“De entre casa” y “de salir”
Así clasificábamos las prendas de nuestro guardarropa infantil, organizado bajo la celosa supervisión de nuestra madre. Del grupo de “entre casa” algunas prendas podían formar parte de la ropa “de ir al colegio”, que cubríamos con el blanco delantal almidonado, flamante los días lunes, y diariamente mantenido con un rápido planchazo que las hábiles manos de nuestra madre realizaba a última hora de cada noche. En ese momento podía percatarse, con enojo de su parte, que el delantal había perdido gran parte de su blancura original y seguramente no llegaría a completar la semana con un porcentaje aceptable de buena presencia. Esa situación daba lugar a una serie de recomendaciones tendientes a su cuidado, evitando juegos bruscos, tironeos, caídas y las temidas manchas de tinta. Al regresar de la escuela debíamos colgar el delantal en un perchero y cambiar los zapatos, que también formaban parte del equipo escolar.
Mi madre prestaba mucha atención a nuestra ropa, cuya duración prolongaba en el tiempo con zurcidos geométricos a veces reforzados con remiendos internos, alargues de puños y dobladillos y toda una serie de arreglos que, a pesar nuestro, alargaban la vida de ciertas prendas que deseábamos fervientemente cambiar por otras nuevas, o en el peor de los casos, heredadas de nuestros hermanos.
La “ropa de salir” ocupaba un lugar preferente en su atención. Recuerdo los tapaditos que teníamos mi hermana y yo, los zapatos guillermina y los sombreritos para ocasiones especiales, como aquella del día del casamiento del tío José Virgilio en que nos dirigíamos con el Oakland vestidos con nuestras mejores galas, luciendo mi hermana y yo unos sombreritos blancos de algodón que en un momento dado volaron de nuestras cabezas empujados por el viento. ¡Qué sofoco el de mi padre para detener el auto, bajar y correr presuroso antes que otro los aplastara! Esto seguramente hubiera ocurrido si el tránsito de entonces por la actual Avenida del Libertador hubiera sido tan fluido como hoy.
Recuerdo que ese día teníamos unos vestiditos primorosos con alforcitas y puntillas que nos había hecho una modista, con sutiles diferencias de modelo y color teniendo en cuenta nuestra diferencia de edad, que aunque sólo era de dos años, bastaba para que mi hermana mayor, más susceptible, se sintiera reconocida como tal. Yo entonces deseaba que pasara el tiempo para heredar su ropa, que me sabía más interesante que la mía y debido al prudente uso que hacíamos de esas prendas, casi siempre me llegaban en perfecto estado. Sin embargo cuanto esto sucedía, no me sentía tan feliz como había supuesto lo sería, pues para entonces mi hermana, al no tener de quién heredar, habría estrenado una prenda nueva que yo comenzaría a desear usar.
En cuanto a mis hermanos varones, la mayor diferencia de edad no hacía factible la herencia a corto plazo de parte del menor. En ese entonces los varones usaban pantalón corto hasta entrada la adolescencia. La edad fijada por usos y costumbres para el cambio eran los quince años! Es de imaginar que a esa altura muchos de los aspirantes al tan preciado pantalón largo, sufrían las consecuencias de su elevada estatura, robustez y abundante vello en las piernas, ocultado tenazmente por las consabidas medias tres cuarto. Recuerdo los reclamos de mi hermano mayor, la postergación de su deseo del pantalón largo de parte de mis padres, y el festejo y orgullo que lo embargaba el día del estreno de esa prenda emblemática que marcaba para ellos el fin de la infancia, el distintivo de la hombría y el derecho a adquirir ciertos permisos que anteriormente les eran vedados.
Seguramente un hombre sabrá expresar mejor que yo lo que esta ceremonia del acceso al uso del pantalón largo ha significado en su vida.

