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ka’aguy póra (Fantasma del Bosque, en Guaraní)


ka’aguy póra, originally uploaded by marcelonius.

Un grupo de hombres a caballo avanza por el monte. Van contando sus hazañas y, chacoteando, se tientan unos a otros. Para quien los observa desde el follaje es claro que estos hombres están bajo el picante efecto de la caña. Han bebido y se han largado al monte en busca de presas. Lo hacen para competir entre ellos. Quien logre la pieza mayor se quedará con la gloria por un momento. Los otros deberán esperar una nueva oportunidad.

Armados de grandes escopetas avanzan por el monte. Los caballos se muestran inquietos. Presienten algo malo.

Los hombres se detienen en un claro y rodeados de sus perros, dejan sus cabalgaduras y parten a pie entre el chircal. Buscan venados, chanchos salvajes, tapires…Cualquier animal que pueda ser cazado y les de ese momento de supremací a que tanto ansí an.

El monte los mira con recelo. Con sus pequeños ojos de gigante sigue cada paso que dan. En el poblado, otro grupo de hombres se dedica a seguir los caminos del alcohol y esperan la vuelta de sus compañeros. Han prometido volver cuando baje el sol con las presas atadas a sus caballos. Desde lejos se sabrá quién trae la mayor por la polvareda que levantará. Ladran los perros y olfatean el aire. Han detectado algún animal.

Corren los perros. Todos en una misma dirección. Los hombres, achispados, siguen los pasos de los canes cazadores con las escopetas listas. De pronto los ladridos cesan. Los hombres detienen el paso, esperan. Los perros comienzan a chillar como si alguien los estuviera apaleando. Los hombres quedan como postes, clavados al suelo. En su borrachera entienden que algo grave está por ocurrir. Los perros, efectivamente, regresan dando chillidos lastimeros. Se acurrucan a los pies de los cazadores buscando protección. Uno de los hombres envalentonando a los demás grita:
Debe ser una manada de chanchos salvajes. Vamos a cazarlos. Y los demás siguen los pasos de quien se ha convertido en adalid. Corren hacia la arboleda de donde vinieron los perros.

Rodiémoslosâ, dice el lí der, y los hombres se esparcen formando un semicí rculo. Son cazadores expertos. Muchas veces han entrado en el monte a y han vuelto con buenas piezas. Muchas veces han enfrentado el peligro de los tigres que aparecen de improviso saltando desde los árboles y de las serpientes que nunca se sabe de dónde aparecen. Ahora entran en la arboleda cerrada por numerosas lianas y helechos gigantes.

El bosque los mira. Allí están, dice el lí der, y alza su escopeta para disparar sobre un chancho enorme que le viene a torear de frente. Suena el disparo, potente y seco. Retumba largamente con un largo chiflido por todo el monte. El animal cae y comienza un berrinche agónico que los hombres festejan con risotadas. Los otros chanchos de la manada huyen hacia otro sitio más espeso.

Difí cil que puedan superarme. Es el más grande de la manada, dice el lí der de los cazadores. Bromas y chacota están en la punta de la lengua de los otros. Todo es algarabí a. El cazador pela de su cintura un gran cuchillo y mirando a los ojos del animal le produce un gran corte a la altura del cuello. El chorro de sangre salta bañándole el pecho y los otros festejan con ruidosos sapukái.

El cazador ata las patas delanteras del chancho con una cuerda y ata la cuerda a un árbol cercano. Para que no se lo lleve el Kaaguy Póra, dice malicioso tentando a los otros. Rí en los cazadores. Todos. Todos, excepto uno. El más viejo mueve la cabeza negando y murmulla para sí . Lo ha convocado dice el viejo, pero nadie lo escucha.
Vamos a buscar a los otros, dice uno de los cazadores.

Y la cacerí a se reinicia. La manada que se encontraba cerca de allí observando a los hombres desde la espesura, corre alocada hacia otro sitio. Los hombres vuelven a hacer un rodeo.

La caza ha continuado y varias son las presas que traen arrastrando con cuerdas. Tácitamente, el lugar donde fue cobrada la primera pieza ha quedado designado como el lugar de encuentro. Hacia allí marchan los cazadores. Ninguno ha podido cazar un animal más grande que el primero y todos vienen hablando del tema.

Cuando llegan al sitio, no encuentran al gran chancho. Kaaguy Póra dice el viejo entre dientes. Los hombres, azorados, no saben qué decir. Me robaron la presa grita el que en un momento se erigió en lí der del grupo. Obnubilado por el alcohol y la sangre el hombre busca un culpable. Ese fuiste vos, viejo, grita el hombre. Kaaguy Póra vuelve a decir el viejo entre dientes. Ahora entiendo, cuando desapareciste fue para robarme la pieza. ¿Dónde la pusiste? increpa al hombre. Estamos cazando sin necesidad, dice el viejo. Eso no te da derecho insiste el hombre sacando amenazadoramente su cuchillo por segunda vez en el dí a. El viejo no se defiende. Un rugido terrible se escucha en el monte. Los hombres quedan paralizados, pues de inmediato y detrás del cazador que amenaza al viejo un gigante de cinco metros de altura aparece haciendo a un lado los árboles. En su enorme cabeza los ojos fulgurantes hipnotizan a los cazadores. Kaaguy Póra dice el viejo entre dientes y es lo único que seguirá diciendo por el resto de sus dí as.

Agita su salvaje crin el gigante y una especie de pipa hecha con una calavera que lleva en su mano. Ruge furioso el monstruo y se abalanza sobre los hombres. En vano esperaron en el poblado la vuelta de los cazadores a la puesta del sol. Los hombres siguieron bebiendo hasta caer en un profundo sueño.

Al dí a siguiente, preocupados y sobrios, los hombres del poblado se organizan para salir a buscar a los cazadores perdidos. Los más optimistas dicen que no vale la pena. Que pronto volverán. Que se habrán quedado en el monte para cobrar más piezas. Pero algunos temen. El monte es peligroso.

Ninguno sabe que todos los preparativos serán inútiles. Por el camino se acerca un hombre de a pie. Es el viejo.
Es el único sobreviviente.
Delira y repite en su extraví o: Kaaguy Póra.
Los hombres del poblado lo rodean pidiendo explicaciones sobre los demás cazadores. Pero el viejo parece saber sólo dos palabras: Kaaguy Póra. Una y otra vez contesta el viejo Kaaguy Póra. Hasta que al fin los hombres entienden. Conocedores de la leyenda y temerosos de internarse en el monte dejan al viejo en paz. Kaaguy Póra le ha perdonado la vida pero le ha quitado el juicio.

Contado por egonzalez

UN CUENTO DE PARAGUAY: LA CITA

Por Mario Halley Mora

La cita

Roberto creyó haber discado bien, pero salió un número equivocado. Y allí empezó todo.

Aquella voz que amablemente le dijo: «Equivocado, señor», una voz sin rostro, anónima hasta la exasperación, puro sonido, le trajo misteriosas sensaciones. Y trató de seguir la conversación.

-Disculpe, señorita. No quise molestar. Creo haber discado bien…

-Suele suceder, señor -replicaba la voz.

-La línea suele estar recargada a esta hora…

-Bueno, razón para que no se culpe, señor -detrás de la voz amable, Roberto adivinaba un atisbo de sonrisa buena, paciente, femenina.

Y del tema de la línea recargada pasaron a otros, con cautela, probándose, como dos desconocidos, hombre y mujer, que van a salir a bailar su primera pieza, y los pies no se acomodan al ritmo que surge y vibra en la orquesta.

A los 20 minutos Roberto ya había declarado que era soltero (cierto), que tenía 32 años (mentira, tenía 38) y había averiguado que ella tenía 25 años (?), que era morena, y también soltera.

A la media hora…

-Sería para mí tanta satisfacción conocerla…

-¿Después del primer llamado…? Oh…

-Es que… se vive hoy tan de prisa…

-Sí. Pero qué pensará de mí…

-…que es una chica moderna…

Y consiguió la cita.

-Estaré allí a las cinco. Llevaré un traje ambo, pantalones grises y saco obscuro… y ah… corbata verde.

-Lo reconoceré, Roberto (ya se habían intercambiado los nombres). Yo llevaré minifalda azul a motitas blancas. Y botitas blancas.

Fijaron la concurrida esquina céntrica, la hora, y se despidieron. Ya al colgar, Roberto se dio cuenta que no había preguntado con qué número estaba hablando.

* * * * * *

Cuando colgó el tubo telefónico, Roberto sintió una sensación de alegría. Solterón, un poco triste y gastado, prisionero de su solitaria vida de pensión familiar, muchas veces había soñado con una compañía permanente, una casita suya y una mujer, también suya.

Aquella voz, un poco arrastrada pero suave, a la manera de un sonoro dulce de leche, había creado en su mente una imagen de mujer sencilla, sensata, complaciente, hacendosa, de manos hábiles para coser primorosas cortinas para las ventanas y para podar los rosales del jardín… Y esperó con impaciencia la cita.

* * * * * *

Perla, cuando colgó el tubo, sintió una cálida sensación de alegría. Todavía era joven, pero la vida no le había tratado bien.

Roberto, el de la llamada equivocada, le gustó. Ya no andaba detrás de príncipes azules, sino de un marido bueno, de grandes pies bien posados en tierra, que viviera en soledad para apreciar mejor la compañía, y que tuviera gustos sencillos, como una casita propia, con un jardín y muchas cortinas vaporosas en las ventanas…

A ese hombre ella le podía ofrecer aún mucho. Se sabía bastante linda, sensata, complaciente, hacendosa, y loca por tener un hogar donde dedicarse a los quehaceres domésticos…

* * * * * *

Pero a la vera de las ilusiones, siempre camina la duda, como una sombra pegajosa y molesta. Y Roberto se decía:

-¿Y si fuera un loro la Perla esa…? ¿Una solterona anteojuda y flaca…? Al final de cuentas, la voz no es todo…

Por su parte, Perla también razonaba cautamente:

-¿Y si no fuera más que un don Juan…? ¿Algún vejete aventurero y con compromisos…?

* * * * * *

Nunca se encontraron. Para verla primero, Roberto llevó un traje azul con corbata gris.

Pero Perla también pensó lo mismo. No llevó la minifalda a motitas, sino traje sastre color salmón.

Hoy, de vez en cuando, en la soledad de su cuarto de pensión, Roberto trata de memorizar un número telefónico. Y Perla se sobresalta cada vez que suena el teléfono, esperando que sea una llamada equivocada.

UN CUENTO PARAGUAYO: “El hambre es cosa seria”

Ñembyahýi tuicha mba’e (káso)

El hambre es cosa seria (narración)

Mombe’uha: Derlys Fernández

(Narrador)[1]

Aikotevẽ ningo kuri amboguata che rymba kuéra ajogua ramo va’ekue che ñúmeve, namombyrýiva upégui. Ambyaty che rembirapicha kuéra upe tembiapo ĝuarã, ha sapukáipe rosẽ tapépe.

Necesitaba arrear el ganado recién comprado hasta mi campo, que no quedaba lejos de allí. Reuní al personal para el trabajo, y a los gritos nos pusimos en camino.

Roĝuahe rire, rombyaty che rymba ambue kuéra ndive roipohano haĝua, korápe. Ore reta rupi, roikopa kuarahy oike mboyvemi.

Luego de haber llegado, los reunimos con los otros animales para vacunarlos, en el corral. Como éramos muchos, terminamos poco antes de entrar el sol.

Oĝuahéramo pytumby, rojahupa rire, roñembyatypa ropytu’u haĝua, ha roñemongeta mba’éichapa rohasa kuri upe árape. Upéichante avei, rokasea ojehu va’ekue oréve, rombohasa haĝua ára pukamírehe, ñemoko’íme. Upe pyharépe ro’y porã kuri, upévare rojo’apa rojepe’e tatajerére.

Al atardecer, después del baño, nos juntamos todos a descansar, y conversamos de cómo pasamos el día. Asimismo, comentábamos de sucesos pasados, para pasar el tiempo con bromas, entre algunos tragos. Esa noche hacía frío, y por eso estábamos encimados alrededor del fogón.

Oĩ ra’e ore apytépe peteĩ che rembirapicha, Kali, ivare’a karia’ýva, ha oikuaaséma rupive mba’étapa ore karupyhare, ohóje omaña ñemi mba’épa oĩ hína tataypýpe… ha upépe ohecha ndaje ra’e ojejapoha vori vori. Ore kóva ndoroikuaái kuri upérõ.

Había sido que uno de mis empleados, Carlos, ya tenía mucha hambre, y como quería saber qué se hacía para la cena, fue a husmear qué había en la cocina… y vio entonces que se estaba haciendo vorí-vorí[2]. Nosotros no lo sabíamos entonces.

Roñehenoipámaramo rokaru haĝua, roho roguapypa ore hi’upy renondépe, ha katu Kali opyta ijapykápe, upe oĩ haguépe. Heta ningo rohenói chupe, ha ndouséiramo ha’e, roimo’a kuri ndokaruseiha, ha roñembyesarai chugui.

Cuando nos llamaron a la comida, fuimos todos a sentarnos frente a los platos, pero Carlos quedó en su asiento, donde estaba. Le llamamos repetidamente, pero como venía, creímos que no quería comer, y lo olvidamos.

Upe tembi’u heterei kuri, upépe roĩ haguéicha (rokaru va’ekue) roime oñondive. Kali katu ñamo’ã noñangekóiva, ha rohopa roñeno roke haĝua.

La cena estaba deliciosa, en eso todos (los que comimos) estuvimos de acuerdo. Carlos no parecía alterarse, y fuimos todos a acostarnos para dormir.

Upémaramo Kali omombe’u oréve mba’érepa ha’e ndokarúi: Omaña ñemi rupi karu mboyve, ohecha ndaje machu ndorekoiha ijyva asu, ha ijakatúa rupive ombuapu’a umi vori vorirã upe ikámare. Jepéro ha’e iñembyahýi kuri, ndo’u mo’ãi asy upéva.

Fue entonces que Carlos nos reveló porqué no había comido: Al espiar un rato antes, descubrió que la cocinera no tenía el brazo izquierdo, y con su diestra preparaba las bolitas del vorí-vorí amasando contra su pecho. Por más hambre que él tenía, no era capaz de comer tal cosa.

Ko’ẽrupi, apáyramo, ahendu sapy’a kuña oga jára, ore machu upe pyhare ambuépe, oja’o iméname hína, ha’e ndoñangarekói haguére vaicha peteĩ mba’e che ndaikuaáiva.

Al amanecer, cuando desperté, oí que la dueña de casa, nuestra cocinera de la noche anterior, estaba increpando a su marido, por algo que parecía él debía haber cuidado.

Apu’ã meme ha aha aporandu mba’épa oiko hína. Upe kuñakarai omombe’u chéve ha’e hasyha tevipytãsẽgui, ha orekoha itypy’a rapo ha’e oguapyha hi’ári hikóni kuarahy osẽramo, ha iména oĩméne ohejaha ohupi’ỹre upe ipohã, ha oimeneha jagua ho’u raka’e.

Me levanté y fui a preguntar qué estaba sucediendo. La señora me contó que ella sufría de hemorroides, y que tenía un cuajo sobre el cual siempre se sentaba al amanecer,[3] y que su marido debió dejarlo sin alzarlo, y que posiblemente el perro lo había comido.

Ndaikatúi háicha che amyatyrõ upe tekope’ỹ, ajevy che irũ nguéra ndive ha amombe’u ichupe kuéra oiko va’ekue ore machu ha iména rehe.

Como no podía resolver el problema, volví junto a mi gente y les comenté lo que había sucedido con nuestra cocinera y su marido.

Ha upémaramo Kali omombe’u oréve ha’e ojapo va’ekue: Ha’e ndo’uséi haguéicha upe vori vori oñembuapu’a va’ekue ore machu kámare, oñeno ra’e ho’u'ỹre mba’eve, ha ndaikatúi ndaje oke vare’águi… ha upéramo, ore rokepa rire, omoka’ẽ tatápe upe typy’a rapo ojuhu va’ekue osaingo ogahojágui, ha ho’úje ha’e hi’añoite.

Y fue entonces que Carlos nos confesó lo siguiente: Como él no quería comer el vorí-vorí que fue abollado por el pecho de la cocinera, se acostó sin comer nada, pero no pudo dormir del hambre… y entonces, cuando ya todos dormíamos, asó al fogón el cuajo que encontró colgado del techo, y se sirvió él mismo.


[1] El Dr. Derlys Fernández Chaves es cirujano de Yuty, dpto. de Caazapá, Paraguay. El suceso lo narró en guaraní en forma oral.

[2] El vorí-vorí (a veces escrito como borí-borí), una comida tradicional paraguaya, consiste en una sopa (caldo) con pequeñas albóndigas de maíz, de alrededor de 1 cm de diámetro.

[3] El cuajo es uno de los estómagos de la vaca. En la medicina popular, la hemorroides se combate entibiando el cuajo y sentándose encima por algunos minutos al día.

Redactado por Manuel F. Fernández – © www.guaranirenda.com – 2002

UN CUENTO PARAGUAYO: “La sequía”

No se movía ni una hoja. Los árboles del patio subsistían suspendidos en el silencio brillante del verano untuoso y cruel. Los pájaros con los picos entreabiertos oteaban la tierra escudriñando ilusoriamente algún vestigio de humedad. La capa del suelo rojo exponía grietas enormes que parecían agrandarse más cada día y dibujaba en forma caprichosa un raro mapa de una geografía exótica y polvosa. ¡Esta sequía que acompaña esta guerra, tan interminable como la guerra misma!
La vieja se tambaleaba a causa de sus múltiples achaques y por el peso de sus años incontables. Con un gran esfuerzo y hasta con dolor, se arrastraba con una palangana desportillada llena de agua para regar las pocas plantas que aún no habían perecido. El batallar del riego parecía cansarla cada vez más y más. Pero le gustaba observar algún vestigio de verde en la casa.
La trajeron de muy pequeña, hacia fines de la guerra grande, de la lejana Villa de Curuguaty, que antes había servido de refugio a Artigas, pero durante la guerra sucumbió al igual que muchas otras poblaciones del interior del país por donde asolaron los rapai.
Con la ayuda de Colá, su nieto, logró levantar un rancho en Villa Aurelia y entre los dos hicieron una huerta donde sembraron tomates, repollos y lechugas. Después, quedó sola y siguió cuidando su huerta, cada vez más pequeña, al alcance de sus fuerzas.
Esa noche no pudo dormir por el calor. Las paredes del rancho rezumaban un agua de color marrón. Miró el nicho de barro pintado de azul, y por un rato se quedó en profundo trance. Oraba con unción. Desde el techo de paja caían gotas. Era el barro mezclado con escarcha. Un desmoronamiento gradual que no le preocupaba. En última instancia un poco de rocío era siempre una ayuda para sus plantas. Se levantó temprano para ver sus repollos y los otros almácigos. Las hojas estaban alicaídas y habían soportado hasta el día anterior los fogonazos constantes e implacables del sol. La vieja sabía que los repollos estaban muy débiles, menudos, y de ahí a que arrepollasen sólo Dios podría decir.
Miraba la huerta impasible. Los surcos profundos de su cara morena, los cabellos grises y lisos, su cuerpo pequeño y arrugado vigilaban la existencia del rancho. Mejor, daban savia en cierta forma a su kulata-jobai, su rancho rodeado de laureles, timbós y lapachos.
Llegaba hasta el pozo lentamente con la marcha imprecisa de sus pasos pequeños, y descargaba los baldes de agua en la sufrida palangana. La tarea casi ritual de rociar apenas con algunas gotas de agua fresca las plantas de su huerta, le producía gran placer. Se podía adivinar en su rostro algo así como una sonrisa o un gesto apacible.
Una tarde de calor enervante fue al pozo. Lanzó el balde y al levantarlo escuchó un crujido diferente al de la roldana. Notó que el peso que iba tirando era muy superior al de otras veces. Con desfalleciente dificultad logró desaguar el balde y arrojó el contenido en la palangana, que en vez de agua, era un lodo gris, denso y mucilaginoso; la vieja no quiso creer. Miró el pozo desde el brocal y no vio el brillo familiar del cielo o el reflejo del sol. Frente a sus ojos, un ciego túnel le robó sus esperanzas. Miró arriba. Una bóveda azul, clara e impasible. El sol estaba entrando y el arrebolado vespertino con todos sus matices del naranja al rojo, iluminaba el patio… “Si estuviera mi nieto ¡cuánto hubiese hecho!”. Volvió despacio al huerto y miró sus verduras con tristeza. “Alguna vez va a llover, no es posible que esta sequía dure toda la vida…”.
Pensaba o rezaba. Era difícil saberlo. Pareciera que hablase a sus almácigos sedientos. “Mi nieto querido, no llueve, el patio se pone más triste cada día, se va secando todo…”.
Serían las cuatro de la tarde cuando varios uniformados de cara entre hosca e indiferente golpearon al portón. La vieja tardó mucho rato en llegar hasta ellos. Vino arrastrándose y tratando de ver con su ceño arrugado lo que sucedía en la calle. Al principio vio bultos indefinidos y no pudo distinguir muy bien las formas. Después comprendió que era un grupo de personas que hablaban. Uno de ellos en forma brusca gritó:
—Aquí vive un emboscado y tenemos orden de llevarlo.
La vieja no entendió de qué hablaban ni qué significaba la imprevista aparición de tanta gente. Calladamente levantó el alambre enrollado que trancaba el portón.
—Pasen —dijo—, como si comprendiera que era una obligación ceder ante la autoridad.
Varios soldados y un policía local empujaron el portón que se abrió con dificultad. Los palos de abajo arañaban la tierra. Tuvieron que alzar el portón para que cediese y después levantarlo de nuevo para cerrarlo. Una vez dentro del patio, el que actuaba de jefe del grupo se dirigió a la anciana y le dijo:
—Vamos a revisar toda la casa. Por la comisaría local sabemos que usted guarda a un emboscado.
La vieja no dijo nada. Miraba a los soldados que estaban uniformados de verde oliva, al policía y al jefe, con cierto dejo de perplejidad. Y no perdió la calma en lo más mínimo.
—Pasen che karai kuéra, —les dijo— y miren todo lo que quieran.
Hablaba con cierta tristeza y muy quedamente.
Los soldados entraron en el rancho, fueron al patio, examinaron la huerta, registraron los alambrados, el laurel centenario con sus ramas exuberantes y florecidas, el tatakuá medio arruinado y con restos de ceniza remota. Entraron después en las piezas y precipitadamente husmearon los cajones, los armarios desvencijados, los colchones, las basuras, en fin todo lo que existía en el rancho. Uno de los soldados salió trayendo un pantalón gris y un saco roto en el lomo.
—Y esto, ¿a quién pertenece? —inquirió en forma triunfal, como queriendo decir que por fin había hallado algo comprometedor.
El policía agregó:
—Yo sabía que había más gente en esta casa. No trate de embromamos. Cuéntenos de una vez por todas a qué hora vuelve el que buscamos y lo esperaremos aquí.
La vieja no contestó enseguida. Pensó un largo rato. Como si se esforzara por hallar una respuesta adecuada. No le salían las palabras con facilidad. Cerraba los ojos y movía la cabeza.
—Conteste de una vez y no nos haga perder el tiempo, —dijo un soldado.
La vieja seguía como dudando sin responder. Finalmente mirando al policía pudo balbucear confusamente algunas palabras:
—Colá suele venir por las noches, especialmente cuando hay amenazo. No siempre es posible que venga. Depende de muchas cosas. —Y calló.
El policía habló con los soldados. El jefe, articulando claramente las palabras, se dirigió a la vieja:
—Tráiganos unas sillas y tereré pues vamos a esperar a Colá. Seguro que él viene cada noche. Y usted no nos quiere contar la verdad. En todo el país hay gente que se esconde, hasta en los aljibes. Tenemos orden de llevar a todos los que se hallen en edad militar. ¿No sabe usted que estamos en guerra con Bolivia?
La vieja no contestó. Después de un rato, se escuchó el clás clás de su zapatilla de tela cuadriculada llena de remiendos. Volvió empujando una silla. Uno de los soldados la ayudó y trajo otra.
—Es todo lo que tengo. No me las rompan por favor.
Retornó a su pieza y trajo yerba, una guampa y una bombilla:
—En el cántaro hay agua.
Un soldado trajo el cántaro de la cocina. Se pasaban la guampa por turno, casi sin hablarse
entre ellos.
—A veces vale la pena esperar —dijo el policía—, pues ya van siendo escasos los que logran esconderse. Últimamente en la campaña reclutamos varios miles y la guerra no lleva trazas de terminar.
El jefe, que sin dudas tenía prisa, se levantó y volvió a dirigirse a la vieja:
—Mire abuela, ¿por qué no nos cuenta de una vez dónde está Colá? Si usted nos ayuda, todos saldremos ganando.
La vieja al parecer no comprendió lo que acababa de oír y contestó como hablando consigo misma:
—Y sigue sin llover. ¡Qué difícil la vida! ¡Antes me ayudaba Colá pero ahora estoy tan
sola!
El policía que estaba atento a lo que decía la vieja le contestó con brusquedad:
—Todas las noches la escuchan a usted hablar con alguien. Tenemos informes, así que no trate ahora de esconder la verdad… ¿Entiende?
Pasó un largo rato de quietud. El tereré corría y se notaba impaciencia en el policía y en el jefe.
Súbitamente la vieja miró el cielo y se puso eufórica: a lo lejos se escuchaban truenos y se veían relámpagos. Iba a llover y bien pronto.
—Va a venir Colá! —gritó. Siempre que llueve viene a verme. ¡Qué alegría, me hallo tanto!, —exclamó mirando a los soldados, al jefe y al policía.
Al cabo de un rato un aguacero violento arremetió con furia y tuvieron que entrar al rancho, hacinados, pues no había espacio para todos. El techo de paja tenía enormes goteras y en ciertas partes de la pieza en que dormía la anciana era como estar dentro de una jaula de alambres. El jefe miró la pared de barro del rancho y leyó algo que estaba enmarcado. Parecía un recorte a primera vista. Le tocó el hombro al policía. Y éste, a medida que leía, se iba quedando serio. Los colores de su cara fueron reemplazados por un amarillo verdoso. No era un recorte sino una comunicación del alto comando del ejército. La firma era ilegible pero el texto estaba claro. Los demás soldados por orden del jefe fueron leyendo lo mismo. El chubasco iba disminuyendo gradualmente y al poco tiempo el sol volvió a brillar. De a uno, fueron saliendo todos del rancho. El jefe se acercó a la vieja y con raro acento le tendió un billete de cien pesos y le dijo:
—Perdone abuela.
Al salir cerraron el portón y escucharon a la vieja que gritaba llena de júbilo:
—¡Colá, mi querido nieto, por fin viniste! ¡Tanta falta hacías en medio de la sequía!
En el patio, las plantas de tomate habían ganado algún color. La tierra olía a yerbas, a vientos y a flor de laurel…

( Del libro Incunables 1987)

RODRIGO DIAZ-PEREZ
(Asunción, 1924)