Impacto profundo

Hay personas que pasan por nuestra vida y no recordamos ni siquiera que pasaron. Pueden ser una figura caminando a nuestro lado, el reflejo en un vidrio, un recuerdo que no se sabe cierto, o un olvido permanente. Estuvieron, por un rato, por mucho, por más, pero la marca que dejaron es casi invisible. Suelen ser hasta casi anónimos.

Hay otras que marcaron un hito pequeño, un gran quiebre, un recuerdo fundacional, y tal vez ni siquiera ellos lo saben. Los protagonistas de un momento. El beso bajo la mesa del jardín, el primer amor de la primaria, el primero que nos hizo llorar, la primera frustración, el que nos lastimó sin que nadie sepa, el que nos dijo algo que nos cambió la vida. Están enmarcados en un espacio, en un tiempo exacto. Quedan como congelados, confinados a un rótulo para siempre. Y muchas veces ni siquiera lo saben, o se enteran años después. Y se siente raro saber cómo uno afectó la vida de alguien, como a veces uno es ese alguien para alguien que no es nadie.

Hay otras que lograron aferrarse. Qué estuvieron, o están, o de algún modo permanecen. Los que compartieron grandes historias, una saga de recuerdos, años de experiencia. Que nos ayudaron a ser quienes somos, por lo bueno y lo malo, lo perdido y lo ganado. Porque podemos encontrarlos en distintos compartimentos de la memoria. Aquí y allá, en distintos cuentos. Los familia, los compañeros de colegio o de facultad, los amigos de la vida, algún que otro profesor, los compañeros de trabajo, los amores, los novios, los amantes y no tanto. Todos aquellos que forman nuestro rompecabezas de la vida. Que al rememorar, nos roban una sonrisa, nos nublan la mirada, nos producen enojo, una carcajada, un suspiro, una mirada hacia el más allá.

Y están las OTRAS. Las que te marcan a fuego, las que te imprimen el alma. Alguna vez, en una rara ocasión, está esa persona que es como un meteorito, que produce un cataclismo cósmico, destruye el mundo existente, las especies, la vida conocida y crea un nuevo punto de origen. La vida comienza nuevamente, o termina definitivamente, desde ahí. Hay un antes y un después perfectamente establecido. Por algo bueno, por algo malo. Producen un impacto profundo. Imborrable. Irreversible. Se convierten en pequeños inmortales, que permanecen para siempre en la memoria y el sentimiento de quienes la conocieron. Aquí no se puede enumerar. Yo tengo el mío, ¿vos el tuyo?

Todos pasamos por la vida de alguien por algo, y dejamos una huella. Por eso, hay que saber cómo, cuándo y por donde caminar. Para que cuando alguien nos recuerde, sea con felicidad, o al menos una sonrisa.

Seamos menos sombras, permanezcamos en el recuerdo y lleguemos a ser un impacto profundo en alguien.

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Entre solsticios y equinoxios

El invierno es época ideal para estar de novia, pero no para buscarlo.

El frío te invita a quedarte en casa, con una película, el piyama más viejo, un sweter grande, pantuflas, medias, un gancho en la cabeza, y arsenal de chocolate suficiente para sobrevivir 15 años después de la bomba nuclear.

Todo lo que comés te hace engordar: guisos, pastas, carne con papas, chocolate caliente, tortas, facturas. Nunca una ensaladita, un yogur o gelatina light. Con lo cual en 3 meses de una ingesta continua de carbohidratos y grasas, terminás por convertirte en un chanchito que bien serviría de modelo de gran alcancía.

La ropa de invierno no te hace sexy. Podés ser muy elegante con los tapados, botas de taco alto, chalinas y gorros. Pero cuando algún hombre te invita a salir y te ve venir, siempre ve un tapado o una campera inflable debajo del cual puede estar cualquiera. Vestirte es toda una elaboración. No es simplemente un jean y musculosa, que con el color del verano siempre te queda sensual y bien. Si te ponés un escote te da frio, si te pones musculosa estás muy blanca, tenés 3 o 4 capas de ropa que parecen 3 o 4 kilos extra, tenés muchas prendas que combinar. ¿No te pasó nunca mirarte al espejo y sentirte el muñequito de Michelín?

Ir al gimnasio sería ideal, pero cuando salís de trabajar ya es de noche, estás cansada, y te acordás que total, no te ve nadie. Una porque no salís, otra porque cuando lo hacés podés disimular los kilos acumulados con toda la ropa que tenés en el placard tras la excusa de: ¡qué frío que hace!

La cama está helada. Hasta a la que no le gusta dormir abrazada ni pegoteada reclama por su cucharita. Los pies entrecruzados, un abrazo tibio, un cuerpo cerca.

El invierno es una época ideal para el amor. Para encerrarse a hibernar con una persona con quien puedas compartir una charla, risas, una serie, una peli, un libro. Con quien puedas estar por largo rato abrazado. Con quien tener sexo desenfrenado durante horas y entrar en calor sin morirte de calor.

El problema es que cuando no lo tenés, y te comportaste los meses invernales como un oso, cuando llega el verano y no fuiste al gimnasio, no tomaste sol, te comiste todo, estás achanchada y enganchada con una serie y te impide ponerte en marcha para salir y abandonaste a tus amigos por fiaca, va a ser difícil que consigas un novio en los breves tres meses estivales que te quedan. Y entonces va a llegar el veintiuno de junio y vas a estar peor que el año anterior. Es como un círculo vicioso.

Así que en lugar de estar leyendo esta nota con una factura y un café con leche en la mano, o un paquete de chocolates, sacate las pantuflas, ponete las zapatillas, el ipod, una campera y salí al menos a caminar. Empecemos por algo.

Los cons de vivir sola (parte II)

Las desventajas de vivir sola pueden surgir hoy. Un día domingo, después del almuerzo en familia, cuando se juntan el vacío del tiempo que queda, y la tristeza del que falta para que sea lunes otra vez. En esta guarida que a veces hace de refugio y otras de prisión, en este espacio tan propio, tan a veces, demasiado propio, falta algo, falta alguien. Faltan perfumes, objetos, actos, sueños, proyectos. Este territorio unipersonal que muchas veces clama su victoria, también, otras tantas, grita su derrota. Y en el manifiesto de rendición se hace presente una lista de ausencias que dos por tres se hacen presentes, de necesidades incumplidas que reclaman soluciones. Entonces todas aquellas ventajas, tienen en contrapartida, como todo en la vida, sus desventajas. Desde las más supérfluas, hasta las más profundas.
  • No tenés a nadie que te ayude a mover los muebles pesados para poder limpiar y ordenar.
  • Que te cuelgue los cuadritos que comprás en todos lados para adornar las paredes, y por miedo a que se rajen con los clavos que no sabés clavar, quedan siempre vacías, y los cuadritos amontonados aquí y allá.
  • El único que te dice sin mucha objetividad, porque sigue siendo tu mirada la que determina, si estás linda para salir es el espejo.
  • Cuando llegás del trabajo cansada, agotada, rendida, deseando sólo alcanzar el sofá, tirar la cartera, y sacarte los zapatos, nadie te espera para hacerte un masaje, preguntarte cómo fue tu día, y cocinarte algo rico.
  • A falta de compañía vivís con la tele y la laptop prendida, a la vez, y con el msn, el facebook, y el mail abiertos. Just in case.
  • Tenés que encargarte de todo, más allá de tus ganas, tu estado de humor, tu falta de tiempo: poner a andar el lavarropas, colgar la ropa, ordenar, juntar las cosas, guardar la ropa, ir al super, bajar sola las bolsas del auto, cocinar, lavar, llegar a tiempo para que no cierren los negocios en donde tenés que comprar lo que te falta, llevar a arreglar todo lo que se rompe, ir a buscarlo, quejarte con Fibertel, pagar las expensas, el alquiler, los servicios, cambiar los cueritos, cambiar lamparitas. Y seguir enumerando…
  • A la casa le falta olor a hombre
  • Cuando estás enferma no hay nadie que te haga un té caliente, te compre los remedios, te abrace mientras llorás por la fiebre, y te acaricie la frente.
  • No tenés a quien bañar ni quien te lave la cabeza
  • La cama a veces se siente inmensa, fría, vacía. Falta el abrazo previo al sueño, el pecho contra la espalda, los brazos envolviendo, el beso de hasta mañana.
  • Comés en la mesita del living frente a la tele, aunque tengas mesa del comedor y en la cocina, en silencio mirando televisión (ojo, cuando hay alguien muchas veces también hay silencio y televisión)
  • Cuando terminás de ver una peli no tenés con quien comentarla.
  • Terminás yendo sola a los cumpleaños en los que están todos en pareja, y uno siempre está descolgado. A las fiestas familiares, a las Navidades, a los recitales, al cine. Ya hablé en otra nota de los casamientos porque merece un capítulo aparte.
  • Cuando ves ropa linda de hombre en las vidrieras no tenés a quien regalársela.
  • Te perdés de conocer nueva música, ver otros programas, tener otra mirada de la vida. Un guía que te muestre el camino que ya recorrió y no tengas que ir descubriendo sola a tientas.
  • Las decisiones las tomás siempre sola. Las simples, las complejas. Las que necesitan de otra opinión. Las que merecen una discusión. Las que piden apoyo. Las que reclaman seguridad.
  • Falta quien te abrace, te escuche, te entienda, te contenga, te consuele en tus más inexplicables desesperaciones, en los llantos sin sentido, en las broncas acumuladas, en los desahogos contenidos.
  • Y claro que sí, te falta tener a alguien con quien hacer el amor. Porque sexo por sí mismo seguramente se consigue. Una noche, varias noches. Pero alguien que te mire a los ojos, que te conozca, que te sienta, que te entienda. Porque el sexo en sí mismo está muy bien, el sexo con amor está mejor.

Parece que buceando en las profundidades, las ventajas son más de logística y las desventajas emocionales. Las ventajas son prácticas, las desventajas sentimentales.
Mantener muchas de las primeras es una cuestión de negociación, espacio y entendimiento mutuo. Conseguir subsanar las segundas es encontrar a alguien que te complete, y aún así, no te haga sentir la falta de las primeras.

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Del enamoramiento al amor

¿Cuánto dura el enamoramiento? ¿Cuándo empieza el amor? ¿O cuándo muere antes de nacer? ¿Cuál es el instante exacto en que cae el velo de la ilusión, en qué aparece la realidad… para bien o para mal? ¿Cuándo se sabe si “es”… si es que alguna vez se sabe? ¿Cuándo lo que alguna vez te gustó comienza a molestar? ¿Cuándo la gracia se convierte en fastidio? ¿Cuándo se instala la duda y carcome las certezas? ¿Cuándo el amorío se convierte en relación? ¿Cuándo no es más ida, sino que también hay vuelta? ¿Cuándo se termina con absoluta seguridad? ¿Cuándo se empieza sin más “peros”? ¿Alguna vez se completa el check list de lo que queremos y no? ¿Cuándo todas las preguntas tienen su respuesta? ¿En que momento justo echan a volar las mariposas que estaban en la panza? ¿Cuándo desaparece la sensación de que ni un abrazo alcanza para fundirse, qué siempre hace falta apretar un poco más? ¿Cómo se detectan los pequeños detalles que hacen que te quedes para siempre? ¿Cuándo dejamos de tener sexo para hacer el amor? ¿Cuándo el “me da igual” significa: todo lo que hago con vos me gusta, no hace falta elegir, y cuándo: no me importa? ¿Cómo se hace para que todo lo que te encanta, te siga “encantando” cada día? ¿Cómo se hace para que estar no sea sobrevivir? ¿Cómo se pasa de los 3 meses, a 6, a un año, a dos, a diez, a siempre?
¿Se puede asegurar el camino directo del enamoramiento al amor, sin escalas, ni piquetes, ni fracasos?

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Filtros

Es increíble como uno pierde la objetividad y la capacidad de análisis cuando le gusta alguien. Como nos empeñamos en ver y creer lo que queremos en lugar de ver y creer lo que está clara, o no tan claramente, frente a nuestros ojos.

No sólo pasa con nosotros, sino que actuamos exactamente igual cuando una amiga nos cuenta alguna historia. Nos aferramos a una frase linda o que suena positiva, o parece que nos está diciendo: me gustás, y dejamos pasar de largo todas las otras señales que nos gritan o destellan como carteles de neón diciendo: no me interesás. Dejenmé ser clara y darles un ejemplo.

La persona que te gusta te dice cuando lo vas a saludar: que rico perfume. Y lo primero que pensamos es: ah,me está tratando de decir algo, que me presta atención, está siendo galante. Y después ni te llama, ni te habla ni busca excusas para estar con vos, y pensamos: es tímido, no se anima, está ocupadísimo.

Claro, si uno busca, encuentra. Quiero decir: que si queremos desesperadamente creer que está interesado, siempre vamos a buscar la oportunidad de obligarlo a decir algo que nos parezca que demuestra su interés, o vamos a detenernos en una frase tonta que dijo al pasar, en una mirada que duró un segundo más de lo que dura cualquier mirada. Lo vamos a consultar con todas nuestras amigas que saben del caso, y por supuesto, vamos a resaltar estas partes, y vamos a omitir que es super simpático pero jamás nos pidió el número de teléfono, que no nos escribe por el msn si no le escribimos ( y que aparte tiene nuestro msn porque nosotras se lo dimos, y no porque lo pidió), que casi todas las conversaciones en las que te dijo algunas frases ambiguas fueron generadas por una, que nos estamos inventando una historia que solo existe para nosotras, y cuando el tiempo pase, y nos demos cuenta que en realidad nada pasa, lo vamos a tildar de histérico o de gay.

Es muy difícil cuando alguien te gusta poder desde el comienzo ver la realidad sin ponerle un filtro de colores para embellecerla. Es una mezcla de esperanza e ilusión, de encontrar a alguien que finalmente comparta lo que sentimos, las ganas de ser correspondidas.
Hay que aceptar lo que es. No pensar tanto, no analizar cada palabra, disfrutar del momento y simplemente dejar que todo fluya. Y ver que pasa. Si pueden…

Always the friend, never the bride

No se si hay un componente genético, una historia, una educación, simples costumbres, o una secreción corporal que anula las feromonas y elimina otra hormonal igual de poderosa pero desconocida, que hace que una mujer pierda su condición de fémina para convierta en el tan querido y conocido amigo de toda la vida Cacho.

Sumada a mi inhabilidad por conquistar al hombre que a mi me gusta, tengo una extraña capacidad para relacionarme de manera extremadamente amistosa con los hombres (el extremado no pasa a otros planos, simplemente denota mucha cercanía). Creo que durante mucho tiempo enarbolé esta característica como una virtud, como algo que me distinguía de las mujeres de manera positiva porque me hacía estar un poco más del lado de los hombres, conocerlos más, comprenderlos más, entrar en su mundo íntimo (que definitivamente es mucho menos fascinante que el femenino). La mejor amiga de los hombres. La versión masculina de una mujer, o el lado oculto femenino de los hombres. Sí, llegué a ser esa. La compinche, la que va a las cenas del grupo de amigos y es la única dama, la que escucha las peores ordinarieces sin inmutarse, la que escucha los desconsuelos y llantos por otras, la que comprende la queja masculina por miles de detalles femeninos con los que jamás se caracteriza, la que guarda los secretos, la que puede dar consejos porque en realidad está del otro lado. La que entiende de futbol, autos, motos. La que se aburre en las charlas de peluquería.
¿Pero que pasa cuando esto perdura en el tiempo? ¿Cuándo en realidad te descubrís en tus treintipico rodeada de amigos varones casados y con hijos, amigas mujeres casadas y con hijos, y acá… siendo aún la mejor amiga de todos?

La incapacidad por reconocerse como una mujer plena, aceptando los defectos y virtudes que trae aparejada la condición, lleva con el tiempo a convertirnos siempre en la amiga, pero nunca la novia.

En realidad ningún hombre que se precie quiere estar con una mujer que justamente no lo parezca, o mejor dicho, no refleje, aparente el estereotipo de mujer consensuado por la cultura y la sociedad desde hace años.
Porque entonces el sexo que nos determina desaparece, se desvanece tras el personaje creado, se desdibuja en las actitudes cotidianas que cuanto más nos acercan paradójicamente más nos alejan.

Es un dilema más difícil de resolver de lo que parece (o no). La realidad es que me siento más cómoda con el sexo opuesto. En todo sentido claramente. Un gusto aprehendido quizás. Muchos primos, hermanos, compañeros de jardín. No se si son justificaciones o excusas. Y lejos estoy de ser un marimacho sobre mis taco aguja y mi maquillaje diario. Pero no me reconozco en la mujer dócil, tibia, indefensa y desprotegida que necesita la protección del macho al lado.

Seguramente sólo hay que encontrar el límite difuso e impreciso. Esa tierra de nadie en la que cada uno toma la decisión de qué lado estar, y tener claro cuál es la frontera hasta la que podemos acercarnos pero que no se debe cruzar. Cuál es el límite de lo que se dice y se comparte. Cuándo estar y cuando irse. Guardar más silencios. Hacer aflorar el misterio. Mantener un poco la distancia. Y estar… pero no… y otra vez…. Pero no. Convertirse en esas mujeres lejanas e inalcanzables, incomprensibles que invitan a conocer, investigar, descifrar. Y una vez que alguien caiga en las tibias fauces de lo desconocido…. Volver a sacar las garras, y seguir siendo amiga de todos los demás.

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El beso perfecto

Hay dos bocas que son perfectas la una para la otra. Dos labios que se unen en uno sin grietas ni fisuras. Se convierten en un beso único, mágico, sensual. Las sombras recortadas sobre el fondo de dos bocas que se acercan, levemente entreabiertas, despacio, sigilosas. Se apoyan suavemente, hasta casi imperceptiblemente, sólo se siente la tibieza de la piel. Se cruzan, un labio, otro, uno y otro. Presionan. Despacio. Se vuelven a abrir, se reencuentran. Entonces las cabezas giran un poco, muy poco, y sienten su respiración, su aliento tibio, los labios se unen, y las lenguas húmedas se rozan, juegan dentro de la oscuridad. Las manos en la nuca. Se acercan. Se retienen. Y el movimiento se repite, una y otra vez, a su tiempo, sin urgencias, disfrutando cada instante, permaneciendo. Las cabezas hacia un lado y otro, y la presión aumenta, y de a poco el beso se hace más fuerte, más seguro. Y aprieta. Y afloja. Jadea. Respira. Y juega, en las comisuras, en el centro. Un par de labios sostiene al otro. Y la lengua roza apenas los bordes. Y vuelve. Una, otra vez. Se encuentran. Se separan. Se reencuentran. Saciándose. Llenándose. En un sinfín. Como una melodía. Buscando el equilibrio entre la delicadez y el desenfreno, entre la prisa y la pausa, entre la suavidad y la fuerza. Encajan. Se funden. Se hacen uno. Son uno.

Mil besos. Millones. Sin embargo, más allá del amor, de la pasión, del sentimiento, sólo uno es perfecto. Simple y sencillamente perfecto.

Quizás aún te esté aguardando.

Quizás lo tengas a diario.

Quizás sólo pasó una vez.

Quizás más que esa vez.

Y no importa si lo tienes o si fue. Si es tuyo o si no es. Si lo recuerdas, lo ansías, lo puedes o no tener.

Si fue apasionado, sutil, corto, suave, eterno, desbocado, imprevisto, inesperado, pausado, desenfrenado, o como pueda ser.

No importa cómo, ni cuándo, ni dónde.

Porque sigue ahí. Porque simplemente existe y es.

Aún cuando ni ese beso ni esa boca te pertenezca, te corresponda, te extrañe, te añore, te piense, te desee, te quiera.

Y de aquel beso solo queden aromas, sensaciones, huellas, y el saber que sólo entre esas dos bocas, entre esos dos labios, puede suceder, que todo se conjugue alguna otra vez para que vuelva a ser, perfecto… otra vez.

T.E.G

Yo no quiero jugar a este juego.
Tanto pensar, tanto elaborar, tanto elucubrar. Mover aquí, poner fichas allá, atacar el flanco débil, esperar el momento justo. Porque resulta que para mi el amor es más simple.


Si estuviésemos jugando al T.E.G. las cartas serían las siguientes:

Objetivo: Conocer al amor de tu vida (es como el equivalente a: Conquistar Asia, América del Sur y Oceanía, y dos países de América del Norte, o 121 países. Una taréa titánica, casi imposible, que necesita el despliegue de todas las armas, batallones, estrategias y tácticas posibles).

Cómo jugar:
1) Si el contrario (que en este caso sería el hombre) avanza primero, debe dejarlo ganar la primera batalla. Retirarse un poco. Sólo un poco, para que siga en el rango visual, pero no en posición de ataque. De hecho, nunca esté evidentemente en posición de ataque, ni muy a la defensiva.
2) Cuando el contrario pida su teléfono, no se lo de de inmediato. Haga que lo pide una vez más. Para que el que siempre mueva las fichas sea él.
3) Si la invita a salir, fija un compromiso. Déjelo para la segunda oportunidad. Mientras tanto, mueva algunas fichas a otro país, para estar preparada cuando el avance venga por el otro flanco.
4) Nunca muestre ansiedad ni desesperación. Son signos de debilidad. No le permiten pensar claro. Hacen que avance sin poner foco en el objetivo final. Entorpecen la táctica y arruinan la estrategia. Y por sobretodo, en la guerra fortalece al enemigo, lo deja tener el control y el dominio de la situación. Pero aún peor, en las batallas del amor, lo envía directo a las trincheras, donde puede protegerse y es difícil atacar.
5) No se juegue el todo por el todo. Tenga unas fichas aquí, otras allá, otras más allá, y vaya manejando las expectativas. Sólo pongas todas las fichas en China para atacar Kamchatka cuando esté absolutamente segura que ese es el país que quiere conquistar.
6) Siempre muéstrese un poco débil, otro poco desvalida, otro poco que no entiende el juego, casi como que ni sabe tirar los dados. Si avanza muy rápido, conquista muchos países, y muestra que es inteligente y capaz, es obvio que el contrario va a abandonar el juego, para buscar un contrincante más fácil (en todo sentido).
7) Si quiere que el juego dure, por lo menos el tiempo suficiente para ver s puede alcanzar el objetivo: vaya despacio, país por país, mano por mano, tiro por tiro. Piense. Siempre piense antes. No actúe impulsivamente. Aunque muchas veces pueda ganar, deje ganar al otro. No se adelante. Siempre hay un momento exacto y correcto para atacar. No pierda ese momento. No es antes, no es después. Errar en cualquiera de estos puntos, hace que el juego termine demasiado pronto, y hay que sacar una nueva tarjeta y volver a empezar.
8) Recuerde, por algo el juego se llama: Táctica y Estrategia de Guerra.

Bullshit. Todas estas reglas pueden estar en el manual que quieran. Y funcionan. Se los aseguro. Es como cuando comenzaron a aplicar “El Arte de la Guerra” en Marketing. Los principios son correctos, sólo hay que aplicarlos en un nuevo terreno.


El punto es, que en mi idealismo, en el sentimentalismo absurdo y cursi, el amor no debería manejarse como en una guerra. No debería manejarse. Sencillamente debería ser espontáneo. Simple. Que ambas partes vengan avanzando por el territorio y se encuentren en el medio de camino, en un punto justo. Sin batallas, sin tiros. Desarmados. Abiertos y dispuestos. Con una simple carta de acuerdo mutuo en el que se estableciera: vamos a respetarnos, a conocernos, a querernos, a admirarnos, a ilusionarnos, a esforzarnos, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, para llegar a amarnos, y seguir entonces respetándonos, conociéndonos, queriéndonos, admirándonos, ilusionándonos, entregándonos, esforzándonos, día a día, minuto a minuto, segundo a segundo.

No quiero jugar a este juego. Porque recuerden, el juego se llama Táctica y Estrategia de Guerra. Que es exactamente lo contrario al amor.

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Síntomas de que te estás poniendo vieja

  1. En los negocios te dicen “señora” (aún cuando no tenés alianza)
  2. Al lado de tu cama tenés microfibras de seda para el contorno de ojos, ácido glicólico para “atenuar” arrugas y nutrir el rostro, crema hidratante para la mañana, la bolsa de gel frio para los párpados, la crema “antiage” (antiage es una palabra determinante, marca el fin de un ciclo y el comienzo del declive) para el cuerpo, la Vichy para la celulitis…
  3. Te mirás al espejo y sentís que ya nada está en su lugar, todo está un poquito más abajo….
  4. Los hombres que te miran por la calle rondan los 50
  5. Preferís quedarte el fin de semana en casa con jogging y pantuflas y un pote de Haggen Dazz mirando un DVD, que ponerte un vestidito micro y salir a bailar
  6. Los adolescentes te parecen incomprensibles: la ropa, los modismos, los fotologs, los peinados, las costumbres
  7. Hablás de programas de televisión que tus compañeros de trabajo no vieron nunca
  8. Las 3 de la mañana te parece un horario más que razonable para irte a dormir
  9. La moda te incomoda, y cambiaste la mini y los tacos, por un jean con zapatillas, tapado y bufanda para no cagarte de frio
  10. Los hombres que te presentan están pelados, o gordos, canosos, arrugados, o sea, bastante venidos a menos … y por supuesto divorciados o separados
  11. Disimuladamente en las conversaciones preguntás: ¿conocés algún cirujano de párpados? ¿ y el botox qué onda? ¿la lipo duele?
  12. Ya no te teñís el pelo simplemente para cambiar de color
  13. Todos tus amigos, y los amigos de tus hermanos que son más chicos que vos, ya tienen dos o tres hijos.
  14. Para festejar tu cumpleaños hacés un té con sándwiches y tortas
  15. Comenzás a hacer comentarios del estilo: cuando yo era chica se usaba… no entiendo a los jóvenes.. esta sociedad está perdida…
  16. Cambiás Pinamar por Mar Azul o Cariló (porque tenés más plata … y porque es más tranquilo)
  17. Cuando faltás al trabajo mirás Almorzando con Mirtha
  18. Cambiás el plateado por el dorado
  19. Cuando cogés por más de una hora al otro día te duele todo el cuerpo
  20. Te empiezan a gustar los pendejos.

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Los pros de vivir sola

Vivir sola tiene muchísimas ventajas, más allá de si es vivir sin una pareja, o sin una madre, o sin hijos. Hay ventajas para todos los gustos:

  • Vivís en tu propio desorden sin que nadie te diga: juntá lo que dejaste tirado. Y a su vez, no tenés que perseguir a nadie para decirle: juntá lo que dejaste tirado.
  • Todo, pero TODO el placard: es tuyo. No hay que tirar la remera de las ballenas porque no hay lugar, ni compartir, ni correr, ni sacrificar tu propio espacio. Podés ordenar las remeras y los sweters por color, por tamaño, o por ocasión de salida. O si no tenés ganas, no ordenarlo. Total, entra todo.
  • A la hora de la comida, cocinás una milanesa, un bife, o una ensalada, o un yogurt. No tenés que consultar con nadie qué tiene ganas de comer, sólo con tu estómago, y nadie te va a decir después:”no te salió tan rico esta vez”. O: “mmm.. no tenía ganas de comer carne, comí al mediodía”.
  • Cuando terminaste, y llegó la hora de lavar, es muy simple. O va a dormir a la pileta, o lavás solo un plato, un vaso y un juego de cubiertos. Sencillo y rápido.
  • El botiquín del baño puede tener todas las pelotudeces que se te ocurran: algodón, algodoncitos para sacarse el maquillaje, quitaesmalte, esmalte, crema para contorno de ojos, para la noche, para el día, para la tarde, bases de distintas tonalidades, mil sombras, rimel, cepillos, crema para el pelo, hebillas, tus propias maquinitas de afeitar, más cremas que nadie sabe para que sirven pero están, desodorantes, toallitas, tampones, Carefree, secador, planchita, buclera, aceites, lociones, sales de baño, burbujas para el baño… creo que hasta yo me perdí.
  • No hay que compartir el dominio del control remoto. No hay fútbol: ni el campeonato local, ni Chacarita contra Mandiyú, ni el Barza contra el Real, ni la Eurocopa, ni nada de nada de nada. Sólo le hace caso a tu dedo y decide ver: series, novelas, publicidades, o ir de una punta a la otra sin ver nada, varias veces, ida y vuelta, hasta que te convecés que no hay nada, y te vas a dormir.
  • Podés llegar de la oficina y tirarte en el sillón apenas dejás la cartera. Y no hacer nada de nada, ni tener que hablar con nadie, ni responder, ni preguntar.
  • Las cosas van donde más te gustan y no tenés que consensuar con nadie el color de las sábanas, ni de las cortinas, ni los muebles que van, y sobretodo, aquellos que no van.
  • Escuchás la música que querés, todo el tiempo que querés, y la repetís cuantas veces querés, hasta tu propio hartazgo (o el de los vecinos, que igual no tienen ni voz ni voto)
  • Entrás y salís cuando te viene en gana. A horas insólitas o no tanto. Y también entra y sale quien te viene en gana, a las horas insólitas. O no tanto.
  • Podés respetar tus silencios. Y si tenés ganas de hablar, sólo hace falta levantar el teléfono.
  • No hay posibilidad de que vengan amigos de tu novio, de tu vieja, de tus hermanos que no soportás. Por lo tanto, generalmente la gente que viene a tu casa, es más que bienvenida. Porque si no, siempre está la opción de no atender el teléfono o el portero, o simplemente decir: estoy con gente, o no voy a estar.
  • Podés andar por la casa desnuda después de bañarte. O antes, o siempre.
Toda esta panacea es maravillosa. Es un pequeño mundo construido a la medida, imagen y semejanza de su dueño. Pero claro… no todo lo que reluce es oro, ¿no? Y aunque parezca que se tiene todo, también falta tanto….
Pero eso se los cuento mañana, porque ahora voy a disfrutar de la cama de dos plazas toda para mi, para dormir en el medio, o en el costado, o a los pies, o donde caiga. De eso me había olvidado.

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