VIEJAS CIUDADES…-ANA ISABEL ESPINOSA

…Que asientan sus ancianos pies sobre el mar y la tierra callada de años sobre su espaldas y gente naciendo, creciendo y muriendo y yendo y viniendo y comercios ancestrales que se cierran, pequeñeces que marcaron rumbo de vidas, recuerdos, emblemas pasados de épocas mejores o peores, pero con personalidad propia.

Las grandes superficies se lo comen todo, fagocitan hasta la saciedad, alimentándose de pequeños sueldos, de sudores, de trampicheos y escaqueos legales , que regatean los céntimos y matan a pequeños comercios, que no pueden competir y se tambalean de pie, abriendo a destajo y amargándose el aliento y las ganas.

Mi suegro luchó en vida por sacar adelante un negocio que le pudo siempre, dándole alas y cortándoselas, avinagrándose con su sangre jerezana, tras un mostrador , esperando ver mejores tiempos.

Mi padre, su padre y también el suyo, vivieron en pequeños comercios de cara a gente que transitaba sus vidas , que se convertían- a fuerza de verlos pasar, entrar y algunas veces hasta comprar- en amigos para toda la vida, creciendo sus hijos a compás y casándose éstos y viniendo a comprar también  y trayendo a los nietos.

Los proveedores no lo eran, sino que eran Emilio o Santana o Ramírez, el de la Paca, y los pagos  se transmutaban en letras y el treinta, sesenta y noventa, eran más importantes -algunas veces- que el avemaria recitado por las monjas, en los comienzos de las clases en los colegios.No importaba lo que vendieras, porque en realidad vendías tu alma, tu dote, tus sueños de perpetuarte en el negocio, de hacerte magistralmente rico y de encumbrarte tú y tu familia, fuera de esa pequeñez de tienda, que era toda tu vida.

El pequeño comercio está agonizado, no nos engañemos, muerto por los turnos dobles y triples de las grandes cadenas, machacado por sus precios irrisorios y la nula competencia, de comprar a por menor y atender al cliente, como a la propia familia.

El pequeño comercio, muere cuando nuestros hijos se marchan a trabajar a las grandes empresas , cuando nuestro suelo vale  más que nuestro esfuerzo, cuando echar el cerrojazo es la opción más válida y cuando el continente vale más que el hipotético contenido.

¿Y saben?… no importaba realmente, no importaba lo que vendías, sino quién te compraba, quién se paraba ante la iglesia, sabiendo que no era la hora para entrar a misa de seis y acudía a tu tienda, no importaba si eras joven o te empezaban a salir las canas, porque cuando vegetas tras un mostrador  y el suelo y las paredes son parte de tu vida, de tu existencia, lo que vendas lo que seas, se disuelve como el azúcar en el café , transmutándose con la realidad del que llama a la puerta, del que hace sonar esa campanilla, que, durante años después de echar el cierre, oirás en tu casa, ya transformado en jubilado abuelo , con grises zapatillas y que te cortará el aliento y te hará cerrar los ojos con fuerza para no llorar, cuando de día, pases frente a lo que fue tu tienda y veas una inmensa tienda de orientales, vendiendo a sesenta céntimos panderetas. Viejas ciudades, que asientan sus pies sobre nuestra alma callada, sobre nuestros deseos más profundos, alimentándonos de su aliento salado ,haciéndonos viejos con ellas y viéndonos, en sus ojos azulados por el reflejo del mar.

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