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Los visitantes del invierno

La llegada del invierno solía venir acompañada de visitantes indeseables: resfrío, tos, gripe, o las temidas anginas, generalmente con fiebre y dolor.

A la aparición de los primeros síntomas, mi madre echaba mano a toda una batería de recursos caseros que conocíamos bien: bolsa de hielo en la cabeza para bajar la fiebre, cataplasmas de harina de lino en el pecho, fomentos secos calientes y fricciones con untura blanca. Los vahos que preparaba en un recipiente con agua caliente y hojas de eucalipto tenían la virtud de “ablandar el catarro”, siempre que mantuviéramos tapada la cabeza con una toalla para impedir que el vapor se expandiera y lo respiráramos lo más que pudiéramos, que a su juicio siempre era poco. El efecto reparador menguaba a medida que la temperatura del agua descendía, pero nosotros tardábamos en hacérselo notar a nuestra madre para que no agregara más agua caliente y así evitar el sofoco que nos producía tanto vapor caliente.

En cuanto a las cataplasmas, me gustaba sentir el aroma de la harina de lino calentándose en la sartén. Luego se colocaba en un lienzo cuadrado cuyas puntas se ataban en diagonal para evitar que la harina se expandiera. Este emplasto se ponía en el pecho sobre la camiseta para que no quemara y tenía según mi madre, virtudes curativas, siempre que estuviera suficientemente caliente.

Los fomentos los hacía calentando con la plancha retazos de géneros de lana que guardaba para ese fin, al cabo de lo cual nos hacía fricciones en el pecho con la untura blanca. O sea que el calor era el elemento excluyente para lograr los mejores resultados. Por eso en la cama tampoco faltaba la bolsa de agua caliente, el ladrillo o la botella termo de Ginebra Bols, celosamente guardada para esos casos en que era necesario completar el abrigo, ya que cuanto más se transpirara, nás rápido nos curaríamos. En cuanto a la fiebre la terapia se invertía: paños fríos en la frente y la consabida bolsa de hielo en la cabeza, a falta de una instalación sanitaria que permitiera en algunos casos un rápido y tibio baño de inmersión.

No existía en la casa una calefacción adecuada. El típico brasero con carbón se trasladaba de la cocina a las habitaciones, poniendo especial cuidado en la ventilación posterior, que además de lograr los efectos beneficiosos de la eliminación de los gases tóxicos, traía aparejado el enfriamiento del ambiente en un abrir y cerrar de puertas y ventanas. La posterior adquisición de la estufa a kerosene mejoró la situación, siempre que su funcionamiento fuera óptimo. Un encendido inadecuado, la aparición de la temida llama amarilla, la necesidad de recambio de piquitos, agujas y otros implementos, una basurita en el combustible, podían hacer aparecer un olor insoportable en el ambiente que obligaba a desalojar inmediatamente el aparato de la habitación.

Cuando pese a todos estos recursos, la mejora esperada no llegaba o la fiebre persistía, era el momento de tomar la gran decisión: “había que llamar al médico”. En mi caso la alarma era mayor, ya que de muy pequeña había tenido una neumonía severa. Rápidamente mi padre hacía el llamado por teléfono y a partir de entonces mi madre se dedicaba a hacer los preparativos de rigor: había que extremar la higiene personal, cambiar la ropa interior, el camisón y toda la ropa de cama. Mientras hacía esto último, yo esperaba muy arropada sentada en una silla. ¡Qué placer entrar en la cama renovada, perfumada con flores de lavanda que mi madre esparcía por todos los cajones y estantes del ropero! A continuación colocaba sobre la mesa de luz una toalla de hilo blanco, un frasco de alcohol y una cuchara.

La llegada del médico la vivíamos como un momento de tensión y alivio a la vez. Su presencia conocida tenía la virtud de aventar los fantasmas, eliminar los temores e infundir confianza en toda la familia, ya que era el médico de todos, un respetado personaje en quien nuestros padres depositaban su entera confianza. Se me presenta en estos momentos con su trato campechano, acercándose sonriente y con una palmadita decirme “esto no es nada” acompañado de algún chiste oportuno. Me hacía sentar en la cama, levantaba mi camisón y mi madre le alcanzaba la blanca toalla sobre la que apoyaba su cabeza en mi espalda y me hacía respirar con la boca abierta. ¡Qué bienestar me transmitía el contacto de su cabeza y su brazo sonteniéndome! Luego me hacía acostar, me auscultaba el pecho y revisaba mi panza oprimiento con sus manos algunas zonas para descartar inflamaciones y la temida apendicitis. Cuando tomaba la cuchara ahí yo temblaba porque sabía lo que vendría y no me gustaba: tenía que abrir la boca, y por más grande que lo intentara, no podía evitar que con la cuchara bajara mi lengua para inspeccionar la garganta. Lo peor que podía pasar era que encontrara placas. Recuerdo oirle decir: “¡qué lindas amígdalas!” Y yo creía que era un elogio.

La visita del doctor culminaba con todas las indicaciones a seguir, estrictamente respetadas por mi madre y sufridas por nosotros, porque los tratamientos de entonces no eran tan expeditivos y placenteros. Finalmente el médico utilizaba el alcohol para higienizar sus manos y nos despedía con un cálido saludo en la seguridad de que no sería necesaria una nueva visita. La perspectiva de unos días en cama, sin colegio ni tareas a la vista, eran un aliciente que nos ayudaría a pasar el trance, además de los cuidados de rigor y la eventual compra de algún librito de cuentos extra para amenizar los momentos en que estuviéramos mejor.

Las anginas se curaban con los temibles tópicos, ya que los antibióticos aún no habían llegado al mercado. Había que barrer las placas con hisopos embebidos en líquidos que nos asqueaban. Las gárgaras sólo estaban indicadas para los hermanos mayores y los jarabes no solían ser muy agradables. Lo que suscitaba la curiosidad tal vez morbosa de quienes no tenían que ofrecer su propia espalda eran las ventosas. Eran de vidrio y su tintineo preanunciaba el momento esperado para los espectadores: provista de un hisopo que embebía en alcohol, mi madre mojaba el interior de la ventosa, le prendía un fósforo e inmediatamente la aplicaba sobre la espalda del enfermo, El fuego se apagaba instantáneamente y la ventosa comenzaba a succionar la piel hasta producir una hinchazón oscura, signo evidente de que la misma había logrado extraer el mal o parte de él, ya que se aplicaban por lo general de cuatro a seis, según la edad. Podía suceder que alguna ventosa no realizara esa succión inmediata debido a que en esa zona de la espalda no había congestión y la ventosa caía sola. Entonces se aplicaba en otro lugar. Cuando se retiraban quedaban en la espalda las marcas circulares que tardarían algunos días en desaparecer.

Los mimos y caricias no eran moneda corriente en nuestro hogar. Sería por eso que todas las atenciones y cuidados que mi madre me prodigaba en esas situaciones se me antojaban tiernas muestras de cariño. La forma como me arropaba apoyando sus manos sobre el rebozo de las cobijas al término de fomentos y cataplasmas, tenía para mí un significado especial: era como decirme “te quiero y espero que te mejores pronto”. En sus ojos podía leer la preocupación que nuestra salud le generaba y la satisfacción con que leía el termómetro al descubrir que la fiebre había cedido. En cuanto a mi padre, yo estaba pendiente del momento en que cesaban en el taller los ruidos de tornos y sierras, lo sabía realizando su higiene diaria, cambiando su ropa y lo veía entonces aparecer en la pieza, sentarse a mi lado y poner su mano en mi frente. Esos momentos de contacto especial me resultaban realmente placenteros. Al fin y al cabo, de vez en cuando, valía la pena caer enfermo.