ENTREVISTA A DIOS

Un día comprendí que el silencio vale más que mil palabras!:
Que tengas muy buen día.
"AMA A TODOS, SIRVE A TODOS"

Que tengas muy buen día.
¿Quién eres?”, le preguntó Hakuin.
“Soy un samurai, le respondió el guerrero, hasta el emperador me respeta”.
Hakuin se rió y contestó “¿Un Samurai, tú? Pareces un mendigo”.
El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para que había venido. Sacó su espada y ya estaba a punto de matar a Hakuin cuando éste dijo:
“Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta”.
Esto es lo que un guerrero puede comprender. Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto, conmovido, se inclinó con humildad y con voz honesta y profunda dijo:
-Maestro, muchas gracias, tus palabras tocaron mi alma. La rabia, el miedo y la arrogancia son mi infierno.
El maestro lo miró fijamente y le dijo:
“Aquí se abren las puertas del cielo.”
No son las palabras de los otros las que te envían al cielo o al infierno, es el significado que les das.
Las palabras pueden contener emociones, pero tú decides si las aceptas y cuanta importancia tienen para ti.
Cuando eliges la rabia, la arrogancia o el miedo, estas escogiendo el dolor, el juicio y el aislamiento, tanto para ti como para quienes te rodean.
Nuestros maestros y nuestras lecciones se encuentran con frecuencia en las personas o situaciones más inesperadas.
La persona más difícil o la situación más adversa pueden ser los maestros que te recuerden que en este instante puedes elegir estar en el cielo o en el infierno.


Había una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por la envidia que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado.
Tiempo después se arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un hombre muy sabio a quien le dijo:
“Quiero arreglar todo el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?”, a lo que el hombre respondió: “Toma un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas”.
El hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas.
Volvió donde el sabio y le dijo: “Ya he terminado”,
a lo que el sabio contestó: “Esa es la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste. Sal a la calle y búscalas”.
El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna.
Al volver, el hombre sabio le dijo: “Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedirle perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste”.
“Cometer errores es de humanos y de sabios pedir perdón

Un sábado, un padre estaba realizando la adoración de Dios y le dio a su hijo una rupia para que comprara unos plátanos. Este hijo suyo era un niño muy bueno. Compró los plátanos, pero en el camino vio a una madre y su hijo, hambrientos, parados en la carretera. Cuando el hambriento niño vio los plátanos, corrió hacia ellos. Al ver esto, la madre corrió tras su hijo y lo detuvo, pero en ese momento ambos cayeron, minados por el hambre. Cuando el muchacho vio a aquellos dos seres sufriendo tanto a causa del hambre, pensó que era mucho mejor alimentarlos con los plátanos que llevar éstos a casa. Les dio las frutas y también les llevó agua. Aquella madre y su hijo se sintieron tan aliviados de su hambre y sed, que le expresaron su gratitud de muchas maneras y derramaron lágrimas de alegría. El buen muchacho llegó a su casa con las manos vacías y cuando su padre le preguntó si había comprado los plátanos, le respondió afirmativamente, y cuando le preguntó dónde estaban, le dijo que los plátanos que había comprado eran sagrados, que no se pudrían y que no podían ser vistos. Le explicó que había alimentado a dos almas hambrientas con ellos y que las frutas que ahora llevaba a casa eran sólo los sagrados frutos de la acción. El padre pensó entonces que su hijo era digno de él y sintió que todas sus oraciones habían recibido respuesta ese día. A partir de ese entonces creció en él un gran afecto por su hijo y vivieron muy unidos.
“PD: Kasturi, comienza el Año Nuevo recitando esta oración.”
BABA
Om Sai Ram.

Hay una pequeña historia que nos habla de cómo la posesión de riquezas puede cambiar las cualidades de algunas personas. Había una madre que tenía un solo hijo y una gran cantidad de dinero. Este hijo había perdido a su padre desde sus primeros años. Cuando el niño creció y se hizo grande, empezó a frecuentar malas compañías. Si el estanque está lleno, las ranas se reúnen alrededor, pero una vez que está seco, todas las ranas desaparecen. Muchos amigos los rodearán mientras ustedes tengan riquezas, pero en cuanto ellas desaparezcan ellos también desaparecerán sin hablarles siquiera. Este muchacho acumuló un gran número de malos amigos. Acostumbraba ir todos los días con su madre y pedirle grandes sumas de dinero, con el resultado de que el cariño de la madre hacia el hijo empezó a disminuir y ella desarrolló verdadera aversión hacia el muchacho. Conforme pasaban los días, el muchacho perdía todo apego y afecto por su madre. Ella, por su parte, pensaba que era mejor que tal hijo, quien denigraba el honor y la reputación de la familia, muriera antes de seguir viviendo así, y con esa idea, un día trazó un plan. Al mismo tiempo, el hijo tenía su propio plan, ya que pensaba que su madre se interponía en su camino y que una madre así mejor debería morir. Un día, el hijo se disponía a matar a su madre con una varilla de hierro cuando ella llegara a servirle la comida. La madre también decidió acabar con el muchacho el mismo día poniendo veneno en la comida. Cuando la madre se acercó a servirle la comida, el hijo la golpeó con la varilla de hierro y la mató. A los pocos minutos, él también moría, después de haber ingerido la comida envenenada.
Una vez, un sadhaka, ansioso por saber algo acerca de lo divino, deseaba que su ojo de la sabiduría fuera abierto. Se dirigió entonces a una cueva donde vivía un gurú. Al entrar a ella, vio una pequeña luz, la cual se fue extinguiendo conforme él avanzaba hacia el interior. En la oscuridad uno se siente atemorizado, y el miedo nos hace pensar intensamente en Dios. Por ello, el sadhaka pronunció con fuerte voz el mantra “Namashivaya”, y al oírlo el santo le preguntó quién era, a lo que el otro respondió que había ido a buscar su gracia. El gran santo, quien se mantenía en la cueva sólo respirando el aire que había a su alrededor, tenia el poder de conocer inmediatamente los pensamientos de su visitante. Le dijo que respondería sus preguntas más tarde, pero le pidió que fuera y encendiera la lámpara que se acababa de apagar. El visitante tomó una caja de cerillos y trató de encender la lámpara pero no lo logró. Instantes después le dijo al gurú que ya había agotado la caja de cerillos tratando de encender sin éxito la lámpara, y el sabio le dijo que viera si la lámpara tenía aceite. El sadhaka lo hizo y encontró que la lámpara sólo tenía agua. Se lo dijo al gurú y éste le pidió que le tirara el agua y la llenara con aceite y luego tratara de encenderla. El visitante hizo todo esto, pero aun así la lámpara seguía sin encender. El sabio dijo entonces que probablemente la mecha estuviera mojada y le pidió que la secara completamente y luego intentara encenderla de nuevo. El visitante hizo lo que se le había indicado y entonces tuvo éxito. Después se animó a mencionar su necesidad y le pidió al sabio una enseñanza. El sorprendido gurú le dijo que la respuesta ya le había sido dada. El visitante le rogó que, ya que él era un hombre ignorante, y por lo tanto no tenía la capacidad de entender el significado de la enseñanza, se la explicara en términos más claros. El gurú dijo: “En el recipiente de tu corazón se encuentra la mecha de tu jiva (alma individual). Esta mecha ha estado sumergida todos estos días en el agua de tus deseos sensoriales. Por lo tanto, no estás capacitado para encender la lámpara de la sabiduría. Saca toda el agua de los deseos del recipiente de tu corazón y llénalo con la recitación del nombre del Señor. Toma la mecha del Jiva y sécala al sol de vairagya (renunciación); exprímele toda el agua de los deseos y llena el depósito del corazón con el aceite de la devoción o la recordación del Nombre. Entonces podrás encender la lámpara de la sabiduría.