Un Café Frío

–¿Qué es lo que te desvela?

“Que pregunta”, se dijo mientras miraba como la espuma del café giraba en sentido de las agujas del reloj impulsada por la cucharita danzante en su mano derecha. Tardó en contestar, por nada en particular, su mente estaba totalmente en blanco.

–La vida –dijo sin levantar la vista.

–Una respuesta como un abismo –trató de bromear su compañero de mesa.

–Ni más ni menos, la vida es como un abismo lleno de cosas que se instalan en un tiempo en particular, pero nada detiene la caída.

–Prefiero verlo como una escalada.

–Cada uno lo ve como lo vive.

–Vos no tenés una mala vida, nunca la tuviste.

–Mejor que unos, peor que otros –dijo guiñando un ojo. –Nos conocemos de siempre, vivimos vidas distintas, si es que le podemos llamar vida.

–No te me pongas dramático. Somos de mundos distintos, uno de un lado, el otro en el otro; pero tenemos algo en común. Vivimos.

–Cansa un poco, la monotonía quizá. Ya es todo previsible.

–Pensá primero como era cuando arrancamos y como es la cosa ahora. Totalmente distinto, no veo la monotonía.

–Vos lo ves siempre así, lo tuyo es más fácil.

–Nunca más equivocado en tu selección de palabras. Lo mío es lo más difícil, mucho más ahora que al principio. Demasiada tecnología no me ayuda para nada. –hizo una pausa, miró a su compañero todavía revolviendo el café. –Dejá quieto eso y tomátelo, se te va a enfriar.

–Mejor, una vez que nos encontramos acá, prefiero tomarlo frío. Allá abajo no se enfría nunca.

Se tomo el café frío de un solo trago, sonrió forzosamente y se levantó en silencio. Tomo el tridente que estaba apoyado a la ventana y volvió a guiñarle un ojo.

–Nos vemos en un par de años, me hace bien charlar con vos, es mejor que los psicoanalistas que me tocan, uno más pirado que el otro.

–No te hagas drama, hablemos cuando quieras que los que van allá arriba no creo que sean mejores. Deberíamos dejarlos por acá nomás, junto con los abogados.

Rieron, uno más contento que el otro. Solo que ninguno de los dos sabia cual de ellos lo era.

Los Vecinos (Última Parte)

Ni idea cuando tenía de fiebre, la verdad tampoco me importaba mucho. El trabajito ya estaba y eso era lo que en verdad interesaba, lo había terminado y hasta ahora iba todo de maravillas. Nadie sospechaba nada.
La policía vino a mi casa como a la semana de que encontraron el cuerpo de la Dora, unos días atrás también lo encontraron al Ramón en su tallercito. Debí de haber estado bastante jodido, porque los milicos me quisieron llevar al hospital, pero les dije que ya me iba a recuperar. Agarré la lluvia de los otros días queriendo llevar las bolsas de cemento que tenía en el fondo y que estaba usando para hacer un bebedero para los pájaros. Me creyeron, bueno, no era del todo mentira. Había tirado una bolsa de huesos al arroyo.
La noticia salió en todos lados, habían encontrado a dos viejos muertos, uno en su taller con la cabeza rota al darse contra un durmiente en el suelo y la otra que se había caído a un arroyo y se había roto en cuello. Una estaba desaparecida y a la otra, según decía, la habían envenenado. Especulaban que había sido el Ramón que estaba enamorado de ella y que como nunca le había dado bola, se había cansado. Una casualidad que haya muerto en su taller unos días después.
Escuché desde la cama, al lado de la ventana que daba a la vereda, como conversaban dos comadres, no se hablaba de otra cosa en el barrio que la muerte y desaparición de los viejitos.
–Queda solo este de acá –escuché que decían.
–Dicen que no le queda mucho.
–Que bárbaro, ¿no?
–Y bueno Tera, se mueren los viejos, ¿que le vamos a hacer?
–Y sí. Pero es medio raro que se mueran todos juntos.
–Y, un poco raro es.
Me sonreí. Un poco orgulloso estaba, pero por dentro me contenía de hacerlo público, ni empedo pasaba mis últimos días en una cárcel. Además, con saberlo yo alcanzaba. Nunca fui de esos de contar para alardear, mis secretos eran míos. Si los contaba, dejaban de ser las dos cosas; pasaban a ser de dominio público y yo no quería eso. Con los pedos era otra cosa, siempre decía que era yo, no me gustaba dejarlos huérfanos.
Estaba enflaqueciendo, me llevaba más de lo que esperaba recuperarme de la pulmonía. Estaba afiliado a un servicio de enfermería y habían venido a verme, me pusieron un inyectable y me dejaron unas pastillas. Antes de irse el médico me dejó preocupado, que boludo había sido.
–Don Soto, no se si se dio cuenta, pero viene un olor bastante feo del fondo de su casa.
Quedé helado, me había olvidado de la Zulma.
–Gracias Doctor, después ni bien me levante veo que es. Capaz se tapó el registro.
–Le mando a alguien para que vea si quiere.
–Gracias Doctor, pero no hace falta.
Como a la hora que se fueron me quise levantar y me caí al borde de la cama, estaba muy débil y ni cuenta me había dado. Volví a acostarme.
Al otro día golpearon la puerta. Yo estaba haciéndome una sopa en la cocina, me había costado bastante llegar pero el hambre fue más fuerte. Tambaleándome y tomando las paredes como amigas, llegué sudando tintas, como en los mejores pedos de mi vida de adolescente.
–Ya va –grité. O al menos creí que grité, la garganta me dolía y todavía estaba muy débil.
Volvieron a golpear.
–Ya va dije, la reputa madre. ¡ya va!
Cundo abrí me encontré con un tipo, al principio creí que andaba pidiendo monedas, todo el aspecto tenía. Mugriento, con una camisa rota en la manga derecha a la altura del codo, pantalón celeste manchado de blanco y rojo y un cinturón roído. Le iba a decir que no tenía nada cuando me habló, tenía una voz dulce a pesar del aspecto, una voz cansada y dulce.
–¿Acá es lo de Soto?
–Sí –le dije y sin darme tiempo a acotar nada continuó.
–Me mandó el Dr. Cancino, me dijo que estaba medio jodido y que tenía tapado el registro.
–Sí –dije y nuevamente me dejó a medio hablar.
–No se preocupe que no le voy a cobrar nada, el Doctor ya me pagó.
La puta madre que lo pario, esa puteada rondaba mis entrañas como uñas de gato, no creo que en ninguna parte del planeta exista un médico como Cancino, metido el viejo. Cosas de pueblo, de ciudad pueblo; no se si en todos lados es así, pero lo creo.
Le pagó al tipo y lo mandó a mi casa para que me destape el registro sabiendo que yo estaba enfermo, gratis seguro que no, en algún momento me la iba a cobrar.
El albañil pasó nomás, yo no me opuse, no podía oponerme tampoco.
Se fue directo para el fondo, se paró en medio del patio y miró al cielo, como si buscase fuerzas del aire para que le indique el lugar donde estaba el registro.
Me paré en la puerta del fondo, apoyado y tratando de ver que hacía el tipo. La iba a encontrar a la Zulma, eso era seguro.
Volví en mis pasos, me agaché como pude y del cajoncito de debajo de la mesada saque el 22, me lo puse en la cintura y me saqué la camisa para que no se vea. Volví a la puerta para ver que hacía el albañil y para mi sorpresa, no estaba más.
Nunca me había desesperado tanto en mi vida, al menos no recordaba una situación así. Se esfumó como un mago en el escenario, un momento estaba y al otro no. En solo una cuestión de segundos, y lo peor de todo es que solo podría haber ido a un lugar.
El galponcito donde tenía el freezer.
Me fui tambaleando hacía al galpón, no puedo decir caminando porque daba lástima; a medida que iba llegando me preparaba para sacar la 22 y pegarle un tiro, total, ya estaban las cartas en la mesa y a mi me quedaba poco digamos.
El galpón estaba lleno de boludeces, yo le decía galponcito, pero era una casilla de madera grande. Los cachetes ya estaban grises con manchones negros por la humedad, las hendijas se hacían cada vez más grandes con el paso del tiempo y las lluvias, el suelo seguía siendo de tierra apisonada, el techo de chapa con varios agujeros y le había clavado algunos ganchos a los lados para colgar cosas. Tenía varias bicicletas herrumbradas ya, montones de alambres, unas bolsas de cal y cemento que eran como bancos ya de tanta filtración, tenía un machete colgado, mangueras, cajones de frutas, las herramientas mías, las llantas viejas del fitito y un montón más de cosas. Y en la esquina izquierda el freezer que tenía siempre tapado con una lona verde.
El freezer y la Zulma.
La puerta estaba abierta y raramente oscuro dentro, había un foquito que venía aguantando demasiado en ese galponcito, pero creí que le había llegado la hora. Agarre el 22 y entré apuntando, lo iba a matar de una, nada de dar vueltas ya.
Noté la figura del hombre al lado del freezer, el olor era impresionante, nauseabundo. Ese tipo de olores prácticamente indescriptible, el calor, la humedad y el cuerpo de la Zulma confabulando en mi contra. Además de mi idiotez, hay que reconocerlo, como no sacarla antes de ahí para tirarla atrás del basural.
Estaba oscuro, pero se veía bien el contorno, un tiro en la nuca y se terminaba el problema. Apreté el gatillo y el disparo resonó en la casilla, el tipo no dijo ni “mu” y cayó para adelante golpeándose con las maderas. Pasé sorteando las miles de boludeces tiradas en el piso, iba a pegarle otro por las dudas y tirar a los dos cuerpos. Transpiraba mares, temblaba como una hoja de fresno en otoño y las fuerzas me habían abandonado; pero no podía dejarlos así. Le volví a apuntar, creí que había caído de panza pero al rodear el freezer estaba boca arriba, apreté el gatillo y la bala no salió. El foquito se prendió de golpe, apenas alumbraba y en esa penumbra noté algo que me hizo un nudo en la garganta, uno de los grandes. Era el Ramón, tirado ahí con un tiro en la nuca, sangraba el viejo como un chancho para hacer morcillas. El foco se intensificó tanto que me encandiló, miré entre los dedos de la mano que sostenía el 22 y el Ramón ya no estaba; era la Graciela envuelta en el rojo de su sangre; sonreía la desgraciada, como diciéndome “ni muerta te voy a dar bola viejo hijo de puta”. Volvi a apretar el gatillo, creo que lo hice unas siete veces y con las pocas fuerzas que me quedaban, pero ningún disparo salió. Abrí el tambor y con la vista nublada me di cuenta de que no tenía balas.
El foco se apagó.
Me acordé del machete, estire la mano, ya sabía de memoria donde estaba.
Sentí un apretón en el tobillo justo cuando agarraba el mango del arma blanca, lo apreté tan fuerte del cagazo que creí que la piel se uniría a la madera.
El foco volvió a prenderse.
El fuego que me invadió lo siento todavía en todo mi cuerpo, con el machete en la mano intenté cortarle la cabeza a la Dora, se había transformado en la Dora, la puteadora, la reventada. Capaz me lo tenía merecido, pero yo les hice un favor; un gran favor. Vivir como viejo no es vivir, vivir desamparado, con una jubilación de mierda, con los gurises que nos joden, con la valentía que nos abandona, con la lengua que nos puede, el alpedismo, la vejez.
Tiré mi machetazo.
Me lo tenía merecido, se que acá donde estoy ahora después de cortarme la femoral con el machete era el lugar que me esperaba.
Y que importa después de todo, al menos mis últimos días fueron entretenidos.

FIN.-

Los vecinos (4º parte)

Un día despertas y dejás de ser un tipo ordinario, uno del montón y pasas a ser un asesino en serie. No es que esté orgulloso de eso, ni que me alivie el pesar; ni siquiera se como mierda explicarlo. Estoy tranquilo. En paz digamos.
No con Dios ni con mis vecinos, eso por descontado. Sus almas seguro que están buscando la mía para cagarla a patadas, pero bueno, son gajes del oficio de un homicida.
Tengo tres viejos menos en la cuadra, La chusma de Zulma, la chetita de la Graciela y el mariconazo de Ramón. Solo me falta una vieja en la cuadra.
La Dora.
Se podría decir que es la peor de todas, una vieja cascarrabias, malhumorada, petiza y fiera con ganas. Una bolsa de pasas de uvas rancias esa vieja, el terror de los chicos del barrio. Bueno, es un decir lo de terror, si se divierten los gurises jodiéndola, sabiendo que va a salir revoleando la escoba al son del Plap! Plap! de las ojotas que usa en verano, con las uñas de los pies como su fuesen unas moladoras machacadas.
Tiene un grito exasperante, y como le gustaba gritarle a los guachos.
Si hubiese vivido mas cerca la habría matado primero, pero vivía en la otra punta, al lado del baldío que usaban los gurises para jugar a la pelota. Yo casi no iba para aquel lado, más allá del baldío se alzaba el tupido campo donde a unos dos kilómetros estaba el viejo tambo y la fábrica de alimentos balanceados. Nada que me interese a mí, pero, un buen lugar para llevar a cabo mi plan para terminar con la vida de la Dora.
Ella si iba para aquel lado, iba a comprar alimento para las gallinas que tenía en el fondo; lo que hacía ser tan tacaña. Tenía que pasar un alambrado, el campito que estaba lleno de agua y barro con profundos huellones de vacas, después le seguía el camino de tierra que llevaba para el lado del arroyo Quinotos y se bifurcaba al llegar a él. Para un lado iba para la ruta 14 y para el otro estaba la fábrica de alimentos balanceados. La vieja caminaba como 3 kilómetros para ahorrase unos pesos. Aunque seguramente lo hacía para no cruzarse con nadie en la ciudad, porque hay viejas chusmas y viejas ermitañas.
La esperé cerca del arroyo, tuve que aguardar unos días para que lloviese, era mejor con agua cayendo y borrando huellas. Me metí entre un pajonal tupido que bordeaba el camino en la bifurcada, no llevé nada, ninguna herramienta para llevar a cabo mi empresa. El que ha vivido en el campo sabe a lo que me refiero, uno está rodeado de elementos para tal fin, si que sí.
Ni bien pasó frente a mi salí del escondite, ¡como me dolía la espalda y la cadera de estar agachado!
Con una rama de espinillo le pegué en la nuca, la agarré medio de costado y no de lleno, le atribuyo mi mala puntería a que me dolía todo el costado. Para colmo el agua de lluvia estaba bastante fría y eso me hizo mal.
La rama se quebró, junto con la mandíbula de la Dora, el crujido que sentí no se si era de la rama ó de los huesos de la vieja, ó ambas cosas. Se tambaleó para un costado y cayó entre el pajonal, no estaba muerta, pero eso no importaba. La arrastre unos metros y la sumergí en el arroyo, me dio un escalofrío al entrar al agua, no por verla medio muerta, sino porque el agua estaba calentita y me dio un chucho.
La ahogue.
Tenía que ver como hacer para que pareciese un accidente, justificar el golpe de la rama, que fue lo primero que escondí. La rompí en varias partes y las tiré bien desparramadas. Igual, no se me ocurrió nada más que doblarle bien el cuello hasta escuchar otro crujido, esta vez de las vértebras, la dejé boca abajo en el agua y me fui.
Había terminado con todos los viejos y en ese trabajito, terminé conmigo también.
Me agarró una pulmonía de aquellas que me dejó en cama, casi sin poder moverme.
Y se vinieron todos a buscarme, que hijos de puta; yo que quería morir tranquilo.

Los Vecinos (3º Parte)

Ese mismo día, después que se fue la policía de la casa de la Graciela Peliquero, vino a casa Ramón. Enamorado estaba de la Graciela y nunca le había dado pelota. Llegó colorado, como si fuese un homenaje a su muerte, con los ojos rojos de llorar.
–Todavía no lo puedo creer Sota –odiaba que me digan Sota, Sota de Basto me decían, por el apellido. Y Ramón siempre me decía Sota en vez de Soto, no se si sabía, si le dije alguna vez que no me gustaba, pero capaz le hubiese resbalado. A él solo le importaba él.
No era un tipo feo, uno del montón diríamos. Cuando terminó la secundaria se fue a Buenos Aires a estudiar medicina, pero no le fue muy bien. Cuando volvió, hecho un porteño, puso una tiendita; con los años se transformó en “El Más Buscado”, con un “wanted” y todo. La pegó por sus precios bajos, al igual que la calidad de las prendas. Se hizo bien Ramón.
Yo nunca me lo banqué mucho, un poco por lo egoísta y otro poco porque era él único de la cuadra que saludaba la Graciela. Jamás los vi hablando, pero uno notaba como se miraban. No se si porque ninguno de los dos se animaba, aunque yo me inclinaba por otra opción. Mi teoría era que él alguna vez le había dicho algo, la invitó seguro a salir a comer o algo y ella lo rechazó. Quizá porque la habrá tomado por sorpresa y no se quiso hacer la fácil, después uno no quería ser rechazado otra vez y a la otra le quedaba grande invitar ella. Un buen par de boludos los dos.
Se me vino a la cabeza la canción del Paz Martinez. “Que par de pájaros los dos. Que original, tal para cual. Dos delincuentes del amor”.
Y yo el verdugo, digamos.
–¿Y quién se lo puede creer Ramón?, pero así es la vida. Hoy estamos, mañana… –hice un ademán con la mano.
–Yo la amaba Sota. La amaba che, la puta madre.
–¿Y quién no sabe eso? Contáte otro.
–Era lo único que me mantenía vivo.
–Dejá de decir boludeces, tenés tus gurices y los nietos.
Hizo un chistido con la boca y entrecerró los ojos como diciendo, ¡que me importa!.
–¿Qué haces esta noche? –le pregunté.
–Voy a lo de Marcelo, me invito a comer un asado para que no me quede solo.
“Maricón de mierda”, pensé.
–Y sí –y agregué. –¿Y mañana a la noche?
–Nada. ¿Queres venir a casa a tomar unos mates?
–Sí, mañana nos vemos a la noche.
Esta vez tenía que estar en cuerpo y alma en el lugar, tenía que pensarla bien antes de actuar y meter la pata. Todavía quedaban algunos viejos en la cuadra y no soy de dejar cosas a medias, salvo cuando me fui a estudiar odontología a Rosario, ó el curso de computación y también la pileta para los pájaros que todavía me esperaba en el patio, al lado de la huerta. Bueno, sí, pero esto era diferente. Matar a los vecinos era cosa seria y tenía que tomarlo como tal, no era lo mismo husmear en la boca de los demás, usar esa tecnología que me supera o que los pájaros se peguen chapuzones en mi patio. Que tanto.
Fui medio boludo en mi vida, pero mientras daba vueltas por la pieza, se me había ocurrido una buena. Lo único que llevé la otra noche a lo de Ramón, fueron mis guantes de albañil.
Tomamos como dos termos de mates con el Ramón esa noche, lo que nos habremos reído; al final no era tan pelotudo. Aunque sí un mariconazo, lloró dos veces cuando nombramos a la Graciela.
–La envenenaron, ¿sabías?
–No che, ni idea. La Zulma no apareció todavía para contarme nada.
–Sí. Dicen que se fue a Oro Verde a la casa de su comadre.
–Dicen. –concluí. Tampoco andar hablando mucho de esa vieja chota. Todavía tenía que tirarla antes que largue olor a podrido el freezer del galponcito.
Hablamos hasta por los codos, prendimos la tele al pedo porque la teníamos como para que haga ruido nomás, ni bola le dimos. Cuando miró el reloj eran como las 12 de la noche.
–¿Sabés?, siempre te quise preguntar de tu tallercito.
–¿Lo querés ver?
–Es muy tarde Ramón. No te quiero joder y más en estos días.
–No te hagas drama, que peor sería si me acuesto. No puedo pegar un ojo, ¿podes creer?
–A nuestra edad todo es posible. Menos ir al baño y echarte un meo de una.
Se rió el Ramón. Y con ganas. Terminamos los dos abrazados y cagándonos de risa mientras caminábamos para el tallercito, para su última morada.
Lo hice parecer un accidente, le rompí la cabeza con un fierro y lo acomodé cerca de un durmiente, le hice una mueca con el mismo fierro para que parezca que se había caído y golpeado.
Volví a la casa con los guantes que me había puesto antes de agarrar el fierro, lo lavé y lo dejé medio sucio con aserrín. Limpie el mate, la bombilla, ordené la cocina y barrí un poco. Después me fui a casa a dormir. Esa noche soñé con Ramón. Había sido que no era taaan pelotudo después de todo.
Medio mariconazo nomás para la edad.

continuará …

Los Vecinos (2º Parte)

Me miré al espejo, nunca me había gustado lo que veía reflejado cuando era más gurí, menos ahora. Un viejo panzón, pelado casi y la cara llena de arrugas. Ni ganas de sacar la cuenta de con cuantas mujeres había estado en mi vida, ¿para qué?, ya estaba suficientemente deprimido por la vida que me había tocado vivir, por la falta de puntería, mala suerte y ese poquito de indecisión.

Fue por eso tal vez que decidí matar a todos los viejos de la cuadra. Un poco por mí y otro poco por ellos, todos tenían una pizca de Humberto Soto.

La Graciela seguro que había sido hermosa cuando era más joven, no le habrán faltado pretendientes, pero con ese carácter de mierda que tiene, bueno; ahí está. Mas sola que Adán el día de las madres.

A ella no se la ve mucho, solo cuando pasa para el kiosquito de la esquina, bien producida la vieja. ¡Como le gusta el rojo!, remera roja, pantalón blanco ajustado. Uñas rojas, labios, y pendientes al tono.

La saludé un par de veces, me contestó una y miró para el otro lado después.

¿Así que te gusta el rojo, no?

Si una cosa tienen todos mis vecinos en común, es que a las 19:30 ya se están aprontando para acostarse, por lo que a las 22 no anda nadie de más de 60 años por la calle.

A la tarde me fui en el fitito a la florería, me compre un ramo de rosas rojas, una tarjeta y después en el super una cajita chica de bombones, tampoco la pavada ¿no?, total ¿cuántos iba a poder comerse?.

Le golpee la puerta bien entrada la noche, desde mi casa veía si todavía estaba despierta por la luz inconstante del televisor. Le deje el ramo, la tarjeta y los bombones envenenados.

A los nueve días mas o menos entraron a la casa la policía y una de sus hermanas que iba de vez en cuando a visitarla, la encontraron marchita como el ramo que le dejé.

De rojo a marrón.

Por ahí voy a extrañar verla en su pantalón blanco ajustado sentada prolijamente en el porche tomando Amargo Cambá en verano, abanicándose el calor que dejaban sus mejillas rojas, siempre rojas.

Intocable, pero al menos uno deleitaba la vista.

Una pizca de pintura menos en el mural del barrio.

Mona Lisa, siempre seria, como pensando a quien dejar pagando con el saludo. Linda pero creída la vieja. Quizá en el cielo, o donde sea que vayamos, tengan un espejo para ella y un labial rojo.

continuará …

Los Vecinos

No se si me estoy volviendo loco, pero lo creo. No tengo la certeza, pero es fuerte la sospecha. ¿Cómo lo sospecho y porqué lo creo?.

Es sencillo, he asesinado a mis vecinos.

Sé que no es fácil llevarse con quienes viven en el barrio, uno tiene que tratar de mimetizarse con las personalidades o elegir pasar desapercibido. Yo he elegido mal, lo se ahora que es tarde. Mejor tarde que nunca, dicen algunos. A la mierda con ese dicho, mejor nunca que tarde, mejor no saber que has elegido mal, ¿para qué?, ¿para que la culpa te carcoma el cerebro? ¿saberlo para desear no saberlo?.

Saberlo para volverte un loco cuerdo.

Supongo que no debe haber peor loco que el que sabe que lo está.

A la primera que maté fue a la Zulma, vieja chusma y mal hablada. Siempre me había preguntado para que se levantaba a las 5 de la mañana a regar la vereda después de que llovía. Me despertaba con el sonido de la escoba rascando las baldosas frente a mi ventana. La aguanté casi por veinte años, no se porqué no lo seguí haciendo.

Esa mañana, eran tipo las 5:30, abrí mi ventana y la llamé. Había pasado toda la noche despierto pensando en como hacerlo, y me decidí por no pensar mucho.

–¿Escuchaste la radio Zulma?, ¿viste quién se murió?

Ni buenos días me dijo, se acercó a mi ventana como una mosca a la caca, desesperada por el dato. Tenía el rostro entre divertido y preocupado, las arrugas decían de su preocupación ó el miedo de que le diga de que murió un pariente, pero los labios decían del hambre de chusmerío.

La agarré del cuello de la polera y la arrastré para adentro de un solo tirón.

Creo que murió pensando que al otro día en los barrios dirían, “¿Viste quien se murió?, la Zulma Aguirre”.

A la noche, después de terminar de embolsarla y meterla en el freezer del galponcito, seguí con el pensamiento a medias. No me había puesto a especular en que sería la vida sin la Zulma, sin escucharla con su parloteo constante y el chusmerío que te traía manteniéndote al tanto de todo lo que pasaba en al barrio. La iba a extrañar a esa vieja chota, seguro que sí.

continuará…

En las Nubes

–¿Y recordas el momento? –le preguntó a su nuevo amigo.

–Perfectamente… todavía me parece oler la pólvora.

El Forastero

–Los estudios lo demuestran científicamente señor, si me permite que le diga señor. Usted no es algo que se diga…, normal.

–¿Y que sería “algo normal” para usted?, si me permite que la trate de usted.

–No es que yo lo piense, todos coincidimos que normal al menos es algo que sea de este planeta.

Unión

Cansados de vivir separados un día se unieron, muchos lo reprobaron y los abandonaron, otros lloraron y temieron lo peor; los más eruditos simplemente les dieron un nombre. Eclipse.

El Dr. Bacterio

Creía estar en una enorme cárcel, no se lo imaginó así cuando sostuvo por primera vez el tubo de ensayos en las manos. Ahora sabía como se veía desde dentro, y hasta observaba sin ayuda a las inmensas bacterias que, acercándose sigilosamente, le hicieron arrepentirse del experimento.-


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