VICENTE DEL MORAL, RAFAEL O ROQUERO

El futuro es una incertidumbre tan grande que desde siempre los humanos hemos mirado al cielo. En Cádiz , no sé ahora, pero en la época de mi padre , los comerciantes, miraban a los de al lado, se preguntaban , cuando había presagios de huelga de astilleros, si abrían o no ,  con solo asomarse a la calle y charlar unos con otros.                                                                                                                                                           Somos tan antiguos y estamos tan asentados en la tierra, tan endémicamente pendientes de ella, que es muy difícil que cambiemos, por eso, supongo, no abren ahora al mediodía , porque prefieren no verle las pamplinas a los cruceristas por dos euros y sí en cambio partirse la tráquea, a base de ronquidos.                                                                                El comercio no es fácil, créanme , supongo que por eso yo estudié, a disgusto de algún que otro que quería verme tras el mostrador de un negocio que yo , con mis aires de ermitaño,  lo tenía más difícil- aún- que ser miss España, con mi metro sesenta.                                               De todas formas el comercio ha cambiado, ahora no hay familias criándose al amparo de un negocio, excepto si son de nacionalidad china, pero antes era poco menos que un arte el saberte parte de un todo, donde, ya es la guinda del pastel, todos somos el todo gaditano.                                                                                                                                      Los merchanes, generación tras generación, siempre con sus trajes de chaqueta y su sonrisa en primera línea, que no perdían , aunque solo comprases un trocito de tela, Rafael , el de la huevería, con su mujer Paquita, tan trabajadores y agradables, pieza indispensable en la semana santa gaditana, Repetto y  Vicente del Moral, gigantes con formas humanas, la joyería Mejias, buque insignia del buen gusto, cuya matriarca cambiaba flores y cumplidos con mi abuela, los mejores mimbres de Acuaviva , el convite que no faltara  en “el  Baluarte”, Nicanor que traía el vino fresco en barriles desde Valdepeñas, cogiéndolo en la estación y transportándolo a lomos de mulos , por adoquines y callejuelas. Entonces,  la vida era diferente, éramos más asalvajados y no había tanta tele, lo mismo ninguna y la gente bebía mucho vino, todo el día, y no se hacían alcohólicos, lo más, borrachos .                                                                                              Roquero , con su bigotillo fino y alguna muela de oro, arreglaba marcos tan antiguos como el tiempo , adoptando por los siglos el sobrenombre de la tienda , aunque se le bautizó en la pila como Bernardo.  La imprenta Rimada vendían de todo menos talento , para que los cuadros se pintasen solos, Kire, los pianos y la posibilidad tan efímera de la fama , sobre unas teclas de marfil, Seoane y Mateo,   sus escayolas y sus estudiantes de medicina, Pepe , el panadero, todo lo bueno de la vida y Perico , el entrañable guía de la santa cueva, dejaba a todos boquiabiertos regalando su mucha sabiduría. Estaba la barbería de Pepe, con barbero uniformado de bata blanca y navaja en ristre, estaba media vida en un microcosmos- tan perfecto- que muchas veces podías imaginar -sin dudarlo- que estabas formando parte de una película de Almodovar y en cualquier momento escucharías el “corten”, de se acabó lo bueno.                                                            Se abrían los sábados todo el día y  los domingos, porque venía la gente de Vejer o de Arcos y podían hacer buena caja, se comía y se hacía vida en la trastienda , se trabajaba como los mulos de carga y cuando uno de los suyos desertaba del comercio y emprendía la fuga, le decían enteradillo y sabihondo, con descarado y orgulloso perjuicio de clase superior, de descendientes de fenicios , que no entendían de sucursales , ni de expansiones, ni de franquicias, solo de trabajo y familia, de niños y niñas que se hacían hombres y mujeres , al lado de una caja registradora y un mostrador de madera. Supongo que, todo ello ,como mi inocencia y mis zapatos gorilas, se han perdido, y solo quedan empleados que hacen horas extraordinarias mal pagados y guiris , que pasean , sin ganas de comprar nada.



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