El Círculo de Tierra (8º Parte)

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La casa estaba prácticamente en el centro de Roma, esconderse en la boca del lobo no estaba mal después de todo, era una táctica destacada para aquellos que se hundían en agallas y creían que ser audaz y temerario no iba de la mano con la imprudencia.
Los restos del guisado eran devorados por los tres gatos que tenía Neera, vivía sola desde hacía varios años cuando se volvió liberta. Estaba vieja, no veía de un ojo y costaba mucho mantenerla para su amo. Intentó venderla, pero nadie quería una tuerta que se iba volviendo vieja. Su amo le otorgó la libertad dándole azotes hasta cansarse y lanzándola a las calles apestadas de Roma. Vivió en la calle muchos años, mendigando en los rincones destinados para soldados amputados, leprosos y todo tipo de enfermos que no servían para mantener una bolsa a cuestas.
Una noche de frío, con el hambre que le acalambraba el estómago, se desmayó en la puerta de una cantina, resignada había dejado su vida en mano de los dioses, y para su sorpresa alguno de ellos no la había abandonado. Al menos eso fue lo que creyó cuando despertó envuelta en una toga sobre una cama de piedra.
Al principio creyó que había muerto, que estaba en el infierno, una continuidad de lo que había vivido desde que había nacido. Pero las sensaciones eran muy reales y suponía que eso no era estar muerta, eso era algo más. Los calambres del estómago no los sentía, el dolor constante que supo tener en la cabeza también había desaparecido y sentía un calor que hacía mucho tiempo no experimentaba, un calor agradable.
Miró la estancia en la cual estaba, no había casi luz, solo la llama discreta de una antorcha a unos veinte pasos que iluminaba con movimientos las paredes de roca lisa. El suelo era de tierra, como casi en todos lados, pero tenía unas piedrecillas pequeñas blancas que le deban un toque distinto, no tan lúgubre. Intentó levantarse para poder inspeccionar mejor el lugar, pero le faltaban las fuerzas. Trató de mover la cabeza a un lado y alcanzó a ver una figura situada a unos cinco pasos a su izquierda, llevaba una túnica negra que lo confundía con las sombras bailarinas en la pared. Llevaba algo en la mano, algo pequeño, fino y largo que no alcanzó a entender que era.
La rodeaba una sensación de tranquilidad que nunca había experimentado, como estar situada dentro de un halo blanco y suave que la protegía de todos los males de este universo y del inframundo, solo que dentro de todo ese equilibrio emocional había un punto negro a la distancia, un punto que se deslizó lentamente en una línea que iba rasgando la pureza que veía. Sintió una puntada fría en su vientre al tiempo que la línea se hacía más visible y de ella brotaba un líquido rojo.
Abrió grande los ojos y vio a la figura de túnica negra que se encumbraba sobre ella y se alejaba un paso, distinguió el objeto que sostenía en sus manos. Una pequeña daga.
Levantó el cuello apenas y lo que temía se materializó en su mente, el vientre sangraba.
Neera comenzó a desvanecerse mientras que de las sombras que se apiñaban sobre la estancia aparecieron decenas de rostros gritando como el viento entre los olivares, zumbando como un panal.
Y todo desapareció, el mundo que conocía desapareció, la vida que había llevado desapareció.
Lulias miraba extasiada a los gatos terminar de comer de los mismos tazones donde ellos habían cenado, uno de los animales era gris de cola muy larga, tenía dos líneas que salían de la comisura de sus ojos que le daban un aspecto mucho mas misterioso.
–Te lo daría –le dijo la vieja. –Pero a los dos días estaría de vuelta aquí.
–Lo sé –dijo la niña. –Igual no puedo llevarla a donde voy.
Se hizo un pequeño mutismo apenas molesto por el chasquido de las ramas sobre el fuego que se iba apagando.
–Estas muy rodeado de silencios galo.
Brigomaglos volvió de sus pensamientos y se encontró con las dos mujeres que lo miraban sonriendo, no supo si esas sonrisas eran agradables o tenebrosas, se le había borroneado el trazo que las separaba. Temía que le hayan leído los pensamientos, burlado las trincheras que había cavado delante de ellas antes de golpear las puertas de Neera. Sabía que era poderosa, mucho más de lo que él llegaría a serlo jamás.
Y la niña. Esa niña poseía algo extremo, lo sentía calándole los huesos.
No era ajeno a lo que él mismo era, un resucitado que lee el futuro, que habla con los muertos, un expulsado de la vida y un renegado de Roma. Pero, más allá de lo que era, de lo que los romanos y el Cesar mismo querían de él, sentía un fuego intenso que le hacía pensar que con la niña reinaría un caos mortal del cual sería difícil volver.
–¿Qué piensas? preguntó Lulias cambiando el peso del cuerpo de una pierna a la otra, sin dejar de sonreír ni un instante.
“Lo sabe”, se dijo el galo tratando de no demostrar el miedo que en ese momento sentía.
–Pienso en como hacer para llegar al Cesar.
–Yo lo sé –le respondió la niña. –Conozco su debilidad, al igual que la tuya.
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Muy misterioso éste capítulo!
Aún en sombras, sin planes definitivos..Quo vadis?
Beso y voto
Ebe
New York