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ka’aguy póra (Fantasma del Bosque, en Guaraní)


ka’aguy póra, originally uploaded by marcelonius.

Un grupo de hombres a caballo avanza por el monte. Van contando sus hazañas y, chacoteando, se tientan unos a otros. Para quien los observa desde el follaje es claro que estos hombres están bajo el picante efecto de la caña. Han bebido y se han largado al monte en busca de presas. Lo hacen para competir entre ellos. Quien logre la pieza mayor se quedará con la gloria por un momento. Los otros deberán esperar una nueva oportunidad.

Armados de grandes escopetas avanzan por el monte. Los caballos se muestran inquietos. Presienten algo malo.

Los hombres se detienen en un claro y rodeados de sus perros, dejan sus cabalgaduras y parten a pie entre el chircal. Buscan venados, chanchos salvajes, tapires…Cualquier animal que pueda ser cazado y les de ese momento de supremací a que tanto ansí an.

El monte los mira con recelo. Con sus pequeños ojos de gigante sigue cada paso que dan. En el poblado, otro grupo de hombres se dedica a seguir los caminos del alcohol y esperan la vuelta de sus compañeros. Han prometido volver cuando baje el sol con las presas atadas a sus caballos. Desde lejos se sabrá quién trae la mayor por la polvareda que levantará. Ladran los perros y olfatean el aire. Han detectado algún animal.

Corren los perros. Todos en una misma dirección. Los hombres, achispados, siguen los pasos de los canes cazadores con las escopetas listas. De pronto los ladridos cesan. Los hombres detienen el paso, esperan. Los perros comienzan a chillar como si alguien los estuviera apaleando. Los hombres quedan como postes, clavados al suelo. En su borrachera entienden que algo grave está por ocurrir. Los perros, efectivamente, regresan dando chillidos lastimeros. Se acurrucan a los pies de los cazadores buscando protección. Uno de los hombres envalentonando a los demás grita:
Debe ser una manada de chanchos salvajes. Vamos a cazarlos. Y los demás siguen los pasos de quien se ha convertido en adalid. Corren hacia la arboleda de donde vinieron los perros.

Rodiémoslosâ, dice el lí der, y los hombres se esparcen formando un semicí rculo. Son cazadores expertos. Muchas veces han entrado en el monte a y han vuelto con buenas piezas. Muchas veces han enfrentado el peligro de los tigres que aparecen de improviso saltando desde los árboles y de las serpientes que nunca se sabe de dónde aparecen. Ahora entran en la arboleda cerrada por numerosas lianas y helechos gigantes.

El bosque los mira. Allí están, dice el lí der, y alza su escopeta para disparar sobre un chancho enorme que le viene a torear de frente. Suena el disparo, potente y seco. Retumba largamente con un largo chiflido por todo el monte. El animal cae y comienza un berrinche agónico que los hombres festejan con risotadas. Los otros chanchos de la manada huyen hacia otro sitio más espeso.

Difí cil que puedan superarme. Es el más grande de la manada, dice el lí der de los cazadores. Bromas y chacota están en la punta de la lengua de los otros. Todo es algarabí a. El cazador pela de su cintura un gran cuchillo y mirando a los ojos del animal le produce un gran corte a la altura del cuello. El chorro de sangre salta bañándole el pecho y los otros festejan con ruidosos sapukái.

El cazador ata las patas delanteras del chancho con una cuerda y ata la cuerda a un árbol cercano. Para que no se lo lleve el Kaaguy Póra, dice malicioso tentando a los otros. Rí en los cazadores. Todos. Todos, excepto uno. El más viejo mueve la cabeza negando y murmulla para sí . Lo ha convocado dice el viejo, pero nadie lo escucha.
Vamos a buscar a los otros, dice uno de los cazadores.

Y la cacerí a se reinicia. La manada que se encontraba cerca de allí observando a los hombres desde la espesura, corre alocada hacia otro sitio. Los hombres vuelven a hacer un rodeo.

La caza ha continuado y varias son las presas que traen arrastrando con cuerdas. Tácitamente, el lugar donde fue cobrada la primera pieza ha quedado designado como el lugar de encuentro. Hacia allí marchan los cazadores. Ninguno ha podido cazar un animal más grande que el primero y todos vienen hablando del tema.

Cuando llegan al sitio, no encuentran al gran chancho. Kaaguy Póra dice el viejo entre dientes. Los hombres, azorados, no saben qué decir. Me robaron la presa grita el que en un momento se erigió en lí der del grupo. Obnubilado por el alcohol y la sangre el hombre busca un culpable. Ese fuiste vos, viejo, grita el hombre. Kaaguy Póra vuelve a decir el viejo entre dientes. Ahora entiendo, cuando desapareciste fue para robarme la pieza. ¿Dónde la pusiste? increpa al hombre. Estamos cazando sin necesidad, dice el viejo. Eso no te da derecho insiste el hombre sacando amenazadoramente su cuchillo por segunda vez en el dí a. El viejo no se defiende. Un rugido terrible se escucha en el monte. Los hombres quedan paralizados, pues de inmediato y detrás del cazador que amenaza al viejo un gigante de cinco metros de altura aparece haciendo a un lado los árboles. En su enorme cabeza los ojos fulgurantes hipnotizan a los cazadores. Kaaguy Póra dice el viejo entre dientes y es lo único que seguirá diciendo por el resto de sus dí as.

Agita su salvaje crin el gigante y una especie de pipa hecha con una calavera que lleva en su mano. Ruge furioso el monstruo y se abalanza sobre los hombres. En vano esperaron en el poblado la vuelta de los cazadores a la puesta del sol. Los hombres siguieron bebiendo hasta caer en un profundo sueño.

Al dí a siguiente, preocupados y sobrios, los hombres del poblado se organizan para salir a buscar a los cazadores perdidos. Los más optimistas dicen que no vale la pena. Que pronto volverán. Que se habrán quedado en el monte para cobrar más piezas. Pero algunos temen. El monte es peligroso.

Ninguno sabe que todos los preparativos serán inútiles. Por el camino se acerca un hombre de a pie. Es el viejo.
Es el único sobreviviente.
Delira y repite en su extraví o: Kaaguy Póra.
Los hombres del poblado lo rodean pidiendo explicaciones sobre los demás cazadores. Pero el viejo parece saber sólo dos palabras: Kaaguy Póra. Una y otra vez contesta el viejo Kaaguy Póra. Hasta que al fin los hombres entienden. Conocedores de la leyenda y temerosos de internarse en el monte dejan al viejo en paz. Kaaguy Póra le ha perdonado la vida pero le ha quitado el juicio.

Contado por egonzalez

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UN CUENTO DE PARAGUAY: LA CITA

Por Mario Halley Mora

La cita

Roberto creyó haber discado bien, pero salió un número equivocado. Y allí empezó todo.

Aquella voz que amablemente le dijo: «Equivocado, señor», una voz sin rostro, anónima hasta la exasperación, puro sonido, le trajo misteriosas sensaciones. Y trató de seguir la conversación.

-Disculpe, señorita. No quise molestar. Creo haber discado bien…

-Suele suceder, señor -replicaba la voz.

-La línea suele estar recargada a esta hora…

-Bueno, razón para que no se culpe, señor -detrás de la voz amable, Roberto adivinaba un atisbo de sonrisa buena, paciente, femenina.

Y del tema de la línea recargada pasaron a otros, con cautela, probándose, como dos desconocidos, hombre y mujer, que van a salir a bailar su primera pieza, y los pies no se acomodan al ritmo que surge y vibra en la orquesta.

A los 20 minutos Roberto ya había declarado que era soltero (cierto), que tenía 32 años (mentira, tenía 38) y había averiguado que ella tenía 25 años (?), que era morena, y también soltera.

A la media hora…

-Sería para mí tanta satisfacción conocerla…

-¿Después del primer llamado…? Oh…

-Es que… se vive hoy tan de prisa…

-Sí. Pero qué pensará de mí…

-…que es una chica moderna…

Y consiguió la cita.

-Estaré allí a las cinco. Llevaré un traje ambo, pantalones grises y saco obscuro… y ah… corbata verde.

-Lo reconoceré, Roberto (ya se habían intercambiado los nombres). Yo llevaré minifalda azul a motitas blancas. Y botitas blancas.

Fijaron la concurrida esquina céntrica, la hora, y se despidieron. Ya al colgar, Roberto se dio cuenta que no había preguntado con qué número estaba hablando.

* * * * * *

Cuando colgó el tubo telefónico, Roberto sintió una sensación de alegría. Solterón, un poco triste y gastado, prisionero de su solitaria vida de pensión familiar, muchas veces había soñado con una compañía permanente, una casita suya y una mujer, también suya.

Aquella voz, un poco arrastrada pero suave, a la manera de un sonoro dulce de leche, había creado en su mente una imagen de mujer sencilla, sensata, complaciente, hacendosa, de manos hábiles para coser primorosas cortinas para las ventanas y para podar los rosales del jardín… Y esperó con impaciencia la cita.

* * * * * *

Perla, cuando colgó el tubo, sintió una cálida sensación de alegría. Todavía era joven, pero la vida no le había tratado bien.

Roberto, el de la llamada equivocada, le gustó. Ya no andaba detrás de príncipes azules, sino de un marido bueno, de grandes pies bien posados en tierra, que viviera en soledad para apreciar mejor la compañía, y que tuviera gustos sencillos, como una casita propia, con un jardín y muchas cortinas vaporosas en las ventanas…

A ese hombre ella le podía ofrecer aún mucho. Se sabía bastante linda, sensata, complaciente, hacendosa, y loca por tener un hogar donde dedicarse a los quehaceres domésticos…

* * * * * *

Pero a la vera de las ilusiones, siempre camina la duda, como una sombra pegajosa y molesta. Y Roberto se decía:

-¿Y si fuera un loro la Perla esa…? ¿Una solterona anteojuda y flaca…? Al final de cuentas, la voz no es todo…

Por su parte, Perla también razonaba cautamente:

-¿Y si no fuera más que un don Juan…? ¿Algún vejete aventurero y con compromisos…?

* * * * * *

Nunca se encontraron. Para verla primero, Roberto llevó un traje azul con corbata gris.

Pero Perla también pensó lo mismo. No llevó la minifalda a motitas, sino traje sastre color salmón.

Hoy, de vez en cuando, en la soledad de su cuarto de pensión, Roberto trata de memorizar un número telefónico. Y Perla se sobresalta cada vez que suena el teléfono, esperando que sea una llamada equivocada.

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Mandi’o ypy (mombe’upy) — Origen de la Mandioca (leyenda)


Apohára: (ndojekuaái)

Autor: (desconocido)

 

 

   Mitãkuña neporãva kasíke rajy, ijypy kuéra ohayhuetereíva, pykasúicha imarã’ỹva ha py’a potĩ mbyechaukaha teetéva, ogueroko’ẽ sapy’a umi pore nañanembotavýiva ohechaukáva hyeguasuha.

   La bella hija de un jefe indio, adorada por sus padres, inocente como una paloma y un símbolo verdadero de la castidad pura, apareció un día con las señas inequívocas que preceden a la maternidad.

   Upe kasíke, ipochyetereihápe, oporandu randu reipa mávapa ojapo hese upe mba’e vaiete. Pe mitãkuña mba’eve ndikatúi omombe’u. Upéramo itúva oja’ovaihápe he’i chupe ojukataha, ha upeichavérõ ndorekói ñe’ẽmbojevy. Upémaramo mitãkuña ho’a itasãme ha oñemoangaipa.

   El jefe de la tribu, presa de una gran indignación, en vano pregunta quién era el causante de su desgracia. La joven nada pudo explicar. El padre entonces la amenazó con la pena de muerte, pero ni aún así obtuvo respuesta. Entonces la joven fue hecha prisionera y condenada.

   Ha upe jejuka pyhare ambuépe, kasíke oreko kuri kerayvoty iñambuéva, ou ndaje ichupe ikérape peteĩ tete herunguáva, morotíva amangu’i ro’ýicha, yvytyrusúgui, he’íva ichupe ohecha va’erãha itajýrape imara’ỹramo, jepe hyeguasu hína. “Ha’e naiñangaipái, naiñangaipáiko nde rajy”, he’ije upe anga.

   Y ocurrió que la noche precedente a la ejecución, el jefe tuvo un sueño extraño, se le apareció un ser misterioso, blanco como la nieve, de las cordilleras, quien le dijo que debería considerar virgen a su hija, a pesar de su estado. “Ella no tiene la culpa, ¡no es culpable tu hija!”, dijo la aparición.

   Upe túva ñemondýipe ojapo he’i haguéicha ichupe upe mba’e, ha ndojapoukái upe jejuka. Mitãkuña omoheñói peteĩ mitãkuña’íme ha omano. Upe mitãkuña’i, hérava “Mani”, ombovy’a kuri oĩháicha ava kuérape.

   El padre asombrado hizo caso a las palabras de la aparición, y revocó la pena capital. La muchacha dio a luz a una niña y murió. La criatura, llamada “Maní”, fue la alegría de todo el pueblo indio.

   Ha’e yvoty ñúicha iporã kuri, hory guyra ka’aguýicha, ha akóinte opurahéi, ojeroky ha opuka, hákatu áina!, ndoikovéi heta ary isy’ỹre, ha pya’énteko ohóma avei ndouvéi haĝuaguihápe.

   Era hermosa como una flor del campo, alegre como un pájaro del bosque, y siempre estaba cantando, bailando y riendo, pero ¡ay!, no sobrevivió muchos años a su madre, y pronto se fue para siempre.

   Upe ñemano hetaiterei ndaje oñembyasy kuri ijava retãme. Oñoty chupe hikuái peteĩ yvyra ypýpe oíva ka’aguy rembére. Ndahetái ára uperire osẽ ityvy árigui heta yvyra ra’y rogue porã porã iñambuéva, avavete voi ndoikuaáiva upérõ mba’épa hína upéva.

   Su muerte fue motivo de un duelo inmenso para toda la tribu. La sepultaron al pie de un gran árbol a orillas de la selva virgen. Al poco tiempo aparecieron sobre su tumba las hermosas hojas de una planta extraña, completamente desconocida hasta entonces.

   Okakua rire umi yvyra’i, ava kuéra otopa hapo orekoha so’o morotĩ hetereíva, ha upe guive oikuaa hikuái ou hague Tupã remimondo hendápe kuéra, ha upe teko ndojekuaáiva ome’e hague ko’ãnga ho’o mayma ava kuérape ĝuarã.

   Cuando la planta hubo crecidMitologíao, los indios descubrieron raíces que tenían una carne blanca de sabor exquisito, y entonces comprendieron que el pueblo indio había sido visitado por un mensajero de los dioses, y que ese ser misterioso estaba ofreciendo ahora su carne a la tribu.

   Upe yvyra ra’y oñembohéra kuri “Mani ro’o”, ha upégui ningo osẽ “Mani’o”, térã Mandi’o.

Traducido al guaraní por Manuel F. Fernández – © www.guaranirenda.com – 2002

   La planta recibió el nombre de “Maní ro’o” (carne de Maní), y tal fue el origen de “Mani’o”, o Mandi’o.

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