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“La casa nueva”

  La infancia estaba quedando atrás. Nuevos descubrimientos y desconocidos devaneos ensanchaban nuestro estrecho mundo y producían cambios en las relaciones entre hermanos y el entorno familiar. Las peleas, sobre todo de los mayores, eran más frecuentes, con el correlato consabido de las reprimendas paternas.

  La psicología aún no se había internado en la vida cotidiana: los términos “pubertad” y “adolescencia” no se manejaban ni caracterizaban para el vulgo estadios de la evolución con características tan especiales como para requerir “comprensión y flexibilidad” en el trato familiar. En verdad, para nosotros, las víctimas de tal evolución, esos estadios pasaban desapercibidos, no éramos concientes de ellos, y de haberlo sido, no se nos hubiera ocurrido pretender consideraciones especiales de nuestros padres que, por el contrario, se mostraban más atentos que nunca para contener excesos y establecer penitencias.

No obstante, nuestro crecimiento redundaría en la concreción de un proyecto al que nuestros progenitores habían consagrado su trabajo y el ahorro de muchos años. Por esa época dos señores apellidados Arriaga y Tomassoni, arquitecto el primero y constructor el segundo, habían comenzado a frecuentar nuestra casa embarcándose en largas conversaciones con nuestros padres, a las que por supuesto no teníamos acceso. Alertando el oído para registrar comentarios y después de descubrir algunos dibujos y croquis caseros, caímos en la cuenta de que nuestsro padres planeaban hacer grandes reformas en nuestra casa.

Escuchábamos hablar de ambientes amplios, living comedor, dormitorios separados para las mujeres y los varones porque “es necesario que los chicos, que ya son grandes, tengan su espacio”, garaje para el viejo Oakland y una modificación fundamental: el taller de tornería no estaría adelante sino al fondo, dando prioridad  a un frente de vivienda en consonancia con lo que entonces se veía en el barrio y estos señores se jactaban de haber construido.

   Poco a poco nuestros padres nos participaron de algunos detalles de estos planes, insistiendo por supuesto en decir que no tenían la seguridad de su realización, dada la gran inversión que sería necesaria, sumada a la necesidad imperiosa de mudarnos durante la construcción, ya que la demolición de la vieja casa sería necesaria.

  ¿Hacía falta algo más para encender nuestra imaginación y alimentar sueños de todo tipo pensando en lo que significaría vivir en una casa con esas características?

  En adelante, todas nuestras energías estarían puestas en la concreción de un sueño compartido, sabiendo además lo que teníamos que hacer para alentar los deseos de nuestros padres en lograrlo. Requisito fundamental: “que haya paz”.

¡A tomar la leche!

El consumo diario de este blanco y líquido elemento formaba parte de un emblemático ritual, que comenzaba con la llegada diaria del típico carro de lechero. Don Cordero, el simpático español con su negra boina y su delantal lustroso llegaba con su pesado tarro, hoy codiciado por los anticuarios del mismo barrio, y apoyándose en un banquito vertía con la correspondiente medida, hoy también codiciada, el litro de leche en el hervidor que le acercábamos y consumíamos diariamente.

Seguidamente se procedía al hervido de la leche, que no era tan simple como se podría suponer: casi siempre mi hermana mayor tenía la responsabilidad de cuidar el preciado elemento para que no se derramara sobre las negras hornallas de la cocina a leña. Tenía que quedarse de guardia todo el tiempo y cuando la espuma comenzaba a ascender,debía retirar el hervidor, previamente provista de una agarradera, digamos repasador convenientemente doblado, esperar unos segundos y volver a ponerlo en la hornalla hasta que volviera a hervir, y luego repetir la operación pues la leche debía hervirse “tres veces” para asegurar su pureza.

Lo peor que podía ocurrir era que se “cortara” convirtiéndose en una cuajada medio amarillenta que no se podía consumir. En ese caso uno de nosotros debía ir al corralón del lechero con un hervidor limpio a comunicarle la infausta noticia. Entonces la esposa de Don Cordero nos daría otro litro de leche en forma gratuita.

Antes de ir al colegio y una vez allí, en el segundo recreo, había que tomar la leche, lo mismo que a la hora de la merienda. Ni yogures, ni postrecitos, ni copos de maíz, ni nada de lo que aparecería en el mercado años después para suplir lo que era absolutamente imprescindible:¡¡LECHE!!

El pan era entonces el acompañamiento obligado. Lo comprábamos todos los días en la panadería de doña Manuela, donde mi madre tenía una libreta en la que se anotaba el gasto diario. Un kilo de pan francés era la compra cotidiana: cuatro o cinco piezas de un pan aflautado y regordete, fresco y crocante, que cortábamos en rodajas y untábamos con manteca. A veces a escondidas, pues mi madre no quería que abusáramos de su consumo, le poníamos encima una buena dosis de azúcar. La cantidad de granos blancos que quedaban esparcidos en la mesa daban cuenta de lo que habíamos usado o de nuestra poca habilidad para hacer desaparecer los restos.

Recuerdo que el día que íbamos a saldar la cuenta atesorada en la libreta diaria doña Manuela nos regalaba un paquete de facturas. Es de imaginar el revuelo que producía la llegada de “golosinas” que no abundaban en nuestra vida diaria. Aunque había otro postre de vez en cuando que era motivo de gran festejo: las torrejas. El pan que sobraba solìa ser cortado en rodajas perfectas, embebidas primero en leche, luego pasadas por huevo batido y fritas. El tìpico olorcito que inundaba la casa nos anticipaba el gran festín. A medida que las torrejas salìan de la sartèn, nos daba gusto participar en el espolvoreado de azùcar, que generosamente vertíamos en cada una. Y luego… ¡a saborearlas!

Cuando con gran contento de nuestra parte, mi madre nos llevaba a mi hermana y a mí de compras a las grandes tiendas Gath & Chaves o a Casa Tow, hacíamos un alto a la hora obligada de la merienda. Entonces íbamos a una confitería que tuviera Salón para Familias, para reponer energías. ¿Y qué pedía nuestra madre para nosotras? Pues nada menos que LECHE con vainillas, aunque en alguna feliz oportunidad variaba complaciéndonos y pedía café con leche y medialunas que invariablemente venían acompañadas de … ¡DULCE DE LECHE!

Había ocasiones en que nos daba verdadero placer la visita de don Cordero. Sucedía cuando mi madre le pedía uno o dos litros de leche extra. Entonces adivinábamos que ese día prepararía algo que nos deleitaba: ARROZ CON LECHE. En su elaboraciòn cooperábamos gustosas para revolver el contenido de la olla con la cuchara de madera…¡para que no se pegue! cuando en realidad lo que ansiábamos era lo contrario. El inconfundible gustito del arroz pegado y semitostadito que quedaba en el interior del recipiente era causa de peleas por “rascar” las paredes y degustar el dulce sabor de lo que no iba a verterse en la fuente. Luego sería otro motivo de disfrute saborear el arroz todavía calentito cubierto de canela molida que en nuestra avidez aspirábamos y nos hacía toser.

Hoy recupero aquellos sabores de la infancia que quedaron atrapados en el tiempo y de pronto vuelven a impregnar nuestros sentidos con el exquisito placer que nos brindaron.