“Vamos a la Boca” II
La salida a la Boca los domingos podía tener, según la época del año y las inescrutables decisiones que mi padre tomaría a último momento, un disfrute extra. Este incomparable divertimento podía suceder en verano, al regreso de la panadería de nuestros tíos, en una noche especial en la que acuciados por la ansiedad de que así ocurriera, notábamos que mi padre conducía de pronto el viejo Oakland hacia la Costanera y lo estacionaba junto al río. Entonces bajábamos presurosos a realizar un paseo por las amplias veredas, pobladas de familias que, como nosotros, salían a tomar aire fresco y contemplar las aguas oscuras y misteriosas que podían de pronto encresparse preanunciando un cambio inesperado en el ambiente.
La culminación del paseo tenía lugar en la emblemàtica Munich, donde mis padres tomaban el clásico chop y pedían para nosotros dos “cívicos”, que compartíamos, acompañados por deliciosos sandwiches de jamón crudo con mostaza. Alguna vez probábamos una salchicha con chucrut, que era la delicia de mi madre y una yapa deliciosa para nosotros.
Pero esta salida extra no era inesperada o imprevista. Ya antes de la ida a la Boca le preguntábamos a nuestra madre acerca de la posibilidad de pasar por la Costanera en el viaje de regreso. Ella tejía una serie de conjeturas al respecto, todas relacionadas con la decisión que finalmente tomaría nuestro padre, influenciadas por el horario, el estado del tiempo, su cansancio personal y lógicamente, algo invalorable e imprevisible: nuestro comportamiento. Sabíamos muy bien que no debíamos preguntar ni manifestar abiertamente nuestro deseo y menos demostrar frustración o fastidio si el paseo no se realizaba. Eran las premisas fundamentales de una educación basada en el absoluto respeto a los adultos y a las decisiones que ellos tomaran.
Pero algo más nos esperaba de tanto en tanto a la vuelta de la Boca, y ésto sucedía una vez al año, una noche de Carnaval: dar una vuelta con el Oakland descapotado por el Corso de la Avenida de Mayo!! Esa sí que era una fiesta de papel picado, serpentinas y mascaritas, desfile de comparsas, música y alegría. Y como es lógico suponer, estaba precedida por idénticos prolegómenos, esperanzas, ansiedad y esfuerzo por mostrar un comportamiento ejemplar.
Con el paso del tiempo esas esporádicas salidas se multiplicaron en mi imaginación y seguramente fueron mucho menos frecuentes que las hoy rememoradas como si formaran parte de una serie que el recuerdo magnifica, porque la nostalgia es a veces engañosa. Pero de todos modos esos momentos nos colmaban de felicidad y los vivíamos con especial intensidad, tal vez porque no eran frecuentes, porque nuestros padres nos los escatimaban y se lo hacían a sí mismos, marcados también por una formación que valoraba el sacrificio y era mezquina con el goce legítimo que premia el esfuerzo. Lo cierto es que tal vez por esas mismas razones han quedado tan grabados en nuestra memoria.
