El Círculo de Tierra (5º Parte)

La puntada en el pecho fue tan fuerte que los ojos se le llenaron de lágrimas y la piel en todo el cuerpo se le erizó, el aire entrando en sus pulmones parecía una oleada de agua antártica, gélida y pura. El estallido instantáneo de luz violácea llenó la vista antes negra, pero seguía sin ver. Algunos murmullos le llegaban sordamente, como susurro de duendes escondidos tras la espesura de la selva.
Recordaba vagamente rostros ilegibles, reflejados en aguas turbias, caras descompuestas que parecían calaveras que hablaban con ella. Al menos eso creía. Estiró la mano a las aguas, quería tocarlas a pesar del miedo, sentía la férrea necesidad de conectarse cuando todo estalló en luces.
–¿Cuál es tu nombre, niña? –escuchó entre todo el torbellino de luces y susurros que quedaron en una resaca de palabras.
La nebulosa de sus ojos se disipaba al igual que el mareo que le produjo el aire frío que entró galopando por la tráquea hacia sus pulmones. El borroso mundo que la rodeaba, como viendo todo por detrás de una cascada, iba tomando forma lentamente. Veía sombras amorfas que lánguidamente tomaban la representación de siluetas, eran muchas, una de ellas estaba prácticamente frente a sus ojos.
–Contesta a la pregunta –oyó que le decían con rudeza.
–Déjala que se reponga. No seas insensible, ¿no ves que la soga todavía le cubre el cuello?. ¿Porqué no se la han quitado?
Inmediatamente unos dedos rodearon su cuello y desataron el nudo en su nuca, el alivio que creyó iba a sentir se transformó en un ardor abusivo, abrió la boca para quejarse, pero no puedo emitir sonido alguno.
–Agua para la pequeña. Mucha. Necesita un baño –dijo la voz con autoridad, luego le habló a ella. –Volveré cuando te sientas mejor.
Lulias sintió una fuerte conexión con esa persona que le hablaba y ordenó a su cerebro que interpretase los colores y las sombras, que ordenase su alrededor, las luces, los olores. Y como respondiendo a sus ordenes el mundo a su lado tomó forma casi de inmediato. El hombre se había dado vuelta para salir de su celda. Llevaba el pelo ralo y una hermosa túnica color bordó terminando todo en unas sandalias de cuero.
–Mi señor –alcanzó a decir la niña soportando lo mejor que podía el dolor de la garganta.
El Cesar volteó de inmediato, tenía una media sonrisa que abarcaba solo el lado izquierdo de la boca, se parecía más a una mueca, pero ella sabía que era una sonrisa, forzada por el miedo, pero sonrisa al fin. Simplemente lo sabía.
Julio Cesar se acercó lentamente, posó una rodilla desnuda en la tierra acumulada sobre las piedras de la celda y la miró detenidamente unos segundos.
–Estas sucia –le dijo.
–Estoy muerta –sentenció la niña.
–No lo estás, pues aquí hablas conmigo. Hasta donde sé, estoy con vida.
–Muerta en vida, si lo prefiere mi señor.
–Eres una criatura como pocas. Como aquel sucio galo –le dijo haciendo un movimiento de cabeza. –Roma te necesita. Yo te necesito.
La niña sintió como la ira le recorría las venas, si tanto la necesitaba Roma, ¿porqué asesinar a sus padres? ¿porqué dejarla desolada y enterrada en una celda?. No lo entendía ahora, lo entendería quizá con el tiempo. Solo quizá.
O la venganza le cegaría la razón.
El filtro que necesitaba entre el cerebro y la boca pareció desaparecer, dejando el camino libre a las palabras que se acumulaban en su cabeza.
–No era necesario –dijo tratando de controlarse. –No era necesario que los maten.
–Sí lo era –sentenció el hombre que estaba parado detrás de Julio Cesar, quién bajó apenas la cabeza sin decir nada, netamente frustrado por las palabras que acababa de oír. Fue suficiente.
–Si me lo permite mi señor. La niña no lo sabe quizá, pero no solo practicaban la brujería. Estuvieron con Espartáco, no lucharon con él, pero les informaban todo. Eran traidores a la República.
–Es cierto, Quinto. Pero la niña no necesita esa información en este momento. Dejémosla que se recupere. Todo viene a su debido tiempo.
“En eso tienes razón”, pensó Brigomaglos del otro lado de la pequeña cárcel, seguía acurrucado y con los ojos cerrados aparentando dormir.
Fuera de la celda el viento cálido comenzaba a soplar más fuerte y unas tenebrosas nubes se formaban en el horizonte camino a Roma, la tormenta que se avecinaba traía mucha lluvia según decían los viejos sentados sobre sus talones en la tierra de las calles romanas. No solo lluvia traía, los relámpagos estallaban dentro de las nubes y abrían con sus tentáculos la cerradura oxidada de la caja de Pandora.
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Pido mil disculpas a los que seguían la historia, los tiempos evidentemente no son solo tiranos en la TV.
Recuperando estos días un poco de arenas, aprovecharé para seguirla.
Besos y abrazos a todos!