“¡Vamos a La Boca!”
Esta consigna nos convocaba todos los domingos en los lejanos días de mi infancia a una salida esperada que disfrutábamos especialmente. La cita era en la panadería de Carlos F. Melo 640, en La Boca, donde vivían mi abuela paterna, Carmen, y sus hijos Antonio y Anselmo. La panadería tenía un nombre que se me antojaba inescrutable: “Primer Tibidabo de La Boca”. Yo entonces era muy poco preguntona, también en la escuela. Temía hacer el ridículo demostrando ignorancia en cosas que suponía eran obvias para los adultos o que ellos consideraran impropias en los chicos. Mucho tiempo después supe que Tibidabo es el nombre de un monte desde el cual se divisa la ciudad de Barcelona, y a través de mi prima Blanquita, que almacena vida y obras de toda la familia lo relacioné con un tal Tiraboschi, que sí había oído nombrar, y que había sido en los orígenes del negocio el socio de mi tío Antonio. Era catalán y así había bautizado la panadería en homenaje al Tibidabo de su ciudad natal.
Al frente estaba el negocio y a continuación la vivienda, que había que atravesar para llegar a la cuadra, ese alucinante espacio donde los tíos Adolfo, Miguel y en menor medida Anselmo, amasaban y horneaban el vital elemento. Lamentablemente era poco el tiempo que podíamos disfrutar en ese lugar del que los tíos nos alejaban después del saludo ritual, en nombre de los peligros de las máquinas, del horno y de la libertad de movimientos que les exigían las operaciones de amasado, el manejo de las asaderas y de las largas palas de madera que podían amenazar nuestra integridad.
Sobre la izquierda había una escalera que conducía a un sector casi impenetrable para nosotros, ya que por allí se llegaba a la habitación del tío Antonio a la que por supuesto no nos era dado entrar. Los chicos teníamos asumido cuáles eran las zonas de libre disponibilidad. No sé si eso estaba directamente explícito pero la realidad era que en el mundo de los adultos no estaba considerada nuestra intromisión espontánea. Además el tío Antonio, sin ser el mayor de sus hermanos, era junto a la abuela una figura señera. En mis primeros años yo los imaginaba marido y mujer.
El tío Antonio era el encargado de atender el negocio y el tío Adolfo, además de trabajar en la cuadra tenía el reparto a domicilio con su característico carro, símbolo emblemático entonces en todos los barrios de la ciudad. Sólo a los primos mayores varones les estaba permitido a veces acompañarlo en su recorrido, lo que significaba para ellos una aventura adicional.
Anselmo, nuestro tío menor, era el preferido no sólo de nosotros, sus sobrinos, sino de mi abuela que lo consentía especialmente librándolo de tareas que consideraba tal vez demasiado pesadas y reservándole un lugar privilegiado en la cocina y la atención de la casa. Nos esperaba cada domingo con la misma alegre disposición con que nosotros íbamos “de visita”. Pero además estaban nuestros primos, los hijos del tío Adolfo y la tía Blanca, que vivían en la casa lindera.
Esa casa quedó impresa en mi memoria y era realmente fascinante. Ahora la reconozco típica del barrio boquense, con todas las peculiaridades que caracterizan a las pinturas del gran Quinquela: madera y chapas como materiales excluyentes, altas ventanas, cortinas de junco, patios con baldosas a cuadros, umbrales altos y huellas visibles de inundaciones pasadas y recientes. La puerta de entrada con bochas de bronce, eternamente sin llave, conducía a un largo pasillo que yo atravesaba siempre corriendo, temiendo que los fantasmas que anidaban a la izquierda, entre las columnas que sostenían la casa, pudieran alcanzarme. Al fondo había un gran patio, dos grandes higueras y unos escalones que conducían al baño. Dos escaleras de madera llevaban respectivamente al primero y segundo piso. En el primero vivían mis tíos y primos y en el segundo los dueños de la casa. Me parece escuchar los crujidos de los escalones y después los de las tablas del piso impecablemente aseado diariamente por mi tía con agua lavandina, lo que nos permitía a mi prima y a mí sentarnos sobre él directamente en nuestras tardes de lectura de cuentos de la Editorial Tor que ella coleccionaba. Con mi hermana y otra amiga, Norma, de la casa de enfrente también alternábamos con otros juegos. Nos encantaba improvisar una hamaca con una gruesa cuerda que hacíamos colgar de una de las ramas del árbol de la vereda. Después de atarla fuertemente, colocábamos algo que hiciera las veces de almohadón para sentarnos por turno sobre él. Entonces, tomando impulso con los pies sobre el tronco del árbol comenzábamos a dar vuelta alrededor cuidando de detener el movimiento a tiempo, también con los pies, para no estrellarnos de boca contra el tronco.
Recuerdo nuestras tardes en la puerta de la panadería, sentados alrededor del tío Anselmo, escuchando sus relatos muchas veces mechados con noticias de policía, sus convites con helados para todos comprados en la heladería de la calle California, sus juegos de sombras en la pared del comedor, transformando su mano en conejo, perro, gato y otras invenciones y ¡cómo no! los ravioles nadando en salsa de tomate, la polenta fría remojada en leche o la cascarilla como merienda.
Así como nosotros esperábamos con ansiedad el domingo para ir a La Boca, también ellos deseaban que se produjera nuestra llegada. Hace mucho tiempo mi prima me confesó que en su ansiedad ella comenzaba a contar a partir de la hora en que generalmente llegábamos. Primero contaba hasta “cien” y luego seguía agregando decenas o centenas hasta saltar de alegría si arribábamos o irse a su casa desalentada si ese domingo, por alguna razón imperiosa no lo hacíamos. Y si eso no ocurría, seguramente en Palermo otros chicos también se sentirían decepcionados y deberían esperar hasta el siguiente fin de semana para renovar las esperanzas de volver a acudir a la deseada cita dominguera.


Te recuerdo Amanda….como dice la canción, qué entrañables recuerdos domingueros!!!! Y qué pluma los recrea!!!! Cuál es el presente de esa casa y de aquella panadería????? La Boca debe ser uno de los pocos barrios de Buenos Aires que conservan su estética original, no??, al menos por afuera. También me parece que los argentinos conservamos la costumbre de reunirnos en familia los domingos, al menos las familias que se llevan bien y, las que no, harán de sus amigos, la familia elegida. Gracias por regalarnos estos relatos escritos desde el corazón!!!