Mis vacaciones en la Estancia “La María”

Mis vacaciones en la Estancia “La María”
Autor:  Carlos von Zedtwitz

Muchas veces he tratado de entender el motivo de mi encanto y predilección por el campo.

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Creo que algo tendrá que ver el hecho de haber sido concebido en un pueblo del noroeste de la Provincia de Buenos Aires, mas exactamente en America.

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Pero seguramente el motivo principal fue originado por esta aventura   de  unas vacaciones inolvidables.

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No obstante haber  nacido en la Capital, (porteño como se dice),  había algo que me acercaba al campo.

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Desde mi bisabuelo quien desarrolló su vida en el, siguió mi abuelo esa linea de trabajo, primero administrando estancias y luego teniendo una propia en la cual se criaban animales vacunos y ovinos.

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Mas cerca otro pionero, el tío Carlos De Leoni, nacido en Suiza, quien llegó al país a trabajar en un establecimiento rural y que posteriormente se uniera en matrimonio con la bellísima tía María Angélica, quien falleciera  a los 23 años  en el parto de su primer hijo,  Carlos Ernesto.

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Carlos De Leoni, rápidamente se interiorizó del manejo de las estancias desempeñándose, primero como peón, luego capataz y finalmente administrador de la Estancia “La María”  (2) y otras más del mismo dueño.

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Es, a esta estancia que  los voy a invitar a recorrer, a medida que vayan  surgiendo mis recuerdos, entre los años  1948 hasta 1956.

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En 1957  cambio totalmente el rumbo y costumbres de nuestras vidas.

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Ubiquémonos  en el pueblo más cercano, Colonia Seré. (1)  (Partido de Carlos Tejedor)

Desde Colonia Seré,  Km. 450  (apxte), al noroeste  de la Ciudad de Buenos Aires, y de allí  a 5  leguas se hallaba la estancia.

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Estábamos en la década del 50, ahora si vamos a partir en el viaje hacia mis vacaciones en el campo.

El viaje:

La estación once mostraba una formación de los típicos  vagones Ingleses de madera lustrada y bien conservada, la locomotora aun no había sido enganchada.

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Los andenes completaban el  panorama con los canillitas ofreciendo diarios y revistas.

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No se porque, pero siempre se viajaba de noche, el destino final era Gral. Pico, La Pampa., y duraba muchas  horas.

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Mi madre miraba los boletos y trataba de localizar el número en el vagón dormitorio correspondiente a los pasajes adquiridos en la boletería de rejas de bronce.

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El guarda estaba al pie de la puerta de acceso revisando los pasajes y acompañando a los pasajeros hasta el coche dormitorio que fuera asignado.

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Lo seguimos hasta que se detiene en la puerta nro. 34, toma un manojo de llaves enhebradas en un aro de metal dorado.

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Al abrir la puerta mis ojitos se deslumbraron, un dormitorio como el de casa pero con cama marinera.

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Detalladamente indica, lugar de las sabanas, frazadas, una jarra con agua,  sobre una fuente de aluminio.

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Mas abajo abre una puerta y allí estaba la infaltable escupidera, o taza de noche.

Los tapizados era de cuero, había una escalerita para los que decidían dormir en la parte superior.

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Una puerta corrediza separaba los camarotes vecinos.

En nuestro caso utilizaríamos ambos.

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Siento el movimiento del vagón al ser arrimada la locomotora, apenas un pequeño sacudón y un ruido, el del enganche.

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Un silbato anuncia la partida, casi en forma simultanea con unas campanadas que se escuchan a lo lejos.

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Más silbatos, y la formación que arranca con tirones intermitentes, mi madre nos hace sentar, frente a  la ventanilla. En  el andén el saludo de los familiares que no compartirían nuestras vacaciones sus figuras se van alejando mientras el tren apura su marcha hasta alejarse de la estación Once.

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Había pasado más de una hora de marcha cuando se escucha el pregonar del guarda anunciando la apertura del coche comedor ubicado  en segundo lugar luego de un furgón de carga que lindaba con  la locomotora.

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Hacia allí salimos en caravana sosteniéndonos con nuestras manos sobre los laterales del pasillo, el tren nos tenía en un bamboleo permanente.

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¡Que belleza ¡ el coche comedor, hermosos asientos de cuatro, la mesa en el centro cubierta por un mantel blanco con un bordado que decía FCO.

Vasos de cristal con servilletas de tela enrolladas en su interior.

Cubiertos de plata que brillaban dando esplendor a la mesa.

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La comida, sinceramente no la recuerdo, de chico comía lo indispensable  para sobrevivir,  pero mi mamá me obligo a tomar la sopa reglamentaria, la cual llego en una sopera grande con tapa y cucharón., ufff….., era de verdura y arroz, que espanto para mí.

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Lo mejor fue la naranja bilz. Regresamos al dormitorio, estrene la bacinilla, la cual debía volcarse dentro de un mueble recipiente metálico con puertas de madera.

El movimiento del tren pronto nos durmió a todos.

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El guarda tenia a su cargo dos vagones dormitorios, no se que registro consultaba ,  pero golpeo nuestra puerta anunciando que estábamos en Carlos Tejedor, la noche había pasado, faltaban dos estaciones para nuestro destino Colonia Seré.,  apenas 30 kilómetros de allí.

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Mis padres ya estaban vestidos, mi hermano Rodolfo y yo, saltamos de las camas nos lavamos la cara y vestimos rápidamente.

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El Tren ya arranco dejando atrás a la estación Santa Inés, poco faltaba para llegar, nuestros pequeños corazones latían aceleradamente.

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“Carlitos, dice mi madre, péinate, mi jopo era rebelde pero enseguida tomaba su ubicación correcta.

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La formación comenzaba a disminuir su velocidad mientras anunciaban la llegada a la estación Colonia Seré, traté de mirar por la ventanilla,  pero la tierra  y los cardos volando hacían casi imposible observar bien en detalle la proximidad con la estación.

—–“mami, papi, miren, allá esta julito, la tía Maruja y el tío Carlos en la estación.

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La estación se había poblado, mucha gente en el andén esperando a los viajeros, algunos por tener familiares que llegaban y otros por simple curiosidad, como paseo habitual e informativo de quienes llegaban al pueblo.

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En la entrada podían verse, sulkys, volantas, carros con tarros de leche, el infaltable tractor John deere con su clásica vestimenta de color verde y amarillo.

La chatita Ford 1944 con el logo de la Estancia.

Julio, mi primo (coquito) era un muchacho muy grande para su edad, ambos teníamos 8 años, pero el media y pesaba casi dos veces  mas que yo.

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Tras los besos y abrazos, emprendimos el viaje de 5 leguas hasta la entrada principal de la estancia.

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Casi ni nos dimos cuenta del tiempo, el tío se bajó abrió el candado de la tranquera, pintada de colores blanco y negro con adornos de madera en forma de bochas.

Comenzamos a recorrer un camino arbolado con especies de pinos, eucaliptos, aromos, álamos y distintas variedades traídas desde Francia por un diseñador de parques.

Ese camino se llamaba del caracol por sus continuas vueltas.

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Curvas y mas curvas, y la llegada a la casa del Mayordomo.

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Fue Julio, i que en esta escuela de aprendizaje de la vida  rural,  nos fue llevando de la mano, y juntos transitamos actividades que me marcaron para siempre el sello de nuestra pampa, a la que deseaba volver un día para vivir allí.

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Las instalaciones:

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La casa del personal estaba construida formando dos largas galerías paralelas, pegada a ellas una veintena de habitaciones, de cada lado,  en el centro un sector jardín con plantas,  flores y macetones que embellecían el lugar.

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Alternando las piezas había baños individuales y otros colectivos.

Al frente cortando esta secuencia y en posición horizontal, el comedor y cocina.

Sobre el ala izquierda un salón destinado a la escuela del personal con hijos.

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Los matrimonios  Vivian en los puestos o en otras casas retiradas del sector de los peones solteros.

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En una casa vivía el quintero, su  esposa y dos hijos. En otra el  molinero junto a su taller.

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El capataz y su familia en una vivienda a pocos metros de la casa del mayordomo.

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El chalet principal era de uso exclusivo de los dueños y sus familiares.

Ellos venían muy de vez en cuando a visitar sus campos.

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El tanque australiano  provisto de un trampolín, estaba pegado a la casa del capataz y a cien metros del resto de la urbanización.

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Una torre con escalera caracol en su exterior, y en su parte alta, el tanque, el cual  era provisto de agua por medio de un molino al pie del mismo, el agua llegaba por cañerías a las viviendas pero era salitrosa, es por este motivo que durante las lluvias de llenaban los aljibes para su  uso en las comidas y lavado de ropas.

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Bajo la torre se encontraba la carnicería.

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Otro sector correspondía a la panadería.

Otro sitio  para la elaboración de quesos y cremas.

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El frigorífico con su cámaras, allí  se guardaban medias reses, leches y otros alimentos perecederos.

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Detrás la usina que proveía de electricidad a toda la estancia.

El ruido de los motores era ensordecedor, al entrar al sector de maquinas, funcionaban hasta el anochecer, la energía se almacenaba en acumuladores.

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Las oficinas del Mayordomo y capataz tenían teléfono, la central estaba en tres algarrobos, aun recuerdo el número telefónico “tres algarrobos 16”

El telefono de madera con auricular en tubo y bocina para hablar.

Para comunicarse con la operadora, debía hacerse girar la manija varias veces.

Hasta que conteste la telefonista de la central.

Este teléfono funcionaba con dos pilas gigantes de limitada duración.

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Un galpón para guardar los carros, tractores  y maquinas de labranza. Ese galpón totalmente de chapa, media unos cien metros de largo por 30 de frente., sus laterales eran descubiertos.

Un saladero de cueros, gran pileton de material,  cubierto por cientos de kilos de sal en panes debajo de los cuales estaban los cueros.

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Un cuarto para guardar las monturas y aperos.

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Cercano a este sitio se encontraba un corral en el cual se hacían descansar a los animales preparados para la carnada del día siguiente, me dijeron que el novillo debía esperar al menos un día antes de faenarlo.

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La manga, con portón lateral que servia para que el matarife, Juan Sánchez,  pequeñito pero certero con el puñal cumpliera la cruel tarea de matar al novillo

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Los animales faenados solo eran para consumo del personal.

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Bastante retirado el chiquero de los chanchos.

Un corral principal para amansar caballos, reunir hacienda y ordeñar.

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Luego y hacia el norte y sur las  tranqueras con  sus guarda ganados que permitían adentrarse en los lotes con pastoreo y ganado.

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Sorgo, trigo, alfalfa, maíz,  y muchos cultivos más, en esa época no se sembraba soja, o al menos no era conocida.

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Aprendizaje

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Durante esos  años que vacacioné  en la estancia,  sirvieron para aprender todo el movimiento rural y el manejo de animales y maquinas.

Esta enseñanza no la olvide nunca, hoy puedo ensillar y montar caballos como si fuera en los 50,

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Lo primero que aprendí fue a conocer algo sobre caballos, como acercarme, como tocarlos,  identificar según la posición de sus orejas y su cola que cosas no le agradaban.

Mi primer caballo se llamaba “Blanco”, lógicamente por su color.

Blanco era un caballo adulto de buen carácter y acostumbrado a ser montado por chicos.

Claro, todo el invierno estaba solo, nadie lo molestaba, así que volverlo de nuevo a su rol no era lo que prefería..

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Coco, acostumbrado a esto, le daba unos estate quieto y a partir de allí la cosa cambiaba.

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Aprendí a ensillarlo, colocarle la sudadera, una lona con olor a  sudor de  un año de estar guardada,  cada uno tenía sus aperos de montar asignados, las cuales eran de uso exclusivo y responsabilidad de cada uno.

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Las recomendaciones principales eran arrimarse al caballo por el costado, nunca por detrás, acercarse con el freno en la mano y hacerle ver nuestras sanas intenciones.

Blanco como otros ya sabía que ocurriría y pegaba la retirada, si bien el corral lo paraba en otras esquinas.

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Una vez junto a el,  pasábamos una rienda por el cuello y poníamos ese freno metálico en la boca para luego subir  el cuero del mismo por encima de sus orejas, de a una por vez..

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Completábamos el orden de ensille manteniendo al caballo atado a un palenque, el recado debía ser ajustado por una gruesa cincha de cuero con un par de aros metálicos, había que hacer fuerza para estirarla, el caballito hinchaba la panza.

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Coco el ponía la rodilla en la panza tirando  con todas sus fuerzas, yo para hacer esto debía subirme a un banco debido a mi escasa altura.

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Y así,  entre juego y juego fui interiorizándome y aprendiendo a desempeñarme en las distintas actividades de la estancia.

Ataba el caballo a un sulky, la americana o furgón breaks y de carga.

Había que hacer recular al caballo entre las varas, luego levantarlas y sujetarlas a sus lados, previamente colocar la pechara y las riendas largas.

Esto lo narro así, con los términos que yo usaba en ese entonces.

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Otro día manejé el tractor,  ordeñe, y aprendí a cuerear, esperábamos  la carneada para sacar nosotros mismos las achuras con las cuales haríamos un asado sobre una pala de buey utilizando  leña del monte.

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Con una chata plana, llevábamos  las sobras de la carneada a lo cerdos.

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Juntábamos ramas del monte para las estufas,  hacíamos  llegar agua de lluvia hasta el aljibe., por medio del desvio de canaletas.

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Y principalmente jugar y hacer de cuenta que la estancia era nuestra y también la responsabilidad del mantenimiento de los campos, su hacienda y cultivos

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Entre otras cosas debí aprender a recortar los vasos del caballo, para eso había una herramienta similar a un cuchillo de acero grueso,  tomaba el martillo e iba recortándolos que no se partieran al crecer.

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Estaba en plena etapa de aprendizaje, cuando mi tía Maruja nos avisa que Marcelito, mi primo vendría desde la capital a  pasar unos días con nosotros-.

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Marcelito era el prototipo del niño bien de la ciudad. Sus modos y su vestimenta siempre un elemento de asombro para nosotros, los ( “bandidos”)  como nos decía su padre., el tío Marcelo

Marcelito vivía en Lomas de Zamora,  todos los días, el chofer del ministerio de educación, en donde trabajaba su papa, lo  pasaba a buscar por  su casa llevándolo  al colegio en su Pontiac ultimo modelo.

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Mis tíos decidieron enviarlo al campo para volverlo un poco mas rustico comos sus primitos y experimentar una actividad distinta, no por que les gustara, sino para que su hijo adquiera conocimientos de una  tarea que nunca debía desarrollar en su vida.

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Imagínenlo ustedes llegar con su fina camisa blanca, pantalones de buena tela, moño en su cuello y zapatos lustrados como espejos, una gorra de cuero y guantes.

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Julio que era el más adelantado en las artes de la maldad,  lo puso a prueba al segundo día de su arribo,  invitándolo a un paseo por el charco formado por la lluvia del día anterior, esa lluvia que había desbordado el barro del chiquero contaminando lo que parecía una mansa laguna.

—–¿ a  que no hacen lo que yo hago?, me voy a tirar al charco  y veremos quien llega mas lejos de la orilla.

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Julio fue el primero, pero por un error de cálculo (premeditado) se fue hacia la izquierda envolviendo a Marcelito con una hola de barro podrido.

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Antes que Marcelito pudiera reaccionar, le siguio Rodolfo, y finalmente yo copiándome en el salto.

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Esa noche  fuimos castigados, luego de cenar a dormir  bien tempranito, nada de juegos.

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Al día siguiente debíamos agasajar al primo llevando a pasear a caballo.

Demás esta decir que julio tuvo que ensillarle el pingo.

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Lo hicimos recorrer un hermoso monte de pinos, lamentablemente y por pura casualidad los caballos nuestros pasaban por debajo de las ramas, nosotros debíamos agacharnos para no pegar con ellas, el caballo de Marcelito seguía a los demás,  pero el no pudo protegerse de los rasguños de las ramas.

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Recibimos el segundo y peor castigo, no nos preemitirían bañarnos en el tanque por una semana.

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Por fin  vinieron los tíos  a buscar a Marcelito y este, volvió a la ciudad escapando de los terribles indígenas de sus primos.

En esta foto vemos a Marcelito ya “domado”

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La matera era el lugar de reunión de los peones, una pequeña construcción de ladrillo y techo de chapa.

Los sábados a la noche había guitarreada y luego del mate un rico asado.

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Habíamos obtenido permiso para visitar la matera, allí aprendí a comer el asado cortándolo directamente sobre la galleta de campo.

La Estancia tenía una maestra que dictaba clases de primaria para los hijos del personal. Su maestra, Teresa, había llegado de España siendo  recomendada  por el obispo de Cuenca.

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Ella vivía de lunes a viernes en la estancia y el fin de semana volvía a Cuenca a la casa de un familiar.

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La estancia proveía gratuitamente, libros, guardapolvos, elementos escolares, poseía  un botiquín para primeros auxilios.

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La Viuda.

La cocinera del chalet de los dueños de  la estancia, mas  conocida por la viuda, era una señora morocha, joven que por su condición y convicción siempre vestía de negro.

Vivía en una  habitación contigua a la cocina.

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Tenía un hijo, Lautaro, (el chinito)  quien  no había conocido a su padre.

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Asunción Ramírez,  así se llamaba la cocinera, evitaba hablar sobre la muerte de su compañero, cada vez que alguien le preguntaba sobre el finadito, ella cambiaba el rumbo de la conversación.

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Una tarde Julio nos comenta que la “viuda” nos invitaba a  visitarla para  conocer y entablar amistad  con su hijo,  el cuatro años mayor que nosotros.

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Asunción., tenia una manera muy especial de narrar historias del campo, aparecidos, luz mala, cementerios, y demás cuentos, que según sus dichos eran reales y presenciados por ella.

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Al caer la tarde fuimos hasta el chalet, allí nos recibió amablemente con  un vaso de  leche fresca con cascarilla.

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Su hijo, el chinito escuchaba los relatos de su madre., quien contaba……….

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——-“Como no recordar, si aun lo tengo presente, es como si la viera”

Íbamos con el  finadito, tu padre y de pronto se cruza, de izquierda a derecha una luz, va subiendo hacia el cielo y luego desciende hasta ponerse frente del caballo, este se quedó inmóvil, por más que lo apurábamos con el arreador, ni se movía.

La luz permaneció unos minutos y luego se perdió en el cielo, el caballo comenzó nuevamente a caminar.”

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Otra ocasión cuando visitaba la tumba de tu abuelo,  el cielo se puso todo oscuro, y levanto un fuerte viento,  subí al sulky, a todo trote salimos de allí.

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Se hizo la noche total, el caballo seguía solo  hasta que se detuvo, yo ya estaba perdida, Estábamos frente a una tranquera de la entrada al monte de la estancia,   apenas pude ver al  hombre que habría la tranquera y nos permitía el paso, luego se alejo, así, casi sin verlo como había llegado,  era el,  “el finadito.”

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Amalio Barboza,  era un payador que andaba de pueblo en pueblo y de estancia en estancia, con su guitarra se ganaba la vida.

Llega a “La Maria” y conoce a Asunción, versos van, versos vienen, y entre ese encanto del payador, Asunción  se embaraza.

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La Payada en un pueblo vecino lo alejo, antes de que nazca su hijo,  luego de mucho indagar ella contó que su concubino murió al regresar de una payada, el caballo piso una vizcachera y fue a dar contra el poste del alambrado.

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La realidad fue otra, la payada siguió en otro pueblo, y luego en otro y  tanto el payador como su guitarra se perdieron en el tiempo

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El sacerdote de Tres Algarrobos.

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En la estancia, no faltaba la misa de cada domingo. Desde el pueblo se acercaba un cura, un polaco muy colorado, colorado no por el sol de las pampas, colorado por los whiskys que se  bebía a diario.

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Luego de dar  misa, se reunía con el tío Carlos  y ambos acompañaban el whisky numero 3 con una picada preparada con queso elaborado en la estancia y salame curado en grasa, el cual sacaban de un barril de madera, previa limpieza con un pedazo de papel de envolver, para rebanarlo y acomodarlo en la galleta.

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La yerra también fue otra de las actividades que aprendí. Para practicar y no hacer sufrir más de lo necesario al novillito, debí apoyar la marca, al rojo vivo,  sobre una madera de eucaliptos, así luego de varias veces, recién pude marcar a mi primer novillo, se sentía un olor a pelo quemado mientras el pobre novillito bramaba de dolor

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Costo mucho conseguir el permiso,  pero al fin me permitieron acompañar a  los reseros a llevar el ganado desde la estancia hasta la estación para el  embarque rumbo al matadero.

Llegamos al anochecer y debíamos permanecer hasta el otro día para cargar.

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Esa noche diluvio, nos debimos refugiar y dormir en los vagones de hacienda.

Una experiencia que  no olvido.

Carlitos era muy flaquito, para mejorar su estado general, el vasco Erazo, había sugerido a mi tía que lo mejor seria tomar leche al pie de la vaca.

A las 6 de la mañana estaba allí en el corral, la vaca  estaba siendo ordeñada, el ternero,  atados al pie de ella.  Me acerco con un vaso el cual es llenado rápidamente  con la leche bien calentita y espumante.

No se esto era  bueno, pero nunca engordé

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Hice mis primeras armas como boyero tuve éxito gracias a la habilidad de la yegua madrina, la cual sabía mejor su trabajo que yo.

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No podía fallar, la peonada esperaba los caballos en el corral para iniciar sus recorridas por los lotes.

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Con Julio y mi hermano decidimos ir a peludear, elegimos una noche de buena luna y a recorrer los potreros mas poseados,  al ver a la mulita corriendo hacia sus cuevas, había que madrugarlas y agarrarlas antes de que enganchen sus manos y patas en los bordes de las cuevas. Esa noche, pudimos capturar tres que pusimos dentro de un tambor.

Al día siguiente le pedimos a la tía que los asara, eran riquísimos con esa grasa blanca pegada al caparazón, parecían lechoncitos.

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La visita de la Patrona.

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Era domingo, los mensuales estaban paleteando en el frontón, se jugaba por la vuelta, los que perdían debían pagar el trago en el pueblo., nosotros éramos los  espectadores.

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En esos momentos de gran competición, llega la dueña, Doña María Elisa, allí se detiene el juego y todos nos acercamos alrededor de ella.

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El dialogo, fue como todos los años,  como están, que necesitan, y la entrega de regalos., para los solteros, perfumes, pañuelos para el cuello, yuntas, alpargatas, y para los casados ropas para las damas y los niños.

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Don Carlos se reunía todas las tardes con los mensuales para planificar las tareas del día siguiente, revisar molinos, aguadas,  verificar el estado de la hacienda, controlar a las vacas preñadas, observar si los cultivos tenían algún parasito que pudiera perjudicar la cosecha.

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El vasco tenía su lechería, en ella elaboraba quesos, manteca y cremas que luego iban a parar a las cámaras frigoríficas, y que nosotros luego de unas horas, levantábamos la tapa de algún tarro de leche para tomar de allí la crema que se formaba.

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Don Manzano era el   mecánico molinero, hombre solitario que vivía en una de las habitaciones más grandes y poseía un taller con todo lo necesario para que solo el viento fuera lo único que pudiera faltar para que algo no funcionara.

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Antonio, su esposa e hijos se ocupaban de la Huerta,  ellos solo hablaban en italiano, pero se sabían hacer entender.

Más de una vez he visto a los niños comer ajíes picantes con pan.

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Las cebollas blancas de la hurta  eran una belleza.

Además había lechugas, zapallos, tomates, y árboles frutales.

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Un almacén y panadería surtía al personal de yerba, azúcar,  galleta., y todo lo que la gente necesitaba.

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En un galpón central, de aproximadamente 10 de frente por 40 de fondo se apilaban las bolsas con semillas, para la venta o siembras futuras.

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El comedor

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La estancia tenía un comedor para todo el personal,  temprano a la mañana unas campanadas anunciaban el mate cocido con galleta, este era el inicio de la jornada.

A media mañana nuevamente la campana invitaba al churrasco.

Mas tarde el almuerzo y luego la infaltable siesta.

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La hija del Puestero Sayago.

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Por comentarios del primo sabia que don Sayago tenía una hija muy linda, claro algo chica, no pasaba de los 10. Un día fui a cumplirle una visita, ate la americana y me largue para el puesto.

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Cuando llegue no sabia que decir, “andaba de paso y aproveche para invitar a Margarita a dar una vuelta en el carro”

Así, con pocas palabras y mucha energía fuimos recorriendo la huella, para ella por demás conocida pero que, como mujer que era sabia mostrarse maravillada por tanta belleza de los cardos y tierra del camino.

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El asesinato de Angélica.

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Este  fue un hecho del cual se hablo por mucho tiempo, nadie podía comprender como la pasión  enfermiza se había metido dentro de la mente de  Gregorio, un peón que siempre andaba armado.  Esta historia de amor y celos, esta bien explicitada en otro sitio de este arcon bajo el titulo de “El piano de Angélica”

El Caminante.

Cisneros vivía en un carro techado que se utilizaba como vivienda en las siembras y que actualmente estaba abandonado por encontrase en mal estado.

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El viejo Cisneros, quien había llegado hace años, fue el único caminante que no volvió a tomar la huella,  no hablaba con  nadie solo se movía para buscar el bofe para sus gatos.

Con el tiempo se supo que este caminante fue el protagonista de la historia de Angélica.

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Cansada del Campo.

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Tía Maruja estaba cansada de la soledad del campo, había nacido en el y pensaba que era hora de ir para la ciudad.

——“Carlos, vamos retírate y nos vamos a vivir a Lincoln, es una linda ciudad y veremos otra cosa.

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——-“Yo me voy a ir de la Estancia cuando me venga a buscar el coche fúnebre”

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Tanto fue el cántaro al agua, que ya mas viejo,  Carlos accedió a dejar la estancia.

La vida en Lincoln no era lo mismo, si bien estaba relacionado con actividades agropecuarias su vida se iba apagando., el anochecer se le acercaba.

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En el año 1956 fue mi último viaje, había comenzado  la escuela secundaria  y el tío había dejado su querida estancia.

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De regreso.

Para ese entonces ya funcionaban los flamantes trenes holandeses, confortables en ambas clases, primera y segunda.

La estación Colonia Seré se perdía, el tren se alejaba en mi viaje de regreso a la capital.

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Adiós a la estancia, adiós a esos momentos compartidos con la naturaleza.

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Adiós a mis aventuras de niño.

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30 años después, y en forma casual, estando de visita en la casa de Julio, tome el antiguo camino de tierra, paralelo a las vías de FCO. y casi sin quererlo llegue hasta la entrada de la Estancias, con mi esposa la saltamos la tranquera, relatándole y reviviendo en cada paso los recuerdos de mi niñez.

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La estancia  ya no era la misma, pastos crecidos, animales pastando en el monte, el tanque australiano partido, el Chalet con algunas mejoras improvisadas que desmerecían el estilo Frances de la construcción.

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Los corrales, la barraca, los galpones y la casa del personal, eran un sitio que almacenaba restos de maquinas en desuso, maderas, alambres, y gallinas que eran ahora los únicos habitantes de ese lugar.

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Los generadores, el frigorífico, ya nada funcionaba.

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Adiós  querida Estancia “La María”, mas de ciento diez años han pasado desde tu creación.

Aun allí, ella  espera el bullicio de los niños el ruido de sus maquinas el ir y venir de su mensuales, esos que  partieron a trabajar otros campos, en el mas allá.

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Referencias (1)

Colonia Seré es una localidad del Partido de Carlos Tejedor, Aires, Argentina. Fue fundado en 1903 por Guillermo Seré, que donó terrenos comprados al general Francisco Leyría.

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Referencia (2)

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Estancia La María, en ese entonces sus propietarios los hacendados,  inmigrantes franceses. María Elisa y  Pedro.


Escribí tu comentario

, , andres arredondo dijo

Soy nacido en Arenaza, un pueblo cercano a Lincoln.
Al leer esta historia que tan bien se relata, he recordado, algo de mi vida en los 40 y 50.
De niño siempre anduve por el campo, muy pegado a los peones, arrieros y guitarreros.
Me gustaba mucho el canto y los poemas gauchescos, fue así que recorrí muchas estancias de la zona que nombra el autor de la nota.
Puedo asegurar que estuve en esa estancia, si bien su nombre completo es La María Elisa, al menos la única María que hay por esos pagos.
Tal como se cuenta había una matera y allí los visitantes guitarreros y todo el que andaba suelto por allí, terminaba en la Matera.
Me permitiré meter un bocadillo contando cual fue el poema que me acompañaba en ese momento.
“Tierra Arada” poesía de Porfirio Zappa, poeta y escritor maravilloso que sabia interpretar el espíritu del trabajador rural………

Despacito amanecía
ya estaba casi clareando.
Una mañana argentina
con olor a siembra y pasto.

Yo ya estaba sobre el surco
cara al sol, la frente nalto,
cuando alien dende las casas
me gritó medio asustao:

–” Dicen que hay guerra en la Uropa;
dicen que se están peleando”.–

Guerra..? Levanté la reja,
la tumbé sobre un costao,
y me detuve a escuchar
lo que me estaban contando
Me tentó aquella palabra,
– Suena juerte pa un paisano –
Parece que está hecha ‘e sangre,
de tambor y poncho nalto,
que tiene el grito ‘e los niños
y de las mardes el llanto.

Ya iba a ponerme a pensar
en guerra… y que se yo cuanto,
pero vide el surco fresco,
miré la yunta ‘e los mansos,
vide la tierra fresquita
y a la semilla esperando,
y pensé para mis adentros
con sana concencia ‘e gaucho:
TIERRA ARADA GUELE A PATRIA
Y es mejor que siga arando

Y seguí abriendo el camino,
Despacito, palmo a palmo,
Camino hecho e’tierra fresca
Y hecho a sudor de cristiano.

Y nese terrón moreno
Que la reja iba volcando,
Yo endiviné una esperanza
Que jué pa mi como un canto.

Que cada surco se abría
Como con ansias de grano,
Eran sueños de una novia
Y de una marde el regazo.

Y ya me sentí más hombre,
Más argentino, más guapo,
Porque neste suelo grande,
Suelo e’la paz y el trabajo,
No hay tiempo e’pensar en guerra
Con la canción del arao.

Argentina… Tierra santa ,
Gloriosa marde del gaucho
Que ya dejó las espuelas
Y la mancera ha empuñao;
Que ya levantó ciudades
Abriendo el surco en los campos.

Por eso es tu hijo, el criollo,
Tiene rugosa la mano,
Que si pulsa una guitarra,
También empuña el arao.

“dicen que hay guerra en la Uropa;
dice que se estan peleando”.

Yo pienso para mis adentros
Con sana concencia e’gaucho:
TIERRA ARADA GUELE A PATRIA
Y es mejor que siga arando.

Tal su letra y su forma de versear, llegaba a lo mas hondo del paisanaje.
Buen recuerdo y gracias por darme este lugarcito.

Andrés Arredondo.

, , Ariel Mastandrea dijo

Notable registro de una época ; estilo sostenido y contundencia en el relato. Felicitaciones desde Montevideo.

, , carlosvonz dijo

gracias Ariel, solo es un recuerdo de mi niñez junto a mi hermano y primo. han pasado muchos años, pero no olvido esos momentos vividos
te saluda
Carlos

, , gonzalo dijo

me encanto el relato! me encanta el campo, vivo en Chivilcoy tengo 19 años, y lo que mas me gusta es pasar el tiempo, el dia en el campo, andar a caballo, y hacer las tareas que se hacen alli, recorrer los potreros, las vacas, cembrar, cosechar, arar, las yerras, hago todo eso en el campo de mi flia. algo que no cambiaria por nada! ahora estoy estudiando en bsas, pero espero muy ansioso los viernes para ir a Chivilcoy y de ahi al campo. no lo cambio por anda.
muy linda historia. un saludo. Gonzalo

, , carlosvonz dijo

Hola Gonzalo,, conozco chivilcoy y cuando puedo me doy una vueltita por alli,, ¿ siempre esta el almacen el recreo del señor Carlos Cura?,, tengo muchas fotos, justamente ayer puse en la portada el frente , puedes verlo en la pagina.
Es bueno que la gente joven se quede en el campo,, que mejor que vivir y trabajar en el.
Un saludo cordial
Carlos

, , juan dijo

hola carlos, me encantó su relato del antiguo buenos aires,quisiera hacerle una pregunta: estoy tratando de encontrar un vagón de tren antiguo como el que usted publica en la foto, soy realizador audiovisual y estoy haciendo un cortometraje que se desarrolla en el interior de un vagón antiguo, de comienzos del s.XX, hace mucho tiempo que busco un vagón antiguo en buenas condiciones, si conoce alguno le agradezco la información, tengo el dato que en la provincia de buenos aires hay algunos. Desde ya muchas gracias

, , carlosvonz dijo

Buen dia Juan, no tengo conocimiento donde puede ud. encontrar estos vagones, ha visitado el museo ferroviario de Retiro??. saludos cordiales. Carlos