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El modelo está crujiendo

Hasta el 2005, cuando Kirchner ganó las legislativas y afirmó su poder político, no muchos apostaban a que este diseño pudiese servir para sacarnos del “subsuelo del infierno”, donde nos había depositado el estallido del modelo de la convertibilidad, que no se supo desmontar planificadamente a tiempo.

Lo cierto es que el funcionamiento de este esquema de sesgo “productivista”, férreamente sostenido por la administración anterior y profundizado luego del triunfo de las elecciones presidenciales del 2007, se ha venido desempeñando, hasta ahora, como un “circulo virtuoso”.

Caracteres del nuevo modelo

El modelo de política económica que se viene aplicando desde hace cinco años, que designaré como “neodesarrollista”, cuyo motor es la promoción del consumo y las exportaciones, está sustentado en dos ejes: superávit fiscal y superávit comercial. La tracción en las cuatro ruedas: 1) tipo de cambio alto, 2) reservas necesarias y suficientes, 3) presión impositiva creciente y 4) inversión bruta sostenida, ha facilitado el rodamiento a alta velocidad, sin apretar el freno.

El tipo de cambio (pesos por dólar) está funcionando, merced a la política que impulsa el Banco Central, bajo un esquema denominado de “flotación sucia”. Es decir no fluctúa libremente por oferta y demanda, como viene solicitando el FMI, sino que la autoridad monetaria interviene para sostenerlo dentro de una banda, que permita alcanzar dos objetivos: que sea competitivo para los exportadores y desalentador para los importadores. Esto genera la sustitución de importaciones, que eleva el nivel de empleo de los factores de la producción, lo que permite atenuar la desocupación.

A su vez el incremento de los salarios apuntala la demanda interna. Este incremento de las exportaciones y del consumo interno eleva el nivel de actividad económica, beneficiando la recaudación impositiva, consolidada por el impuesto a las transacciones financieras y las retenciones a esas exportaciones.

A esto se suma también el superávit comercial que logra Argentina, no solo como consecuencia de este “modelo” productivista mercado-internista, sino como consecuencia también de los altos precios de las commodities en el mercado internacional y el alza del consumo de los grandes países del este asiático. Es decir, el viento de cola favorece el desplazamiento de un “modelo” no demasiado sofisticado, y ha permitido ordenar la macroeconomía, con bajo costo social y aceptable acompañamiento político.

El modelo, bueno es reconocerlo, sirvió para salir del subsuelo, pero como estamos inmersos en una economía capitalista de globalización concentradora, cuando emergemos y queremos seguir siendo competitivos, nos encontramos con toda la realidad que es harto compleja.

Motor nuevo sobre chasis viejo

En primer lugar, no conviene olvidar que luego de la crisis del 2001 se aplicó una gran devaluación, unida a una pesificación asimétrica, lo cual produjo una enorme dispersión de los precios relativos y una licuación de pasivos para los sectores empresarios altamente endeudados en dólares.

En segundo lugar, tampoco debe dejar de recordarse que el shock productivista estuvo sustentado en una capacidad ociosa que produjo la recesión que había comenzado a mediados de 1998 y que se profundizó en la administración de la Alianza cuando aplicó la disminución de salarios y jubilaciones, aumentando además el impuesto a las ganancias sobre los salarios.

En tercer lugar, cabe destacar que el crecimiento del Producto Bruto Interno desde el 2003 al 2007, estuvo basado también en el buen nivel de inversiones en maquinarias y nuevas tecnologías, que las empresas habían logrado en el esquema de la convertibilidad con el 1=1.

Y en cuarto término, lo que la gente sacó del “corralón”, del “corralito” y del “colchón”, ya se gastó, se invirtió, en definitiva se consumió.

Después que se fueron Lavagña del Ministerio de Economía y Prat Gay del Banco Central que habían sido dos de los artífices, junto con el ex presidente Kirchner, de una importante renegociación, con quita, de la deuda pública y de monitorear pautas de inflación y de responsabilidad fiscal, se aflojaron algunas riendas.

Es lógico que esto sucediera en un año electoral como el 2007. Pero era absolutamente necesario que, después de dilucidada la carrera por el poder presidencial, se hicieran los “deberes” para que el “modelo” fuera sometido a un “service” que permitiera enfrentar sólidamente dos o tres cuestiones, que lo están haciendo crujir cada vez con ruidos mas intensos.

¿Alcanzará con cambio de aros?

Lo primero era tomar muy en serio el aumento de la tasa de inflación, porque esto le va quitando competitividad al modelo, vía incremento de costos y también por el lado del consumo, que comienza a contraerse.

Recién ahora casi todos los economistas, tanto los que acompañan el “modelo”, como los que lo combaten se han puesto de acuerdo que esta es la prioridad en la tarea de la política económica. El tema es que no hay acuerdo sobre el origen de esta inflación y mucho menos sobre como combatirla con éxito, sobre todo cuando el “conductor” está pidiendo “no tocar el modelo” y ni por asomo implementar recetas del archiconocido manual ortodoxo de ajustes.

El ex presidente, y ahora jefe del Partido Justicialista, está absolutamente persuadido que se puede seguir creciendo a tasas tan elevadas como las del ultimo quinquenio, sin sacrificar el nivel de gasto publico, ni el consumo popular, ni el stock de reservas del Banco Central.

El problema es que los crujidos del “modelo productivista” se han amplificado por efecto de la crisis internacional que podemos caracterizar brevemente como no resuelta y que está compuesta por amenaza de recesión mundial, pérdida de valor del dólar, aumento sostenido del precio del petróleo y oscilaciones de los precios de las commodities.

¿Se podrá correr la carrera para ingresar en el Bicentenario al Grupo del G8 que es la “fórmula uno” de los países desarrollados, con un modelo de “turismo de carretera”?

¿Podrá la actual administración nacional sostener el parámetro de crecimiento, evitar el impacto de la crisis internacional, conseguir el financiamiento necesario a tasas razonables y renegociar la parte de la deuda que aún está en cesación de pagos?

¿Podrá evitar la presión de los sectores que quieren una nueva devaluación, conseguir mas inversiones privadas para incrementar la demanda, sostener el nivel de empleo y evitar que la inflación aumente nuevamente el nivel de pobres e indigentes?

Recetas y herramientas para intervenir en el mercado existen ahora, mucho más que antes en el esquema de la convertibilidad. Pero hay algo de lo que estoy convencido, en el campo de la política económica se puede hacer cualquier cosa, (estirar el cambio de aceite, hacer cambio de aros solamente, rectificar el motor, cambiar el motor y por fin cambiar de modelo), todo depende de la creatividad de los técnicos que deben pensar soluciones con mucha visión política, no sólo técnica. Pero se puede hacer cualquier cosa a condición de que estemos conscientes que todo tiene un costo y éste siempre se paga a su debido momento.

El tema, para que se resuelva de manera diferente esta vez y no igual a la experiencia que tenemos, es que se debe agotar el ingenio para diseñar un buen “service” y evitar el “enamoramiento” del modelo, porque o lo hace el Estado, o lo hace el “Mercado”. Esa es la cuestión de fondo. Si en los próximos meses no se pone en marcha una estrategia sustantiva, ingresaremos al 2009, un año mucho más complicado, con varios problemas acumulados.


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