos Estados en que gobierna el mismo príncipe con algunos ministros esclavos, tiene más autoridad, porque en su provincia no hay nadie que reconozca a otro más que a él por superior y si se obedece a otro, no es por un particular afecto a su persona, sino solamente por ser ministro y empleado del monarca.

Los ejemplos de estas dos especies de Gobiernos son, en nuestros días, el del sultán de Turquía y el del rey de Francia. Toda la monarquía del sultán de Turquía está gobernada por un señor único, cuyos adjuntos no son más que criados suyos, y él, dividiendo en provincias su reino envía a él los diversos administradores, a los cuales coloca y muda en su nuevo puesto a su antojo. Pero el rey de Francia se halla en medio de un sinnúmero de personajes, ilustres por la antigüedad de su familia, señores ellos mismos de sus respectivos Estados, reconocidos como tales por sus particulares súbditos, quienes, por otra parte, les profesan afecto, y que están investidos de preeminencias personales que el monarca no puede quitarles sin peligrar él mismo. Así, cualquiera que considere atentamente ambas clases de Estados, comprenderá que existe dificultad suma en conquistar el del sultán de Turquía, pero que, si uno le hubiere conquistado, lo conservará con suma facilidad. Las razones de las dificultades para ocuparlo son que el conquistador no puede ser llamado allí de las provincias de aquel Imperio, ni esperar ser ayudado en la empresa por la rebelión de los que el soberano conserva a su lado, lo cual dimana de las observaciones expuestas más arriba. Siendo todos esclavos suyos y estándole reconocidos por sus favores, no es posible corromperlos tan fácilmente, y aunque esto se lograra, la utilidad no sería mucha mientras el soberano contase con el apoyo del pueblo. Conviene, pues, que el que ataque al sultán de Turquía reflexione que va a hallarle unido al pueblo, y que habrá de contar más con sus propias fuerzas que con los desórdenes que se manifestasen en el Imperio en su favor. Pero después de haberle vencido, derrotando en una campaña sus ejércitos de modo que a él no le sea dable rehacerlos, no habrá que temer ya más que a la familia del príncipe. Si el conquistador la destruye, el temor desaparecerá por completo, pues los otros no gozan del mismo valimiento entre las masas populares. Si antes del triunfo, el conquistador no contaba con ninguno de ellos en cambio, no debe tenerles miedo alguno, después de haber vencido.

Empero, sucederá lo contrario con reinados gobernados como el de Francia. En él se puede entrar con facilidad, ganando a algún barón, porque nunca faltan nobles de genio descontento y amigos de mudanzas, que abran al conquistador camino para la posesión de aquel Estado y que le faciliten la victoria. Mas, cuando se trate de conservarse en él, la victoria misma le dará a conocer infinitas dificultades, tanto de parte de los que le auxiliaron como de parte de los que oprimió. No le bastará haber extinguido la familia del príncipe, porque quedarán siempre allí varios señores que se harán cabezas de partido para nuevas mudanzas, y, como no podrá contentarlos a satisfacción de ellos, ni destruirlos enteramente, perderá el nuevo reino tan pronto se presente la ocasión oportuna.

Si consideramos ahora qué género de gobierno era el de Darío, le encontraremos semejante al del sultán de Turquía. Le fue necesario primeramente a Alejandro asaltarlo en su totalidad y ganar la campaña en toda la línea. Después de este triunfo murió Darío, quedando el Estado en poder del conquistador de una manera segura, por las causas que llevo apuntadas; y si los sucesores de Alejandro hubieran continuado unidos, habrían podido gozar de él sin la menor dificultad, puesto que no sobrevino otra disensión que la que ellos mismos suscitaron. En cuanto a los Estados constituidos como el de Francia, es imposible poseerlos tan sosegadamente. Por esto hubo, tanto en Francia como en España, frecuentes rebeliones semejantes a las que los romanos experimentaron en Grecia a causa de los numerosos principados que había allí. Mientras subsistió en el país su memoria, su posesión fue, para los romanos, muy incierta. Pero tan pronto dejó de pensarse en ello, se hicieron poseedores seguros, gracias a la estabilidad de su imperial dominio. Cuando los romanos pelearon en Grecia, unos contra otros, cada uno de ambos partidos pudo atraerse la posesión de aquellas provincias, según la autoridad que en ellas había tomado, porque, habiéndose extinguido la familia de sus antiguos dominadores, dichas provincias reconocían ya por únicos a los dominadores nuevos. Si, pues, se presta atención a todas estas particularidades, no causará extrañeza la facilidad que Alejandro tuvo para conservar el Estado de Asia y las dificultades con que sus sucesores (Pirro y otros muchos) tropezaron en la retención de lo que habían adquirido. No provinieron ellas del poco o mucho talento de los vencedores, sino de la diversidad de los Estados que conquistaran.

CAPÍTULO V

DE QUÉ MANERA DEBEN GOBERNARSE LOS ESTADOS QUE, ANTES DE OCUPADOS POR UN NUEVO PRÍNCIPE, SE REGÍAN POR LEYES PROPIAS

Cuando el príncipe quiere conservar aquellos Estados que estaban habituados a vivir con su legislación propia y en régimen de república, es preciso que abrace una de estas tres resoluciones: o arruinarlos, o ir a vivir en ellos, o dejar al pueblo con su código tradicional, obligándole a pagarle una contribución anual y creando en el país un tribunal de corto número de miembros, que cuide de consolidar allí su poder. Al establecer este consejo consultivo, el príncipe, sabiendo que no puede subsistir sin su amistad y sin su dominación, tiene el mayor interés de fomentar su autoridad. Una ciudad acostumbrada a vivir libremente y que el príncipe quiere conservar, se contiene mucho más fácilmente por medio del influjo directo de sus propios ciudadanos que de cualquier otro modo, como los espartanos y los romanos nos lo probaron con su ejemplo. Sin embargo, los espartanos, que poseyeron a Atenas y a Tebas mediante un consejo de un corto número de ciudadanos, acabaron perdiéndolas, y los romanos, que para poseer a Capua, a Cartago y a Numancia, las desorganizaron, no las perdieron. Cuando quisieron retener a Grecia, como la habían retenido los espartanos dejándola libre con sus leyes, no les salió acertada esta operación, y se vieron obligados a desorganizar muchas de sus ciudades para guardarla. Hablando con verdad, el arbitrio más seguro para conservar semejantes Estados es el de arruinarlos. El que se hace señor de una ciudad acostumbrada a vivir libremente, y no descompone su régimen político, debe contar con ser derrocado por ella, a la postre. Para justificar tal ciudad su rebelión invocará su libertad y sus antiguas leyes, cuyo hábito no podrán hacerle perder nunca el tiempo y los beneficios del conquistador. Por más que éste se esfuerce, y aunque practique un expediente de previsión, si no se desunen y se dispersan sus habitantes, no olvidará nunca el nombre de aquella antigua libertad, ni sus particulares estatutos, y hasta recurrirá a ellos en la primera ocasión, como lo hizo Pisa, a pesar de haber estado toda una centuria bajo la dominación de los florentinos. Pero cuando las ciudades o provincias se hallan avezadas a vivir en la obediencia a un príncipe, como, por una parte, conservan dicha obediencia y, por otra, carecen de su antiguo señor, no concuerdan los ciudadanos entre si para elegir otro nuevo, y, no sabiendo vivir libres, son más tardos en tomar las armas, por lo cual cabe conquistarlos con más facilidad y asegurar su posesión. En las repúblicas, por el contrario, hay más valor, mayor disposición de ánimo contra el conquistador que luego se hace príncipe, y más deseo de vengarse de él. Como no se pierde, en su ambiente, la memoria de la antigua libertad, antes le sobrevive más activamente cada día, el más cuerdo partido consiste en disolverlas, o en ir a habitar en ellas.

CAPITULO VI

DE LOS PRINCIPADOS QUE SE ADQUIEREN POR EL VALOR PERSONAL Y CON LAS ARMAS PROPIAS

No cause extrañeza que al hablar de los Estados que son nuevos en todos los aspectos, o de los que sólo lo son en el del príncipe, o en el de ellos mismos, presente yo grandes ejemplos de la antigüedad. Los hombres caminan casi siempre por caminos trillados ya por otros, y apenas hacen más que imitar a sus predecesores en las empresas que llevan a cabo. Pero como no pueden seguir en todo la ruta abierta por los antiguos, ni se elevan a la perfección de los que por modelos se proponen, deben con prudencia elegir tan sólo los senderos trazados por algunos varones, especialmente por aquellos que sobrepujaron a los demás, a fin de que si no consiguen igualarlos, al menos ofrezcan sus acciones cierta semejanza con las de ellos. En esta parte les conviene seguir el ejemplo de los ballesteros advertidos, que, viendo su blanco muy distante para la fuerza de su arco, apuntan mucho más arriba que el objeto que tienen en mira, no para que su vigor y sus flechas alcancen a un punto dado en tal altura, sino a fin de, asestando así, llegar en línea parabólica a su verdadera meta. Lo cual digo porque en los principados que son nuevos en todo y cuyo soberano es, por ende, completamente nuevo también, hay más o menos dificultad en conservarlos, según que el que lo adquiere es más o menos valeroso. Como el éxito por el que un hombre se ve elevado de la categoría de particular a la de príncipe supone algún valor o alguna fortuna, parece que una cosa u otra allanan en parte muchos obstáculos. Sin embargo, ocurre a veces que se mantenga más tiempo el que no había sido auxiliado por la fortuna. Y lo que suele procurar algunas facilidades es que, no poseyendo semejante príncipe otros Estados, va a residir en aquel de que se ha hecho dueño.

Pero, volviendo a los hombres que por su propio valor, y no por ministerio de la fortuna, llegaron a ser príncipes, como Moisés, Ciro, Teseo, Rómulo y otros digo que son los más dignos de imitación. Aunque sobre Moisés no debamos discurrir, puesto que no fue más que mero ejecutor de las cosas que Dios le había ordenado hacer, merece, no obstante, ser admirado, siquiera fuese por aquella gracia que le encumbró a hablar faz a faz con el Eterno. Pero, considerando a Ciro y a los demás que adquirieron o fundaron reinos, les hallamos también merecedores de admiración. Y si se consideran sus hechos e instituciones de un modo especial, no parecerán diferentes de los hechos e instituciones de Moisés, por más que éste tuviese a Dios por señor. Examinando sus actos y su conducta no se encuentra que debiesen a la fortuna sino una ocasión propicia, que les permitió introducir en sus nuevos Estados la forma que les convenía. Sin la ocasión se hubiera extinguido el valor de su ánimo; pero sin éste se hubiera presentado en balde aquélla. Le era necesario a Moisés hallar al pueblo de Israel oprimido en Egipto, para que se dispusiese a seguirle, movido por el afán de salir de su esclavitud. Era menester que Ciro, para erigirse en soberano de los persas, les hallase descontentos con el dominio de los medos, y a éstos afeminados por una larga paz. Teseo no hubiera podido desplegar su valor si no hubiese encontrado dispersados a los atenienses. Convenía que Rómulo, después de su nacimiento, se quedara en Alba, y que fuese expuesto, para que se hiciera rey de Roma y fundador de un Estado, de que formó la patria suya. No hay duda sino que tales ocasiones constituyeron la fortuna de semejantes héroes. Pero su excelente sabiduría les dio a conocer la importancia de dichas ocasiones, y de ello provinieron la prosperidad y la cultura de sus Estados ~

Los que llegan a ser príncipes por esos medios no adquieren su soberanía sin trabajo, pero la conservan fácilmente, y las dificultades con que tropiezan al conseguirla provienen en gran parte de las nuevas leyes y de las nuevas instituciones que se ven obligados a introducir, para fundamentar su Estado y para proveer a su seguridad. Nótese bien que no hay cosa más ardua de manejar, ni que se lleve a cabo con más peligro, ni cuyo acierto sea más dudoso que el obrar como jefe, para dictar estatutos nuevos, pues tiene por enemigos activísimos a cuantos sacaron provecho de los estatutos antiguos, y aun los que puedan sacarlo de los recién establecidos, suelen defenderlos con tibieza suma, tibieza que dimana en gran parte de la escasa confianza que los hombres ponen en las innovaciones, por buenas que parezcan, hasta que no hayan pasado por el tamiz de una experiencia sólida. De donde resulta que los que son adversarios de tales innovaciones lo son por haberse aprovechado de las antiguas leyes, y hallan ocasión de rebelarse contra aquellas innovaciones por espíritu de partido, mientras que los otros sólo las defienden con timidez cautelosa, lo que pone en peligro al príncipe. Y es que cuando quiere uno discurrir adecuadamente sobre este asunto se ve forzado a examinar si los tibios tienen suficiente consistencia por sí mismos, o si dependen de los otros; es decir, si para dirigir su operación, necesitan rogar o si pueden obligar. En el primer caso no aciertan nunca, ni conducen cosa alguna a buen fin, al paso que, si pueden obligar, rara vez dejan de conseguir su objeto. Por esto todos los profetas armados han sido vencedores, y los desarmados abatidos.

Conviene notar, además, que el natural de los pueblos es variable. Fácil es hacerles creer una cosa, pero difícil hacerles persistir en su creencia. Por cuyo motivo es menester componerse de modo que, cuando hayan cesado de creer, sea posible constreñirlos a creer todavía. Moisés, Ciro, Teseo, Rómulo, no hubieran conseguido que se observasen mucho tiempo sus respectivas constituciones, si hubiesen estado desarmados, como le sucedió al fraile Jerónimo Savonarola, que vio malogradas las nuevas instituciones que propusiera a la multitud. Apenas ésta comenzó a no creerle inspirado, se encontró sin medio alguno para mantener coercitivamente en su creencia a los que la perdían, ni para inducir voluntariamente a creer a los que no creían ya. Y cuenta que los príncipes de la especie a que vengo refiriéndome experimentan sumas dificultades en su manera de conducirle, porque todos sus pasos van acompañados de peligros y necesitan gran valor para superarlos. Pero cuando han triunfado de ellos y empiezan a ser respetados, como han subyugado a los hombres que les envidiaban su calidad de príncipes, quedan, al fin, asegurados, reverenciados, poderosos y dichosos.

A tan relevantes ejemplos quiero añadirle otro de clase inferior, y que, sin embargo, no guarda demasiada desproporción con ellos: el de Hieron el Siracusano. De simple particular que era, ascendió a príncipe de Siracusa, sin que la fortuna le procurase otro recurso que el de una favorable ocasión. Hallándose oprimidos los siracusanos, le proclamaron caudillo, en cuyo cargo hizo méritos suficientes para que después le nombrasen soberano suyo. Había sido tan virtuoso en su condición privada que, en sentir de los historiadores, no le faltaba entonces para reinar más que poseer un trono. Y luego que hubo empuñado el cetro, licenció las antiguas tropas, formó otras nuevas, dejó a un lado a sus pretéritos amigos, buscó a otros y, hallándose así con soldados y con camaradas realmente suyos, pudo establecer sobre tales fundamentos cuanto quiso, y conservó sin trabajo lo que había adquirido tras afanes largos y penosos.

CAPITULO VII

DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN POR LA FORTUNA Y CON LAS ARMAS AJENAS

Los que de particulares que eran se vieron elevados al principado por la sola fortuna, llegan a él sin mucho trabajo, pero lo encuentran máximo para conservarlo en su poder. Elevados a él como en alas y sin dificultad alguna, no bien lo han adquirido los obstáculos les cercan por todas partes. Esos príncipes no consiguieron su Estado más que de uno u otro de estos dos modos: o comprándolo o haciéndoselo dar por favor. Ejemplos de ambos casos ofrecieron entre los griegos, muchos príncipes nombrados para las ciudades de la Iona y del Helesponto, en que Darío creyó que su propia gloria tanto como su propia seguridad le inducía a crear ese género de príncipes, y entre los romanos aquellos generales que subían al Imperio por el arbitrio de corromper las tropas. Semejantes príncipes no se apoyan en más fundamento que en la voluntad o en la suerte de los hombres que los exaltaron, cosas ambas muy variables y desprovistas de estabilidad en absoluto. Fuera de esto, no saben ni pueden mantenerse en tales alturas. No saben, porque a menos de poseer un talento superior, no es verosímil que acierte a reinar bien quien ha vivido mucho tiempo en una condición privada, y no pueden, a causa de carecer de suficiente número de soldados, con cuyo apego y con cuya fidelidad cuenten de una manera segura. Por otra parte, los Estados que se forman de repente, como todas aquellas producciones de la naturaleza que nacen con prontitud, no tienen las raíces y las adherencias que les son necesarias para consolidarse. El primer golpe de la adversidad los arruina, si, como ya insinué, los príncipes creados por improvisación carecen de la energía suficiente para conservar lo que puso en sus manos la fortuna, y si no se han proporcionado las mismas bases que los demás príncipes se habían formado, antes de serlo.

Con relación a estos dos modos de llegar al principado, el valor o la fortuna, quiero traer dos ejemplos que la historia de nuestra época nos suministra; son a saber: el de Francisco Sforcia y el de César Borgia. Francisco, de simple particular que era, llegó a ser duque de Milán, tanto por su gran valor como por los recursos que su ingenio podía suministrarle, y, por lo mismo, conservó sin excesivo esfuerzo lo que había adquirido con sumos afanes. César, llamado vulgarmente el duque de Valentinois, no logró sus Estados más que por la fortuna de su padre, y los perdió apenas la fortuna le hubo faltado, no sin hacer uso entonces de todos los medios imaginables para retenerlos, y de practicar, para consolidarse en los principados que la fortuna y las armas ajenas le habían procurado, cuanto puede practicar un hombre prudente y valeroso. Ahora bien: he dicho que el que no preparó los fundamentos de su soberanía antes de ser príncipe podría hacerlo después, poseyendo un talento superior, aunque esos fundamentos no pueden formarse, en tal caso, más que con muchos disgustos para el arquitecto y con muchos peligros para el edificio. Si, pues, se consideran los progresos del duque de Valentinois, se verá que había preparado su dominación futura y no juzgo inútil darlos a conocer, toda vez que no me es posible presentar lecciones más útiles a un príncipe nuevo que las acciones del segundo Borgia. Si sus instituciones no le sirvieron de nada, no fue culpa suya, sino de una extremada y extraordinaria malignidad de la suerte ciega.

Alejandro VI quería elevar a su hijo el duque a un gran dominio, y veía, para ello, fuertes dificultades en lo presente y en lo futuro. Primeramente, no sabía cómo hacerle señor de un Estado que no perteneciera a la Iglesia, y cuando volvía sus miras hacia un Estado de la Iglesia preveía que el duque de Milán y los venecianos no consentirían en ello, pues Faenza y Rímini, que él quería cederle ante todo, estaban ya bajo la protección de los últimos. Veía, además, que los ejércitos de Italia, y especialmente aquellos de que le hubiera sido dable servirse, se hallaban en poder de los que debían temer el engrandecimiento del Papa, y mal podía fiarse de tales ejércitos, mandados todos por los Ursinos, por los Colonnas o por allegados suyos. Era menester, por tanto, que se turbase este orden de cosas y que se introdujera el desorden en los Estados de Italia, a fin de que le fuera posible apoderarse con seguridad de una parte de ellos. Y lo fue, a causa de encontrarse en una coyuntura en que, movidos de razones particulares, habían decidido los venecianos conseguir que los franceses volvieran otra vez a Italia. No sólo no se opuso a ello, sino que facilitó semejante maniobra y se mostró favorable a Luis XII, al sentenciar la disolución de su matrimonio con Juana de Francia, de suerte que aquel monarca llegó a Italia con la ayuda de los venecianos y con el consentimiento de Alejandro VI, y no bien hubo llegado a Milán, cuando el Papa obtuvo para él algunas tropas para la empresa que había meditado sobre la Romaña, la cual le fue cedida a causa de la reputación cobrada por el rey. Habiendo por fin adquirido el duque aquella provincia, y aun derrotado a los Colonnas, quería conservarla e ir adelante, pero se le presentaban dos obstáculos. El uno se hallaba en el ejército de los Ursinos, de que se había servido, pero de cuya fidelidad desconfiaba, y el otro consistía en la oposición que Francia podía hacer a ello. Por una parte, temía que le faltasen las armas de los Ursinos, y que no sólo le impidiesen seguir conquistando, sino que también le quitasen lo que ya había adquirido. Por otra parte, temía que el rey de Francia siguiera a su respecto el mismo proceder que los Ursinos. Su recelo hacia los últimos se fundaba en que cuando, después de haber tomado a Faenza asaltó a Bolonia, los vio obrar con tibieza. En cuanto al monarca francés, comprendió lo que podía esperar de él cuando, después de haberse apoderado del ducado de Urbino, atacó a Toscana, pues aquél le hizo desistir de la empresa. En situación semejante, resolvió el duque no depender más de la fortuna y de las armas ajenas, a cuyo efecto comenzó debilitando hasta en Roma las facciones de los Ursinos y de los Colonnas, y ganando a cuantos nobles le eran adictos. Los hizo gentilhombres suyos, los honró con elevados empleos y les confió, según sus prendas personales, varios mandos o gobiernos, con que extinguió en ellos, a los pocos meses, el espíritu de facción a que se hallaban adheridos y su afecto se volvió por entero hacia el duque. Después de esto, aceleró la ocasión de arruinar a los Ursinos, no sin haber dispersado antes a los partidarios de los Colonnas, que se le tornaron favorables, y a quienes trató mejor. Habiendo advertido muy tarde los Ursinos que el poder del duque, y el del Papa como soberano, acarreaba su ruina, convocaron una Dieta en Magione, país de Perusa. De ello resultó contra el duque la rebelión de Ursino, como también los tumultos de la Romaña en infinitos peligros para él, dificultades todas que superó con el auxilio de los franceses. Luego que hubo recuperado alguna consideración, no fiándose ya de ellos, ni de las demás fuerzas que le eran extrañas, y no queriendo verse en la necesidad de probarlos de nuevo, recurrió a la astucia y supo encubrir sus maniobras en grado tamaño que los Ursinos, por mediación de Paulo, solicitaron una reconciliación. No ahorró recursos serviciales para asegurárselos, regalándoles caballos, dinero, trajes vistosos, y ello con tal suerte que, aprovechándose de la simplicidad de su confianza, acabó por reducirlos a caer en su poder en Sinigaglia. Aprovechó la coyuntura para destruir a sus jefes, convirtió a los que les seguían en otros tantos amigos de su persona y proporcionó así una sólida base a su dominación sobre la Romaña y sobre el ducado de Urbino, con lo cual se ganó la voluntad de todos sus pueblos, que, bajo su gobierno, comenzaron a disfrutar de un bienestar por ellos hasta entonces desconocido. Y como esta parte de la vida del duque merece estudiarse, y aun imitarse por otros príncipes, no quiero dejar de exponerla con alguna especificación.

No bien ocupó la Romaña, la halló mandada por señores inhábiles, que más habían despojado que corregido a sus gobernados y que más habían dado motivo a desuniones que a convergencias, por lo que en la provincia abundan los latrocinios, las contiendas y todo linaje de desórdenes. Para remediar tamaños males estableció en ella la paz, la hizo obediente a su príncipe, le impuso un Gobierno vigoroso, y envió allí por presidente a Ramiro d’Orco, hombre severo y expeditivo, en quien delegó una autoridad casi ilimitada, y que en poco tiempo restableció el sosiego en la comarca, reconcilió a los ciudadanos divididos y proporcionó al duque una grande consideración. Más tarde, empero, juzgó el duque que la desmesurada potestad de Ramiro no convenía allí ya, y temiendo que se tornara muy odiosa, erigió en el centro de la provincia un tribunal civil, presidido por un sujeto excelente, y en el que cada ciudad tenía su defensor. Le constaba, además, que los rigores ejercidos por Orco habían engendrado contra su propia persona sentimientos hostiles. Para desterrarlos del corazón de sus pueblos y ganarse la plena confianza de éstos, trató de persuadirles de que no debían imputársele a él aquellos rigores, sino al genio duro de su ministro. Y para acabar de convencerles de ello determinó castigar al último, y una mañana mandó dividirle en dos pedazos y mostrarle así hendido en la plaza pública de Cesena, con un cuchillo ensangrentado y un tajo de madera al lado. La ferocidad de espectáculo tan horrendo hizo que sus pueblos quedaran por algún tiempo tan satisfechos como atónitos.

Pero volviendo al punto de que he partido, digo que al encontrarse el duque muy poderoso, asegurado de los peligros de entonces en gran parte, armado en la necesaria medida, libre de las armas, de los vecinos que podían inferirle daños, y ansioso de continuar sus conquistas, le restaba, con todo, el temor a Francia. Sabedor de que el rey de esta nación, que se había dado cuenta algo tardíamente de sus propias torpezas, no permitiría que el duque se engrandeciese más, se echó a buscar nuevos amigos. Desde luego, tergiversó con respecto a Francia cuando las tropas de esta nación marcharon hacia el reino de Nápoles contra el ejército español que sitiaba a Gaeta. Su intención era asegurarse de ellas, y el acierto habría sido rápido si Alejandro VI hubiera vivido aún.

Tales fueron sus precauciones en las circunstancias del momento. En cuanto a las futuras temía, ante todo, que el sucesor de Alejandro VI no le fuera favorable y que intentase arrebatarle lo que le había dado aquél. Para precaver este inconveniente ~ imaginó cuatro recursos, conviene a saber: 1) extinguir las familias de los señores a quienes había despojado, a fin de quitar al Papa los socorros que ellos hubiesen podido suministrarle; 2) ganarse a todos los hidalgos de Roma, para oponerlos como freno al Pontífice, en la misma capital de sus Estados; 3) atraerse, hasta el límite de lo posible, al sacro colegio de los cardenales; 4) adquirir, antes de la muerte de Alejandro VI, dominio tamaño, que se hallara en estado de resistir por sí mismo al primer asalto, cuando no existiera ya su padre. Practicados por el duque los tres primeros recursos, tenía conseguido su fin principal, al morir el Papa, y el cuarto estaba ejecutándolo. Había hecho perecer a cuantos pudo coger de aquellos señores a quienes despojara, y se le escaparon pocos. Había ganado a los hidalgos de Roma y adquirido grandísimo influjo en el sacro colegio. En cuanto a sus nuevas conquistas, después de haber proyectado erigirse en señor de la Toscana, veía a Pisa bajo su protección, y poseía a Perusa y a Biombino. Como tras ello no se creía obligado a guardar más miramientos con los franceses, y de hecho no les guardaba ninguno, por haberles despojado los españoles del reino de Nápoles, y porque unos y otros estaban forzados a solicitar su amistad, se echaba sobre Pisa, lo cual bastaba para que Luca y Siena le abriesen sus puertas, sea por celos contra los florentinos (que carecían de medios para evitarlo), sea por temor de la venganza suya. Si esta empresa le hubiera salido acertada, y si se hubiese puesto en ejecución el año en que murió Alejandro VI, habría adquirido tan grandes fuerzas y tanta consideración que por sí mismo se hubiera sostenido, sin depender de la fortuna y del poder ajeno, pues todo ello dependía ya de su dominación y de su talento. Pero Alejandro VI murió cinco años después de haber comenzado el duque a desenvainar su espada y cuando sólo el Estado de la Romaña estaba consolidado. Los demás permanecían vacilantes e indecisos, hallándose, además, el duque entre dos ejércitos enemigos muy poderosos y viéndose últimamente asaltado por una enfermedad mortal. Sin embargo, valía tanto, poseía tanta inteligencia, sabía tan bien cómo puede ganarse o perderse la voluntad de los hombres, y se había creado en tan poco tiempo fundamentos tan sólidos, que si no hubiera tenido por contrarios a aquellos ejércitos y le hubiesen ido mejor las cosas, habría triunfado de todos los demás obstáculos. La prueba de que tales fundamentos eran buenos es perentoria, puesto que la Romaña le aguardó sosegadamente más de un mes, y, moribundo ya, no tenía nada que temer de Roma. Aunque los Ursinos, los Vitelis y los Vagniolis habían ido allí, no emprendieron nada contra él. Si no pudo hacer Papa a quien quería, al menos impidió que lo fuese aquel a quien no quería. Pero si al morir Alejandro VI hubiese gozado de robusta salud, habría hallado facilidad para todo. El día en que Julio II fue nombrado Papa me dijo que había calculado cuanto podía acaecer una vez muerto su padre y hallándole anticipado remedio, pero que no había pensado en que pudiera morir él mismo entonces.