Lluvia … último, cap. IV

El bebé tiene hambre, Gina saca un set de biberones y leche para recién nacidos. No se prende, no puede, tiene días, no sabe. Sólo sabe que no es aquel pecho flácido que acompaña la luz de la mañana o la oscuridad de su futuro. Intenta una, dos, tres, la tercera es la vencida, Gina la vencida. Le pide al chofer del micro que la lleva de vuelta a la confitería donde se había desatado la batalla. Pide perdón al pasaje, nadie contesta, todos sonríen aliviados, fuimos por unas cuantas horas, testigos involuntarios de un holocausto que parece casi cotidiano en esta selva sensual y violenta.
Gina volverá a Italia con los brazos vacíos, el corazón hueco, las entrañas secas y una herencia para repartir a su muerte entre los parientes a los que preferiría no tener. Yo voy a Cataratas, el follaje de los árboles tutores del camino, hace olas.

Fin

Ana Tosi

Lluvia … cap II

Por fin el chofer del micro viene a buscarnos, no aguanto esta opresión, pensar que yo iba de vacaciones a Cataratas, volvería a casa. La mamá, vacía, es abrazada por el nene que dejó la silueta de su rostro en la ventana, nos vamos, ellos dos aún están en la mesa ¿esperan?
Dejó de llover. Afuera, el auto de la mujer de blusa almidonada está encajado en la tierra colorada, como si el campo de batalla hubiese sido en el cruce de calles. Ella, camina sobre sangre derramada, lleva el trofeo en brazos. El chofer del micro se ofrece a llevarla, parece que tiene un vuelo que sale desde Posadas a Buenos Aires. Se llama Gina, es un lindo nombre pero me quedo a un costado, ayudarla sería traicionar a la madre, al niño y al bebé. Se sienta en el primer asiento, justo a mi lado, mi sufrimiento parece no tener fin como el de la madre y el mocoso que aún esperan adentro de la confitería. Arranca el micro, dejando girones. Gina llora, la blusa almidonada, ya mojada por la lluvia, se pega con ahínco a su piel. Se volverá piel acartonada. Armadura…..

continuará
Ana Tosi

Llueve …capítulo I

Necesito tierra firme, este viaje me supera, cuánto hace que estamos en el micro, faltan dos hora para llegar a Posadas.
¿Qué pasa, qué dicen? no puede ser, se descompuso el micro, no arranca. Ahora tendremos que caminar hasta el próximo pueblo y esperar el auxilio. Lo que faltaba. Bajo una llovizna molesta, llegamos a la confitería del lugar, una construcción antigua de ladrillos a la vista, las mesas de afuera están vacías, parecen recién pintadas por el agua de lluvia. Adentro más que oscuro. Busco un lugar cerca de la ventana. Cuando era chica iba directo al ventanal de la confitería de la esquina de casa para poder ver a las personas que caminaban por la avenida Díaz Velez. En la mesa de al lado se sienta una chica joven con un bebé envuelto, está tan tapado que no le permite, al niño, ver el rostro a su madre. Ella lo mece y se mece sin pausa, lo aprieta contra su pecho hasta casi ahogarlo, se levanta para mirar por la ventana, veo sus alpargatas agujereadas y sucias de caminar por el barro. La mirada es del color del tiempo, gris. Sigue lloviendo, se sienta y se mece. Un nene pega su cara al vidrio, me mira, yo me saco la gorra, me incomoda su mirada. Llamo al mozo, no tengo mucho apetito pero necesito ocuparme en algo, le pido un café y una factura. Pastelito dice. El nene lo mira y me mira, casi puedo sentir su aliento a través del vidrio. “Ya se lo alcanzo doña” La mamá del bebé tiene un pañuelo mojado en la cabeza, se lo saca como queriendo arrancarse el cabello, con rabia, con dolor, lo pone arriba de la mesa. El bebé empieza a llorar, ella saca un pecho flácido, vacío y triste. Mientras lo amamanta, levanta la cabeza y mira por la ventana. El reflejo deja al descubierto un hilo de agua que va de los ojos a la nariz, allí se unen para caer sobre la boca y seguir hasta la manta que envuelve al bebé, ahora, impregnada de llanto. Afuera llueve, el nene contra el vidrio mira el recorrido del pastelito a mi boca, lo dejo ¡así no se puede comer ni vivir! Un auto para en la puerta de la confitería, una mujer con una blusa blanca almidonada entra como buscando a alguien. La madre se pone de pie, la mujer se acerca, apoya un sobre de papel madera arriba de la mesa y toma el bebé, la madre lo trae para sí, forcejean. La mujer casi se lleva los brazos de la mamá junto con el bebé. Pero no. Relampaguea. El nene contra el vidrio llora, sus lágrimas dibujan la ventana. El bebé llora. La mamá llora. Truena. Lloro. Afuera se desata el diluvio, adentro también…..continuará

Ana Tosi

Arnaldo Calveyra

estrellas

Caminaba el hombre

Caminaba el hombre
llevado por su estrella,
no diferente al yuyo
que al agacharse
toca con la mano

hombre
atendido por su estrella,
forma dulce de tierra
por cuestas de retama

de loma en loma
hablado por los pájaros

herido por cinco pies de
tierra

como las nubes errantes
busca arroyos
donde aliviarse,
reflejarse

y la vara de nardo
de la luz
que lo conversa

brillante de verde
de hondonada

olías a
lentamente tierra,
la tierra curva
de Entre Ríos

llegada de su noche
una lumbre siempre pronta
que lo entibia

el hombre, el doble de su estrella
atraído por su sol

¿dónde los cinco pies
de tierra
que lo exaltan
en la voz de la calandria?

creencia dulce de senderos.

Imagen Internet.

Jorge L. Borges “Fundación mítica de Buenos Aires”

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¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
presenciada de auroras y lluvias y sudestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

Imagen Internet.

Piglia inaugura una colección de libros

OBRAS. Asegura que “ésta es una colección que incluye libros que me parecen importantes, y que por motivos que obedecen a una lógica hermética -que también es la del mercado- tardan en ser reeditados o no se reeditan nunca”.

E l escritor Ricardo Piglia rescata en la flamante colección “Serie del Recienvenido”, la cual dirige, textos que por distintos motivos han quedado en el olvido y en los que se puede detectar -tal cual un detective- las señales del presente en las obras de un pasado muy cercano en el tiempo.
Editada por el Fondo de Cultura Económica, la idea fue macerada lentamente por el último premio Rómulo Gallegos de Novela y por el gerente comercial de la filial argentina de ese sello, el poeta Alejandro Archain.
En diálogo con Télam, Piglia dice que “ésta es una colección que incluye libros que me parecen importantes, y que por motivos que obedecen a una lógica hermética -que también es la del mercado- tardan en ser reeditados o no se reeditan nunca”.
Y agrega: “Ése fue el punto de partida. Desde ahí empecé e elegir los títulos que están faltando, y que abrieron un camino. Empezamos con `Nanina`, la novela de Germán García, de 1968. Y seguimos con la de Silvia Molloy, `En breve cárcel`”.
Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en 1941.
Estudió Historia en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), y dirigió la Serie Negra en la editorial Jorge Alvarez, desde donde difundió la obra de Dashiel Hammett, David Goodis, Horace McCoy, Jim Thompson y Raymond Chandler, entre otros.
Publicó, entre otros libros, “La invasión”, “Nombre falso”, “Respiración artificial”, “Prisión perpetua”, “La ciudad ausente”, “Plata quemada”, “Crítica y ficción”, “El último lector” y “Blanco nocturno”.
“Estos libros”, sostiene el escritor-editor, “están ligados, de diversas maneras y procedimientos, a algunas discusiones actuales, como si se hubieran puesto en juego ciertas poéticas que después se actualizaron. Y el nombre de la colección es un homenaje a Macedonio Fernández”.
Pero volviendo a los títulos, Piglia dice que en principio “se los ve como lo que son, pero también -y eso es notable en el caso de `Nanina`- creo que es un texto que entra en conversación con las llamadas ficciones del yo, y también con las autobiografías, que han venido definiendo, en los últimos tiempos, un cierto campo de lecturas”.
“Y algo así también pasa con la novela de Silvia Molloy con respecto a la cuestión de las elecciones sexuales. En ese sentido, estos libros están ligados a esas poéticas… con la diferencia que están escritos mucho antes”, apunta.
La “Serie del Recienvenido” parece haber llegado para quedarse, pero la producción no estará definida por la lógica de la publicación permanente sino por pausas calculadas en función de la lectura e instalación de los textos.
“Es cierto. Insistí en una estrategia a la que también adhieren otras editoriales pequeñas: tratar de cambiar un poco el ritmo de las ediciones, establecer una duración media para los libros, y ver cómo algunos se han anticipado o han planteado materiales que con el tiempo fueron convirtiéndose en centrales”.
“Oldsmobile 1962”
En estos días acaba de publicarse el tercer título de la serie. Se trata de “Oldsmobile 1962”, un libro de cuentos de Ana Basualdo que “me gusta mucho, quizá por esa continuidad temática que recorre el libro, sus historias, la cosa rural. Ese también era un libro perdido”, apostilla Piglia.
“Y sí, `Oldsmobile…` es de principios o mediados de los 80. Pero es un ejemplo perfecto. Pareciera que un libro publicado en los 70 o los 80 es viejísimo. Antes, nos movíamos con la idea de comprar un libro del siglo XIX. Ahora no, claro. Ahora es otra cosa”.
“El próximo título que elegí es `El mal menor`, de Charlie Feiling. Es una novela de terror, pero con otros elementos, anterior a esta moda de vampiros, alienígenas, resucitados, experimentos genéticos, etcétera. Es anterior, está muy bien escrita y pasó casi desapercibida”, detalla el narrador.
Y casi llegamos a fin de año para publicar algún título inédito, “alguna crónica, crónica-ficción, como quiera llamársela: literatura, en rigor. En una antología de sus textos, editada por la Universidad Diego Portales de Chile, María Moreno publicó un primer capítulo de un texto que le pedí, donde cuenta su relación -y la de su generación- con el alcohol. Y luego algo más. Ya veremos”, concluye el editor, como un acertijo que volvió del frío.

Publicado el 06/05/2012 – Por Pablo E. Chacón .

Mary Shelly: Frankestein

Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,
El sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana. ¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!.
….
***
Parte del dialogo entre el monstruo y su creador.

Vagué durante algunos días por los lugares donde habían sucedido estos acontecimientos. A veces deseaba encontrarte, otras estaba decidido a abandonar para siempre este mundo y sus miserias. Por fin me dirigí a estas montañas, por cuyas cavidades he deambulado, consumido por una devoradora pasión que sólo tú puedes satisfacer. No podemos separarnos hasta que no accedas a mi petición. Estoy solo, soy desdichado; nadie quiere compartir mi vida, sólo alguien tan deforme y horrible como yo podría concederme su amor. Mi compañera deberá ser igual que yo, y tener mis mismos defectos. Tú deberás crear este ser…
***
Esclavo, antes intenté razonar contigo, pero te has mostrado inmerecedor de mi condescendencia. Recuerda mi fuerza; te crees desgraciado, pero puedo hacerte tan infeliz que la misma luz del día te resulte odiosa. Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece!
La hora de mi debilidad ha pasado, y con ella la de tu poder. Tus amenazas no me obligarán a cometer tamaña equivocación; más bien me confirman en mi propósito de no crear una compañera para tus vicios. ¿Querrías que, a sangre fría, infectara la Tierra con otro demonio que se complaciera con la muerte y la desgracia? ¡Aléjate! Estoy decidido, y. con tus palabras sólo acrecentarás mi cólera.
El monstruo vio la determinación en mi rostro y rechinó los dientes con rabia imponente.
––¿Encontrará todo hombre ––gritó–– esposa, todo animal su hembra mientras yo he de permanecer solo? Tenía sentimientos de afecto, que el desprecio y el odio anularon en mí. Mortal, podrás odiar, pero ¡ten cuidado! Pasarás tus horas preso de terror y tristeza, y pronto caerá sobre ti el golpe que te ha de robar para siempre la felicidad. ¿Acaso piensas que puedes ser feliz mientras yo me arrastro bajo el peso de mi desdicha? Podrás destrozar mis otras pasiones; pero queda mi venganza, una venganza que a partir de ahora me será más querida que la luz o los alimentos. Podré morir, pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tus desgracias. Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso. Vigilaré con la astucia de la serpiente, y con su veneno te morderé. ¡Mortal!, te arrepentirás del daño que me has hecho.
––Calla, diablo, y no envenenes el aire con tus malvados ruidos. Te he comunicado mi decisión, y no soy un cobarde al que puedas convencer con tus amenazas. Déjame; soy implacable…..


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