El Círculo de Tierra (6º Parte)

Solo las primeras gotas que comenzaban a caer la acompañaban después de que los soldados saliesen detrás de su señor, solo la humedad cautiva como ella y las alimañas de la oscuridad. Solo sus pensamientos y el extraño barbudo de la otra celda.
Lulias no podía dejar de pensar en Julio Cesar, en la forma de asesinarlo, en verlo morir delante de ella. Sea lo que sea que tenga que hacer, lo que corresponda sacrificar, lo que deba jurar para la eternidad; lo haría tan solo por ver al Cesar morir con sus propios ojos. Miró a Brigomaglos con una mezcla de desprecio y lástima, pero sabía que no se merecía ninguna de las dos. No era lo que parecía ser, algo en él se lo decía.
–Sé que no duermes –sentenció levemente la niña cabizbaja, rodeada de los movimientos de su mente.
–Sé que lo sabes –fue su respuesta.
–¿Qué más?
–Tanto que te dolería la cabeza de solo pensarlo.
–Quiero saber lo que sabes. Quiero saber quién soy…, qué soy.
El hombre que aparentaba dormir entre la mugre de sus cabellos y barba movió levemente su cabeza dejando uno de sus brillantes ojos celestes al descubierto. Ella creyó verlo sonreír, pero quitó inmediatamente la imagen de su cerebro, ese hombre le daba escalofríos. Nada ni nadie que había conocido hasta el momento le producía lo que él.
Más que el miedo era especular, que ambos se parecían.
El galo pensaba en la niña, en lo dulce que se veía, lo joven que era, tan solo ocho años. Apenas había vivido y en comparación con muchos, les doblaba en experiencias. Su manera de hablar, sus gestos, sus ojos que la enaltecían.
–Somos de los pocos, elegidos por un ser superior. –Le dijo con una mezcla de amargura y admiración en la voz. –Júpiter quizá, nos ha puesto en este suelo para que hagamos el trabajo sucio. Somos… Nigromantes.
La sola palabra se le introdujo a la niña como una molesta astilla en la yema del dedo índice, el corazón le comenzó a palpitar más fuerte. No conocía la palabra, pero tenía una fuerza que no podía descifrar, pero si sentir. Brigomaglos le leyó el pensamiento y ensanchó la sonrisa.
–Nos comunicamos con los muertos, niña. Hablamos con ellos y nos cuentan sobre el futuro de los mortales, sobretodo de sus finales.
Lulias recordó rápidamente el reflejo de los espectros en el agua turbia de su agonía, los escuchaba susurrar entre la tormenta. No había sido una imagen al azar, sino un retrato de su futuro.
–Imaginate por un instante que sabes el destino de Roma, si es acertado o no ir a una batalla. O simplemente si sabes si saldrás con vida de esta celda.
El silencio que los envolvió fue brutal, desapareció el sonido constante de las ratas caminando por sus escondrijos, el viento que soplaba más fuerte afuera, los gritos de los tenderos levantando sus carpas ante la presencia de la tormenta. No, a ellos los rodeó un tornado de silencio.
La niña sabía que pasaría, no se lo dijo un muerto, todavía no. Se lo pudo leer al galo entre su sonrisa. Y lo que alcanzó a ver mucho no le agradó.
Fuera, la escasa precipitación ya se había convertido en tormenta arreciando sobre Roma como un alérgico soplido de Jupiter. Para Brigomaglos era como oír miles de lanzas y flechas cayendo sobre los escudos de su centuria, escuchando cuando atravesaban la carne a su alrededor, oyendo los desesperados gritos de sus compañeros bañados en sangre, desesperación y sufrimiento. Para Lulias era el recuerdo de su padre llevándola de regreso a las barracas de los esclavos luego de la cosecha suspendida por un temporal, esquivando los olivos entre risas bajo la lluvia.
Una gota sucia cayó sobre su frente, se filtraba el agua del cielo en el techo viejo de la celda, la niña levantó la vista más allá del galo y sintió la necesidad de acercársele. Se levantó a duras penas, desde que cayó en ese calabozo no había estado en pie. Caminó lentamente dirigiéndose a los barrotes que separaban la libertad del esclavismo. Aunque ciertamente no sabría distinguir una cosa de la otra, la libertad era una utopía desconocida para ella. Sus flacas piernas bañadas de mugre apenas podían dar un paso tras otro, temblaba de pies a cabeza, el futuro incierto hasta ahora, la perdida de sus padres, el deseo de muerte a Julio Cesar, el miedo al galo y su suerte.
Llegó sin saber cómo lo había hecho, aunque solo unos diez pasos separaban su lugar en la celda de los barrotes, no recordaba muy bien como sucedía uno u otro. El mareo constante que llevaba nauseas no le permitía pensar con claridad, ¿era solo el mareo?. Escondido entre sus pensamientos había algo más, algo que descubriría a pesar de no querer hacerlo, solo esa certeza existía.
Un pasillo angosto separaba un ala de la otra, por lo que pudo ver solo había unas seis celdas, tres de cada lado. Ella ocupaba una, el galo la de enfrente, miró las otras dos que estaban del mismo lado de Brigomaglos pero no vio nada, la ocre falta de luz dificultaba la visibilidad y el silencio roto por la tormenta tampoco permitía escuchar si alguien más respiraba al menos.
Cuando la niña volvió la vista al frente se exaltó, delante de ella a no más de dos metros estaba el galo, parado frente a sus propios barrotes, tenía los ojos en blanco y la boca abierta y contorsionada en un grito mudo. Iba a preguntarle si estaba bien cuando una mano fría se le posó en la muñeca. Quiso gritar pero solo pudo hacer lo que el galo.
Miró su brazo que tomaba uno de los barrotes y vio la mano que la sostenía, venía de la celda contigua y estaba… contuvo el vómito entre el escalofrío que le erizaba la piel. Estaba putrefacta.
–Spectare. Optare. Pes pedís –oyó entre el avenimiento del vómito. Una fuerza que no conocía la obligó a acercar su cara a los barrotes como queriendo pasar entre ellos. Esa fuerza era inigualable, la hacía sentir fuerte entre el terror que sentía, la empujaba como si estuviese dentro de una estampida que arrastraba todo a su paso.
Brigomaglos aún se mantenía con su rostro contraído.
La niña respiraba entrecortadamente, respiraba cada vez más espaciado apreciando un hormigueo en su pecho que anunciaba la falta de aire. Ese sentimiento extraño de miles de patas corriendo por su piel se extendió como brea hirviente, desde la piel caminaban hasta dentro de su cuerpo, circulando entre sus músculos hasta llegar a los huesos. Escuchó chasquidos entre un dolor inigualable que en otro estado la desmayaría, se le nubló la vista y el apretón de su muñeca aflojó.
–Spectare.
Ante esa palabra la niña abrió los ojos.
La mano que la sostenía todavía estaba ahí, pero increíblemente todo su cuerpo, a excepción de su mano derecha, yacía fuera de la celda. Parada ahí fuera, pero todavía dentro de la cárcel, viajaba en un torbellino de mareos y nauseas.
Sintió más fuerte el apretón de su muñeca y fue obligada a ver al hombre que la sostenía por entre los barrotes de la celda contigua.
En realidad, no era exactamente un hombre, más bien un esqueleto de alguien que no pasaría los once años y que se movía o mantenía en pie. Su carne prácticamente no existía, solo había girones de ella al igual que restos de la tela que lo cubría. Su rostro era espeluznante, no tenía labios y los dientes aparecían como un portal al más allá, amarillos y grandes. La piel que quedaba era gris, pero lentamente iba tomando un color marrón azulado y donde no había carne, notaba que comenzaba a aparecer lentamente. Los ojos vacuos aparecían por entre las cuencas como bochas azules, moviéndose de un lado a otro y temblando levemente. La niña no podía apartar la vista del cadáver que iba tomando forma, preguntándose si lo estaba haciendo ella misma.
–Spectare –dijo Brigomaglos detrás de ella. –Spectare significa contempla. Optare, el deseo. Pes Pedis, a los pies.
Ella volteó donde el galo, que ya no tenía la cara en una mueca, en cambio se lo notaba cansado y con sus ojos brillantes. El hombre le hizo un ademán con el mentón y la niña observó la entrada de la celda. Un soldado romano yacía arrecostado a la puerta, su lanza estaba en el piso y los brazos caídos a los costados, era un costal de huesos revestido por su piel arrugada como un capullo del cual una mariposa negra había nacido.
Volvió la vista al cadáver que la sostenía y vio con un poco de desazón, que volvía a ser un cadáver, un esqueleto que llevaba muerto quizá meses en esa celda. La mano aflojó pero no la soltó y todo a su alrededor se volvió más nítido.
–Lulias –dijo el Galo casi en un susurro. –Ten cuidado con los deseos. Pueden suceder en el lado más oscuro del corazón.
La niña se sorprendió al encontrarse sonriéndole al hombre y, sacándose de encima la mano muerta, caminó hasta donde estaba el soldado marchito y le quitó las llaves. Volvió y abrió la celda del galo dando después dos pasos hacia atrás.
El hombre salió decidido de la celda mirando hacia la puerta, y se vio sorprendido por un ataque que nunca habría esperado. Lulias se le abalanzó casi en un segundo y lo tomó en sus brazos con un apretón inquietante.
El galo dudó un segundo, luego, casi a regañadientes le apoyó su mano llena de cicatrices y callos sobre los sucios cabellos de la esclava.
–Vamos pequeña, salgamos de aquí.
Ella lo miró desde el pecho del hombretón y desgarró una lágrima, la anteúltima que desterraría de sus ojos.
La última estaba destinada al deseo más oscuro.
Fuera, un rayo partía Roma a la mitad marcando un antes y un después.
La tormenta caía sobre la metrópolis y las nubes se ennegrecieron tanto que por unos treinta minutos fue de noche, una noche que caía como un manto salido de las tenebrosas fauces del inframundo para que ambos esclavos escapasen de su prisión.
El deseo oscuro dio un paso al frente.
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Muy bien logrado; exhala una fuerza tenebrosa!
Beso y voto
Ebe
New York