Junio 21, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente

(Inspirado en un texto homónimo de Amy)
Hay herencias pesadas. Tanto, que casi impiden avanzar. Cuando piensa así, Adelina piensa en el traje de novia que su madre guardó entre naftalinas durante casi setenta años. Un día antes de morir, sin fuerzas para moverse de la cama, se lo regaló, así envuelto, en hojas de papel de seda amarillentas, dentro de la caja blanca de cartón. Es su tesoro más preciado. Cada vez que mira la caja le saltan las lágrimas. No hace falta abrirla. Con solo recordar lo que hay, cae de rodillas en un llanto espasmódico. Lo curioso es que al pensar en su madre no siente la misma angustia. La única vez que lloró por ella fue el día del entierro, pero después no sintió más deseos de llorar. Acostada en la cama, mirando el techo, hace un esfuerzo supremo por apenarse, como quien se está por provocar un vómito, pero las ganas (o náuseas) no le aparecen. En cambio, el vestido de novia, fugaz como un fotograma, desencadena esa reacción inexplicable.
El problema es que Adelina desde que se jubiló estuvo buscando un monoambiente para mudarse pero la caja del vestido es enorme y los departamentos de hoy en día son minúsculos.
Como ella y el traje son inseparables, finalmente decide mudarse a la calle. Con sus cuatro bártulos, que incluyen la caja blanca, armó su lugar en una esquina de la calle Piedras, cerca de la autopista. Por las noches, apoya la cabeza en el vestido para que no le roben su tesoro. Hasta ahora, tuvo suerte.
Abril 5, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente
En mi post anterior, doña Betina Pascar confesó que carece de habilidades manuales pero en cambio tiene “otras” habilidades (de las que, aún no nos ha ofrecido mayores detalles, por lo que aguardamos su comentario con ansiedad).
Propongo entonces que cada uno de nosotros enumere lo siguiente. Supongo que nos vamos a divertir y conocernos un poco mejor.
1. ¿Cuál es tu mejor habilidad?
2. ¿Para qué sos un inútil total?
3. ¿Cuál es tu habilidad inconfesa (es decir, sabés que servís para eso pero el único que lo sabe sos vos).
4. ¿Aplicás tu habilidad en tu profesión/oficio/vida cotidiana o sólo te sirve cada vez que naufragás y tenés que sobrevivir en una isla desierta?
5. ¿Si pudieran se dedicarían full-time a desarrollar esa habilidad?
Se reciben ponencias! Y si van a ser (muy) guarangos, traten de hacerlo con arte y astucia, de lo contrario los borro de un plumazo.
Se abre la sesión!!
Morggan (o sea yo)
1. Sí. Tengo habilidad con las manos. Hago de todo, ahora estoy haciendo una colección de flores hechas de botellas plásticas. También escribo.
2. No podría ser arquitecta. No puedo imaginarme otro espacio que el que tengo frente a mis ojos.
3. Mi mayor habilidad, totalmente inconfesa, se la demostré a un solo tipo en mi vida.
4. Creo que las habilidades siempre sirven, aunque uno no las aplique directamente. En mi trabajo escribo mucho, aunque no ficción. Y siempre que puedo vendo mis manualidades.
5. Mi sueño para cuando sea vieja (más que ahora, digamos), es vivir en un pueblito del interior de la Argentina enseñando manualidades a los chicos. O no haciendo nada y disfrutando del aire y del sol.
Bueno, ahora ¿quién quiere tomar el guante? Espero millones de comentarios! 
Abril 4, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente
prendedor hecho de una botella de agua Evian.
Abril 1, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente
Creo que me acerqué a él porque reconocí el gesto. Su cara de angustia me hizo acordar a mi misma. Así me pongo cuando se me pierden las cosas y no es que tenga demencia precoz: siempre fui igual. Me desoriento cuando salgo del subte o del shopping. Siempre agarro para el otro lado. Una vez desde Parque Centenario salí de un local pensando que iba camino a la avenida Corrientes y después de un largo rato de caminar me di cuenta que estaba cerca de la General Paz. La desorientación es hermana de los olvidos y estos llevan a pérdidas irreparables. O al menos es lo que pensamos hasta que nos damos cuenta que, en realidad, lo material no es tan fundamental.
Casi me tropiezo con aquel hombre porque ambos veníamos con la cabeza gacha. Frené justo porque estornudó y estuvo por salpicarme.
Eso hizo que me detuviera en seco. Me dio asco, pero lo miré. Tenía facciones agradables, era joven y tan alto como un basquetbolista. Abrió la boca y estuve a punto de escapar. Sus labios comenzaron a moverse. Quizás me iba a invitar a tomar algo y yo no estaba dispuesta a aceptar la invitación de un desconocido.
En esos segundos previos a escuchar su voz sentí la necesidad de adivinar lo que me iría a decir. A menudo me sucede y es casi como una obsesión, un juego solitario que me sorprende y perturba. El otro día, por ejemplo, pensé en el nombre María mientras conversaba con un amigo, e inmediatamente después le oí pronunciar aquel nombre. Yo no conocía a la mujer de la que hablaba, pero así todo lo adiviné.
Cuando el tipo estornudó, pensé en las llaves de un auto. Esperé verlas caer al suelo pero no ocurrió.
-¿Usted… ser… de aquí?, sentí que me preguntaba, con timidez y en voz baja.
Así que el basquetbolista era un gringo. Un turista, capaz. Uno de esos que terminan quedándose y para sobrevivir dan clases de inglés hasta que una porteña los invita a mudarse a su departamento.
Levanté la vista y lo observé. Me fascina ayudar a los turistas. Hasta llevo un mapa en la cartera. Mi desorientación no impide que les de explicaciones, total si se pierden lo más probable es que piensen que la culpa fue de ellos.
En su español elemental, el tipo, que se llamaba Charlie, me dio a entender que había alquilado un auto y que lo dejó estacionado pero no se acordaba dónde. Empezamos a caminar.
Hubiese sido complicado contarle que acababa de tener la visión de sus llaves en el suelo. ¿Cómo se decía clarividente en inglés? El no hubiese entendido. Y además no era para tanto. Quizás con el tiempo, si practicaba… ¿O era pura casualidad? Es ahi donde me pongo nerviosa y mi extraño poder deja de funcionar. No es que yo pienso “a ver dónde está el auto” y de inmediato recibo la imagen completa con dirección impresa y todo, como en el mapa de Google. No, mi poder es oblicuo. Siempre queda la posibilidad de que haya sido producto del azar.
Caminamos varias cuadras por San Telmo y como se hacía de noche entramos a un bar a tomar un café. A Charlie le encantaban los bares, me dijo. Ya sé, le respondí, ustedes no tienen nada parecido en Estados Unidos. A lo sumo tienen un producto clonado que se llama Starbucks pero es como querer meter un bar por el cable de una PC y pretender sacar cien copias. A todas les va a faltar el alma, eso que la computadora no puede reproducir. El mostrador, el mozo gallego, las sillas vienesas, la cristalería y los vinos ordenados ante los espejos de vidrio, alguno que otro cartel fileteado, la imagen de Gardel y un equipo de fútbol. Todo eso, sumado y fotocopiado, no sirve para armar un bar.
Por eso a Charlie le gustaban tanto los nuestros y me dijo que iba a ser lo que más extrañaría cuando se fuera de Buenos Aires. “Los bares, y ahora a vos también”, agregó.
Yo le sonreí. Me había quedado absorta mirando la televisión prendida en un canal de noticias, justo arriba y detrás de su cabeza. Estaban enfocando a una cantidad de personas en la calle. El sonido no se oía. Sin embargo, algo hizo que me detuviera a esperar alguna información. La cámara pasaba del plano general a los rostros de la gente. Algunos parecían angustiados. Yo miraba la pantalla y Charlie me miraba a mí. De pronto me acordé que Alfonsín estaba mal. Lo había visto en el diario por la mañana. ¿Se habría muerto? En ese mismo instante, apareció un cartel: “Murió Alfonsín”, con letras blancas y fondo rojo.
Desvié la vista del televisor y me puse a explicarle a Charlie lo que pasaba. Me preguntó si quería seguir caminando y le dije que sí. Podíamos ir hacia la Plaza de Mayo. El ya la conocía, pero yo podría mostrarle dónde estuve parada en aquellas pascuas.
En San Telmo no me pierdo porque es el barrio de mi infancia. Orientarse es una sensación muy especial que nos hace sentir bien. Yo me doy cuenta de donde estoy cuando estoy parada en una esquina de San Telmo, por ejemplo. Los que tienen orientación pueden reirse, pero a mi me parece un instinto extraordinario; será que no lo puedo disfrutar más a menudo.
En Plaza de Mayo no había casi nadie. Fuimos caminando hacia adentro y nos sentamos en un banco mirando hacia la casa rosada. Le dije a Charlie que una vez estuve allí dos días y él no lo podía creer. En realidad, le dije, estuve allí muchas veces, muchos días y muchas noches, durante muchísimos años. La plaza, para nosotros, es ¿cómo te puedo explicar? No sé, sentís algo de pronto y venís. La plaza es nuestro templo donde venimos a esperar que algo nos pase, que algo cambie. Que alguien se asome a los balcones y nos haga un gesto que nos transforme la vida de ahora y para siempre.
Charlie se reía. Creo que no comprendía mucho lo que le estaba diciendo, pero a mi no me importó.
Charlie, le dije, acá estuve dos días con la persona que fue el padre de mi hija. Fue algo increible. Conocerlo a Rogelio, digo, fue una extraña casualidad.
Y Charlie me miraba tratando de comprender.
Hacía poco que había entrado a trabajar a un estudio de abogados, como secretaria, y no tenía muchas amigas. Yo era muy tímida en esa época, por eso me llamó la atención que Laurita, una de mis compañeras de oficina, me llamara para decirme si estaba dispuesta a conocer al hombre de mi vida. Para seguirle la corriente, le dije que sí, pero quería escuchar la historia. Entonces me contó que la noche anterior estaba por llegar a su casa cuando un auto frenó en seco en la esquina y una voz ronca la saludó. Ella se asustó al principio pero en seguida se dio cuenta que se trataba de Rogelio, un antiguo compañero de militancia que hacía años que no veía. Rogelio saltó del auto y se puso a hablar con ella. Laura estaba fascinada de verlo porque siempre le había gustado y sintió que si Rogelio había parado para saludarla era porque tampoco la había olvidado. Esperaba que la invitara a salir, o algo, pero en cambio escuchó que Rogelio le preguntaba si no tenía una amiga. “Ando solo”, le dijo. “¿Tenés a alguien para presentarme?” Y a Laura se le ocurrió que yo era la candidata ideal para él. Nunca entendí por qué lo hizo. Yo jamás hubiese sido tan buena. Ella le dio mi número de teléfono y Rogelio me llamó esa misma noche. Me causó gracia su nombre. Parecía sacado de un chiste de Caloi. Los dos estábamos preocupados por lo que estaba pasando en los cuarteles con Rico y los carapintada. Temía una vuelta a los militares. Y si los milicos volvían, había jurado que me iba del país. No los iba a aguantar más. Rogelio me preguntó si yo militaba en algo. Le dije que no, nunca, pero que tenía mis convicciones. El, en cambio, era del partido radical. Un flojo, pensé, pero me divertía escucharlo por el teléfono. Tenía ocurrencias que me hacían reir, y cuando me propuso ir en bici hasta la plaza de Mayo al día siguiente, no lo dudé y le dije que sí.
Eso fue hace veintidos años, le conté a Charlie. Me casé con Rogelio casi en seguida que nos conocimos y Laura murió de cáncer dos años después que me lo presentó. La vida es así. Rogelio era muy loco, no le gustaba trabajar y se la pasaba militando. Yo, en cambio, ese mismo año me recibí de abogada cursando en el vespertino y dando materias libres porque de día trabajaba en aquel estudio. No sé de dónde sacaba fuerzas.
Es muy difícil explicar cómo una se puede enamorar de alguien estando parada dos días y una noche en una plaza, en medio de una multitud que gritaba, cantaba, bebía cerveza y orinaba alrededor. El sábado por la mañana llegamos temprano con nuestras bicis y no fue difícil reconocernos. Por la tarde, nos fuimos caminando hacia el Bajo y en un zaguán de la calle 25 de Mayo hicimos el amor. Por eso decimos que Malena fue el producto de Semana Santa. La concebimos ahí.
Me gané una beca Fulbright para hacer un doctorado en Harvard pero ese mismo día también me avisaron del laboratorio que estaba embarazada. Tuve que informar y en Fulbright no me admitieron en el programa así que perdí la posibilidad de ir.
Lo que más recordaba de la plaza, le conté a Charlie, fue esa frase que escuchamos de Alfonsín: “La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”. Con Rogelio al lado mío, las bicicletas y el sol, me alegré de escucharlo porque mis pies ya estaban hinchados y deseaba volverme a casa. Lo bueno era que podíamos retirarnos sabiendo que la pesadilla había acabado. Quién hubiese dicho, si parecía mentira que esos tipos carapintada hubiesen salido de la nada y hubiesen provocando semejante alboroto. Quién les había dado letra a esos loquitos, qué se creían. Cuando Alfonsín habló, sentí que la gente alrededor respiraba aliviada. Por una vez estábamos todos de acuerdo. No era el momento de suspicacias y nos fuimos muy tranquilos de la plaza. La gente caminando, nosotros en bici.
Charlie me preguntó qué pasó con Rogelio. Era de esperar su pregunta. Bajé la vista y le dije que no valía la pena acordarse. Como buen gringo, aceptó las pocas palabras y en seguida cambiamos de tema.
Volvimos caminando hasta la calle Belgrano y casi en la esquina con Perú apareció su coche, mal estacionado, pero estacionado al fin. Puso las llaves y cuando la puerta se abrió los dos pegamos un grito de la emoción, como en esos concursos de la tele cuando uno se gana el automóvil. Charlie se sentó al volante y me agradeció la compañía. No me pidió el teléfono ni nada. Nos deseamos suerte. “Voy a extrañarte tanto como a los bares”, me dijo a modo de despedida. Su auto arrancó rumbo al Bajo y yo me quedé mirando mientras se alejaba.
Mentalmente hice el cálculo que por la mañana le avisaría a mi jefe que pensaba ir a despedir a Alfonsín en el Congreso. El estudio de abogados abría pese al feriado y no había que ser adivina para saber su respuesta. Pero no me importó. Después de todo, las viejas secretarias también tienen sus sentimientos y los viejos jefes tienen que comprender.
Marzo 3, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente



Febrero 19, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente
Enero 10, 2009 | Por morggan | # Enlace permanente
¿De quién es esta pancita? Quiero que el sol del verano me acaricie el cuerpo, mientras permanezco de incógnito en esta playa. La panza todavía no se me nota. ¡Déjenme descansar!, porque en unos meses tendré que viajar de vuelta a Estados Unidos para dejar al bebé con sus padres verdaderos.
Siento que el cielo y el mar han quedado suspendidos en el tiempo, como el cuadro de una película que no va a continuar. El murmullo de la gente y de los chicos jugando a lo lejos me llega distorsionado. Soy la persona más importante en esta playa y nadie se ha dado cuenta. Me siento flotar, como en una nube.
¿Pensaban que acá en el sur todos están de vuelta de todo? ¡Ja! A que nadie pasó por la que estoy pasando yo. “Juanita, la altruista”, ya me pueden ir llamando así. Me traje importado del norte un bagaje que ni se imaginan. En unos años todas lo van a querer hacer. ¡Alquilar la panza de una! Y encima si te pagan, no hay mucho que pensar.
Me encanta sentir que la arena se desliza entre mis dedos. Mi primo ya depositó los treinta mil dólares en mi cuenta del exterior. Lo mío no fue sólo por bondad. El no sabe que todavía lo quiero, ni creo que sepa que alguna vez estuve enamorada de él como loca. Tenerlo un poquito aquí adentro, aunque sea por un rato. Es mi pequeña gran revancha. Mi contribución al futuro.
Not in my wildest dreams. No se me hubiese ocurrido nunca que algo así podía llegar a pasarme. Ni en sueños. Técnicamente, digo, es recomplicado. Y sin embargo acá estamos los dos, mi cuerpo y la pulga que llevo adentro, ambos dorándose al calor del verano de Punta. La pulga. Esto es, mitad de mi primo y mitad de la turra de su mujer. Cómo me vinieron a meter en este bolonqui. Con los cuarenta y tres años que llevo a cuestas, cuando todos se enteren, van a decir que me volví loca. La pulga que crece, y yo.
Los tres estábamos rayados, y bastante ebrios, la noche de Thanksgiving. Recuerdo vagamente que bebimos y brindamos hasta casi el amanecer: yo incrédula, y ellos felices por haber encontrado, decían, “a la primita del sur que nos va a ayudar”.
A la que voy a ayudar es a la mujer de Eduardo. Ya no se tendrá que preocupar por su silueta. Jamás lo reconocería pero estoy segura que nunca pudo quedar embarazada porque la sola idea de andar deforme la paraliza. Somos el día y la noche. Ella vive para arreglarse y la verdad que tiene un cuerpo impresionante. Hace bien.
En cambio a mi me da exactamente igual. Cuando no estoy en la playa, me cubro usando túnicas, pero no por acomplejada, sino para que los demás me dejen en paz. La silueta me importa un rábano.
Cuando regrese a Buenos Aires de las vacaciones, capaz que puedo esconderme por un tiempo en alguna isla del Tigre. Siempre soñé con vivir ahí, y ahora tengo motivo y dinero para hacerlo. Podría alquilarme una casita sobre pilotes, vivir sin electricidad ni agua corriente, podría llevarme la máquina de escribir (porque a la computadora se le acabarían las pilas) y quedarme esperando el día D. Sólo tendría que salir a hacerme los controles médicos que pactamos con mi primo.
Pensar que a principios de noviembre mi única preocupación era cómo zafar del pavo de Acción de Gracias que sirven en lo de mi primo en Southampton. Odio el pavo, esa carne seca que no se traga ni con un litro de agua. Pero, como todos los años, él pagaba el pasaje, todos los gastos. Y entonces viajo a verlo. Soy la única de la familia que viaja cada año a visitarlo. Ahora que está más viejo –y para mi se le hizo costumbre-, necesita tener a la familia cerca.
Mis sesos se están empezando a cocinar con el calor que hace en esta playa. Pienso en una cosa y después en otra. En mi primo y en el banco donde trabajaba y lo echaron hace dos meses. En la mucama negra que todavía tienen y que la hacen vestir con delantal y cofia como en las películas. Cierro los ojos y la veo ahi, menuda y derechita, cuando me abrió la puerta de la mansión, y a mi se me estaban cayendo las lágrimas después de haberle dicho a mi primo “es un honor”. Qué le habré querido decir con eso.
Para mi era cantado que se quedarían en la lona. Cuanto más ganás, más gastás. Esa casa en Southampton, es un lugar para recibir a reyes. Y no es que mi primo era millonario, la compraron con una hipoteca que les dio el banco cuando le daban plata a cualquiera, sin fijarse si la podría pagar o no. Ella tiene la culpa. Siempre lo manejó. Y además lo trata mal. “Tu primo es como vos –me dice con esa voz de nenita que tiene- dos pasitos para adelante y uno para atrás”. Encima se da el lujo de cargarme. Habla por celos, porque sabe que él y yo nos queremos mucho.
Pero como en el fondo soy buena, la trato bien. Si hasta le di consejos para relajarse. Cuanto más tensa te ponés, menos vas a quedar embarazada, tenés que estar flojita, y ella me miraba con cara de “yo no entender espanol” cuando todos sabemos que entiende lo que le conviene. Los años pesan, nena. Ella tiene más de cuarenta, como yo. Fue mucho tiempo, casi una década haciéndose tratamientos.
Cuando se enteraron del desbarranque económico, Alexandra se puso histérica. Ella quería seguir pero el médico les dijo basta. Había otras alternativas, la adopción por ejemplo, pero ella ni quería escuchar.
No entiendo cómo Eduardo le da bola si es tan caprichosa. Conmigo él se porta exactamente al revés. Desde que éramos chicos y toda la familia veraneaba en esta playa, yo me consolaba pensando que lo nuestro era un amor a fuego lento.
En fin, el tiempo pasó. No pregunto por qué me eligieron. Soy la pieza que les faltaba para armar su rompecabezas. Y la encontraron la noche anterior a que yo viajara. Alexandra se iluminó. Yo era el vientre, dijo. Se lo traían por avión y tenía que asegurarse que esta vez todo saldría bien.
Todo quedará en familia, nada postizo. Ella es la belleza y mi primo, el genio. Su hijo va a ser una mezcla de los dos sin que a ella le duela ni le cambie el cuerpo.
Me pagaron con la compensación que le dio el banco cuando lo echaron. Se quedaron sin un mango.
Cuando Eduardo me fue a buscar al aeropuerto le noté cara de apocalipsis. Traté de calmarlo. Me lo dijo de golpe, mientras viajábamos para su casa. “Nos tenés que prestar tu útero”, y yo no le entendí. El seguía manejando. Se quedó callado un rato y después me lo volvió a repetir, y me contó las opciones que le habían dado los médicos. Yo estaba muda. Iba a tener un hijo con Eduardo. Por fin. “Es un honor”, le dije mientras subíamos las escalinatas de su mansión en Southampton.
Diciembre 28, 2008 | Por morggan | # Enlace permanente
Felicitas no se irá de vacaciones este año. Es el séptimo año que no sale a ninguna parte. Los seis años anteriores porque no le alcanzaba la plata. Este año porque se quedó sin trabajo. Se consuela pensando que no es la única, tiene amigas y amigos que también buscan trabajo como ella, y no encuentran. Se consuela pensando que es la edad, no ella, porque ella está muy bien de la cabeza y de los pies (de los pies tiene que estar bien porque son los que la llevan a buscar trabajo diariamente, a sostenerse en las largas colas de espera, a permanece erguida sin caerse en los colectivos).
Pero antes del 31 de diciembre Felicitas decide darse un gusto. Va a gastar treinta pesos que ahorró a lo largo del año y se los va a gastar en la peluquería. Más que lavarse la cabeza y peinarse, lo que quiere es ir a sentarse allí a leer las revistas y a hablar con su peluquero. En esas charlas ella encuentra la calma y, a menudo, las respuestas que espera encontrar. Nada de lo que dice el peluquero es novedad, pero Felicitas escucha atentamente lo que él dice. Por la forma en que habla, esas ideas cobran un significado trascendente.
Felicitas tiene un motivo especial para ir a la peluquería. Lo que tiene que contarle al peluquero ya le provoca ardor en el cuerpo. No la deja dormir ni pensar en otra cosa. El peluquero es como un cura que le da consejos y la mayor parte de las veces ella hace caso y el problema se resuelve como por arte de magia. Felicitas espera que esta vez suceda lo mismo. Aunque tiene sus dudas porque la situación es inusual.
Hace un tiempo recibió un email de un amigo que hacía muchos años no veía. Más de treinta años. Ella se alegró de que ese amigo aún la recordara. Habían militado juntos en los años 70, él tenía unos diez años más que ella, y ella se había enamorado de él, bastante perdidamente. El no le daba ni cinco de bolilla porque andaba detrás de las minas montoneras, que eran más lindas que Felicitas. Además ella de doctrina peronista no sabía nada, ni tampoco le interesaba. Sólo le interesaba que él la tuviera en cuenta.
El tiempo pasó, y por supuesto los dos hicieron caminos distintos. Ahora él la había encontrado buscando su nombre en Internet, según le contó en aquel email.
Los días pasaron y los email se fueron sucediendo. El necesitaba que ella hiciese un trabajo especial. El recordaba que Felicitas era traductora pública de inglés. Y él estaba buscando urgente a alguien que le tradujera un libro completo, porque él no sabía una palabra del idioma de los cipayos. Felicitas se puso contenta. Le estaba dando trabajo, de golpe le caía un laburo de arriba, justo cuando había empezado a desesperar. Le dijo a él que sería un honor hacer ese trabajo porque el libro era importante y además (se atrevió a comentarle) porque el dinero le vendría bien, ya que últimamente vivía de los ahorros y se estaba comiendo lo último que le quedaba. Esa noche lloró de alegría. Quizás había sido un error no creer que en el cielo hay espíritus buenos que de vez en cuando se acuerdan de una y le tiran una sorpresa como la que acababa de recibir. No sólo él se acordaba de ella, sino que le ofrecía un laburo en serio. El era un ángel de verdad.
Al día siguiente, Felicitas prendió la computadora y encontró un email de él. Se disculpaba diciéndole que por el momento no había fondos, pero todo era cuestión de tener paciencia. Si ella quería comenzar ya mismo no habría inconvenientes. Cuando el dinero llegara se le pagaría. Además, tener el libro listo cuanto antes era ideal porque así él podría ir avanzando en el prólogo que en realidad era lo que le daría fuerza y protagonismo al volúmen.
Felicitas releyó el email pensando que había algo que no entendía. Ella no había aceptado trabajar gratis. Lo tendría que pensar, le escribió un poco enojada, aún sabiendo que él no aceptaría jamás esa respuesta descomprometida y materialista.
Deseó que la hubiese buscado por Internet para otra cosa. Para una aventura amorosa. Hubiese sido todo más sencillo. Pero él había vuelto a hacerle lo mismo que en el pasado. Había vuelto a mostrarle que no sólo era fea sino también magra de corazón.
Quiso explicarle que si bien estaba desempleada, no contaba con el tiempo suficiente como para pasarse varios meses traduciendo en la incertidumbre. Le preguntó por qué la había buscado y él le contestó que al iniciar el intercambio de emails se dio cuenta que había encontrado la persona ideal para concretar su ambición.
Felicitas duda si decirle que sí o que no. Le seduce la idea de emprender un desafío intelectual, así tenga que trabajar gratis. Ese libro, en el fondo lo sabe, no se va a publicar nunca. Dentro de unos meses, él va a estar persiguiendo otros sueños y éste quedará atrás, después de disculparse, elogiar su calidad profesional y cargar contra la crisis económica y las editoriales que nunca quieren arriesgarse.
Mientras va a la peluquería se imagina lo que el peluquero amigo le va a decir. Imagina todas las variantes posibles y todas las respuestas que ella le va a dar y cómo esas palabras podrán ser transferidas por email a él.
Felicitas va a gastarse los últimos treinta pesos que tiene y después va a tener que volver a casa caminando, aunque está por llover y el pelo le va a quedar a la miseria. A partir de hoy es la cuenta regresiva, dinero ya no tiene más. Felicitas apura el paso para llegar a la peluquería antes que empiece a llover, desea refugiarse en el calor de aquel ambiente, entre los secadores y las revistas, a la espera de la taza de café que el peluquero siempre le obsequia. A la espera de la voz calma y distante que le haga olvidar por un momento sus problemas, aunque se la pase hablando de ellos.
Diciembre 22, 2008 | Por morggan | # Enlace permanente
Encontrar esta blogósfera es haberlos encontrado a ustedes.
Gente generosa, creativa sin vueltas.
Conocerlos por el nombre, o por el avatar, o por el seudónimo, qué más da.
Creo que cualquier instancia nos permite expresar y sacar cosas de adentro como tal vez no haríamos en un trato más directo.
Convertir todo deseo en palabras…
Comunicarnos.
Brindo por ustedes y por un año hermoso (no cuesta nada soñar!)
Gracias! Y Felices Fiestas!
Diciembre 11, 2008 | Por morggan | Claves: amor, divorcio, matrimonio, violencia | # Enlace permanente
No es justo, no es justo. Esta frase me la repito cien veces por día. Estoy en mi cuarto llorando de bronca, con el edredón hasta la cabeza para sentir que hay algo en este mundo que me abriga. Porque el muy hijo de puta está abajo, hablando por el celular en voz fuerte, a propósito, para que me de rabia porque él sabe muy bien que arriba se escucha todo. Se está cagando de risa con un amigo, hablan del partido de esta noche. ¿Cómo puede ser tan insensible? ¿Cómo puede tener la mente relajada para el fútbol sabiendo lo que me hizo? Ni siquiera tiene alma para venirse a fijar en el estado en que estoy.
No quiero perdonarlo porque no merece perdón. Encima la gente piensa que soy yo quien siempre anda con cara de orto y él me aguanta. Debo resignarme a que no me entiendan.
Es muy difícil trasmitir lo que pasa dentro de estas cuatro paredes. Uno recorta la realidad, cuenta lo que le conviene, o lo que puede, y en parte condiciona las respuestas. Decís, por ejemplo: “A Carlos Hugo no me lo banco más. Hace tiempo que tendría que haberme separado”. Y la respuesta que te dan es algo así como: “¿Y qué esperás? Con lo que te viene haciendo, no se entiende cómo no te rajaste todavía”.
Pero si en cambio uno dice, “Lo odio a Carlos por lo que me hizo, pero cuando lo veo nomás, todavía siento cosquillas en el estómago”. Entonces, la respuesta clavada será: “Pensalo bien, un tipo así no se consigue en cualquier parte. Además todos tenemos nuestras rayes”. Es que tus amigas quieren que estés bien y te aconsejan según lo que piensan que vos esperás que te digan. Eso es lo que yo llamo amistades superficiales, o al pedo. Casi prefiero a las yankis porque de entrada sabés que no se van a meter en tu vida. Los argentinos, en cambio, somos de creer que en dos horas de charla de café vamos a arreglar el mundo, pero cuando salís del bar te queda la sensación de que los demás conocen tu vida y obra mejor que vos, y encima los agobiás, porque ya están podridos de oirte. Pero ojo, perdiste si les das espacio, por ejemplo a Sarita, la turra que te escucha como si estuviera súpercompenetrada con tu desgracia, pero tan pronto como le preguntás a ella en qué anda, te dice que en realidad no quería contarte para no ponerte peor porque sabe que estás pasando por un momento terrible, pero la verdad que se moría por decirte lo feliz que está (y te pide disculpas de nuevo) porque por fin conoció al tipo de su vida que tiene “la” guita, está divorciado bien y la va a llevar a Europa el mes que viene. Encima sugiere que por ahí él tiene un amigo para mi porque no hay nada mejor que una cana al aire cuando estás mal con tu marido, dice.
Estos consejos ya no me los banco más. Por eso casi ni me hablo con las chicas. Al prinicipio éramos un bloque, íbamos a todas partes juntas y nos cagábamos de risa de las yankis, que no tienen nada que ver con nosotras. Será que el inglés se presta más para hablarlo en tono agudo, porque son insoportables cuando se juntan, parecen cotorras chillando. En eso mis amigas son más piolas.
Lo paradójico es que cuanto menos me doy con ellas, Carlos se convence más que soy una alcahueta, porque según él ando ventilando todo lo que pasa entre nosotros. No hay día que no le escuche decir: “Vos hablás demasiado y le contás a todo el mundo”. Y eso me pone frenética. ¿Qué es lo que cuento, por dios? ¿Y a quién? Porque la verdad, ni por email. ¿Te pensás que después de lo de anoche tengo ganas de ponerme a contar lo que me hiciste? En cambio vos te pusiste a hablar con Jorge, incluso con la puerta cerrada del dormitorio podía escuchar cada palabra que decías.
Entonces, obvio, yo quedo como la loca y vos sos el tipo servicial que siempre está dispuesto a ayudar a los demás. ¡Ja! A todos menos a mi.
¿Tus amigos saben, acaso, que laburo catorce horas por día? Encima tengo que aguantar que me hayas tirado al piso de una cachetada porque simplemente te mostré el resumen bancario, donde se ve clarito que te patinaste tres mil dólares sin consultarme. ¿Y te pensás que soy idiota? En el teléfono que figura en ese resumen me dijeron que compraste un teleobjetivo Leica. ¡Uno más! ¡Con la malaria que hay! No tenés derecho. Y seguro que si te pido explcaciones no me las vas a dar y de última me vas a decir que vos no cagás a nadie. ¡A mi me estás cagando!
Me acuerdo cuando se me ocurrió la idea del sitio en Internet para vender baratijas que traen suerte. Vos no creíste que podía funcionar, era mi idea. Pero cuando vendimos cien lucas te entusiasmaste. En tu vida habías visto tanta guita junta. Lástima que no nos quede un mango, y en eso los dos somos culpables: yo por boluda, vos por hijo de puta.
Carlos Hugo, el tipo macanudo. Eso dice el mundo al que vos te referís cuando en tu paranoia creés que yo le cuento a todos sobre tus cagadas. No, yo no cuento, y si lo hago es sólo a mis amigas y a vos eso no te incumbe. A mi analista también le cuento pero porque vos te negás a ir. Ya no sé más qué decir y para colmo empezó a sospechar de mi. “Por algo será”, me dijo el otro día.
Algo de razón tiene. La culpa es de mi tía. ¿Te reís? ¡No! Cuando me casé, ella me dijo: “Estercita, acordate que el secreto de tu felicidad está en las tres claves del matrimonio: tolerancia, respeto y comunicación. Vos insistí en eso”, me advirtió.
Yo todavía creo y trato de practicarlo, Carlos. Tanto creo que el otro día tuve como una epifanía con la terapeuta. ¿Y sabés qué dije? Te vas a reir. ¡Le dije que vos me ordenás la vida! Que no sé qué sería yo sin vos. Un desastre sería, si estuviera sola. Estoy loca porque en el fondo entiendo que es ridículo. Pero al mismo tiempo creo y por eso tengo miedo. Obvio, ella me respondió como contestan los analistas. “Es el beneficio secundario, por eso estás con él”, me dijo. Como si no lo supiera.
Lo que pasa es que quiero ser ecuánime. No puedo decir que sos un hijo de puta del todo cuando me viene a la cabeza la vez que nos conocimos en un sitio de chats y me dijiste que si yo iba para allá, a New York, me harías castañas asadas en el hogar a leña de tu casa. Mis amigas murieron de envidia. Al día siguiente me compré un pasaje. Simplemente no pensé. Si pensaba, no viajaba. Vos eras un buen tipo. Lo que mi vieja siempre buscó para mi. Le llevé el mejor yerno del mundo. ¡Jaja!. Ella te adora y si le llegara a contar lo que me hacés, me va a decir que no lo tome en serio. Cuando fuiste a su casa de visita le arreglaste la válvula del inodoro y los fusibles de la cocina. Con eso te la compraste, porque mi viejo era un desentendido total de las cosas de la casa. “Carlos Hugo entra al baño y lo deja limpito. Tu papá hacía chiquero, todas las toallas tiradas por el piso. Yo era su shikse*”.
En cambio yo me gané la lotería con Carlos Hugo y no puedo quejarme, ni con mi vieja, ni con mis amigas. Es muy difícil que te entiendan cuando ni siquiera una sabe por qué hace las cosas que hace.
*Shikse: mucama, en yiddish
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