Entre solsticios y equinoxios
El frío te invita a quedarte en casa, con una película, el piyama más viejo, un sweter grande, pantuflas, medias, un gancho en la cabeza, y arsenal de chocolate suficiente para sobrevivir 15 años después de la bomba nuclear.
Todo lo que comés te hace engordar: guisos, pastas, carne con papas, chocolate caliente, tortas, facturas. Nunca una ensaladita, un yogur o gelatina light. Con lo cual en 3 meses de una ingesta continua de carbohidratos y grasas, terminás por convertirte en un chanchito que bien serviría de modelo de gran alcancía.
La ropa de invierno no te hace sexy. Podés ser muy elegante con los tapados, botas de taco alto, chalinas y gorros. Pero cuando algún hombre te invita a salir y te ve venir, siempre ve un tapado o una campera inflable debajo del cual puede estar cualquiera. Vestirte es toda una elaboración. No es simplemente un jean y musculosa, que con el color del verano siempre te queda sensual y bien. Si te ponés un escote te da frio, si te pones musculosa estás muy blanca, tenés 3 o 4 capas de ropa que parecen 3 o 4 kilos extra, tenés muchas prendas que combinar. ¿No te pasó nunca mirarte al espejo y sentirte el muñequito de Michelín?
Ir al gimnasio sería ideal, pero cuando salís de trabajar ya es de noche, estás cansada, y te acordás que total, no te ve nadie. Una porque no salís, otra porque cuando lo hacés podés disimular los kilos acumulados con toda la ropa que tenés en el placard tras la excusa de: ¡qué frío que hace!
La cama está helada. Hasta a la que no le gusta dormir abrazada ni pegoteada reclama por su cucharita. Los pies entrecruzados, un abrazo tibio, un cuerpo cerca.
El invierno es una época ideal para el amor. Para encerrarse a hibernar con una persona con quien puedas compartir una charla, risas, una serie, una peli, un libro. Con quien puedas estar por largo rato abrazado. Con quien tener sexo desenfrenado durante horas y entrar en calor sin morirte de calor.
El problema es que cuando no lo tenés, y te comportaste los meses invernales como un oso, cuando llega el verano y no fuiste al gimnasio, no tomaste sol, te comiste todo, estás achanchada y enganchada con una serie y te impide ponerte en marcha para salir y abandonaste a tus amigos por fiaca, va a ser difícil que consigas un novio en los breves tres meses estivales que te quedan. Y entonces va a llegar el veintiuno de junio y vas a estar peor que el año anterior. Es como un círculo vicioso.
Así que en lugar de estar leyendo esta nota con una factura y un café con leche en la mano, o un paquete de chocolates, sacate las pantuflas, ponete las zapatillas, el ipod, una campera y salí al menos a caminar. Empecemos por algo.
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