Esto es lo que los rishis (sabios) de la antigua India enfatizaron de manera constante: “Vivan juntos, respétense; no dejen que las semillas de envidia y odio crezcan y ahoguen la clara corriente de amor”; ésa es la plegaria que han enseñado a los niños de su tierra.
Su enseñanza ha sido la de la unidad, la divinidad, la caridad, en pensamiento, palabra y obra desde el primer aliento hasta el último. Si los maestros transmiten esta herencia sin cambiarla ni disminuirla a los hijos de su tierra, su futuro como país glorioso estará asegurado.
Los maestros no deben sacar excusas, basadas en consideraciones materiales, para eludir o evitar su tarea esencialmente espiritual de educación. Deben soportar las pruebas y tribulaciones con tranquilo contento y hacer su trabajo aún más eficientemente, para que Dios los recompense y la sociedad aprenda a reverenciarlos más todavía por su sacrificio.
El mundo honra al hombre que soporta las penas con alegría mucho más que a aquel que disfruta desvergonzadamente.
En esencia, los años de vida no son sino un corto espacio de tiempo, un descanso en una posada del camino, un drama escenificado en un escenario improvisado, una burbuja en las aguas. Durante esta hora fugaz, les ha sido dado a unos pocos compartir esta dorada oportunidad de impartir instrucción, de inspirar devoción e instilar valor en el niño en crecimiento. Es necesario que hagan su trabajo bien como una adoración, como una ofrenda a Dios, y serán ampliamente recompensados con alegría, paz y descanso.
Hoy en día los maestros no están conscientes de la nobleza de su profesión, y la sociedad se ha vuelto ingrata. Los niños y jóvenes toman como dioses y guías a las estrellas de la pantalla; aprenden profunda y peligrosamente de las películas, de las historietas de horror, de los libros de crímenes. No se les implanta desde temprano en la vida ningún sentido de los valores; son arrastrados por el torrente de trivialidad. El maestro es impotente testigo de esta tragedia, pues no tiene fortaleza ni resistencia que impartir, ningún ideal que implantar, ningún entusiasmo que transmitir. Si sólo el maestro estuviera imbuido de las lecciones de los libros sagrados, podría, por medio del precepto y del ejemplo, conducir a los niños por el camino de la paz y la felicidad.
Claro está que el hombre y la sociedad deben complementar sus esfuerzos y nutrir las impresiones que él es capaz de comunicar. El maestro debe trabajar en una atmósfera de amor y verdad, no de odio y falsedad. Él debe andar entre los niños feliz y contento, no enojado y serio; sólo entonces es que puede irradiar amor.
Ninguna cantidad de consejos y de exhortaciones puede hacer que el maestro se eleve al estado pleno de su profesión. Él mismo debe mejorarse; no puede ser mejorado por presiones o persuasiones externas. Ellos pueden haber asumido esta profesión por varias razones, pero no son relevantes ahora. Una vez que se han unido a esta gran asociación de maestros, deben esforzarse por justificar la confianza puesta en ellos y servir a los mejores intereses de los niños confiados a su cuidado por padres que esperan lo mejor de ellos.
Sólo necesitan seguir las huellas de los grandes maestros del pasado que transmitieron su riqueza espiritual a las generaciones siguientes. Ellos fueron estudiantes hace algunos años y, naturalmente, como maestros tratan de conformar sus métodos y maneras de acuerdo con los lineamientos empleados por sus maestros. Quizá se aproximen a los ideales de que hablé ahora, o quizá no, pero su deber es morar en la realidad interna y descubrir la fuente de alegría que está allí para que la exigente tarea de moldear a los niños en hijos dignos de Dios, sea para ellos un trabajo de recreación altamente grato y recompensador.
Su carácter es la mejor herramienta para la profesión que han escogido; su conocimiento es sin duda valioso, y se puede disculpar si no es totalmente perfecto, pero el carácter debe ser ciento por ciento perfecto.