¿A qué jugamos?
Para esta pregunta siempre encontrábamos respuesta inmediata en los tiempos en que el juego compartido constituía una parte fundamental de nuestra actividad cotidiana. En el transcurso de “la primaria” echábamos mano a un amplio repertorio de actividades lúdicas, que elegíamos según la ocasión, el lugar y la cantidad de participantes a intervenir.
La escuela “Juan Crisóstomo Lafinur” a la que concurríamos por la mañana era de niñas, pero se admitían varones hasta tercer grado, siempre que demostraran buena conducta. En esos años muchos de ellos se avenían a participar con nosotras de esas actividades en algunas ocasiones, más por provocar las risas y todo tipo de acotaciones de sus congéneres que por tomar parte activa en “cosas de nenas“, cuando no por boicotear el juego que entonces terminaba abruptamente con la correspondiente queja a la “señorita” por las molestias ocasionadas “por los varones”.
En los recreos las rondas eran nuestras favoritas ya que el tiempo no nos permitía organizar otros juegos. Junto al “Arroz con leche“, “Sobre el puente de Avignon” y “Juguemos en el bosque” en las voces de los màs chicos, resonaban en el amplio patio “Mambrú“, “La farolera“, “La paloma blanca“, enriquecidas por una variada coreografía ejecutada al compás de las canciones. Los gritos de los que escapaban de las fauces del lobo que anunciaba estar listo para salir se mezclaban con la algarabía de los que triunfaban en alguna contienda personal, los cánticos, las risas, las protestas y por qué no? también el llanto de algún golpeado que merecía la inmediata atención de la maestra de turno. Todos los movimientos cesaban y todas las voces callaban repentinamente al tañido de la sonora campana, que lograba el milagro de congelarnos como estatuas esperando la orden de pasar “en silencio” a los salones.
En determinadas épocas del año, obedeciendo a un calendario no escrito pero aceptado por todos, aparecían las piedritas para jugar al “dinenti“. Los varones eran en ésto los más habilidosos y despertaban en nosotras las ganas de imitarlos, lo que por mi parte hacíamos en casa, practicando con nuestros hermanos. Ellos también eran cancheros con las figuritas y las bolitas, que coleccionaban y cambiaban entre sí. Yo nunca pude tirar las figuritas con la habilidad y precisión con que mi hermano menor hacía que llegaran no sólo contra la pared, sino que se montaran en el zócalo haciendo la “paradita” y tornando difícil para el contrincante igualar o superar el resultado. En cuanto a las bolitas nunca pude manejarlas, se me iban para cualquier lado, pero con el dinenti era bastante hábil.
También acatando ocultos mandatos, en parte transmitidos por el viento, sabìamos cuándo llegaba la hora de preparar los barriletes. Sí, porque la gracia era demostrar la habilidad para hacerlo, y en ésto también se destacaban los varones que, en el caso de nuestros hermanos, aceptaban alguna modesta ingerencia de nuestra parte. Había que conseguir las cañas adecuadas, atarlas bien eligiendo previamente la forma y tamaño del barrilete, comprar el papel de colores, colocar los tiros en los lugares justos y la cola, ni muy larga ni muy corta para asegurar una buena elevación y deslizamiento. En la confección de semejante maravilla solían influir los consejos de los mayores, pero eran los chicos quienes se esforzaban en la obra. La prueba final convocaba gran número de curiosos. Los que lograban remontar con éxito sus cometas eran admirados por todos. Otros debían repetir la experiencia y escuchar los “consejos” de los supuestos entendidos para repetir el intento.
Entre las chicas jugábamos con otras clases de figuritas de diversas formas y tamaños. Se destacaban las grandes, con colores brillantes y con los motivos en relieve. Sus dueñas las exhibían con orgullo pues eran importadas y mucho más bonitas que las comunes, cuadradas o rectangulares y totalmente planas. En el juego participaban dos, que ofrecían sus figuritas de a una por vez. Cada una a su turno la colocaba en la primera hoja de una de las tapas de un libro, le imprimía a éste un giro rápido con las manos y al detenerlo la otra tenía que adivinar dónde estaba, si arriba o abajo. Si acertaba ganaba la figurita, que si era “de las importadas” enriquecería enormemente su colección personal.
Dejábamos para jugar en la vereda los juegos que en la escuela nos estaban vedados (aunque a veces desafiábamos la veda a riesgo de quedarnos paradas todo el recreo si nos sorprendían) como correr, la mancha en sus dos versiones, pared y venenosa, la escondida, la rayuela, el fideo fino, las estatuas o saltar a la soga. Esto último nos encantaba cuando formábamos un grupo considerable: dos para dar vuelta la soga y por lo menos cuatro o cinco para competir en tiempo y forma, mostrando habilidades especiales como “entrar al revés”, salir y entrar en diferentes posiciones, etc. Se continuaba saltando mientras no se cometiera un traspié, lo que a veces, en el caso de las más avezadas, provocaba la impaciencia de las que esperaban su turno deseando que fallaran.
Cuando nos juntábamos en alguna casa tenían lugar los juegos tranquilos donde participaban todos, incluso los mayores: el “Don Pirulero“, el “Veo Veo“, el “Gran Bonete“. La excitación que generaba cometer un error y merecer una prenda le daba a los juegos una atracción especial. Había que estar atento y no valían las protestas. Y qué decir de nuestras sesiones de lotería alrededor de la mesa familiar, alternadas con la “escoba de 15“, el “culo sucio” y la “casita robada“!
Los días de lluvia nos brindaban un disfrute extra: no queríamos faltar al colegio y al mismo tiempo esperábamos que lo hicieran la mayor cantidad posible de chicos para “no hacer nada”, ya que la maestra no iba a introducir temas nuevos de estudio en ninguna área con tan poco alumnado e inclusive nos iba a permitir organizar algunos juegos en el aula. Si el agua de la lluvia al caer en el patio formaba “globitos” que tardaban en desaparecer, era señal evidente que llovería toda la tarde. Como seguramente no tendríamos tarea, la hora de la siesta nos ofrecería la oportunidad de escabullirnos a la calle cubiertos con unas bolsas de arpillera de la tornería para no mojarnos demasiado, llevando nuestros barquitos de papel, para hacerlos navegar junto al cordón de la vereda. Este entretenimiento, como chapalear entre los charcos nos divertía muchísimo, aunque sabíamos que al regresar a casa todos mojados nos esperaba alguna reprimenda.
Así pasaban los días de nuestra infancia, con la sensación de no haber hecho todo lo que hubiéramos deseado, con proyectos para los que vendrían, alternando las horas de estudio que nos requería la escuela con muchos momentos de auténtico disfrute. Personalmente puedo decir que si algo no experimenté en esos años fue el aburrimiento.
Dejo para otra ocasión referirme a los juguetes convencionales, esos que en nuestro caso sólo recibíamos cada Día de Reyes y los que fabricábamos gracias a nuestra imaginación para suplir su falta e incluso para reemplazarlos con gran alborozo por el uso múltiple que nos permitían.


