El Círculo de Tierra (8º Parte)

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La casa estaba prácticamente en el centro de Roma, esconderse en la boca del lobo no estaba mal después de todo, era una táctica destacada para aquellos que se hundían en agallas y creían que ser audaz y temerario no iba de la mano con la imprudencia.
Los restos del guisado eran devorados por los tres gatos que tenía Neera, vivía sola desde hacía varios años cuando se volvió liberta. Estaba vieja, no veía de un ojo y costaba mucho mantenerla para su amo. Intentó venderla, pero nadie quería una tuerta que se iba volviendo vieja. Su amo le otorgó la libertad dándole azotes hasta cansarse y lanzándola a las calles apestadas de Roma. Vivió en la calle muchos años, mendigando en los rincones destinados para soldados amputados, leprosos y todo tipo de enfermos que no servían para mantener una bolsa a cuestas.
Una noche de frío, con el hambre que le acalambraba el estómago, se desmayó en la puerta de una cantina, resignada había dejado su vida en mano de los dioses, y para su sorpresa alguno de ellos no la había abandonado. Al menos eso fue lo que creyó cuando despertó envuelta en una toga sobre una cama de piedra.
Al principio creyó que había muerto, que estaba en el infierno, una continuidad de lo que había vivido desde que había nacido. Pero las sensaciones eran muy reales y suponía que eso no era estar muerta, eso era algo más. Los calambres del estómago no los sentía, el dolor constante que supo tener en la cabeza también había desaparecido y sentía un calor que hacía mucho tiempo no experimentaba, un calor agradable.
Miró la estancia en la cual estaba, no había casi luz, solo la llama discreta de una antorcha a unos veinte pasos que iluminaba con movimientos las paredes de roca lisa. El suelo era de tierra, como casi en todos lados, pero tenía unas piedrecillas pequeñas blancas que le deban un toque distinto, no tan lúgubre. Intentó levantarse para poder inspeccionar mejor el lugar, pero le faltaban las fuerzas. Trató de mover la cabeza a un lado y alcanzó a ver una figura situada a unos cinco pasos a su izquierda, llevaba una túnica negra que lo confundía con las sombras bailarinas en la pared. Llevaba algo en la mano, algo pequeño, fino y largo que no alcanzó a entender que era.
La rodeaba una sensación de tranquilidad que nunca había experimentado, como estar situada dentro de un halo blanco y suave que la protegía de todos los males de este universo y del inframundo, solo que dentro de todo ese equilibrio emocional había un punto negro a la distancia, un punto que se deslizó lentamente en una línea que iba rasgando la pureza que veía. Sintió una puntada fría en su vientre al tiempo que la línea se hacía más visible y de ella brotaba un líquido rojo.
Abrió grande los ojos y vio a la figura de túnica negra que se encumbraba sobre ella y se alejaba un paso, distinguió el objeto que sostenía en sus manos. Una pequeña daga.
Levantó el cuello apenas y lo que temía se materializó en su mente, el vientre sangraba.
Neera comenzó a desvanecerse mientras que de las sombras que se apiñaban sobre la estancia aparecieron decenas de rostros gritando como el viento entre los olivares, zumbando como un panal.
Y todo desapareció, el mundo que conocía desapareció, la vida que había llevado desapareció.

Lulias miraba extasiada a los gatos terminar de comer de los mismos tazones donde ellos habían cenado, uno de los animales era gris de cola muy larga, tenía dos líneas que salían de la comisura de sus ojos que le daban un aspecto mucho mas misterioso.

–Te lo daría –le dijo la vieja. –Pero a los dos días estaría de vuelta aquí.

–Lo sé –dijo la niña. –Igual no puedo llevarla a donde voy.
Se hizo un pequeño mutismo apenas molesto por el chasquido de las ramas sobre el fuego que se iba apagando.

–Estas muy rodeado de silencios galo.
Brigomaglos volvió de sus pensamientos y se encontró con las dos mujeres que lo miraban sonriendo, no supo si esas sonrisas eran agradables o tenebrosas, se le había borroneado el trazo que las separaba. Temía que le hayan leído los pensamientos, burlado las trincheras que había cavado delante de ellas antes de golpear las puertas de Neera. Sabía que era poderosa, mucho más de lo que él llegaría a serlo jamás.
Y la niña. Esa niña poseía algo extremo, lo sentía calándole los huesos.
No era ajeno a lo que él mismo era, un resucitado que lee el futuro, que habla con los muertos, un expulsado de la vida y un renegado de Roma. Pero, más allá de lo que era, de lo que los romanos y el Cesar mismo querían de él, sentía un fuego intenso que le hacía pensar que con la niña reinaría un caos mortal del cual sería difícil volver.

–¿Qué piensas? ­preguntó Lulias cambiando el peso del cuerpo de una pierna a la otra, sin dejar de sonreír ni un instante.

“Lo sabe”, se dijo el galo tratando de no demostrar el miedo que en ese momento sentía.

–Pienso en como hacer para llegar al Cesar.

–Yo lo sé –le respondió la niña. –Conozco su debilidad, al igual que la tuya.

El Círculo de Tierra (7º Parte)

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Comieron en silencio, agradeciendo a los dioses de que algo caliente y sabroso pasase por sus gargantas después de tanto tiempo. Meditaron, hablaron poco y planearon dejar la cueva tal como la habían encontrado.

Entre las pocas cosas que habían hablado discutieron el próximo punto de parada, no obstante más que una discusión fue un monólogo de Brigomaglos exponiendo, pensando en voz alta donde correrían menos peligro. Hispania había sido su decisión, aunque a la más alejada Galía era en realidad donde quería ir a parar, pero todo a su tiempo. Miró a la niña y se dispuso a partir, comenzaba a hacer frío y sentir el calor del estómago después de comer era de lo más agradable que había sentido en mucho tiempo.

–Vamos niña –dijo el galo comenzando a caminar.

–No voy a ir contigo –fue la sentencia de Lulias que se mantenía sentada con las piernas cruzadas y la cabeza gacha.

Más allá de todo lo que había sucedido, el hombre sabía que eso iba a pasar, lo sentía en lo más profundo del alma, como si un pequeño ser indefinido le susurrase el futuro. Lo cual no era muy lejano a la realidad.

–Podemos armar una estrategia en otro lugar, estando más calmos pensaremos mejor como actuar. Necesitamos la tranquilidad que nos dará el estar lejos de quienes desean matarnos o tirarnos nuevamente en una celda para que nos pudramos.

–Sí nos alejamos ahora no volveremos –dijo Lulias secamente y con un dejo de tristeza en su voz. –Viajaremos como vagabundos, como esclavos libres esperando caer en alguna trampa.

–Eso es cierto, pero lejos de Roma…

–Cuando más lejos de Roma, más lejos de mi –le interrumpió. –Yo no voy, vuelvo.

El galo bajó los hombros como abatido, sabía que la niña no desistiría, que regresaría a Roma y lo arrastraría. Podía decirle que vaya sola y no sentirse mal por ello, podía darle nombres de personas que la podrían ayudar y no sentirse mal por ello. Podría abandonarla a su suerte ahí mismo en esa oscura cueva y no sentirse mal por ello. Solo que Júpiter no lo dejaría, el dios estaba instalado en su corazón e impidiendo que la abandonase.

El galo pensó un poco, ahí parado sin moverse mientras las últimas luces del día caían sobre ellos, la niña sentada prácticamente a sus pies, inmóvil, llorando en silencio ante la figura del inmenso hombre.

–Vamos pues. Roma nos espera niña.

Lulias elevó la vista lentamente, no como lo esperaba el hombre que supuso un salto inmenso de alegría. No, ella solo se limitó a mirarlo fijamente con una sonrisa estampada en sus labios.

El hombre tuvo un pensamiento fuerte ante ella, una profecía, pero se lo quitó de inmediato como un perro se sacude las pulgas.

No hablaron mientras volvían, el camino que eligieron no fue el mismo, sino que rodearían la ciudad y entrarían por el sur. Les llevaría más tiempo, pero era eso lo que necesitaban para planear lo que iban a hacer.

El galo se estremeció ante el recuerdo del pensamiento que lo atacó en la cueva antes de emprender el camino de vuelta.

Entraron de noche, como debe entrar una rata a comer carroña, así se sintieron hasta llegar a una casa pequeña con una puerta más pequeña aún, la madera roída pareció ceder ante los golpes del hombretón. El hedor a orín venía del callejón que estaba a unos pasos como si fuese una oleada de ácido, más arriba se mezclaba con el humo de las chimeneas que olían a laurus nobilis, la planta que más usaban los romanos para aromatizar sus cenas. La planta que Julio Cesar llevaba en su cabeza.

“Rodara”, pensó Lulias.

“Sangre”, pensó Brigomaglos.

No podía sacarse la profecía de sus pensamientos, cada vez que miraba a la niña se le estrujaba el corazón.

La pequeña puerta se abrió y un olor a guisado salió desde dentro como la garra de una lobo hambriento. A los viajeros se les hizo agua la boca.

­–Buenas noches y largos días –dijo la mujer que los atendió. Llevaba un tapado andrajoso y tenía uno de los ojos blancos.

–Más largos los tuyos –respondió Brigomaglos.

–¿Quién es la pequeña? –quiso saber la mujer.

–Su nombre es…

–Lulias –dijo la niña adelantándose con un paso.

La mujer del ojo blanco sonrió y tomó una de sus suaves manos entre las suyas, arrugadas y llenas de cayos. La niña atesoró el recuerdo que la invadió, las manos de su padre y las de su madre. Ambos muertos por el Cesar.

–Trabajé con ellos –dijo la mujer. –Con tus padres –completó sabiendo que no era necesario hacerlo.

El hombretón comenzó a transpirar, parecía que sus fuerzas se rendían ante esas mujeres unidas por las manos. El pensamiento volvió como el ojo de una tormenta, la visión de Lulias en la cueva, sentada y sin levantar la cabeza. Sus manos ensangrentadas y él tirado a sus pies, muerto.

Si quería seguir con vida debía detener a la niña y desobedecer a Júpiter.

Brigomaglos debía salvar al Cesar.

El Círculo de Tierra (6º Parte)

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Solo las primeras gotas que comenzaban a caer la acompañaban después de que los soldados saliesen detrás de su señor, solo la humedad cautiva como ella y las alimañas de la oscuridad. Solo sus pensamientos y el extraño barbudo de la otra celda.

Lulias no podía dejar de pensar en Julio Cesar, en la forma de asesinarlo, en verlo morir delante de ella. Sea lo que sea que tenga que hacer, lo que corresponda sacrificar, lo que deba jurar para la eternidad; lo haría tan solo por ver al Cesar morir con sus propios ojos. Miró a Brigomaglos con una mezcla de desprecio y lástima, pero sabía que no se merecía ninguna de las dos. No era lo que parecía ser, algo en él se lo decía.

–Sé que no duermes –sentenció levemente la niña cabizbaja, rodeada de los movimientos de su mente.

–Sé que lo sabes –fue su respuesta.

–¿Qué más?

–Tanto que te dolería la cabeza de solo pensarlo.

–Quiero saber lo que sabes. Quiero saber quién soy…, qué soy.

El hombre que aparentaba dormir entre la mugre de sus cabellos y barba movió levemente su cabeza dejando uno de sus brillantes ojos celestes al descubierto. Ella creyó verlo sonreír, pero quitó inmediatamente la imagen de su cerebro, ese hombre le daba escalofríos. Nada ni nadie que había conocido hasta el momento le producía lo que él.

Más que el miedo era especular, que ambos se parecían.

El galo pensaba en la niña, en lo dulce que se veía, lo joven que era, tan solo ocho años. Apenas había vivido y en comparación con muchos, les doblaba en experiencias. Su manera de hablar, sus gestos, sus ojos que la enaltecían.

–Somos de los pocos, elegidos por un ser superior. –Le dijo con una mezcla de amargura y admiración en la voz. –Júpiter quizá, nos ha puesto en este suelo para que hagamos el trabajo sucio. Somos… Nigromantes.

La sola palabra se le introdujo a la niña como una molesta astilla en la yema del dedo índice, el corazón le comenzó a palpitar más fuerte. No conocía la palabra, pero tenía una fuerza que no podía descifrar, pero si sentir. Brigomaglos le leyó el pensamiento y ensanchó la sonrisa.

–Nos comunicamos con los muertos, niña. Hablamos con ellos y nos cuentan sobre el futuro de los mortales, sobretodo de sus finales.

Lulias recordó rápidamente el reflejo de los espectros en el agua turbia de su agonía, los escuchaba susurrar entre la tormenta. No había sido una imagen al azar, sino un retrato de su futuro.

–Imaginate por un instante que sabes el destino de Roma, si es acertado o no ir a una batalla. O simplemente si sabes si saldrás con vida de esta celda.

El silencio que los envolvió fue brutal, desapareció el sonido constante de las ratas caminando por sus escondrijos, el viento que soplaba más fuerte afuera, los gritos de los tenderos levantando sus carpas ante la presencia de la tormenta. No, a ellos los rodeó un tornado de silencio.

La niña sabía que pasaría, no se lo dijo un muerto, todavía no. Se lo pudo leer al galo entre su sonrisa. Y lo que alcanzó a ver mucho no le agradó.

Fuera, la escasa precipitación ya se había convertido en tormenta arreciando sobre Roma como un alérgico soplido de Jupiter. Para Brigomaglos era como oír miles de lanzas y flechas cayendo sobre los escudos de su centuria, escuchando cuando atravesaban la carne a su alrededor, oyendo los desesperados gritos de sus compañeros bañados en sangre, desesperación y sufrimiento. Para Lulias era el recuerdo de su padre llevándola de regreso a las barracas de los esclavos luego de la cosecha suspendida por un temporal, esquivando los olivos entre risas bajo la lluvia.

Una gota sucia cayó sobre su frente, se filtraba el agua del cielo en el techo viejo de la celda, la niña levantó la vista más allá del galo y sintió la necesidad de acercársele. Se levantó a duras penas, desde que cayó en ese calabozo no había estado en pie. Caminó lentamente dirigiéndose a los barrotes que separaban la libertad del esclavismo. Aunque ciertamente no sabría distinguir una cosa de la otra, la libertad era una utopía desconocida para ella. Sus flacas piernas bañadas de mugre apenas podían dar un paso tras otro, temblaba de pies a cabeza, el futuro incierto hasta ahora, la perdida de sus padres, el deseo de muerte a Julio Cesar, el miedo al galo y su suerte.

Llegó sin saber cómo lo había hecho, aunque solo unos diez pasos separaban su lugar en la celda de los barrotes, no recordaba muy bien como sucedía uno u otro. El mareo constante que llevaba nauseas no le permitía pensar con claridad, ¿era solo el mareo?. Escondido entre sus pensamientos había algo más, algo que descubriría a pesar de no querer hacerlo, solo esa certeza existía.

Un pasillo angosto separaba un ala de la otra, por lo que pudo ver solo había unas seis celdas, tres de cada lado. Ella ocupaba una, el galo la de enfrente, miró las otras dos que estaban del mismo lado de Brigomaglos pero no vio nada, la ocre falta de luz dificultaba la visibilidad y el silencio roto por la tormenta tampoco permitía escuchar si alguien más respiraba al menos.

Cuando la niña volvió la vista al frente se exaltó, delante de ella a no más de dos metros estaba el galo, parado frente a sus propios barrotes, tenía los ojos en blanco y la boca abierta y contorsionada en un grito mudo. Iba a preguntarle si estaba bien cuando una mano fría se le posó en la muñeca. Quiso gritar pero solo pudo hacer lo que el galo.

Miró su brazo que tomaba uno de los barrotes y vio la mano que la sostenía, venía de la celda contigua y estaba… contuvo el vómito entre el escalofrío que le erizaba la piel. Estaba putrefacta.

–Spectare. Optare. Pes pedís –oyó entre el avenimiento del vómito. Una fuerza que no conocía la obligó a acercar su cara a los barrotes como queriendo pasar entre ellos. Esa fuerza era inigualable, la hacía sentir fuerte entre el terror que sentía, la empujaba como si estuviese dentro de una estampida que arrastraba todo a su paso.

Brigomaglos aún se mantenía con su rostro contraído.

La niña respiraba entrecortadamente, respiraba cada vez más espaciado apreciando un hormigueo en su pecho que anunciaba la falta de aire. Ese sentimiento extraño de miles de patas corriendo por su piel se extendió como brea hirviente, desde la piel caminaban hasta dentro de su cuerpo, circulando entre sus músculos hasta llegar a los huesos. Escuchó chasquidos entre un dolor inigualable que en otro estado la desmayaría, se le nubló la vista y el apretón de su muñeca aflojó.

–Spectare.

Ante esa palabra la niña abrió los ojos.

La mano que la sostenía todavía estaba ahí, pero increíblemente todo su cuerpo, a excepción de su mano derecha, yacía fuera de la celda. Parada ahí fuera, pero todavía dentro de la cárcel, viajaba en un torbellino de mareos y nauseas.

Sintió más fuerte el apretón de su muñeca y fue obligada a ver al hombre que la sostenía por entre los barrotes de la celda contigua.

En realidad, no era exactamente un hombre, más bien un esqueleto de alguien que no pasaría los once años y que se movía o mantenía en pie. Su carne prácticamente no existía, solo había girones de ella al igual que restos de la tela que lo cubría. Su rostro era espeluznante, no tenía labios y los dientes aparecían como un portal al más allá, amarillos y grandes. La piel que quedaba era gris, pero lentamente iba tomando un color marrón azulado y donde no había carne, notaba que comenzaba a aparecer lentamente. Los ojos vacuos aparecían por entre las cuencas como bochas azules, moviéndose de un lado a otro y temblando levemente. La niña no podía apartar la vista del cadáver que iba tomando forma, preguntándose si lo estaba haciendo ella misma.

–Spectare –dijo Brigomaglos detrás de ella. –Spectare significa contempla. Optare, el deseo. Pes Pedis, a los pies.

Ella volteó donde el galo, que ya no tenía la cara en una mueca, en cambio se lo notaba cansado y con sus ojos brillantes. El hombre le hizo un ademán con el mentón y la niña observó la entrada de la celda. Un soldado romano yacía arrecostado a la puerta, su lanza estaba en el piso y los brazos caídos a los costados, era un costal de huesos revestido por su piel arrugada como un capullo del cual una mariposa negra había nacido.

Volvió la vista al cadáver que la sostenía y vio con un poco de desazón, que volvía a ser un cadáver, un esqueleto que llevaba muerto quizá meses en esa celda. La mano aflojó pero no la soltó y todo a su alrededor se volvió más nítido.

–Lulias –dijo el Galo casi en un susurro. –Ten cuidado con los deseos. Pueden suceder en el lado más oscuro del corazón.

La niña se sorprendió al encontrarse sonriéndole al hombre y, sacándose de encima la mano muerta, caminó hasta donde estaba el soldado marchito y le quitó las llaves. Volvió y abrió la celda del galo dando después dos pasos hacia atrás.

El hombre salió decidido de la celda mirando hacia la puerta, y se vio sorprendido por un ataque que nunca habría esperado. Lulias se le abalanzó casi en un segundo y lo tomó en sus brazos con un apretón inquietante.

El galo dudó un segundo, luego, casi a regañadientes le apoyó su mano llena de cicatrices y callos sobre los sucios cabellos de la esclava.

–Vamos pequeña, salgamos de aquí.

Ella lo miró desde el pecho del hombretón y desgarró una lágrima, la anteúltima que desterraría de sus ojos.

La última estaba destinada al deseo más oscuro.

Fuera, un rayo partía Roma a la mitad marcando un antes y un después.

La tormenta caía sobre la metrópolis y las nubes se ennegrecieron tanto que por unos treinta minutos fue de noche, una noche que caía como un manto salido de las tenebrosas fauces del inframundo para que ambos esclavos escapasen de su prisión.

El deseo oscuro dio un paso al frente.

El Círculo de Tierra (5º Parte)

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La puntada en el pecho fue tan fuerte que los ojos se le llenaron de lágrimas y la piel en todo el cuerpo se le erizó, el aire entrando en sus pulmones parecía una oleada de agua antártica, gélida y pura. El estallido instantáneo de luz violácea llenó la vista antes negra, pero seguía sin ver. Algunos murmullos le llegaban sordamente, como susurro de duendes escondidos tras la espesura de la selva.

Recordaba vagamente rostros ilegibles, reflejados en aguas turbias, caras descompuestas que parecían calaveras que hablaban con ella. Al menos eso creía. Estiró la mano a las aguas, quería tocarlas a pesar del miedo, sentía la férrea necesidad de conectarse cuando todo estalló en luces.

–¿Cuál es tu nombre, niña? –escuchó entre todo el torbellino de luces y susurros que quedaron en una resaca de palabras.

La nebulosa de sus ojos se disipaba al igual que el mareo que le produjo el aire frío que entró galopando por la tráquea hacia sus pulmones. El borroso mundo que la rodeaba, como viendo todo por detrás de una cascada, iba tomando forma lentamente. Veía sombras amorfas que lánguidamente tomaban la representación de siluetas, eran muchas, una de ellas estaba prácticamente frente a sus ojos.

–Contesta a la pregunta –oyó que le decían con rudeza.

–Déjala que se reponga. No seas insensible, ¿no ves que la soga todavía le cubre el cuello?. ¿Porqué no se la han quitado?

Inmediatamente unos dedos rodearon su cuello y desataron el nudo en su nuca, el alivio que creyó iba a sentir se transformó en un ardor abusivo, abrió la boca para quejarse, pero no puedo emitir sonido alguno.

–Agua para la pequeña. Mucha. Necesita un baño –dijo la voz con autoridad, luego le habló a ella. –Volveré cuando te sientas mejor.

Lulias sintió una fuerte conexión con esa persona que le hablaba y ordenó a su cerebro que interpretase los colores y las sombras, que ordenase su alrededor, las luces, los olores. Y como respondiendo a sus ordenes el mundo a su lado tomó forma casi de inmediato. El hombre se había dado vuelta para salir de su celda. Llevaba el pelo ralo y una hermosa túnica color bordó terminando todo en unas sandalias de cuero.

–Mi señor –alcanzó a decir la niña soportando lo mejor que podía el dolor de la garganta.

El Cesar volteó de inmediato, tenía una media sonrisa que abarcaba solo el lado izquierdo de la boca, se parecía más a una mueca, pero ella sabía que era una sonrisa, forzada por el miedo, pero sonrisa al fin. Simplemente lo sabía.

Julio Cesar se acercó lentamente, posó una rodilla desnuda en la tierra acumulada sobre las piedras de la celda y la miró detenidamente unos segundos.

–Estas sucia –le dijo.

–Estoy muerta –sentenció la niña.

–No lo estás, pues aquí hablas conmigo. Hasta donde sé, estoy con vida.

–Muerta en vida, si lo prefiere mi señor.

–Eres una criatura como pocas. Como aquel sucio galo –le dijo haciendo un movimiento de cabeza. –Roma te necesita. Yo te necesito.

La niña sintió como la ira le recorría las venas, si tanto la necesitaba Roma, ¿porqué asesinar a sus padres? ¿porqué dejarla desolada y enterrada en una celda?. No lo entendía ahora, lo entendería quizá con el tiempo. Solo quizá.

O la venganza le cegaría la razón.

El filtro que necesitaba entre el cerebro y la boca pareció desaparecer, dejando el camino libre a las palabras que se acumulaban en su cabeza.

–No era necesario –dijo  tratando de controlarse. –No era necesario que los maten.

–Sí lo era –sentenció el hombre que estaba parado detrás de Julio Cesar, quién bajó apenas la cabeza sin decir nada, netamente frustrado por las palabras que acababa de oír. Fue suficiente.

–Si me lo permite mi señor. La niña no lo sabe quizá, pero no solo practicaban la brujería. Estuvieron con Espartáco, no lucharon con él, pero les informaban todo. Eran traidores a la República.

–Es cierto, Quinto. Pero la niña no necesita esa información en este momento. Dejémosla que se recupere. Todo viene a su debido tiempo.

“En eso tienes razón”, pensó Brigomaglos del otro lado de la pequeña cárcel, seguía acurrucado y con los ojos cerrados aparentando dormir.

Fuera de la celda el viento cálido comenzaba a soplar más fuerte  y unas tenebrosas nubes se formaban en el horizonte camino a Roma, la tormenta que se avecinaba traía mucha lluvia según decían los viejos sentados sobre sus talones en la tierra de las calles romanas. No solo lluvia traía, los relámpagos estallaban dentro de las nubes y abrían con sus tentáculos la cerradura oxidada de la caja de Pandora.

El Círculo de Tierra (4º Parte)

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Los soldados romanos apostados en la cárcel tenían una misión especial, mantener cautivos y con vida a dos personas. Un ex guerrero Galo que había muerto en el campo de batalla e increíblemente vuelto de la muerte frente a los ojos del Cesar. Y a una pequeña niña esclava que según había dicho su madre antes de morir, estaba tocada por los Dioses.

Julio Cesar había visto de lo que era capaz Brigomaglos, y esa era un arma que no podía desperdiciar, además del secreto que contenía y el cual esperaba cambiar de alguna manera. Y sí tenía incertidumbres de si Júpiter seguía de su lado, al enviarle a la niña había despejado toda duda.

Luego de la batalla de Tapso donde había visto volver de entre los muertos al galo, Cesar y sus legiones volvieron a Roma a finales de 46 a.c. donde fue recibido por el senado con honores, nombrándolo por tercera vez como dictador. Celebró sus triunfos con inmensos desfiles donde mostró a sus conciudadanos todo su poder. Hizo desfilar a africanos, asiáticos, galos y egipcios encadenados por las arenas, carros de guerra británicos, jirafas y elefantes. Y lo que conmovió al pueblo, batallas en lagos artificiales por las calles romanas.

Pero algo le carcomía las entrañas, no había persona en el mundo más poderosa que él; solo que de nada serviría si lo que había dicho el augur muerto en su carpa era cierto. Resonaban las palabras arrastradas del difunto dentro del círculo de tierra, la imagen del galo al borde sumido en un manto de negro misterio dentro de su carpa, en la vida nueva conseguida a los ojos de.

Mientras Julio Cesar observaba el campo minado de cuerpos en Tapso, uno de los Optios* comenzó a gritar. Lideraba un grupo de soldados que reconocían el campo en busca de armas y sobrevivientes, rápidamente se acercaron otros y entre varios levantaron un cuerpo llevándolo a sus pies.

–¿Quién es esté? –preguntó Julio Cesar mirando seriamente al Optio.

–Un esclavo galo, mi señor –dijo el soldado bajando la vista en una reverencia.

El cuerpo estaba raramente ennegrecido, tenía el pecho hundido ante una evidente embestida de una de las bestias pompeyas y un profundo corte en el cuello. Hasta allí todo normal ante un cadáver encontrado en una cruzada, lo que había hecho que el soldado llamase la atención a los demás era su rostro. Nadie había visto hasta ese día un cadáver que moviese constantemente la boca, como si hablase sin sonidos.

–Brujería – fue la palabra empleada por Quinto Cecilio, apostado a la derecha del dictador.

–¿Quién es el responsable de semejante acto?

Quinto hizo una seña a los hombres que tenían el cuerpo del muerto indicándoles que lo llevasen a la carpa del Cesar.

–Vamos a averiguarlo.

Hicieron comparecer en la carpa a uno de los tantos augures que acompañaba al Cesar en sus campañas, este realizó un círculo alrededor de Brigomaglos con tierra traída del campo de batalla. Pero ni ese hombre de las artes oscuras estaba preparado para semejante acto frente a un cadáver en silenciosa parla. El adivino realizaba cánticos y ademanes dentro del círculo, lanzando espaciadamente cenizas sobre el cuerpo del galo hasta que simplemente quedó inmóvil.

Los presentes contuvieron la respiración cuando el augur calló de rodillas a un lado de Brigomaglos, el rostro se le tensó mientras se iba tornando oscuro.

–Mi señor –codeó Quinto Cecilio al dictador sentado a su lado. –Mire.

Mientras el adivino relajaba cada uno de los músculos y su cuerpo se ennegrecía, el rostro del hombre muerto recobraba su color. Al mismo tiempo uno se terminó de desplomar mientras el otro se sentaba al borde del círculo. Nadie se atrevió a moverse, ni siquiera el magnánimo hombre. El resucitado respiro fuertemente, como haría uno al salir a la superficie de un río luego de luchar contra la corriente. Abrió los ojos al igual que los alvéolos al sentir el aire, se le hinchó el pecho y luego tosió tormentosamente.

–¿Dónde…?

No pudo seguir, sus ojos habían recuperado la visibilidad y lo que vio le dijo que no era momento de hablar. Lo último que recordaba era una flecha lanzada desde un elefante destrozándole la garganta. Los gritos de arenga, el sonido de las espadas golpeando contra los escudos y la carne, los pies danzando sobre la arena africana y el olor rancio a muerte.

Se miró los pies que le latían incesantemente y ahí mismo vio a un hombre vestido con una toga de color borravino, era un augur, lo había visto en algunas ocasiones hablando con el Cesar antes de alguna batalla. Sintió una opresión en el pecho y la vista se le encegueció con una explosión de luz violácea.

El augur muerto abrió la boca y casi sin mover los labios dijo.

“En el Teatro de Pompeyo, el Pontifex Maximus** será no más, en sesenta escalones al vacío”.

Brigomaglos se desmayó.

Julio Cesar no movió un músculo, a pesar de tener mil batallas en sus espaldas y derrotar a grandes generales; nadie lo había preparado para eso.

–Mi señor, ¿está usted bien? –le preguntó Quinto sabiendo la respuesta.

El guerreo muerto y resucitado no debería ser descuidado nunca y los que presenciaron las palabras del augur fueron silenciados con la muerte o con oro, dependiendo la jerarquía.

Los acontecimientos de ese día dejaron a todos exaltados, pero solo una persona no pudo dormir, el futuro Pontifex Maximus.

*suboficial que servía de lugarteniente al centurión de cada centuria. Podía ser designado por éste o ser elegido por sus compañeros, valorándose su valor, destreza militar y dotes de mando. Estaba clasificado de entre los milites principales y poseía la categoría de duplicarius, es decir estaba rebajado de tareas pesadas y cobraba doble paga. Aspiraba a ser nombrado centurión, y cuando había alcanzado la cualificación suficiente recibía el título de optio ad spem ordinis.

** En la Republica Romana, el Pontifex Maximus era el mayor cargo en la religión romana, que se caracterizó por ser cercana al estado. El cargo era el de mayor importancia entre los Pontífices, en el colegio sagrado principal Collegium Pontificum, institución que la persona investida con el título dirigía.

El Círculo de Tierra (3º Parte)

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–Sí, como tú –dijo Brigomaglos por entre sus sucios pelos.

Lulias todavía se sentía mareada después de viajar vertiginosamente por los recuerdos del hombre, casi había experimentado lo que aquel cuerpo decrépito había vivido. Sintió la gran fuerza que supo tener, la confianza en sí mismo y el sufrimiento de haber perdido todo lo que supo disfrutar. De la carne y lo espiritual.

–No intentes hablar. Ya estás en el camino.

“Yo solo quiero a mis padres”, pensó la niña.

–Ellos no son tus padres. Los Dioses lo son.

Una lágrima se le escapó de uno de sus ojos, el dolor inexplicable de quedarse sola en el mundo parecía crecerle como una mano de fría brea que contagiaba de negro sus entrañas. Las conjeturas de su futuro se tejían sin sentido en su cabeza y las palabras de uno de los soldados romanos al matar a sus padres se negaban a abandonar los recuerdos. “Ahora le perteneces al Cesar”, no era nada nuevo pertenecerle a alguien, ella era una esclava, había nacido esclava y sabía que moriría como tal. Solo que asesinar a sus padres para apoderarse de ella no tenía sentido, el Cesar podía comprarla si lo deseaba, o obligar a sus amos a regalarla, así, sin más.

El hombre de la celda contigua se rió por lo bajo y la niña volvió a observarlo, esta vez con los ojos perlados de lágrimas.

–Para el Cesar lo que es del Cesar mi niña. Los tesserae* se han lanzado.

El galo se sentó, limpió su rostro de los cabellos sucios que obstaculizaban su vista y cruzó los brazos sobre las piernas abrazándose. Sabía lo que venía y no era precisamente un espectáculo digno de ver, pero el deber era presenciarlo.

El mareo en la niña se transformó en una indisposición terrible, las tripas parecían removerse en su estómago como si hubiese tragado miles de lombrices vivas. Sintió el ácido estomacal subirle por la traquea y amontonarse debajo de la soga que le cruzaba el cuello, quemaba como la brea. Las piernas temblaron de golpe y no pudo sostenerse más cediendo bajo su propio peso. La soga se le ajustó al cuello y le cortó la respiración con un golpe seco que repercutió en la nuca sin llegar a matarla.

La desesperación se apoderó de ella, se sacudió tratando de volver a apoyar la punta de los pies y volver a subir el cuerpo, pero era tan incómoda la posición que no lograba hacerlo y las rodillas llegaban a escasos centímetros del suelo sintiendo en ellas la alteración de tener el piso tan cerca. Sus ojos saltaron sintiendo la presión de la sangre que daba vueltas sin encontrar una salida.

Las fuerzas la abandonaban. Moriría asfixiada en una celda inmunda con la sensación de que podría haber pasado otras cosas, estando a punto de saber que la deparaba el futuro. No ese porvenir, no morir ahí, abandonada y rodeada de inmundicias.

–No luches contra el destino. No hay salida posible, pequeña. A mi me encontró en el campo de batalla –dijo mientras le sonreía.

A la niña le pareció abominable sonreír mientras la veía morir, sin gritar pidiendo auxilio, sin mostrar sentimiento alguno, lo que apenas lograba ver en su rostro mientras se desmayaba era absolutamente nada, solo mirándola con esos fríos ojos casi muertos.

El aire se le acabó y sus ojos se voltearon, alguien gritó y la niña dentro de la inconciencia escuchó muchos pasos y el sonido de las llaves golpeando los hierros.

Pero sabía que era tarde.

La voluntad se retiró a las tinieblas. Su cuerpo había muerto.

*El tesserae era un juego de dados muy jugado en la Antigua Roma y que generalmente se jugaba con dos jugadores (o más) con dos dados y con la ayuda de un vaso o pequeño bote (ya fuese de cuero o madera) para poder removerlos y lanzarlos al tablero. Ganaba quien conseguía sumar la puntuación más alta de los dados lanzados.

El Círculo de Tierra (2º Parte)

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La pequeña apenas podía respirar y no sabía cuanto tiempo más resistirían los músculos cansados de sus piernas.

Al frente suyo podía ver a un hombre de barba sucia y prominente, sucio y raquítico. Su estancia debería de haber sido prolongada seguramente, el aspecto hablaba y sus ojos vacíos suplicaban a la muerte.

Quiso hablarle pero de su garganta solo pudo salir un sonido gutural sordo, el dolor que le provocó casi la desmaya.

–No intentes hablar –dijo el barbudo sin levantar la vista, acurrucado en el rincón en posición fetal y los pelos largos cayendo sobre su rostro. –No te va a servir de nada. Además, nadie quiere oír tu historia.

Deseó llorar, gritarle que se pudra y muera lentamente consumido por los gusanos que se arrastraban por la celda nacidos de los platos podridos donde antes había comida.

–Moriré cuando tenga que morir. Y esos gusanos son comida, pequeña; te salvarán de morir de hambre.

El hombre movió apenas la cabeza y dejó ver sus brillosos ojos y la sonrisa flaca de su rostro. Había escuchado lo que pensaba, no había dudas.

“Vos también podes hacerlo, pequeña”, sintió que le decía, pero las palabras sonaron en su cabeza y no pasaron por el aire entre los barrotes que separaban una celda de la otra.

“¿Quién eres?”, pensó la niña.

“Solo uno más”, escuchó en su cabeza, como un susurro en invierno. “Como tú”.

“¿Cómo yo?”

El raquítico esclavo levantó una mano y escribió algo en el sucio piso de la celda que la niña no alcanzó a ver, luego la miró a los ojos y ella cayó sumergida en un torbellino de colores que poco a poco se fueron transformando en imágenes.

El hombre se llamaba Brigomaglos y en su época solía ser un fiero luchador, maestro en el uso de la lanza y el hacha. Había caído prisionero junto a otros siete sobrevivientes de su tribu, masacrada por los romanos en el oste del Imperio Galo. A partir de ese momento había servido en las huestes romanas, luchando bajo las ordenes de Julio Cesar. Pero si en algún momento había creído que luchar para sus captores era lo peor que le podía suceder, estaba equivocado.

Dentro de las filas, sobretodo en el íntimo círculo de compañeros esclavos al igual que él, se había forjado una fama de gran luchador y líder. Lo respetaban y aceptaban todos los consejos que sabía dar a los nuevos como así a los viejos legionarios.

Pero muchos hablaban y conjeturaban que su gran habilidad provenía de las tinieblas, que tenía un pacto con los Dioses más oscuros. Pero nadie se atrevía a mencionarlo cerca suyo. No estaban del todo desacertados, aunque él no lo sabía, su destino giraba en las monedas del limbo.

Luego de años caminando las tierras con sus sandalias andrajosas, siendo parte de la legión esclava al mando de Quinto Cecilio, mano derecha de Julio Cesar y viendo morir a sus compañeros y asesinando despiadadamente a los enemigos de Roma, Brigomaglos y las huestes romanas llegaron a Africa tras la batalla de Farsalia. Cesar los guió a Tapso en Túnez, donde intentaría derrotar al rey númida Juba I y sus aliados y así sumar una ciudad más para el Imperio Romano.

Fue ahí, en Túnez, donde los Dioses dejaron finalmente caer la moneda y mostrarle la verdadera cara.

La batalla fue intensa, los legionarios debieron luchar no solo contra la caballería, la infantería y los arqueros, sino que también debieron hacerle frente a 60 elefantes, 30 en cada ala del ejercito pompeyo. Los muertos se contaron por miles en las cercanías de la ciudad Tunecina y Brigomaglos fue uno de ellos. Lo cual, inexorablemente, lo llevo a dejar de ser esclavo a ser un resucitado en una celda. Un brujo a los ojos de todos.

El pacto para los demás era cierto, salvo para él que se negaba, solo que, no había vuelta atrás.

Estaba escrito en el círculo de tierra.

El Círculo de Tierra (1º Parte)

(Lulias tiene tan solo 8 años, es llevada a una celda después de que los romanos asesinaran a sus padres acusados de practicar la brujería, ella debe soportar el encierro y el radical cambio en su vida. Ahí conocerá a Brigomaglos, un extraño hombre Galo que la llevará por caminos impensados, descubriendo que la vida no termina con la muerte).

“El Círculo de Tierra”, primer cuento en capítulos de este 2.011.

Autor: Walter D. Böhmer

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El lazo se mantenía firme, caliente, poseso.

La chiquita no alcanzaba a apoyar sus sucias rodillas en el suelo lleno de heno y pis, no podía descansar el cuello que parecía envolverse en llamas, la soga cortaba la respiración y la piel. Las lágrimas ya se había secado dentro de la celda, imaginaba que su río ya no traería aguas para los ojos, que su sol se había escondido, que el viento del verano soplaba en otras planicies. Afuera los gritos se confundían en una cacofonía insaciable, como un concierto en las tinieblas; las vendedoras, lo tenderos, peleas y borrachos pedigüeños. Las calles de Roma, el averno.

La humedad y el calor se apiñaba en su piel como sanguijuelas, el olor nauseabundo de  las heces humanas salpicaban el ambiente saturando todo aroma proveniente del afuera. Ahí dentro solo había suplicios.

Oía los gritos desaforados de ladrones con muñones recién hechos donde antes había manos, borrachos con el cuerpo quemado a hierro caliente, prostitutas violadas y golpeadas. Pero con el tiempo todos esos gritos eran absorbidos por las paredes de la cárcel, los grilletes penetraban la piel como gusanos queriendo extraer vida; los gritos se volvían sollozos, y los sollozos lágrimas silenciosas.

Todo hasta que se secaba el río y quedaba en el fondo piedras de resignación y arenas rendidas.

Lulias tan solo tenía ocho años, hija de esclavos y hasta donde le habían dicho, todo su linaje venía de esa “estirpe”. Su madre era la bruja, la practicante, la que ordenaba todo cuando el sol caía tras las colinas. Ella solo estaba ahí, acompañando, sirviendo a su madre que servía en los campos. Poco importó cuando irrumpieron en la barraca, los soldados romanos mataron sin preguntas, lanzas y espadas salpicaron sangre confundiéndose con el rojo embutido de los penachos en sus cascos.

Solo sobrevivió ella, arrastrada de los pelos por el campo, entre las piedras y las espinas, entre gritos de dolor y de angustia. Entre un sin fin de pensamientos enmarañados de ira y tristeza, la locura extraordinaria de los días, la certeza del cambio radical de la vida y la ignorancia de lo que le destinaría ese revés.

Muchas veces había oído a los demás soñar despiertos con la libertad, con la sensación inexplicable del libre albedrío. No leyó ni escribió, nunca le enseñaron y nunca se interesó; pero los escuchaba a todos, absorbía el conocimiento en el traspaso de información y lo guardaba. ¿De que le serviría ahora todo eso?, con sus padres rodeados de sangre en las barracas y seguramente con sus restos destinados a quemarse en la hoguera fuera de Roma. O ser puestos en cruces como ejemplo, daba igual, estaban muertos y nunca volvería a verlos o saber de ellos.

Polvo sobre el polvo.

Levantado en remolinos que llevan las sensaciones a regiones olvidadas de las manos de los Dioses, rezó a los que seguía. A Júpiter y Saturno, este último había quedado registrado como un arado en su mente, dejando el surco del recuerdo ya que era quién cuidaba de las siembras.

Pero sabía que nada ni nadie, sea o no un Dios, le devolvería su anterior vida. Lo que no sabía ni remotamente, era que al menos la pondrían a hacer equilibrio en la frontera que separa a los vivos de los muertos.

Soy el Final

Rodando cuesta abajo sobre el canto rodado, le canto a la muerte para que no me venga a buscar; la vida me gira, voltea mi cuerpo que rueda hacia el fondo. Rezo, suplico e imploro no terminar perdido en la inmensidad de las oraciones. Me cuesta divisar el entorno, ver los lados mientras ruedo entornando los ojos rojos, como el pecho empapado de la sangre discurriendo del orificio del trueno.
He sido como una serpiente que se desliza, sigilosa e inmutable, que muta de apariencia dependiendo de la victima, soy carroñero, soy despiadado, soy mitad animal. Soy lo que deba ser y lo que quieran que sea, soy la sorpresa que salta de la caja de Pandora. Soy la compañía de mi víctima hasta que me la devoro, el victimario que se muestra en un baúl de cristal como en una venta de primavera.
Soy el enemigo que entiende lo in entendible, sin comprender, sin interesarme a fin de cuentas, pero ellas no saben que soy; no lo muestro, no lo necesitan.
Ruedo y rezo, un cristiano descarrilado al costado de las vías, un tren que me amputó las piernas y me abrió los ojos.
Sostengo el puñal con los dientes, apuñalando las horas, desdentando los minutos, sosteniendo el monstruo que desea salir. Salgo de mi escondite, escondiendo la verdadera cara, como la moneda, yendo de mano en mano, de los dos lados. Miro al cruzar, fijo la vista, como un francotirador helando la sangre, deteniendo el tiempo, los latidos.
Las amo a todas, me necesitan, exigen en sus suplicas por alguien como yo. El profeta del rebaño, cantando sobre el canto rodado mientras ruedo hacia el fondo, un cristiano amputado de fe, asesino de realidades, transportador de finales.
Soy el que debo ser.
Soy carne de su carne.
Soy el que termina en el fondo del barranco, desangrándome bajo las sirenas que inundan la noche lluviosa, embarrada de delirios y de gritos.
Soy el final de las horas, sus horas y las mías.-

El Grito Guerrero

Las siete espadas refulgían en sus manos, “no me dejes solo”, rezó. Se removió inquieto hasta ver esos dos ojos dorados que al menos ayudaban, su compañero de mil batallas hizo un guiño y se permitió sonreír para sus adentros.

Tomo coraje y soltó el grito guerrero cuando atacó.

–¡¡¡Quiero vale cuatro!!!


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