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Las novias de los sábados

Cuando desde nuestra casa divisábamos la marquesina roja en la puerta de la Iglesia, nos pasábamos la voz entusiasmadas ante la evidencia de que esa noche habría casamientos.

Antes de las ocho acudíamos presurosas para asegurarnos lugares de privilegio, ya que los alrededores de la marquesina se verían muy pronto colmados de vecinos, en su mayoría mujeres de todas las edades, y una considerable cantidad de chicas curiosas y soñadoras que ansiábamos ver a las novias de turno.

Los comentarios y las historias que se tejían en los momentos previos a la llegada de la primera novia eran de una variedad increíble. Se contaban detalles de casamientos anteriores que habían tenido lugar en otras iglesias a los que habían asistido las relatoras. Una de esas historias me ha quedado muy grabada por su hondo dramatismo: se trataba de una pareja que se amaba intensamente y venía preparando su boda con gran ilusión. La novia había enfermado de pronto de un mal incurable y los médicos no le aseguraban que llegara con vida al día elegido para esa ocasión. No obstante, ambos persistieron en su deseo de casarse y así, entre miedos, angustias y sobresaltos llegó la fecha ansiada. La novia, al borde del desmayo pudo llegar al altar sostenida por el padrino y apenas terminó la ceremonia falleció en los brazos de su reciente esposo, en medio del dolor y el llanto de todos los presentes. Durante mucho tiempo ese relato perturbó mi sueño y me imaginaba a mí misma protagonista de una historia de amor tan intenso, capaz de vencer a la misma muerte.

También se contaban historias de amores desencontrados, de uniones forzadas, de desavenencias y desengaños, de infidelidades y deshonras, así como otras románticas y de finales felices, pero las que más perduraron en mi recuerdo eran las tragedias. Ni las novelas que devoraría en mi incipiente adolescencia podrían competir con esos relatos y cuando después de muchos años vi “El graduado”, consideré pioneras a las relatoras de aquellas historias.

Muchas veces el cotorreo general se interrumpía bruscamente pues alguien había divisado el coche que sin duda traía a la iglesia a la primera novia de la noche. El auto era rápidamente rodeado por las más audaces y cuando la novia descendía con el padrino comenzaba la serie interminable de exclamaciones, cuchicheos y forcejeos por contemplar lo más cerca posible a la recién llegada: su persona, vestido, peinado, maquillaje, tocado, guantes, velo, cola si la hubiera y todos los detalles que hicieran posible luego la calificación final que definiría cuál sería la elegida de la noche. La presencia de la “modista” arreglando los pliegues del blanco vestido antes de entrar a la iglesia le confería una jerarquía especial.

Los invitados a la ceremonia que habían arribado anteriormente no quedaban a salvo del minucioso examen: si era adecuado el arreglo o exagerado el maquillaje, si acaso la vestimenta no contaría con la aceptación del cura párroco, dispuesto a controlar por intermedio de las señoras de la Acción Católica que las mujeres usaran la mantilla y tuvieran cubiertos sus brazos. Esta era una rutina que se llevaba a cabo en todas las misas y las señoras en cuestión disponían de unos manguitos blancos para cubrir los brazos de quienes no respetaran las normas. Ni qué decir de las novias, que no escapaban a estos requerimientos y se cuidaban muy bien de no usar transparencias ni escotes pronunciados.

Una vez que se abrían las puertas del templo y la novia, del brazo del padrino, comenzaba a avanzar invadíamos el espacio antes prohibido para disfrutar de una vista maravillosa: las luces y las flores engalanando el templo y el órgano atacando los primeros acordes de la marcha nupcial, la larga cola luciendo en todo su esplendor y la entrada triunfal de la pareja. En este punto las puertas se cerraban, volvíamos a ocupar nuestros lugares anteriores y mientras intercambiábamos opiniones acerca de la belleza de la novia, tratábamos de adivinar los diferentes momentos de la ceremonia: las palabras del cura, el intercambio de anillos… pero ¡cómo demoraban!…¡el Ave María!… las promesas…el ¡Sí!, los rezos…y al final el órgano anunciando el momento culminante: ¡ya salen!… los preparativos de las señoras, las puertas que se abren, el fotógrafo que se ubica, nosotras las curiosas que debemos volver a ocupar nuestros lugares sin obstruir la salida y por fin los recién casados recorriendo el camino inverso, sonrientes y felices, recibiendo saludos por doquier. Entonces sería el novio el objeto de todos los análisis.

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Años después se invertirían los roles: yo entraría a la Iglesia vestida de novia del brazo de mi padre. Aunque ya no había marquesina el antiguo rito aún tenía vigencia: viejos y nuevos vecinos se agolpaban en la entrada. En esa oportunidad no me sería dado escuchar los comentarios y las historias que se tejerían o se hubieran narrado. En cambio ese sábado yo sería protagonista de lo que ocurriría adentro cuando las puertas del templo se cerraran, mientras otras chiquillas curiosas y soñadoras ocuparían mi lugar en la entrada escuchando relatos o forjando ilusiones que tal vez, como yo, atesorarían celosamente en su memoria.