Juan Moreira

Juan Moreira

2 de Julio de 1884

Se representa en la ciudad de Buenos Aires, en el circo de los Hermanos Carlo, la obra Juan  Moreira , de Eduardo Gutierrez.

Como fiera perseguida
piso una senda de abrojos,
sin sueño para mis ojos,
ni venda para mi herida;
sin descanso ni guarida,
ni esperanza, ni piedad,
y en fúnebre soledad
a mi dolor amarrado,
voy a la muerte arrastrado
por mi propia tempestad.

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Juan Moreira es uno de los textos más importantes de la literatura argentina y del romanticismo hispanoamericano. Su origen es una exitosa novela del argentino Eduardo Gutiérrez escrita en 1878-1880. La misma se encuentra inspirada en una crónica policial real protagonizada por un gaucho bonaerense muerto por la policía en 1874. En 1884, Gutiérrez reescribió la novela como “mimodrama” para ser representado en el circo, convirtiéndose en la pieza fundadora del teatro rioplatense.

En 1886 José Podestá le puso letra a la obra, tomándola de la novela y la representó durante varias décadas, convirtiéndola en uno de los éxitos históricos más importantes del teatro argentino. La obra fue llevada tres veces al cine, en 1923, con dirección de Enrique Queirolo, con el título ‘El último centauro’; en 1948, con dirección de Luis José Moglia Barth y en 1973 con dirección de Leonardo Favio.

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Juan Moreira siempre buscó a Laura, su amante preferida, en el piringundín y posada “La Estrella”, de Lobos (luego fábrica de soda y finalmente una clínica en la esquina de Cardoner y Chacabuco), y estaba con ella el 30 de abril de 1874 cuando lo sorprendió la partida (entre los policías estaba Enrique O´Gorman, hermano de la famosa Camila). Juan Moreira se batió y quiso saltar la tapia de La Estrella, cuando la bayoneta del sargento Andrés Chirino se le clavó en la espalda; Moreira le erró un trabucazo por sobre el hombro, pero le cortó cuatro dedos de la mano izquierda con la daga.

Lo que más fama le dio a Juan Moreira fue su arrojo y habilidad para enfrentarse él solo contra partidas de varios hombres y salir airoso del trance. Además de su tremendo facón, de 63 centímetros de hoja (más de 80 si se cuenta la empuñadura), Moreira llevaba dos trabucos de bronce para los cuales siempre tenía munición preparada, lo que le permitía recargarlos con rapidez.

Una prueba de esto es el relato del sargento Chirino, pues luego de disparar sus trabucos contra los policías que lo habían sitiado en la habitación de “La Estrella” salió al patio, donde al comenzar a trepar la tapia nuevamente le disparó a Chirino cuando éste lo atravesó con la bayoneta.

El pasado de Juan Moreira como comisario también jugaba a su favor, pues sus antiguos camaradas evitaban enfrentarlo, y además debe tenerse en cuenta que quienes se le enfrentaban no estaban dispuestos a arriesgar su vida en la misma medida que Moreira, algo que también le daba cierta ventaja para escapar cuando se hallaba rodeado. Varias muertes causadas por Juan Moreira fueron el resultado de estos enfrentamientos, pues disparaba sus trabucos al montón, y eran armas que producían un daño considerable.

¿Cómo era realmente Juan Moreira?

La descripción de Juan Moreira que se da en la novela coincide en su aspecto formal con la realidad, y aunque no menciona el hecho de que Moreira tuviese el rostro picado de viruelas, a través de su fotografía puede verse que era un hombre bastante apuesto. Quienes conocieron a Juan Moreira en su paso por la localidad de Salto (provincia de Buenos Aires) decían que su tez era más bien rojiza, con marcas de viruela, ojos pardos, pelo castaño, barba larga y bigote abundante, más alto de lo normal y ancho de espaldas.

Cuadro 1°

[1] La escena representa [un juzgado] de paz, en campaña

ALCALDE.
Señor Sardetti, Vd. ha [sido llamado] porque dice Moreira que Vd. [le debe] diez mil pesos.

SARDETTI.
Señor, eso es falso, yo no le debo ni un solo peso.

ALCALDE.
¿Y á qué viene entonces tanta mentira? ¿Porque vienes a cobrar un dinero que no es tuyo?

MOREIRA.
Señor, yo cobro mi plata que he prestao, y la cobro por que la necesito; este hombre quiere robarme si dice que no me debe, y yo entonces Señor Alcalde vengo á pedir justicia.

ALCALDE.
La justicia que yo te he de dar es una barra de grillos, ladrón, que vienes a contar bolazos.

MOREIRA.
Quiere decir que no me debes nada?

SARDETTI.
Nada.

MOREIRA.
Y Vd. no quiere hacer que me pague?

ALCALDE.
Es claro, puesto que nada te debe, y que tú has venido a jugar sucio.

MOREIRA.
Esta bueno Amigo, Vd. me ha negado la deuda para cuyo pago le di tantas esperas, pero yo me la he de cobrar dándole una puñalada por cada mil pesos; [2] Y Vd., Don Francisco, que me ha hechao al “medio de puro vicio, guárdese de mi por que ha de ser mi perdición en esta vida, y de su justicia tengo bastante.

ALCALDE.
(Dirijiéndose a los soldados). Haber préndanlon y metanlo al cepo por desacato a la autoridad:

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De terciopelo negro
tengo cortinas,
para enlutar mi cama
si tú me olvidas.

El combate era formidable: las puñaladas se dirigían rápidas y mortales por una y otra parte, y aunque la lucha llevaba ya más de dos minutos, ninguno de ellos se había podido herir.
Por fin Sardetti, comprendiendo que la duración del combate podía ser fatal para él, porque su enemigo era poderoso y firme, hizo un poderoso esfuerzo y se tendió a fondo en una terrible puñalada.

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Aunque Moreira metió el poncho, aunque quebró su cuerpo como una vara de mimbre, la punta del puñal de Sardetti, pasando a través de los pliegues del poncho, fue a herirlo levemente en la tetilla izquierda.

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-Ahora ya no te tengo asco -gritó Moreira al sentir sobre su pecho el frío de la daga, y, bajando la cabeza y subiendo hasta la altura de sus ojos el antebrazo izquierdo de que colgaba su poncho, entró a Sardetti por el costado izquierdo con tal ímpetu, que le sepultó allí la daga por completo.
Sardetti lanzó una especie de quejido sordo, dejó caer la daga de su mano, y vaciló sobre sus pies.
Entonces, como un relámpago, como una máquina de muerte, Moreira le dio nueve puñaladas más: tres en el pecho, cuatro en el vientre y dos en el costado, arriba de la primera.
Sardetti cayó pesadamente, sin pronunciar una palabra, sin proferir un acento de dolor; parecía que la primera puñalada le había dado muerte y que las otras las había recibido en el intervalo que tardó en caer.

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Moreira contempló un segundo el cadáver de Sardetti, miró a los paisanos que no habían vuelto de su estupor y salió de la pulpería diciendo:
-Ahora, que se cumpla mi destino.

fuente: juan moreira

Eduardo Gutiérrez (1851-1889)