Jorge Luz
Jorge Luz
8/05/1922- 14/07/2012
foto. abc cultural
Debutó casi de casualidad, acompañando a su hermana Aída a Radio Argentina. Pocos años después, sus imitaciones e intervenciones causaban tanta gracia que, según el rumor, un tal Pepe Arias lo sacó del aire.
Amigo y cómplice de Niní Marshall, hizo sainete, zarzuela, comedia, radio, teatro clásico, comedia musical. Trabajó en treinta películas, fue parte de los desopilantes Los cinco grandes del buen humor y durante años hizo La Tota y La Porota junto a Jorge Porcel.
En una entrevista que aceptó dar, aunque sin fotografiarse, Jorge Luz desanda su larga y prolífica vida hasta aquel remoto lugar en el que abrevó su humor durante todo este tiempo: una infancia en la Argentina de los conventillos, los inmigrantes y las peleas por un pedazo de soga para colgar la ropa.
——–Habían faltado dos actores. Era para la obra Juan Cuello, adaptada por Héctor Pedro Blomberg. Aída me dijo: “¿Vos te animás?”. Yo tenía entonces 14 años pero parecía de 8. Siempre fui delgadito, menudo. Podría decirse que mi altura llegaba a la bragueta de la gente. Me tocó un mazorquero que tenía que decir: “¡Entregate Juan Cuello! ¡Soy de la partida y te voy a matar!”. Quedé contratado. Siempre imité. De chico me decían: ¿Cómo camina Godoy? Y yo, con tres o cuatro años, hacía cómo caminaba Godoy. ¿Cómo habla doña Pepa? Y esa señora se enloquecía viendo que esta rata la imitaba.
Y, como Niní, habrá empezado a actuar en el comedor de la casa.
–Cuando había casa. Porque la casa de mi pueblo, San Vicente, era modesta pero casa al fin. Pero en una época muy mala vinimos a vivir a Buenos Aires, entonces, en una casa que había en la calle Baigorri que hoy la tiene el Hospital Británico, alquilábamos dos piezas. Nos mudamos varias veces.
Después, ya viviendo en casas muy lindas, vino de nuevo la mala, y ahí fuimos a vivir a un conventillo de Chiclana y Pavón. Pero como yo era chico, no sufría. Sufría Aída y sufría mamá porque había que turnarse con la pileta y por agarrar un cacho de soga de la ropa. Pero yo fui muy feliz ahí. Tuve unos padres divinos. Jamás nos dieron ni un cachetazo. Nos manejaban nada más con mirarnos, como era en esa época. Por ejemplo, íbamos a una casa a tomar el té y nos decían: “No metan la mano sobre todo, ¡no elijan!”. Venía la señora con el plato y me decía “¿Querés una masita, Jorgito?”. Y yo veía que, del lado mío, había una de esas masas, de esas de hojaldre secas que yo odiaba –hubiera querido las de crema– pero me las aguantaba. “¿No les gusta? Lo comen”, decía mi mamá. No era que nos tenían cortitos, era respeto.
Jorge Luz usa una gorra de chofer, clásica en el adulto abrigado, la misma que al editor José Luis Mangieri le da un aire de miembro del Komintern; en él evoca la del chulo de zarzuela. Los de cierta edad que pasan delante de la vidriera del pizza café, al reconocerlo, aplastan las narices contra los vidrios y murmuran admiraciones ininteligibles, en un efecto pecera al que él responde con una sonrisa cansada. Es que seguramente sus vidas han sido punteadas por versiones de Jorge Luz: uno de Los Cinco Grandes del Buen Humor, Don Hilarión de La Verbena de la Paloma, la duquesa de Crakentorp de La hija del regimiento, Puyeta, Porota…
–Traíamos una mala nota, no nos pegaban ni nada: nos miraban y decían: “Esto que no resulte así el mes que viene”. Era buen alumno salvo en matemáticas. Terror les tenía. Cuando venía la profesora, me descomponía. Fui dos años al Otto Krause. No era lo mío.
Habrá sufrido.
–Era como si a vos te mandaran a estudiar el violín y vos querés ser nadadora. A la mañana: taller. Dios mío. Llegaba a casa a las seis de la tarde y tenía que hacer las láminas. Aída, que había empezado a trabajar antes, me decía: “Yo te pago los estudios”. “No me gusta.” ¡Lo odié al Otto Krause!
Pero se escapaba al cine.
–Repartía volantes y, a cambio, me dejaban entrar a ver las tres películas gratis. Cuando vi El hombre y la bestia –el cine quedaba a cuatro cuadras de mi casa, pero Deán Funes y San Juan eran calles muy oscuras y yo tenía que ir hasta Chiclana–, corrí, corrí y creo que llegué en un segundo porque pensaba que me seguía el monstruo. Yo siempre veía películas y soñaba que yo estaba ahí. Me gustaban las musicales y las de terror. No me gustaban las películas de guerra, menos de submarinos, porque debo tener claustrofobia. Abajo del mar siempre pasaba algo, faltaba el aire, no se podía respirar. Pero hubo una de guerra que me gustó mucho: Sin novedad en el frente. Después, de grande, leí el libro. También me gustaba Por quién doblan las campanas. Todas las películas sentimentales. Yo era loco por Paul Muni, que hacía de Louis Pasteur o de Emile Zola. A los volantes que sobraran los colgaba en el baño, ya sabés para qué.
fuente: pagina12.com.ar





Excelente homenaje, un grande que se va de gira.