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	<title>ABUELAS DE HOGAÑO</title>
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	<description>Valga el antónimo para ubicarnos en este presente de cambios vertiginosos que nos propone a diario el desafío de continuar siendo referentes válidos para nuestros hijos y nietos.</description>
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		<title>&#8220;La casa nueva&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 30 May 2011 17:00:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Historias barriales]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos de antaño]]></category>
		<category><![CDATA[adolescencia]]></category>
		<category><![CDATA[Arriaga & Tomassoni]]></category>
		<category><![CDATA[Oakland]]></category>
		<category><![CDATA[psicología familiar en los 40]]></category>
		<category><![CDATA[pubertad]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdos del inicio de la pubertad y adolescencia en los 40. Cambios en la vida familiar cuando la psicología no había invadido la vida cotidiana. Disparador: construcción de una vivienda nueva]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>  La infancia estaba quedando atrás. Nuevos descubrimientos y desconocidos devaneos ensanchaban nuestro estrecho mundo y producían cambios en las relaciones entre hermanos y el entorno familiar. Las peleas, sobre todo de los mayores, eran más frecuentes, con el correlato consabido de las reprimendas paternas.</p>
<p>  La psicología aún no se había internado en la vida cotidiana: los términos &#8220;pubertad&#8221; y &#8220;adolescencia&#8221; no se manejaban ni caracterizaban para el vulgo estadios de la evolución con características tan especiales como para requerir &#8220;comprensión y flexibilidad&#8221; en el trato familiar. En verdad, para nosotros, las víctimas de tal evolución, esos estadios pasaban desapercibidos, no éramos concientes de ellos, y de haberlo sido, no se nos hubiera ocurrido pretender consideraciones especiales de nuestros padres que, por el contrario, se mostraban más atentos que nunca para contener excesos y establecer penitencias.</p>
<p>No obstante, nuestro crecimiento redundaría en la concreción de un proyecto al que nuestros progenitores habían consagrado su trabajo y el ahorro de muchos años. Por esa época dos señores apellidados Arriaga y Tomassoni, arquitecto el primero y constructor el segundo, habían comenzado a frecuentar nuestra casa embarcándose en largas conversaciones con nuestros padres, a las que por supuesto no teníamos acceso. Alertando el oído para registrar comentarios y después de descubrir algunos dibujos y croquis caseros, caímos en la cuenta de que nuestsro padres planeaban hacer grandes reformas en nuestra casa.</p>
<p>Escuchábamos hablar de ambientes amplios, living comedor, dormitorios separados para las mujeres y los varones porque &#8220;es necesario que los chicos, que ya son grandes, tengan su espacio&#8221;, garaje para el viejo Oakland y una modificación fundamental: el taller de tornería no estaría adelante sino al fondo, dando prioridad  a un frente de vivienda en consonancia con lo que entonces se veía en el barrio y estos señores se jactaban de haber construido.</p>
<p>   Poco a poco nuestros padres nos participaron de algunos detalles de estos planes, insistiendo por supuesto en decir que no tenían la seguridad de su realización, dada la gran inversión que sería necesaria, sumada a la necesidad imperiosa de mudarnos durante la construcción, ya que la demolición de la vieja casa sería necesaria.</p>
<p>  ¿Hacía falta algo más para encender nuestra imaginación y alimentar sueños de todo tipo pensando en lo que significaría vivir en una casa con esas características?</p>
<p>  En adelante, todas nuestras energías estarían puestas en la concreción de un sueño compartido, sabiendo además lo que teníamos que hacer para alentar los deseos de nuestros padres en lograrlo. Requisito fundamental: &#8220;que haya paz&#8221;.</p>
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		<title>&#8220;¡Vino el Inspector!&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Nov 2009 11:13:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Consejo Nacional de Educación]]></category>
		<category><![CDATA[inspector escolar]]></category>
		<category><![CDATA[pradera o pampa húmeda]]></category>
		<category><![CDATA[pupitre escolar]]></category>
		<category><![CDATA[reloj de bolsillo]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
La llegada al colegio del emblemático personaje, enviado periódicamente por el Consejo Nacional de Educación para “supervisar la marcha de la enseñanza” suscitaba una excitación especial. La noticia de su arribo corría como reguero de pólvora. La portera se encargaba de anunciar su presencia aula por aula para que su aparición no nos tomara desprevenidos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"> </p>
<p class="MsoNormal"><span style="color: #3333ff"><span style="font-family: Times New Roman;font-size: small">La llegada al colegio del emblemático personaje, enviado periódicamente por el Consejo Nacional de Educación para “supervisar la marcha de la enseñanza” suscitaba una excitación especial. La noticia de su arribo corría como reguero de pólvora. La portera se encargaba de anunciar su presencia aula por aula para que su aparición no nos tomara desprevenidos y por supuesto para extremar la disciplina y el aseo, cuidando por ejemplo que ningún papel estuviera fuera del cesto.</span></span><span style="color: #3333ff"> </span><span style="color: #3333ff"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="color: #3333ff"><span style="font-family: Times New Roman;font-size: small">Al murmullo inicial seguía un silencio expectante por las indicaciones que seguramente nos daría la señorita. Los cuadernos debían estar sobre los pupitres debidamente forrados con papel araña azul, con etiqueta y carátula incluida y en ella por supuesto todos los datos que desde el primer día de clase debíamos consignar, entre los cuales se encontraba el nombre del señor Inspector: Lino Mestroni. Sí, se llamaba igual que mi padre, lo cual me llenaba de orgullo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="color: #3333ff"><span style="font-family: Times New Roman;font-size: small">Recuerdo especialmente un día en que se produjo esa visita. La señorita me nombró para que a su llegada yo pasara al frente a “dar la lección del día”: la pradera o pampa húmeda, sin olvidar ir señalando la región en el mapa que se encontraba colgado en el pizarrón. Mi corazón comenzó a galopar y sentía mis mejillas encendidas hasta que se produjo la entrada del Inspector, un señor muy alto, que nos saludó sonriente. Todos nos pusimos de pie al unísono y contestamos a coro su saludo, como era de rigor. Después de cambiar algunas palabras con la señorita, ésta me llamó al frente y yo comencé a declamar con voz temblorosa: “La pradera o pampa húmeda comprende las provincias de…..(señalando en el mapa) y sus límites son…” En este punto el señor Inspector se acercó y tocando apenas la punta de mi nariz preguntó: “¿Y cuáles son los límites de esta naricita?” Todos se rieron levemente y él con una palmadita en la espalda me acompañó a mi asiento diciendo que estaba muy bien mi lección pero que en realidad él quería proponernos un juego.</span></span><span style="color: #3333ff"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Times New Roman;color: #3333ff;font-size: small">Dijo que quería comprobar si nosotros sabíamos calcular la duración de un minuto sin consultar ningún reloj. Para ello él golpearía las manos y a partir de ese momento nosotros deberíamos hacer lo propio cuando consideráramos que el minuto había concluido. Por supuesto entonces ninguno de nosotros tenía reloj y a nadie se le ocurrió contar pausada y regularmente hasta sesenta. Así fue que comenzaron a escucharse las palmas mucho antes que el minuto concluyera. A su término, controlado celosamente por el Inspector en su reloj de bolsillo, éste nos hizo notar que el minuto duraba mucho más de lo que nosotros habíamos imaginado, y concluyó diciendo: “¿Vieron cuántas cosas buenas pueden hacerse en un minuto?</span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-family: Times New Roman;color: #3333ff;font-size: small">Esa</span><span style="color: #3333ff"><span style="font-family: Times New Roman;font-size: small">s palabras me quedaron grabadas en la memoria y hasta el día de hoy las recuerdo especialmente en determinadas ocasiones. Las reflexiones que me suscitan darían lugar a otro posteo. El tiempo y sus misterios, el tiempo de las alegrías y el de las tristezas, el tiempo que marca el reloj y el que marcan mis vivencias, mi ansiedad, mi tiempo íntimo. Como diría Borges a quien le obsesionaba este tema, el tiempo real es el de la conciencia ¿Tienen la misma duración estos distintos tiempos? Indudablemente no. Lo siente el que sufre y espera, el que goza un momento de intensa alegría o llora una pérdida irrecuperable, el que ante la victoria parcial de su equipo de fútbol no ve llegar el instante en que el árbitro de por terminado el partido o sufre el minuto adicionado que &#8220;dura mucho más que sesenta segundos&#8221;. Porque, como decía el señor Lino Mestroni, en un minuto pueden pasar muchas cosas. Serán buenas o malas según las expectativas o acciones de quienes lo viven, lo disfrutan o lo sufren.</span></span></p>
<div><span style="color: #3333ff"> </span></div>
<p> </p>
<div><span style="color: #3333ff"></span></div>
<p> </p>
<p><span style="color: #3333ff"></p>
<p class="MsoNormal"><img class="imgcen" src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/inspector1.JPG" alt="" width="779" height="490" /></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p></span></p>
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		<title>Los visitantes del invierno</title>
		<link>http://blogsdelagente.com/abuelasdehogano/2009/11/10/los-visitantes-del-invierno/</link>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 14:02:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[bolsas de agua caliente]]></category>
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		<description><![CDATA[La llegada del invierno solía venir acompañada de visitantes indeseables: resfrío, tos, gripe, o las temidas anginas, generalmente con fiebre y dolor.
A la aparición de los primeros síntomas, mi madre echaba mano a toda una batería de recursos caseros que conocíamos bien: bolsa de hielo en la cabeza para bajar la fiebre, cataplasmas de harina [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La llegada del invierno solía venir acompañada de visitantes indeseables: <STRONG>resfrío</STRONG>, <STRONG>tos</STRONG>, <STRONG>gripe</STRONG>, o las temidas <STRONG>anginas</STRONG>, generalmente con fiebre y dolor.</p>
<p>A la aparición de los primeros síntomas, mi madre echaba mano a toda una batería de recursos caseros que conocíamos bien:<STRONG> bolsa de hielo </STRONG>en la cabeza para bajar la fiebre, <STRONG>cataplasmas de harina de lino </STRONG>en el pecho, f<STRONG>omentos</STRONG> secos calientes y<STRONG> fricciones </STRONG>con <STRONG>untura blanca</STRONG>. Los <STRONG>vahos</STRONG> que preparaba en un recipiente con agua caliente y hojas de<STRONG> eucalipto </STRONG>tenían la virtud de <STRONG>&#8220;ablandar el catarro&#8221;, </STRONG>siempre que mantuviéramos tapada la cabeza con una toalla para impedir que el vapor se expandiera y lo respiráramos lo más que pudiéramos, que a su juicio siempre era poco. El efecto reparador menguaba a medida que la temperatura del agua descendía, pero nosotros tardábamos en hacérselo notar a nuestra madre para que no agregara más agua caliente y así evitar el sofoco que nos producía tanto vapor caliente.</p>
<p>En cuanto a las cataplasmas, me gustaba sentir el aroma de la harina de lino calentándose en la sartén. Luego se colocaba en un lienzo cuadrado cuyas puntas se ataban en diagonal para evitar que la harina se expandiera. Este <STRONG>emplasto</STRONG> se ponía en el pecho sobre la camiseta para que no quemara y tenía según mi madre, virtudes curativas, siempre que estuviera suficientemente caliente.</p>
<p>Los fomentos los hacía calentando con la plancha retazos de géneros de lana que guardaba para ese fin, al cabo de lo cual nos hacía fricciones en el pecho con la untura blanca. O sea que <STRONG>el calor </STRONG>era el elemento excluyente para lograr los mejores resultados. Por eso en la cama tampoco faltaba la <STRONG>bolsa de agua caliente</STRONG>,<STRONG> el ladrillo </STRONG>o <STRONG>la botella termo de Ginebra Bols</STRONG>, celosamente guardada para esos casos en que era necesario completar el abrigo, ya que cuanto más se transpirara, nás rápido nos curaríamos. En cuanto a la fiebre la terapia se invertía: paños fríos en la frente y la consabida bolsa de hielo en la cabeza, a falta de una instalación sanitaria que permitiera en algunos casos un rápido y tibio baño de inmersión.</p>
<p>No existía en la casa una calefacción adecuada. El típico <STRONG>brasero con carbón </STRONG>se trasladaba de la cocina a las habitaciones, poniendo especial cuidado en la ventilación posterior, que además de lograr los efectos beneficiosos de la eliminación de los gases tóxicos, traía aparejado el enfriamiento del ambiente en un abrir y cerrar de puertas y ventanas. La posterior adquisición de la <STRONG>estufa a</STRONG> <STRONG>kerosene</STRONG> mejoró la situación, siempre que su funcionamiento fuera óptimo. Un encendido inadecuado, la aparición de la temida llama amarilla, la necesidad de recambio de piquitos, agujas y otros implementos, una basurita en el combustible, podían hacer aparecer un olor insoportable en el ambiente que obligaba a desalojar inmediatamente el aparato de la habitación.</p>
<p>Cuando pese a todos estos recursos, la mejora esperada no llegaba o la fiebre persistía, era el momento de tomar la gran decisión: <STRONG>&#8220;había que llamar al médico&#8221;. </STRONG>En mi caso la alarma era mayor, ya que de muy pequeña había tenido una neumonía severa. Rápidamente mi padre hacía el llamado por teléfono y a partir de entonces mi madre se dedicaba a hacer los preparativos de rigor: había que extremar la higiene personal, cambiar la ropa interior, el camisón y toda la ropa de cama. Mientras hacía esto último, yo esperaba muy arropada sentada en una silla. ¡Qué placer entrar en la cama renovada, perfumada con <STRONG>flores de lavanda </STRONG>que mi madre esparcía por todos los cajones y estantes del ropero! A continuación colocaba sobre la mesa de luz <STRONG>una toalla de hilo blanco, un frasco de alcohol y una cuchara.<br />
</STRONG><br />
La llegada del médico la vivíamos como un momento de tensión y alivio a la vez. Su presencia conocida tenía la virtud de aventar los fantasmas, eliminar los temores e infundir confianza en toda la familia, ya que era el médico de todos, un respetado personaje en quien nuestros padres depositaban su entera confianza. Se me presenta en estos momentos con su trato campechano, acercándose sonriente y con una palmadita decirme &#8220;esto no es nada&#8221; acompañado de algún chiste oportuno. Me hacía sentar en la cama, levantaba mi camisón y mi madre le alcanzaba la blanca toalla sobre la que apoyaba su cabeza en mi espalda y me hacía respirar con la boca abierta. ¡Qué bienestar me transmitía el contacto de su cabeza y su brazo sonteniéndome! Luego me hacía acostar, me auscultaba el pecho y revisaba mi panza oprimiento con sus manos algunas zonas para descartar inflamaciones y la temida apendicitis. Cuando tomaba la cuchara ahí yo temblaba porque sabía lo que vendría y no me gustaba: tenía que abrir la boca, y por más grande que lo intentara, no podía evitar que con la cuchara bajara mi lengua para inspeccionar la garganta. Lo peor que podía pasar era que encontrara placas. Recuerdo oirle decir: <STRONG>&#8220;¡qué lindas amígdalas!&#8221; </STRONG>Y yo creía que era un elogio.</p>
<p>La visita del doctor culminaba con todas las indicaciones a seguir, estrictamente respetadas por mi madre y sufridas por nosotros, porque los tratamientos de entonces no eran tan expeditivos y placenteros. Finalmente el médico utilizaba el alcohol para higienizar sus manos y nos despedía con un cálido saludo en la seguridad de que no sería necesaria una nueva visita. La perspectiva de unos días en cama, sin colegio ni tareas a la vista, eran un aliciente que nos ayudaría a pasar el trance, además de los cuidados de rigor y la eventual compra de algún librito de cuentos extra para amenizar los momentos en que estuviéramos mejor.</p>
<p>Las anginas se curaban con los temibles <STRONG>tópicos</STRONG>, ya que los antibióticos aún no habían llegado al mercado. Había que barrer las placas con hisopos embebidos en líquidos que nos asqueaban. Las <STRONG>gárgaras</STRONG> sólo estaban indicadas para los hermanos mayores y los jarabes no solían ser muy agradables. Lo que suscitaba la curiosidad tal vez morbosa de quienes no tenían que ofrecer su propia espalda eran las <STRONG>ventosas</STRONG>. Eran de vidrio y su tintineo preanunciaba el momento esperado para los espectadores: provista de un hisopo que embebía en alcohol, mi madre mojaba el interior de la ventosa, le prendía un fósforo e inmediatamente la aplicaba sobre la espalda del enfermo, El fuego se apagaba instantáneamente y la ventosa comenzaba a succionar la piel hasta producir una hinchazón oscura, signo evidente de que la misma había logrado extraer el mal o parte de él, ya que se aplicaban por lo general de cuatro a seis, según la edad. Podía suceder que alguna ventosa no realizara esa succión inmediata debido a que en esa zona de la espalda no había congestión y la ventosa caía sola. Entonces se aplicaba en otro lugar. Cuando se retiraban quedaban en la espalda las marcas circulares que tardarían algunos días en desaparecer.</p>
<p>Los mimos y caricias no eran moneda corriente en nuestro hogar. Sería por eso que todas las atenciones y cuidados que mi madre me prodigaba en esas situaciones se me antojaban tiernas muestras de cariño. La forma como me arropaba apoyando sus manos sobre el rebozo de las cobijas al término de fomentos y cataplasmas, tenía para mí un significado especial: era como decirme &#8220;te quiero y espero que te mejores pronto&#8221;. En sus ojos podía leer la preocupación que nuestra salud le generaba y la satisfacción con que leía el termómetro al descubrir que la fiebre había cedido. En cuanto a mi padre, yo estaba pendiente del momento en que cesaban en el taller los ruidos de tornos y sierras, lo sabía realizando su higiene diaria, cambiando su ropa y lo veía entonces aparecer en la pieza, sentarse a mi lado y poner su mano en mi frente. Esos momentos de contacto especial me resultaban realmente placenteros. Al fin y al cabo, de vez en cuando, valía la pena caer enfermo.</p>
<p><IMG class="imgizqda" src="../blogfiles/abuelasdehogano/258187_T6CAPDEFQFCA1S5FTNCA19018ECAUVFJRSCASN772UCAZ1G16YCAEFRHX3CAKYbrasero.jpg"><br />
<IMG class="imgizqda" src="http://t1.gstatic.com/images?q=tbn:9cipEjfs0VG7ZM:http://www.asesorainformatica.com/SaludMTC/FTP/Editor/Masajes-ventosa.jpg"><IMG class="imgizqda" src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/258357_estufa.jpg"><IMG class="imgcen" src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/258405_bolsaagcaliente.jpg" width="114" height="133"></p>
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		<title>&#8220;De entre casa&#8221; y &#8220;de salir&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Oct 2009 12:34:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[gath y chaves]]></category>
		<category><![CDATA[gath y chavez]]></category>
		<category><![CDATA[vestimenta en los años 30]]></category>

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		<description><![CDATA[Así clasificábamos las prendas de nuestro guardarropa infantil, organizado bajo la celosa supervisión de nuestra madre. Del grupo de &#8220;entre casa&#8221; algunas prendas podían formar parte de la ropa &#8220;de ir al colegio&#8221;, que cubríamos con el blanco delantal almidonado, flamante los días lunes, y diariamente mantenido con un rápido planchazo que las hábiles manos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así clasificábamos las prendas de nuestro guardarropa infantil, organizado bajo la celosa supervisión de nuestra madre. Del grupo de &#8220;entre casa&#8221; algunas prendas podían formar parte de la ropa &#8220;de ir al colegio&#8221;, que cubríamos con el blanco delantal almidonado, flamante los días lunes, y diariamente mantenido con un rápido planchazo que las hábiles manos de nuestra madre realizaba a última hora de cada noche. En ese momento podía percatarse, con enojo de su parte, que el delantal había perdido gran parte de su blancura original y seguramente no llegaría a completar la semana con un porcentaje aceptable de buena presencia. Esa situación daba lugar a una serie de recomendaciones tendientes a su cuidado, evitando juegos bruscos, tironeos, caídas y las temidas manchas de tinta. Al regresar de la escuela debíamos colgar el delantal en un perchero y cambiar los zapatos, que también formaban parte del equipo escolar.</p>
<p>Mi madre prestaba mucha atención a nuestra ropa, cuya duración prolongaba en el tiempo con zurcidos geométricos a veces reforzados con remiendos internos, alargues de puños y dobladillos y toda una serie de arreglos que, a pesar nuestro, alargaban la vida de ciertas prendas que deseábamos fervientemente cambiar por otras nuevas, o en el peor de los casos, heredadas de nuestros hermanos.</p>
<p>La &#8220;ropa de salir&#8221; ocupaba un lugar preferente en su atención. Recuerdo los tapaditos que teníamos mi hermana y yo, los zapatos guillermina y los sombreritos para ocasiones especiales, como aquella del día del casamiento del tío José Virgilio en que nos dirigíamos con el Oakland vestidos con nuestras mejores galas, luciendo mi hermana y yo unos sombreritos blancos de algodón que en un momento dado volaron de nuestras cabezas empujados por el viento. ¡Qué sofoco el de mi padre para detener el auto, bajar y correr presuroso antes que otro los aplastara! Esto seguramente hubiera ocurrido si el tránsito de entonces por la actual Avenida del Libertador hubiera sido tan fluido como hoy.</p>
<p>Recuerdo que ese día teníamos unos vestiditos primorosos con alforcitas y puntillas que nos había hecho una modista, con sutiles diferencias de modelo y color teniendo en cuenta nuestra diferencia de edad, que aunque sólo era de dos años, bastaba para que mi hermana mayor, más susceptible, se sintiera reconocida como tal. Yo entonces deseaba que pasara el tiempo para heredar su ropa, que me sabía más interesante que la mía y debido al prudente uso que hacíamos de esas prendas, casi siempre me llegaban en perfecto estado. Sin embargo cuanto esto sucedía, no me sentía tan feliz como había supuesto lo sería, pues para entonces mi hermana, al no tener de quién heredar, habría estrenado una prenda nueva que yo comenzaría a desear usar.</p>
<p>En cuanto a mis hermanos varones, la mayor diferencia de edad no hacía factible la herencia a corto plazo de parte del menor. En ese entonces los varones usaban pantalón corto hasta entrada la adolescencia. La edad fijada por usos y costumbres para el cambio eran los quince años! Es de imaginar que a esa altura muchos de los aspirantes al tan preciado pantalón largo, sufrían las consecuencias de su elevada estatura, robustez y abundante vello en las piernas, ocultado tenazmente por las consabidas medias tres cuarto. Recuerdo los reclamos de mi hermano mayor, la postergación de su deseo del pantalón largo de parte de mis padres, y el festejo y orgullo que lo embargaba el día del estreno de esa prenda emblemática que marcaba para ellos el fin de la infancia, el distintivo de la hombría y el derecho a adquirir ciertos permisos que anteriormente les eran vedados.</p>
<p>Seguramente un hombre sabrá expresar mejor que yo lo que esta ceremonia del acceso al uso del pantalón largo ha significado en su vida.</p>
<p><img class="imgcen" src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/img129.jpg" alt="" width="561" height="959" /></p>
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		<title>&#8220;Vamos a la Boca&#8221; II</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Aug 2009 15:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[carnaval]]></category>
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		<description><![CDATA[La salida a la Boca los domingos podía tener, según la época del año y las inescrutables decisiones que mi padre tomaría a último momento, un disfrute extra. Este incomparable divertimento podía suceder en verano, al regreso de la panadería de nuestros tíos, en una noche especial en la que acuciados por la ansiedad de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span><span><span style="color:#000000">La salida a la Boca los domingos podía tener, según la época del año y las inescrutables decisiones que mi padre tomaría a último momento, un disfrute extra. Este incomparable divertimento podía suceder en verano, al regreso de la panadería de nuestros tíos, en una noche especial en la que acuciados por la ansiedad de que así ocurriera, notábamos que mi padre conducía de pronto el viejo Oakland hacia la Costanera y lo estacionaba junto al río. Entonces bajábamos presurosos a realizar un paseo por las amplias veredas, pobladas de familias que, como nosotros, salían a tomar aire fresco y contemplar las aguas oscuras y misteriosas que podían de pronto encresparse preanunciando un cambio inesperado en el ambiente.</span></p>
<p>La culminación del paseo tenía lugar en la emblemàtica Munich, donde mis padres tomaban el clásico chop y pedían para nosotros dos &#8220;cívicos&#8221;, que compartíamos, acompañados por deliciosos sandwiches de jamón crudo con mostaza. Alguna vez probábamos una salchicha con chucrut, que era la delicia de mi madre y una yapa deliciosa para nosotros. </p>
<p>Pero esta salida extra no era inesperada o imprevista. Ya antes de la ida a la Boca le preguntábamos a nuestra madre acerca de la posibilidad de pasar por la Costanera en el viaje de regreso. Ella tejía una serie de conjeturas al respecto, todas relacionadas con la decisión que finalmente tomaría nuestro padre, influenciadas por el horario, el estado del tiempo, su cansancio personal y lógicamente, algo invalorable e imprevisible: nuestro comportamiento. Sabíamos muy bien que no debíamos preguntar ni manifestar abiertamente nuestro deseo y menos demostrar frustración o fastidio si el paseo no se realizaba. Eran las premisas fundamentales de una educación basada en el absoluto respeto a los adultos y a las decisiones que ellos tomaran.</p>
<p>Pero algo más nos esperaba de tanto en tanto a la vuelta de la Boca, y ésto sucedía una vez al año, una noche de Carnaval: dar una vuelta con el Oakland descapotado por el Corso de la Avenida de Mayo!! Esa sí que era una fiesta de papel picado, serpentinas y mascaritas, desfile de comparsas, música y alegría. Y como es lógico suponer, estaba precedida por idénticos prolegómenos, esperanzas, ansiedad y esfuerzo por mostrar un comportamiento ejemplar.</p>
<p>Con el paso del tiempo esas esporádicas salidas se multiplicaron en mi imaginación y seguramente fueron mucho menos frecuentes que las hoy rememoradas como si formaran parte de una serie que el recuerdo magnifica, porque la nostalgia es a veces engañosa. Pero de todos modos esos momentos nos colmaban de felicidad y los vivíamos con especial intensidad, tal vez porque no eran frecuentes, porque nuestros padres nos los escatimaban y se lo hacían a sí mismos, marcados también por una formación que valoraba el sacrificio y era mezquina con el goce legítimo que premia el esfuerzo. Lo cierto es que tal vez por esas mismas razones han quedado tan grabados en nuestra memoria.</p>
<p></span><br />
</span></p>
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		<title>&#8220;¡Vamos a La Boca!&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Jul 2009 21:56:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
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 Esta consigna nos convocaba todos los domingos en los lejanos días de mi infancia a una salida esperada que disfrutábamos especialmente. La cita era en la panadería de Carlos F. Melo 640, en La Boca, donde vivían mi abuela paterna, Carmen, y sus hijos Antonio y Anselmo. La panadería tenía un nombre que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><BIG><FONT color="#3333ff"><BIG> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Esta consigna nos convocaba todos los domingos en los lejanos días de mi infancia a una salida esperada que disfrutábamos especialmente. La cita era en la panadería de <STRONG>Carlos F. </STRONG><STRONG>Melo 640, en La Boca</STRONG>, donde vivían mi abuela paterna, <STRONG>Carmen</STRONG>, y sus hijos Antonio y Anselmo. La panadería tenía un nombre que se me antojaba inescrutable: <STRONG>“Primer Tibidabo </STRONG><STRONG>de La Boca”. </STRONG>Yo entonces era muy poco preguntona, también en la escuela. Temía hacer el ridículo demostrando ignorancia en cosas que suponía eran obvias para los adultos o que ellos consideraran impropias en los chicos. Mucho tiempo después supe que Tibidabo es el nombre de un monte desde el cual se divisa la ciudad de <STRONG>Barcelona</STRONG>, y a través de mi prima Blanquita, que almacena vida y obras de toda la familia lo relacioné con un tal Tiraboschi, que sí había oído nombrar, y que había sido en los orígenes del negocio el socio de mi tío Antonio. Era catalán y así había bautizado la panadería en homenaje al Tibidabo de su ciudad natal.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3"><STRONG><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Al frente estaba el </FONT></FONT></STRONG>negocio y a continuación la <STRONG>vivienda</STRONG>, que había que atravesar para llegar a la <STRONG>cuadra</STRONG>, ese alucinante espacio donde los tíos <STRONG>Adolfo</STRONG>, <STRONG>Miguel</STRONG> y en menor medida <STRONG>Anselmo</STRONG>, amasaban y horneaban el vital elemento. Lamentablemente era poco el tiempo que podíamos disfrutar en ese lugar del que los tíos nos alejaban después del saludo ritual, en nombre de los peligros de las máquinas, del horno y de la libertad de movimientos que les exigían las operaciones de amasado, el manejo de las asaderas y de las largas palas de madera que podían amenazar nuestra integridad.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Sobre la izquierda había una escalera que conducía a un sector casi impenetrable para nosotros, ya que por allí se llegaba a la habitación del tío <STRONG>Antonio</STRONG> a la que por supuesto no nos era dado entrar. Los chicos teníamos asumido cuáles eran las zonas de libre disponibilidad. No sé si eso estaba directamente explícito pero la realidad era que en el mundo de los adultos no estaba considerada nuestra intromisión espontánea. Además el tío Antonio, sin ser el mayor de sus hermanos, era junto a la abuela una figura señera. En mis primeros años yo los imaginaba marido y mujer.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3"><STRONG><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">El tío Antonio </FONT></FONT></STRONG>era el encargado de atender el negocio y <STRONG>el tío Adolfo</STRONG>, además de trabajar en la cuadra tenía el <STRONG>reparto a domicilio </STRONG>con su característico carro, símbolo emblemático entonces en todos los barrios de la ciudad. Sólo a los primos mayores varones les estaba permitido a veces acompañarlo en su recorrido, lo que significaba para ellos una aventura adicional.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3"><STRONG><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Anselmo, nuestro tío menor</FONT></FONT></STRONG>, era el preferido no sólo de nosotros, sus sobrinos, sino de mi abuela que lo consentía especialmente librándolo de tareas que consideraba tal vez demasiado pesadas y reservándole un lugar privilegiado en la cocina y la atención de la casa. Nos esperaba cada domingo con la misma alegre disposición con que nosotros íbamos “de visita”. Pero además estaban nuestros primos, los hijos del tío Adolfo y <STRONG>la tía Blanca</STRONG>, que vivían en la casa lindera.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Esa casa quedó impresa en mi memoria y era realmente fascinante. Ahora la reconozco típica del barrio boquense, con todas las peculiaridades que caracterizan a las pinturas del gran <STRONG>Quinquela</STRONG>: madera y chapas como materiales excluyentes, altas ventanas, cortinas de junco, patios con baldosas a cuadros, umbrales altos y huellas visibles de inundaciones pasadas y recientes. La puerta de entrada con bochas de bronce, eternamente sin llave, conducía a un largo pasillo que yo atravesaba siempre corriendo, temiendo que los fantasmas que anidaban a la izquierda, entre las columnas que sostenían la casa, pudieran alcanzarme. Al fondo había un gran patio, dos grandes higueras y unos escalones que conducían al baño. Dos escaleras de madera llevaban respectivamente al primero y segundo piso. En el primero vivían mis tíos y primos y en el segundo los dueños de la casa. Me parece escuchar los crujidos de los escalones y después los de las tablas del piso impecablemente aseado diariamente por mi tía con agua lavandina, lo que nos permitía a mi prima y a mí sentarnos sobre él directamente en nuestras tardes de lectura de cuentos de la Editorial Tor que ella coleccionaba. Con mi hermana y otra amiga, Norma, de la casa de enfrente también alternábamos con otros juegos. Nos encantaba improvisar una hamaca con una gruesa cuerda que hacíamos colgar de una de las ramas del árbol de la vereda. Después de atarla fuertemente, colocábamos algo que hiciera las veces de almohadón para sentarnos por turno sobre él. Entonces, tomando impulso con los pies sobre el tronco del árbol comenzábamos a dar vuelta alrededor cuidando de detener el movimiento a tiempo, también con los pies, para no estrellarnos de boca contra el tronco.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3">Recuerdo nuestras tardes en la puerta de la panadería, sentados alrededor del tío Anselmo, escuchando sus relatos muchas veces mechados con noticias de policía, sus convites con helados para todos comprados en la heladería de <STRONG>la calle California</STRONG>, sus juegos de sombras en la pared del comedor, transformando su mano en conejo, perro, gato y otras invenciones y ¡cómo no! los ravioles nadando en salsa de tomate, la polenta fría remojada en leche o la cascarilla como merienda.</FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT><FONT color="#3333ff"><FONT size="3"><FONT face="Times New Roman">Así como nosotros esperábamos con ansiedad el domingo para ir a La Boca, también<SPAN> ellos deseaban que se produjera nuestra llegada. Hace mucho tiempo mi prima me confesó que en su ansiedad ella comenzaba a contar a partir de la hora en que generalmente llegábamos. Primero contaba hasta &#8220;cien&#8221; y luego seguía agregando decenas o centenas hasta saltar de alegría si arribábamos o irse a su casa desalentada si ese domingo, por alguna razón imperiosa no lo hacíamos. Y si eso no ocurría, seguramente en Palermo otros chicos también se sentirían decepcionados y deberían esperar hasta el siguiente fin de semana para renovar las esperanzas de volver a acudir a la deseada cita dominguera.</SPAN></FONT></FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT size="3"><FONT face="Times New Roman"><SPAN></SPAN></FONT></FONT><br />
<IMG class="imgcen" height="1406" src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/img112.jpg" width="798"></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT></p>
<p></FONT> <P class="MsoNormal"><FONT color="#3333ff"><FONT face="Times New Roman" size="3"></FONT></p>
<p></FONT></p>
<p></BIG></FONT></BIG><FONT color="#3333ff"><BIG></BIG></FONT></p>
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		<title>¿A qué jugamos?</title>
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		<pubDate>Fri, 15 May 2009 22:39:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Para esta pregunta siempre encontrábamos respuesta inmediata en los tiempos en que el juego compartido constituía una parte fundamental de nuestra actividad cotidiana. En el transcurso de &#8220;la primaria&#8221; echábamos mano a un amplio repertorio de actividades lúdicas, que elegíamos según la ocasión, el lugar y la cantidad de participantes a intervenir.
La escuela &#8220;Juan Crisóstomo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para esta pregunta siempre encontrábamos respuesta inmediata en los tiempos en que el juego compartido constituía una parte fundamental de nuestra actividad cotidiana. En el transcurso de &#8220;<FONT color=#cc0000>la primaria</FONT>&#8221; echábamos mano a un amplio repertorio de actividades lúdicas, que elegíamos según la ocasión, el lugar y la cantidad de participantes a intervenir.</p>
<p>La escuela &#8220;Juan Crisóstomo Lafinur&#8221; a la que concurríamos por la mañana era de niñas, pero se admitían varones hasta tercer grado, siempre que demostraran buena conducta. En esos años muchos de ellos se avenían a participar con nosotras de esas actividades en algunas ocasiones, más por provocar las risas y todo tipo de acotaciones de sus congéneres que por tomar parte activa en &#8220;<FONT color=#990000>cosas de nenas</FONT>&#8220;, cuando no por boicotear el juego que entonces terminaba abruptamente con la correspondiente queja a la &#8220;señorita&#8221; por las molestias ocasionadas &#8220;por los varones&#8221;.</p>
<p>En los recreos las rondas eran nuestras favoritas ya que el tiempo no nos permitía organizar otros juegos. Junto al &#8220;<FONT color=#000099>Arroz con leche</FONT>&#8220;, &#8220;<FONT color=#000099>Sobre el puente de Avignon</FONT>&#8221; y &#8220;<FONT color=#000099>Juguemos en el bosque</FONT>&#8221; en las voces de los màs chicos, resonaban en el amplio patio &#8220;<FONT color=#000099>Mambrú</FONT>&#8220;, &#8220;<FONT color=#000099>La farolera</FONT>&#8220;, &#8220;<FONT color=#000099>La paloma blanca</FONT>&#8220;, enriquecidas por una variada coreografía ejecutada al compás de las canciones. Los gritos de los que escapaban de las fauces del lobo que anunciaba estar listo para salir se mezclaban con la algarabía de los que triunfaban en alguna contienda personal, los cánticos, las risas, las protestas y por qué no? también el llanto de algún golpeado que merecía la inmediata atención de la maestra de turno. Todos los movimientos cesaban y todas las voces callaban repentinamente al tañido de la sonora campana, que lograba el milagro de congelarnos como estatuas esperando la orden de pasar &#8220;en silencio&#8221; a los salones.</p>
<p>En determinadas épocas del año, obedeciendo a un calendario no escrito pero aceptado por todos, aparecían las piedritas para jugar al &#8220;<FONT color=#cc0000>dinenti</FONT>&#8220;. Los varones eran en ésto los más habilidosos y despertaban en nosotras las ganas de imitarlos, lo que por mi parte hacíamos en casa, practicando con nuestros hermanos. Ellos también eran cancheros con las figuritas y las bolitas, que coleccionaban y cambiaban entre sí. Yo nunca pude tirar las figuritas con la habilidad y precisión con que mi hermano menor hacía que llegaran no sólo contra la pared, sino que se montaran en el zócalo haciendo la &#8220;<FONT color=#cc0000>paradita</FONT>&#8221; y tornando difícil para el contrincante igualar o superar el resultado. En cuanto a las bolitas nunca pude manejarlas, se me iban para cualquier lado, pero con el dinenti era bastante hábil.</p>
<p>También acatando ocultos mandatos, en parte transmitidos por el viento, sabìamos cuándo llegaba la hora de preparar los <FONT color=#990000>barriletes.</FONT> Sí, porque la gracia era demostrar la habilidad para hacerlo, y en ésto también se destacaban los varones que, en el caso de nuestros hermanos, aceptaban alguna modesta ingerencia de nuestra parte. Había que conseguir las cañas adecuadas, atarlas bien eligiendo previamente la forma y tamaño del barrilete, comprar el papel de colores, colocar los tiros en los lugares justos y la cola, ni muy larga ni muy corta para asegurar una buena elevación y deslizamiento. En la confección de semejante maravilla solían influir los consejos de los mayores, pero eran los chicos quienes se esforzaban en la obra. La prueba final convocaba gran número de curiosos. Los que lograban remontar con éxito sus cometas eran admirados por todos. Otros debían repetir la experiencia y escuchar los &#8220;consejos&#8221; de los supuestos entendidos para repetir el intento.</p>
<p>Entre las chicas jugábamos con otras clases de <FONT color=#cc0000>figuritas</FONT> de diversas formas y tamaños. Se destacaban las grandes, con colores brillantes y con los motivos en relieve. Sus dueñas las exhibían con orgullo pues eran importadas y mucho más bonitas que las comunes, cuadradas o rectangulares y totalmente planas. En el juego participaban dos, que ofrecían sus figuritas de a una por vez. Cada una a su turno la colocaba en la primera hoja de una de las tapas de un libro, le imprimía a éste un giro rápido con las manos y al detenerlo la otra tenía que adivinar dónde estaba, si arriba o abajo. Si acertaba ganaba la figurita, que si era &#8220;de las importadas&#8221; enriquecería enormemente su colección personal.</p>
<p>Dejábamos para jugar en la vereda los juegos que en la escuela nos estaban vedados (aunque a veces desafiábamos la veda a riesgo de quedarnos paradas todo el recreo si nos sorprendían) como correr, <FONT color=#000099>la mancha</FONT> en sus dos versiones, pared y venenosa, <FONT color=#000099>la escondida</FONT>, <FONT color=#000099>la rayuela</FONT>, <FONT color=#000099>el fideo fino</FONT>, <FONT color=#000099>las estatuas</FONT> o <FONT color=#000099>saltar a la</FONT> soga. Esto último nos encantaba cuando formábamos un grupo considerable: dos para dar vuelta la soga y por lo menos cuatro o cinco para competir en tiempo y forma, mostrando habilidades especiales como &#8220;entrar al revés&#8221;, salir y entrar en diferentes posiciones, etc. Se continuaba saltando mientras no se cometiera un traspié, lo que a veces, en el caso de las más avezadas, provocaba la impaciencia de las que esperaban su turno deseando que fallaran.</p>
<p>Cuando nos juntábamos en alguna casa tenían lugar los juegos tranquilos donde participaban todos, incluso los mayores: el &#8220;<FONT color=#cc0000>Don Pirulero</FONT>&#8220;, el &#8220;<FONT color=#cc0000>Veo Veo</FONT>&#8220;, el &#8220;<FONT color=#cc0000>Gran </FONT><FONT color=#cc0000>Bonete</FONT>&#8220;. La excitación que generaba cometer un error y merecer una prenda le daba a los juegos una atracción especial. Había que estar atento y no valían las protestas. Y qué decir de nuestras sesiones de lotería alrededor de la mesa familiar, alternadas con la &#8220;<FONT color=#cc0000>escoba de 15</FONT>&#8220;, el &#8220;<FONT color=#cc0000>culo sucio</FONT>&#8221; y la &#8220;<FONT color=#cc0000>casita robada</FONT>&#8220;!</p>
<p><FONT color=#006600><STRONG><FONT color=#006600>Los días de lluvia</FONT> </STRONG></FONT>nos brindaban un disfrute extra: no queríamos faltar al colegio y al mismo tiempo esperábamos que lo hicieran la mayor cantidad posible de chicos para &#8220;no hacer nada&#8221;, ya que la maestra no iba a introducir temas nuevos de estudio en ninguna área con tan poco alumnado e inclusive nos iba a permitir organizar algunos juegos en el aula. Si el agua de la lluvia al caer en el patio formaba &#8220;<FONT color=#009900>globitos</FONT>&#8221; que tardaban en desaparecer, era señal evidente que llovería toda la tarde. Como seguramente no tendríamos tarea, la hora de la siesta nos ofrecería la oportunidad de escabullirnos a la calle cubiertos con unas bolsas de arpillera de la tornería para no mojarnos demasiado, llevando nuestros barquitos de papel, para hacerlos navegar junto al cordón de la vereda. Este entretenimiento, como chapalear entre los charcos nos divertía muchísimo, aunque sabíamos que al regresar a casa todos mojados nos esperaba alguna reprimenda.</p>
<p>Así pasaban los días de nuestra infancia, con la sensación de no haber hecho todo lo que hubiéramos deseado, con proyectos para los que vendrían, alternando las horas de estudio que nos requería la escuela con muchos momentos de auténtico disfrute. Personalmente puedo decir que si algo no experimenté en esos años fue el aburrimiento.</p>
<p>Dejo para otra ocasión referirme a los juguetes convencionales, esos que en nuestro caso sólo recibíamos cada Día de Reyes y los que fabricábamos gracias a nuestra imaginación para suplir su falta e incluso para reemplazarlos con gran alborozo por el uso múltiple que nos permitían. </p>
<p><IMG id=img_1 class=imgcen src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/185125_251.jpg" width=468 height=260></p>
<p><IMG style="WIDTH: 264px; HEIGHT: 341px" id=img_0 class=imgcen src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/1223379354155_f1.jpg" width=312 height=463></p>
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		<title>Abuelas de antaño</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Mar 2009 10:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Ezequiela, mi abuela materna, era una castañuela. La recuerdo siempre contenta, con la risa a flor de labios. En mi infancia vivía a pocas cuadras de mi &#8220;casa vieja&#8221;, distancia que recorría frecuentemente con su paso ágil que me forzaba al acompañarla a acelerar el mío para estar a su ritmo.
Con mis hermanos nos complacíamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ezequiela, mi abuela materna, era una castañuela. La recuerdo siempre contenta, con la risa a flor de labios. En mi infancia vivía a pocas cuadras de mi &#8220;casa vieja&#8221;, distancia que recorría frecuentemente con su paso ágil que me forzaba al acompañarla a acelerar el mío para estar a su ritmo.</p>
<p>Con mis hermanos nos complacíamos en escuchar sus historias sobre su vida en España. Resulta que su abuelo había sido medio tarambana. Había perdido o más bien dilapidado su fortuna quedándose sin tierras ni casas. Sin salir de nuestro asombro, nos divertía escuchar sus carcajadas al final de los relatos ya que por vía de nuestros padres esa situación debería pertenecer a la categoría de tragedia. Pero para mi abuela, que no estaba rodeada precisamente de comodidades, el dinero no tenía valor, actitud que mi padre consideraba irresponsable y demostraba poco juicio.</p>
<p>El día de Reyes aparecía por la tarde con regalitos &#8220;extras&#8221;. Yo no entendía bien el origen, pues para mí los Reyes ya habian venido a nuestra casa durante la noche, pero no me esforzaba en averiguar más ya que todo juguete era bienvenido. Recuerdo una valijita pequeña que contenía una muñequita para vestir&#8230; como si la viera! </p>
<p>En ocasiones también venía provista de algún plato preparado por ella, como unos fideos moños con salsa portuguesa en una cacerolita enlozada que yo personalmente devoraba con fruición. Nunca en mi vida volví a probar unos fideos tan exquisitos. Lo recuerdo y siento el perfume al levantar la tapa de la cacerola y el sabor inconfundible de esa salsa en la que yo distinguía la cebolla, el ají y el tomate en una proporción y cocción que personalmente nunca pude lograr.</p>
<p>En los comienzos de nuestra adolescencia se convirtió en compinche de mi hermana y mía. Nos acompañaba a kermeses y funciones de cine de la parroquia y disfrutaba cuando se nos acercaban los posibles &#8220;festejantes&#8221;. Ella quería ver a todo el mundo feliz y acompañado, empezando por su hijo soltero a quien continuamente alentaba para que buscara &#8220;una buena chica para casarse&#8221;. El tío José, que era muy farrista, tenía muchos amigos y amigas y cuando mi abuela conocía a alguna, nos contaba muy entusiasmada que a lo mejor esa sería su futura nuera.</p>
<p>Cuando se mudó a Villa Urquiza no dejó de venir una o dos veces por semana a visitarnos. Seguía ilusionada esperando que el tío se pusiera de novio y a falta de eso era feliz con nuestros incipientes noviazgos. Todo le parecía bien, no ponía obstáculos a nada, y por tal motivo se hacía pasible de las críticas de nuestro severo padre para quien su suegra tenía poca cabeza.</p>
<p>Llegaba por la mañana a mi casa munida de sus cinco agujas y la lana con que tejía medias para todos. También le pedía a mi madre las medias que hubiera para zurcir, porque algo tenía que hacer, no podía estar quieta. Entonces durante la semana se separaban las medias con roturas en los talones y las punteras para que la abuela las zurciera: había un mate de calabaza destinado a tal efecto y varios ovillos de hilos de zurcir, de diferentes colores. Le recuerdo decir a veces que tal o cual media ya no resistía tantos zurcidos porque su grosor aumentaba demasiado e iba a molestar en el pìe.</p>
<p>Al cumplirse un año de mi casamiento, la abuela Ezequiela murió en un accidente callejero: la atropelló un micro de escolares muy cerca de su casa cuando cruzaba la calle. Por suerte en ese momento no había chicos a bordo. El conductor estaba conmocionado y dijo que la abuela se largó como si buscara la muerte. No la conocía!! Cómo iba a querer morir mi abuela si estaba llena de vida y la disfrutaba cada minuto!! </p>
<p>No tuvo la dicha de conocer a su primera bisnieta, pero nos dejó en guarda a su hijo menor, que nunca se casó, pero se convirtió en &#8220;el tío&#8221; por excelencia, heredero de su buen humor y su eterna disposición para servir y ayudar a su familia con inmenso cariño. De él me voy a ocupar en otro momento.</p>
<p><IMG class=imgcen id=img_0 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/Abuela.jpg"></p>
<p><IMG class=imgcen id=img_1 style="WIDTH: 554px; HEIGHT: 476px" height=517 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/Abuela2.jpg" width=769></p>
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		<title>&#8220;La casa vieja&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 17:59:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Así nos referíamos a ella, y lo seguimos haciendo, cuando recordamos los días de nuestra infancia. ¿Por què no tengo montones de fotos de esa casa tan querida, de todos sus àmbitos y rincones? La recuerdo grande, con mis ojos de niña, y se me dibujan en la mente todos y cada uno de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así nos referíamos a ella, y lo seguimos haciendo, cuando recordamos los días de nuestra infancia. ¿Por què no tengo montones de fotos de esa casa tan querida, de todos sus àmbitos y rincones? La recuerdo grande, con mis ojos de niña, y se me dibujan en la mente todos y cada uno de los lugares que habité plenamente, tan diferentes de día que de noche, donde otros fantasmas la poblaban y me infundían temor. </p>
<p>No había en el barrio otra parecida, como que su aspecto exterior no era precisamente el de una casa. Al comenzar la jornada mi padre levantaba la persiana metálica de enrollar, abría el portón con columnas de madera torneada y sacaba afuera el viejo Oakland, que tenía su lugar en el taller, también devenido en cochera, estacionándolo en la calle.</p>
<p>El portón, fabricado por mi padre, permanecía abierto de par en par durante el día. Era la entrada directa al taller, con sus tornos y su sierra Sin Fin, las montañas de viruta y aserrín que semanalmente el virutero pasaba a recoger y que muchos vecinos venían a pedir para sus mascotas y gallinas, las pilas de maderas esperando ser convertidas en patas y columnas y los trabajos ya terminados listos para la entrega.</p>
<p>En un rincón mi padre había construído una oficina precaria donde tenía una mesa como escritorio, un mueble para guardar papeles, boletas y documentos, donde también ponía sus clásicos Avanti, unos cigarros que partía en dos y fumaba después de las comidas con un placer indescriptible. </p>
<p>Al fondo del taller, dentro del mismo ambiente, estaba la mesa con el clásico hule protector, las sillas y la heladera a hielo. Era nuestro comedor, el lugar donde pasábamos muchas horas del día, donde en época escolar hacíamos los deberes y estudiábamos las lecciones. Desde allì éramos testigos de lo que pasaba en el taller, de la llegada de los clientes, de los vecinos amigos de mi padre con los que charlaba de los problemas del momento. Recuerdo un italiano que siempre venía a contarle de la época en que había estado en la guerra. Estaba medio trastornado y parece que mi padre era de los pocos que le prestaban oído a sus relatos. Repetía siempre las mismas historias y asumía las poses de soldado empuñando el fusil.</p>
<p>Pasando este particular comedor estaba la puerta de acceso a la casa propiamente dicha: el largo patio de baldosas damero, a la izquierda la pileta de lavar la ropa y a la derecha las dos piezas separadas por el baño. Al fondo a la derecha, más escondida, estaba la cocina y detrás la porción de patio dedicado a plantas, quinta y en un tiempo hasta un pequeño gallinero y una hamaca vaivén de dos sillas que a medida que crecíamos se volvía más inestable con nuestro empuje. Un oloroso jazmín del país y una madreselva formaban un alero frente a la cocina, donde había una fiambrera en un estante, muchas veces invadida por las hormigas. El cerco medianero con el vecino del fondo estaba embellecido con unas glicinas que colgaban hacia nuestra casa vistiéndola de primavera. En el patio tuvimos en una época un &#8220;subibaja&#8221; que era la delicia de nuestros amigos del barrio.</p>
<p>Al culminar la jornada de trabajo del taller, mi padre procedía a despejar el lugar para guardar el Oakland y bajar la persiana de enrollar cuya puertita nos permitía salir y entrar a voluntad, sobre todo en las noches de verano, cuando las veredas eran la cita obligada de los vecinos, que salían a tomar fresco acarreando bancos y sillas. En las noches de mucho calor esperábamos con ansiedad que pasara el vendedor de helados con su carrito, rogando que fuera el de Laponia, marca preferida por nuestra madre quien accedía en ese caso a comprarnos uno. Cuando escuchábamos su pregón corríamos a decirle: &#8220;¡mamá, es el Laponiero!&#8221;</p>
<p>¡Con qué pequeñas cosas nos sentíamos felices entonces, y cómo las disfrutábamos! Hoy a la distancia nos parecen pequeñas pero entonces formaban parte de nuestras delicias cotidianas, como los juegos con las amigas en los recreos de la escuela o en las veredas de nuestras casas, dibujadas con rayuelas, surcadas por carritos precarios o por los autitos que mi hermano menor se complacía en chocar contra los árboles, que dejaban ver en la tierra los hoyos de los que jugaban a las bolitas&#8230; Pero esos juegos merecerían otro posteo.  <P class=MsoNormal style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><?xml:namespace prefix = v ns = "urn:schemas-microsoft-com:vml" /><v:shapetype id=_x0000_t75 stroked="f" filled="f" path="m@4@5l@4@11@9@11@9@5xe" o:preferrelative="t" o:spt="75" coordsize="21600,21600"><v:stroke joinstyle="miter"></v:stroke><v:formulas><v:f eqn="if lineDrawn pixelLineWidth 0"></v:f><v:f eqn="sum @0 1 0"></v:f><v:f eqn="sum 0 0 @1"></v:f><v:f eqn="prod @2 1 2"></v:f><v:f eqn="prod @3 21600 pixelWidth"></v:f><v:f eqn="prod @3 21600 pixelHeight"></v:f><v:f eqn="sum @0 0 1"></v:f><v:f eqn="prod @6 1 2"></v:f><v:f eqn="prod @7 21600 pixelWidth"></v:f><v:f eqn="sum @8 21600 0"></v:f><v:f eqn="prod @7 21600 pixelHeight"></v:f><v:f eqn="sum @10 21600 0"></v:f></v:formulas><v:path o:connecttype="rect" gradientshapeok="t" o:extrusionok="f"></v:path><?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /><o:lock aspectratio="t" v:ext="edit"></o:lock></v:shapetype><v:shape id=_x0000_i1025 style="WIDTH: 138.75pt; HEIGHT: 219.75pt" type="#_x0000_t75"><v:imagedata o:title="01" src="file:///C:\DOCUME~1\Admin\CONFIG~1\Temp\msohtml1\01\clip_image001.jpg"></v:imagedata></v:shape><v:shape id=_x0000_i1026 style="WIDTH: 2in; HEIGHT: 216.75pt" type="#_x0000_t75"><v:imagedata o:title="02" src="file:///C:\DOCUME~1\Admin\CONFIG~1\Temp\msohtml1\01\clip_image003.jpg"></v:imagedata></v:shape><v:shape id=_x0000_i1027 style="WIDTH: 2in; HEIGHT: 222pt" type="#_x0000_t75"><v:imagedata o:title="04" src="file:///C:\DOCUME~1\Admin\CONFIG~1\Temp\msohtml1\01\clip_image005.jpg"></v:imagedata></v:shape><v:shape id=_x0000_i1028 style="WIDTH: 149.25pt; HEIGHT: 222pt" type="#_x0000_t75"><v:imagedata o:title="05" src="file:///C:\DOCUME~1\Admin\CONFIG~1\Temp\msohtml1\01\clip_image007.jpg"></v:imagedata></v:shape></p>
<p><IMG style="WIDTH: 229px; HEIGHT: 405px" height=724 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/119175_01.jpg" width=396><IMG style="WIDTH: 221px; HEIGHT: 409px" height=629 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/04.jpg" width=408><IMG style="WIDTH: 231px; HEIGHT: 344px" height=676 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/05.jpg" width=380><IMG style="WIDTH: 225px; HEIGHT: 344px" height=808 src="http://blogsdelagente.com/blogfiles/abuelasdehogano/02.jpg" width=346></p>
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		<title>¡A tomar la leche!</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Nov 2008 19:54:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mandy</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias barriales]]></category>
		<category><![CDATA[arroz con leche]]></category>
		<category><![CDATA[lechero]]></category>
		<category><![CDATA[merienda]]></category>
		<category><![CDATA[palermo]]></category>
		<category><![CDATA[torrejas]]></category>

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		<description><![CDATA[El consumo diario de este blanco y líquido elemento formaba parte de un emblemático ritual, que comenzaba con la llegada diaria del típico carro de lechero. Don Cordero, el simpático español con su negra boina y su delantal lustroso llegaba con su pesado tarro, hoy codiciado por los anticuarios del mismo barrio, y apoyándose en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El consumo diario de este blanco y líquido elemento formaba parte de un emblemático ritual, que comenzaba con la llegada diaria del típico carro de lechero. Don Cordero, el simpático español con su negra boina y su delantal lustroso llegaba con su pesado tarro, hoy codiciado por los anticuarios del mismo barrio, y apoyándose en un banquito vertía con la correspondiente medida, hoy también codiciada, el litro de leche en el hervidor que le acercábamos y consumíamos diariamente.</p>
<p>Seguidamente se procedía al hervido de la leche, que no era tan simple como se podría suponer: casi siempre mi hermana mayor tenía la responsabilidad de cuidar el preciado elemento para que no se derramara sobre las negras hornallas de la cocina a leña. Tenía que quedarse de guardia todo el tiempo y cuando la espuma comenzaba a ascender,debía retirar el hervidor, previamente provista de una agarradera, digamos repasador convenientemente doblado, esperar unos segundos y volver a ponerlo en la hornalla hasta que volviera a hervir, y luego repetir la operación pues la leche debía hervirse &#8220;tres veces&#8221; para asegurar su pureza.</p>
<p>Lo peor que podía ocurrir era que se &#8220;cortara&#8221; convirtiéndose en una cuajada medio amarillenta que no se podía consumir. En ese caso uno de nosotros debía ir al corralón del lechero con un hervidor limpio a comunicarle la infausta noticia. Entonces la esposa de Don Cordero nos daría otro litro de leche en forma gratuita.</p>
<p>Antes de ir al colegio y una vez allí, en el segundo recreo, había que tomar la leche, lo mismo que a la hora de la merienda. Ni yogures, ni postrecitos, ni copos de maíz, ni nada de lo que aparecería en el mercado años después para suplir lo que era absolutamente imprescindible:¡¡LECHE!!</p>
<p>El pan era entonces el acompañamiento obligado. Lo comprábamos todos los días en la panadería de doña Manuela, donde mi madre tenía una libreta en la que se anotaba el gasto diario. Un kilo de pan francés era la compra cotidiana: cuatro o cinco piezas de un pan aflautado y regordete, fresco y crocante, que cortábamos en rodajas y untábamos con manteca. A veces a escondidas, pues mi madre no quería que abusáramos de su consumo, le poníamos encima una buena dosis de azúcar. La cantidad de granos blancos que quedaban esparcidos en la mesa daban cuenta de lo que habíamos usado o de nuestra poca habilidad para hacer desaparecer los restos.</p>
<p>Recuerdo que el día que íbamos a saldar la cuenta atesorada en la libreta diaria doña Manuela nos regalaba un paquete de facturas. Es de imaginar el revuelo que producía la llegada de &#8220;golosinas&#8221; que no abundaban en nuestra vida diaria. Aunque había otro postre de vez en cuando que era motivo de gran festejo: las torrejas. El pan que sobraba solìa ser cortado en rodajas perfectas, embebidas primero en leche, luego pasadas por huevo batido y fritas. El tìpico olorcito que inundaba la casa nos anticipaba el gran festín. A medida que las torrejas salìan de la sartèn, nos daba gusto participar en el espolvoreado de azùcar, que generosamente vertíamos en cada una. Y luego&#8230; ¡a saborearlas!</p>
<p>Cuando con gran contento de nuestra parte, mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí de compras a las grandes tiendas Gath &amp; Chaves o a Casa Tow, hacíamos un alto a la hora obligada de la merienda. Entonces íbamos a una confitería que tuviera Salón para Familias, para reponer energías. ¿Y qué pedía nuestra madre para nosotras? Pues nada menos que LECHE con vainillas, aunque en alguna feliz oportunidad variaba complaciéndonos y pedía café con leche y medialunas que invariablemente venían acompañadas de &#8230; ¡DULCE DE LECHE!</p>
<p>Había ocasiones en que nos daba verdadero placer la visita de don Cordero. Sucedía cuando mi madre le pedía uno o dos litros de leche extra. Entonces adivinábamos que ese día prepararía algo que nos deleitaba: ARROZ CON LECHE. En su elaboraciòn cooperábamos gustosas para revolver el contenido de la olla con la cuchara de madera&#8230;¡para que no se pegue! cuando en realidad lo que ansiábamos era lo contrario. El inconfundible gustito del arroz pegado y semitostadito que quedaba en el interior del recipiente era causa de peleas por &#8220;rascar&#8221; las paredes y degustar el dulce sabor de lo que no iba a verterse en la fuente. Luego sería otro motivo de disfrute saborear el arroz todavía calentito cubierto de canela molida que en nuestra avidez aspirábamos y nos hacía toser.</p>
<p>Hoy recupero aquellos sabores de la infancia que quedaron atrapados en el tiempo y de pronto vuelven a impregnar nuestros sentidos con el exquisito placer que nos brindaron.</p>
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