El papá de Josefina

Llegó un rato antes, por ansiosa o para que la disfrutemos más. Nos pegó un susto, esos que la inexperiencia potencia. Lo que parece lejano pasó hace muy poco. Su fuerza y su sonriente andar por la vida hizo que lo prematuro sea apenas una anécdota.

Siempre había soñado con ser papá y ahora que lo soy, me parece que sigo soñando. Hoy apenas abrí un ojo, la tenía acostada al lado mío. La complicidad de la mamá, compinche desde el minuto cero, hizo que mi amanecer sea Josefina. Empezaba un domingo especial, mi primer día del padre.

Se complica ser elocuente con el abrazo, parece que no va a alcanzar, que nada es suficiente. ¿Cómo traducir tanto amor acumulado?  Entonces todo pasa rápido, muy rápido. Los días amontonados, de repente empiezan a esfumarse. Y te enterás que tu mujer está embarazada y te asustás. Transitás un estado de asombro permanente al ver como la panza crece. Y nace. Y llora. Y te necesita. Y las responsabilidades copan el debe y el haber. Con apenas 67 cm y casi 7 kilos, transcurre nuestra vida girando en su órbita. Entonces empezás a tener otra denominación. En muchos aspectos pasás a ser “el papá de Josefina”. Y cada vez que me ha tocado utilizar esa frase, sostengo la voz y pongo énfasis. La frase resume un poco lo que sucede en la vida desde que nace tu hijo. No solo tiene que ver con la identidad, sino también con la responsabilidad incondicional que desconoce de excusas.

Desde el 8 de noviembre todo cambió y celebro ese cambio, el mismo que te hace sensible y pensante a la vez. Ahora Josefina duerme, sin saber que hace un rato estuve espiando su respirar profundo. Está soñando liberada de todo problema. Libre como lo fui yo y soñé con ella. Porque en definitiva si te lo proponés, difícil que la realidad encuentre un hueco y te arruine un sueño.

César I. Rodríguez

Viudos de la ilusión

Quedar eliminados de un mundial, tiene muchas injusticias. Por empezar, el día. Si los domingos son de por sí melancólicos, están atados a la depresión de saber que algo bueno se termina, entonces, ¿es justo haber quedado eliminados un sábado al mediodía? No fue justo, ni que haya sido un sábado, ni habernos quedado afuera. Y no hablo de lo futbolístico, sino lo hago desde el costado que no tiene racionalidad posible, que es el sentimental.

Increíblemente uno deposita frustraciones propias y ajenas en un campeonato mundial. ¿Y por qué no pasa lo mismo con el mundial de Criquet? Porque el fútbol despierta hasta en el más carente de sensibilidad, una especie de ebullición interna que nos lleva a sufrir tanto como el abandono de una mina. Y si no es comparable, pasa raspando. El pitazo final de Irmatov (oriundo de un país lejano, de difícil pronunciación), fue como el mensaje en el teléfono de aquella mina de la que me había enamorado, con apenas días de conocerla. Tan traicionero como poco feliz. El cuarto gol de Alemania, sonó como “lo nuestro no va más”. Una manera soez y arbitraria de sepultar la ilusión, sin siquiera poder escribir un epitafio de una línea.

Como con aquella mina, con este mundial, no estaba preparado para el desplante. El consuelo de que “llegamos lejos”, “ganamos todo” o “el fútbol siempre da revancha”, carece de la misma sustentabilidad como el… “ya vas a encontrar alguien que te quiera bien”. Nooooo, la mina me acaba de dejar y estoy hecho mierda, no me sirve nada de consuelo. Y con esta eliminación, me pasa lo mismo. Sobre todo conociéndome ansioso, si para el tango “veinte años no es nada”, puedo garantizar que cuatro, pueden ser una eternidad. Es totalmente al pedo ensayar consuelo posible.

Y como cuando la mina te deja, lejos está en uno buscar la falla propia. Y afloran los sentimientos más primarios de pensar “se fue con otro”. Y aunque es una posibilidad concreta, no siempre la cosa pasa por ahí. Pero si ayer hubo un “pata de lana” dando vueltas, ese fue Schweinsteiger. Un grandote de apellido impronunciable, con cara de jodido y de andar sobrador. El “ruso girasolero” como le dirían en mis pagos, revoloteó todo este tiempo, con ganas de ser galán. Y en la cancha, sus intensiones nunca ocultas, vieron la luz con las mismas ganas de un amanecer postergado por la tormenta.

Se acabó todo. ¿De qué vamos a hablar con amigos o compañeros de laburo? ¿Y con los tacheros? Me quedé sin tema. Ahora que lo pienso, tampoco tengo ganas de escucharlos. Son como algunos periodistas deportivos que dan cátedra desde un púlpito digital. Si me anteponés la frase “y resultó como yo decía o como lo había anticipado”, automáticamente apago, me desconecto o le pido que no se moleste por usarle su taxi como cama para dormir lo que me quede de viaje.

Se acabó todo. Terminaron las cábalas tan ficticias como una de Rambo. Pero útiles como excusas. Tan solo por ese valor agregado, merecen mis respetos. Mientras afeitaba mi barba, perfectamente conservada desde el primer partido que ganamos, casi se me pianta otro lagrimón. Y aunque estoy seguro que lo de no afeitarme fue más de dejado que por cábala, ese “por las dudas” se transforma en un ritual incorruptible. Mirarme al espejo mientras me pasaba la maquinita, fue otro golpe duro de realidad. Lo mismo al guardar la bandera, la camiseta, ceder el lugar donde siempre me sentaba para ver el partido y tantas otras boludeces que no pasan en ningún lugar del mundo, salvo acá. El ingenio popular indica que es mucho más fácil buscar “un piedra” que admitir que nos sacaron de la copa dándonos un paseo sustancial.

En fin, sin ser lo que llaman un futbolero empedernido, estoy triste. Y la tristeza no pasa por el juego, sino por el vacío. La mina que se fue y nunca más volvió, en su efímero paso por mi vida, es irremplazable. Y acá pasa lo mismo. Aunque vengan otros Messis, este campeonato también será irremplazable y ¿sabés qué? No lo ganamos. Lo perdimos y aunque estemos acostumbrados a los palos, dejame que sufra un poquito. Bancame el malhumor o la cara de culo. Porque aunque tenga una especie de síndrome de Estocolmo con Maradona, todavía me conmueve el llanto de ese hombre. Dejame que sufra un poquito más. Como ese día que escuché el mensaje de esa mina que anunciaba su partida.

Según el diccionario, ilusión significa “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo” y vaya si el cumplimiento de esta esperanza era atractivo. Pero murió y en su mejor momento. Por eso muchos que estábamos ilusionados, llevamos esta viudez, como podemos. De aquella mina que dejó el mensaje de despedida, no volví a saber nada, pero forma parte de mi historia, aunque apenas me acuerde de su sonrisa. Soy de esos tipos que valoran mucho los momentos. Por eso estoy seguro que de este momento, también me acordaré por mucho tiempo.

César I. Rodríguez

Julio de 2010

Cuatro despedidas, cuatro hasta luego…

El viejo huye de la pequeña sala de cuidados intensivos. Tiene unos 80 años, pero al cruzar la puerta se le sumaron diez más a su rostro. El silencio de la noche hospitalaria apenas se corta con el pitido de los equipos y el desesperante “subi y baja” del respirador automático.  Se detiene y congela ese momento como propio. En esa cama tan ajena como el destino, la que lucha por sobrevivir es su esposa, su compañera. Toda una vida juntos y negando la posibilidad de separarse que, de repente, la muerte se quiere corporizar en la fragilidad de esa mujer que simula estar durmiendo, pero que en verdad agoniza.

En ese segundo vertiginosamente le pasó toda su vida por delante. Dándose cuenta que en el final del camino es cuando uno quiere volver al principio. “No hay nada más frustrante que una despedida sin palabras”, pensó y volvió para sentarse a su lado. Se acercó al oído derecho, una de las pocas partes que no tenía cables, y le susurró un “te amo”. Con la seguridad de que lo había escuchado, se reincorporó para irse. Se perdió en el agujero negro del pasillo de la clínica y caminó lentamente sin mirar atrás.

Los pasillos de los aeropuertos suelen tener la hostilidad de los lugares que jamás van a ser propios. Y al final de uno de ellos estaba este chico de apenas 20. Solo y desesperado, viviendo su primer gran fracaso en el amor y tal vez el que lo marque para toda la vida. De repente naufragó en ese mar de incertidumbres. Hace algunos instantes le había soltado la mano al amor. El cartel luminoso indicando la partida del vuelo hacia Madrid, informaba algo más que eso. ¿Cómo saber si esa elección de vida era la acertada? ¿Quién hipoteca la felicidad? ¿Quién es feliz tiempo completo? Muchas preguntas para un alma que empieza a convivir con la frustración de la postergación y la sensación de saber que no había tomado la decisión correcta.

A veces es más fácil hacerle caso a los sentimientos que a la razón. Pero él había tomado el camino contrario. Pero en ese último beso, lo matemáticamente correcto, se redujo a cenizas de un ave fénix que no va resurgir, al menos que uno de los dos se juegue por ese amor casi adolescente.

Ya era tarde. Ella estaba en ese cielo soñado, empezando una nueva vida y él con los pies en la tierra pisando el suelo como nunca. Ya empezaban a aparecer los primeros moretones de los golpes de su corta vida. Se paró y enfiló para la salida con la vista nublada. Esquivó a la persona que trapeaba los pisos y apuró la marcha para escapar. Ezeiza queda en el culo del mundo, su casa estaba tan lejos como su conciencia.

El hombre cerró el auto cargado de bolsos y cajas. Por última vez, entró a su casa con las llaves. Cruzó el pasillo hasta llegar al fondo. En una pequeña sala estaban sus hijos que juegaban ajenos a lo que estaba pasando en ese mundo de grandes. El peso del fracaso, hizo que se encoja y agache la cabeza. Miró a esos inocentes rostros y en silencio les pidió perdón por la partida. Siguió caminando hasta la cocina. Sentada y haciéndose la distraída, estaba la que desde ese instante se había transformado en su ex mujer. Las peleas y lo que ellos llamaban la evaporación del amor, hicieron que el matrimonio poco a poco se agrietara. Y lo que al principio fueron pequeñas goteras, con el tiempo se hizo inundación. Se detuvo y ni siquiera se sentó. Increíblemente esa mirada del cual se había enamorado, ponía tanta distancia que no la reconoció.

Apenas le dijo que había terminado de cargar todo. Tiró las llaves en la mesa y quedaron en hablar para pasar a buscar los chicos. Afuera verano, ahí adentro todo tan frío como Siberia. El hombre de unos cuarenta años, abrazó a sus hijos y se puso a llorar. Ella aprovechó ese segundo de debilidad y se ocultó en el baño para imitarlo. En esos momentos, se desnuda la impotencia de no haber podido salvar algo tan preciado como la familia. Arrancó el auto y miró por el espejo lo que había sido su casa, llevándose algo más que sus cosas, cargando el vacío que deja la partida.

Quedó perplejo sosteniendo el revólver que todavía humeaba por el caño. Su brazo erguido ni siquiera temblaba. El disparo había sido certero, directo al corazón. La víctima tendida en el suelo de su habitación no tenía chance de sobrevivir, al menos que segundos antes, haya creído en la reencarnación. La venganza es algo que siempre había convivido en su mente. El ajuste de cuentas por lo que él consideraba noble, se había concretado en esa emboscada nocturna, imprevista. Es que tuvo la paciencia de un monje. Esperó que baje la guardia, recupere la confianza y vuelva a creer en su amigo engañado. El ahora cadáver, jamás imaginó que su destino estaba escrito con sangre, mucho menos que la traición lo iba a depositar a cinco metros bajo tierra sin la posibilidad de mediar palabra.

Lo miró por última vez a los ojos que se mantenían abiertos y a su manera le dijo adiós. Interiormente disfrutó de ese macabro momento. Guardó el arma en su cintura y antes de que lo domine el arrepentimiento, marchó. Esquivó la sangre que ya había teñido la alfombra y se fue por la misma puerta que minutos antes lo había llevado hacia la venganza. No hay muerte justificada, pero en su silenciosa despedida sintió una especie de alivio. Prendió un cigarrillo y en su rostro se le dibujó una mueca. Con total conciencia de lo que había hecho, dejó el hotel transformado en una bóveda improvisada y se perdió en la madrugada estrellada. Por las hojas caídas se dio cuenta que había empezado el otoño. Pensó en que era la estación que más le gustaba y decidió huir caminando.

Esa misma noche su mujer murió de un paro cardiaco. Demoraron en avisarle por temor a que el viejo corra la misma suerte. La noticia la recibió sentado en su sillón. Recordó la despedida en el hospital y se paró para ir al jardín que ella tanto cuidaba. Fue el último acto reflejo de esperanza del reencuentro. Al no verla regando las plantas se quebró y entendió que se había ido para siempre.

El joven hoy cumple 21. Cada tanto chatea con Madrid y le cuenta que es feliz. Pero cuando cierra la sesión de su msn, a escondida llora por la distancia. Lamenta no ser más valiente para agarrar el primer avión y recuperarla. Por ahora vive con la duda del amor postergado. Teme que su tibieza lo queme para siempre.

El hombre y la mujer se saludaron con un distante beso en la mejilla. Increíblemente dos que lo habían compartido todo, ahora reducían su mundo al roce fugaz de los labios con la mejilla. Se reencontraron en el acto de inicio de clases. Los chicos al ver a su papá corrieron a saludarlo. Se sentaron distantes y en silencio participaron del protocolo. Pensó en lo linda que estaba su ex esposa, hacía meses que no la veía, cuando buscaba a los chicos, siempre los acompañaba alguien menos ella. Por eso se sorprendió al reencontrarla después de tanto tiempo.

El asesino fue descubierto, justificando eso de que no hay crimen perfecto. Parece que los minutos que se tomó para despedirse de quien alguna vez había sido su amigo, hermano, fueron su condena. Es que el conserje pudo llamar a la policía y a pocas cuadras de donde había asesinado a sangre fría, lo detuvieron. No se resistió. Al menos había terminado de fumarse su cigarrillo.

Las despedidas son grietas eternas. Para que haya una despedida, antes tiene que haber sucedido algo intensamente bueno. Y hasta cuando la muerte se asocia a esa partida, uno tiene la esperanza del reencuentro. Por eso no existen las despedidas eternas, no sirven los adioses, sino los hasta luego.

 

César I. Rodríguez

Marzo de 2010

Volvé Fatiga, te perdonamos

El pibe mira la hora con sorprendente impaciencia. La madre peina su pelo mojado con una raya al costado que puede soportar un vendaval sin despeinarse. Afuera hace mucho frío, agosto llegó cruel, impiadoso, irresistible a cualquier abrigo. Pero a ese chico de 7 años poco le importa tener que caminar las cuatro cuadras que separan su casa del cine. Las primera salida solo, se atesora en un espacio privilegiado de la memoria.

La fiebre por el mundial 86,  estaba pasando de a poco. Y de repente otros espacios de entretenimiento se creaban en ese pequeño pueblo en donde o no pasa nada, o todo pasa de golpe. A las seis de la tarde el Cine Español abría sus puertas para proyectar dos películas. Había que ir temprano para comprar la entrada y ubicarse en la fila del medio.

Como queriéndolo retener, su madre demoraba en acomodarle bien la ropa. Mientras su hermano espiaba desde el fondo, como reclamando subirse a esa aventura que estaba por comenzar. Se despidió de todos a la carrera y salió por la puerta del garaje buscando ese pedazo de libertad ansiada. La bufanda atada a desgano no bastaba para abrigarlo del viento sur, habitué en esa zona de la provincia. Apuró el tranco mientras pensaba en todo lo que podría hacer si esas horas siempre fueran suyas. Después se entristeció al pensar en no ver más a su familia. La idea del escape es una fantasía recurrente en un niño de esa edad.

Cuando dobló en la esquina para tomar la calle que lo iba a dejar justo en el cine, esa especie de ansiedad prolongada, se le vino encima. Apuró el paso y se puso en la cola que se había formado, presintiendo que había sido el primero en llegar de todos sus amigos. El centenario cine de pueblo desconocía el marketing y la publicidad. Pagando una entrada, podías ver hasta tres películas si el cansancio y los ojos te lo permitían. Esa tarde noche, Olmedo y Porcel llegaban como promesa de humor picaresco y por lo menos en esos dos títulos, sano.

La cola fue avanzando y el chico se encontró con sus amigos. Compraron caramelos entre todos y el corazón les latía más fuerte, cuando estaban a metros de una cortina colorada que separaba el hall de la sala. Era una especie de debut sexual grupal, los nervios, la camaradería y la curiosidad por entrar en un lugar desconocido.

El hall había quedado pequeño. Es que funcionaba como refugio de la inclemencia del frío que no entiende de reuniones. La luz artificial y escasa de la calle se había encendido. Las campanas de la iglesia sonaban avisando que en unos minutos la  misa iba a empezar. Ante la mirada de la abuela, éramos una especie de herejes que habíamos elegido otro tipo de ritual.

Finalmente abrieron la cortina y avanzamos. A medida que ganábamos terreno, el suelo se hacía inestable. Es que las viejas tablas, cedían y crujían en cada paso. El desnivel producía un efecto de altamar. Los cuerpos pequeños de esos chicos, se colaban entre ese océano de piernas.

Una vez sentado, con la luz tenue, se filtraba un olor a desinfectante que, podía anestesiarte. La sala era toda de madera trabajada. Donde estaba instalada la pantalla, se alzaba un gran escenario. La acústica era perfecta. Bastaba con “parar la oreja” un poco, para escuchar lo que estaban hablando en la fila del otro costado.

“Fatiga” era el que manejaba el cine, pasaba y le daba bomba a las viejas estufas de kerosene. Y le sumaba algún olor más al ambiente viciado. “Fatiga” era un tipo flaco, de paso agitado como burlando a su apodo. Visiblemente comprensivo, varias generaciones fueron creciendo con la imagen del “tipo del cine”. Era el hombre que poseía la llave del tesoro. Lo veíamos como un semidios que activaba la palanca del proyector. Pero claro, este Quijote tenía su escudero y para pelear contra los molinos de viento que se iban presentando en el viejo edificio, estaba “el bagre”. Un personaje de una cabeza considerable y que pocos conocían por su verdadera identidad. Bajaba y subía las escaleras aceitando todo para que no haya interrupción, salvo la prevista por el intervalo comercial.

Como anticipándose al futuro, los murciélagos que moraban tranquilamente en el techo, salían de atrás de la pantalla. Un 3 D casero que recién James Cameron lo pudo conseguir dos décadas después con Avatar. Esa era parte de la emoción extra que venía incluida con el precio de la entrada.

De repente, lo esperado. Todo se oscurecía y la penumbra transmitía sensaciones que iban desde el miedo a lo imprevisto hasta la alegría por lo que estaba por empezar. En la pantalla aparecía la presentación de “Argentina Sono Film”, frase disparadora del inicio del film.

Ese pibe de 7 años, o el adolescente con su novia, o el papá con su familia, eran protagonista de una misma película que no era proyectada. Una película en un pueblo pequeño que no tenía muchas chances de esparcimiento, pero que nunca perdió la alegría.

Pasaron 24 años y hoy el cine duerme entre sueños de fotogramas perdidos en el tiempo. La escasa rentabilidad y los golpes económicos, hicieron que el viejo cine apague el proyector para siempre. Muchos de los que crecimos en Guaminí, dejamos parte de nuestra infancia entre esas paredes. La complicidad o la picardía de colarse en una película para mayores de 16, no se recupera en un ciber de ocasión. Me da cierta nostalgia de que muchas generaciones hayan postergado experiencias, frenar latidos, desconocer sensaciones, porque no supimos proteger un espacio casi sagrado.

El sábado tarde, pasé por la vereda del cine y la vieja marquesina seguía sin iluminarse. Esos focos que permanecen como testigos del cierre, necesitan volver a encenderse, como se enciende la ilusión de encuentros de caras conocidas en el pequeño hall de entrada.  

César I. Rodríguez

Febrero de 2010

La mujer que creía haber amado

Gaby creía haber amado. Su mirada de a ratos y sus costumbres convencionales, la ubicaban en el podio de lo anhelado. Era linda e inteligente, pero no lo suficientemente para esquivar una maniobra inesperada de su corazón. Gaby había resuelto su vida tempranamente. Se casó muy joven, enamorada y correspondida. Y de su primer matrimonio tuvo un hijo. Como no entendía los finales como un fracaso, se separó para tomar envión y volver a creer en el amor. Es que Gaby siempre creía haber amado.

Un día se aparece él, un joven seguro y confiado, para nada lindo, pero entrador y de palabras convincentes. Su idea de familia la volvió a atrapar. De a poco había caído en esa telaraña que la iba a encerrar para siempre. Tuvieron dos hijas y a los ojos de los demás, la felicidad se sentaba en su mesa. ¿Cuántos mundos conviven bajo el mismo techo? Gaby al menos había conocido uno, el que su marido quería que conociera.

Los problemas existenciales contaminan el alma. Y eso estaba sucediéndole a Gaby. Pero como de resistir se trata, el dúo salía a escena con el mejor traje de disimulo y así seguían con la vida. Cuando el malestar no puede calmarse, se apela a la resistencia, a acostumbrarse al dolor, total nada es para siempre.

Ese día pese a la angustia de su marido, Gaby estaba entusiasmada por el viaje. Sabía que a veces la distancia se asocia con la calma. Armó el bolso de sus hijas, y sonrió como hacía tiempo no lo hacía. Su marido estaba más verborrágico, pero aparentaba compartir la alegría de la excursión improvisada, de encontrar en los 300 km que los separaban de su pueblo natal, la solución que su cabeza pedía.

Cargó el auto y se quedó varios minutos mirando el parabrisas. Adentro, mujeres que ultimaban los detalles mientras terminaban de acomodar los juguetes para el viaje. Afuera, la imagen de un tipo derrotado que tiró la brújula de su vida por el inodoro. Tenía la mirada nublada y no atinaba a mover las manos. La voz de Gaby lo volvió a la realidad. Pidió que lo esperaran con la excusa de que tenía que ir al baño y ver si todo estaba bien antes de partir. Entró a la casa y miró para todos lados. Afuera un cartel de venta presagiaba una crisis económica que ya había empezado a hacer mella. Fue al baño, lavó su cara y se miró en el espejo. No reconoció la imagen que se reflejaba. Pero ya era demasiado tarde. No era de los que se arrepentían de las cosas. Cerró la casa, activó la alarma y caminó hacia donde estaba su familia.

Gaby creía haber amado, pero hace algunos meses el potencial del verbo, se estaba transformando en confirmación. Su corazón latía a otro ritmo. El ruido del motor del auto se perdió por el barrio. Hoy un vecino no puede sacarse de la cabeza la imagen de las dos nenas mirando por el vidrio, es que no sabe si estaban jugando o pidiendo una especie de ayuda silenciosa.

Ellos salieron, pero jamás llegaron. El abrazo partido y el reencuentro quedaron pendientes. Ahora ellos son dueños del misterio. Nadie sabe nada. Entre tantas voces, el silencio sigue siendo lo que predomina.

Gaby ese día subió a ese auto creyendo haber amado. Este viaje al menos ¿le habrá servido para encontrar esa respuesta?

César I. Rodríguez

Apenas la lluvia

La lluvia invita a muchas cosas, diría a varias. Pero claro, es imposible disociar a la lluvia con el estado de ánimo de cada uno. Me ha pasado querer que llueva, para que el agua golpeando en el suelo, sea la cortina de fondo de un encuentro esperado, soñado.

También en días donde andás corto de alma y con los bolsillos cargados de pena, la lluvia puede ser un motivo más que atente contra tu integridad. He sabido de escritores y asesinos que mojados por una lluvia de primavera, como la de hoy, han salido a matar con la palabra o con un arma. En definitiva, los dos lo hacían por amor.

Muchas veces la lluvia llega donde no sirve, pero por algo será. No creo en la deshonestidad de la naturaleza. Lo que se es que mientras espío al cielo con la esperanza de que pare, en muchos lugares la tierra tiene la garganta agrietada de tanto gritar por agua. Tal vez esta lluvia de viernes que a mi me jode, sea un anticipo divino que viaja para el norte.

En fin, la tardecita cae como la lluvia. La gente está volviendo a sus casas y no creo que les importe mojarse. Es viernes y lejos de un final, este día se presenta como el inicio de un fin de semana que, si está lluvioso, le buscaré la vuelta para complotarme con el agua y sacarle provecho.

Video Periodismo Urbano

Los ojos de un periodista a través de algo que filme (una video cámara, una cámara de fotos, un celular).

En las ciudades pasan cosas y más de las que nos imaginamos o nos enteramos.

Curiosidades de viajes de lugares lejanos. O algo para mostrar a la vuelta de casa. Todo en el mismo lodo bautizado como blog. Las entregas no son diarias, ni mensuales, ni siquiera anuales. Son cuando pinten…

En esta primera entrega oficial (porque extra oficial he posteado muchas), algo que me llamó la atención, claro, con mi optica tercermundista. En Berlín Este, mientras esperás el 60 de ellos (que no hace Constitución – Tigre), podés navegar por internet. Si en el medio de la parada. Cuánto cuesta? Nada.

Pasen y vean, esto también es gratis.
César I. Rodríguez

El camino de la cerveza

Un tipo de 30 debe, a esta altura de su vida, ser fanático de la cerveza. Lo imperativo de la frase, tan solo es consecuente a mi gusto por tan noble bebida.

A continuación y en partes (porque el tiempo no sobra), voy a ir posteando los videos del Camino de la cerveza, un recorrido por algunos bares europeos buscando el eslabón perdido en el gusto cervecero.

Salud amigos, pasen y vean una real apología a la bebida.

César I. Rodríguez
Junio de 2009

En esta primera parte, París. Le seguirán Londres, Brujas, Amsterdam, Berlín, Praga, Viena, Munich, Innsbruck y Ginebra…

El segundo destino elegido fue Londres. Esta ciudad es típica por los bares de cervezas y encuentros. Londres es candidata a quedarse con el trofeo, por la variedad, por calidad, por sus bares y por la atención. Puedo adelantar que pese a que el cambio es 6 a 1 para los argentinos, no fue en Londres donde pagamos la cerveza más cara.

En esta tercera parte, probamos cervezas belgas y holandesas…

Praga: Donde Kafka sufrió

El sol de la postergada primavera de Praga, va quedando a nuestras espaldas. Al lado un “fulano”, llena el espacio de un asiento de primera. Ahoga el sufrimiento del desarraigo con la mirada puesta en la vieja ciudad. Se nota abatido, como el que se levanta cientos de veces con la firme convicción de que otra vez va a caerse. Lo dejamos de fondo, para ubicarnos en nuestros lugares. El bamboleo del tren, adormece y te desorientan las imágenes que aparecen entre sueños. Perdés la noción de lo que es realidad.

Atrás va quedando República Checa que como una veinteañera tiene y vive su historia reciente, mirando desde Praga a través de las dos orillas del río Moldava. Esta Capital que está aprendiendo a convivir con miles de personas que la invaden, curiosas de absorber una cultura atractiva y que cuenta su historia en cada paso que das. Cada adoquín es guardián de lo que fue y apenas cerrando los ojos, el aire, el ambiente, la calma con murmullo de extranjeros, te traslada.

Praga tuvo la virtud de salir casi intacta de las guerras, siempre hablando de la parte edilicia, porque ¿quién sale intacto de una guerra? Con torres que escrutan solemnes esquinas irrespetuosas de una trazo arquitectónico. No es extraño cruzar dos veces un mismo lugar, con la sana convicción de querer ir a otro. Es que la ciudad sigue el serpenteo del río y eso la hace “aldea” y no una gran metrópolis.

Y en el medio, las iglesias. En donde ya no solo se reza, sino también se puede escuchar por las tardes algún concierto de música clásica. Porque como Viena, Praga hace de la música cotidianeidad. Y en el medio, las sinagogas o el mar de lápidas que forma el cementerio judío. En una de ellas, las paredes no alcanzan para escribir uno por uno los nombres de los asesinados en el holocausto (más de 70 mil solo de esa ciudad).

Mientras atardece y la moderna locomotora corta el viento con su forma de misil, apoyo los pies en el asiento de en frente. Las ampollas son signos de caminatas prolongadas, pero cuando te detenés abruptamente, molestan y mucho.

Dejamos de escuchar tanta rima indescifrable. Mucha consonante apenas unidas con vocales. El idioma además de inentendible, suena como duro. En un mundo tan globalizado, donde el olor de las cagadas del norte, invade a todo el planeta, es difícil pensar en la incomunicación. En Praga casi pasa. Nos fuimos del supermercado sin poder comprar azúcar. Igual el café es más rico amargo.

En cada ciudad que he estado, me meto en el supermercado. Para mi es el termómetro ideal para conocer quien es quién realmente. Nadie finge entre las góndolas. Y si hay variedad de un producto, es porque la gente lo consume. Me doy una vuelta, no mucho tiempo, lo suficiente para ver y si puedo, entender. Pero en Praga fue difícil, por lo menos con el azúcar. Cuando llegamos a la caja tuve la misma sensación que tengo cada vez que voy a los chinos de la vuelta de casa y se ponen a hablar entre ellos. Me estoy quedando afuera de todo y eso no me gusta. La cajera que podía ser mi abuela, apunta con su dedo índice y nos muestra lo que tenemos que pagar. Tienen su moneda y la usan (sino querés perder guita, cambiá euros siempre). Le dije gracias, pero fue totalmente en vano. También un chau bien argentino y ahí, la señora que podía ser mi abuela, sonrió como lo hacía mi abuela, con la mirada cansada y con su cara arrugada. Agarramos las bolsas con la comida, los chocolates, las cervezas y sin el azúcar. Es primavera, pero la noche cerrada trajo el frío de piel de gallina.

Nos queda una hora de viaje y de a poco las diapositivas fueron velándose. Se me vino a la cabeza el fulano del asiento de primera y la vieja del supermercado. En algún punto todos teníamos algo en común. Y eso fue lo que trate de descubrir mientras el tren seguía avanzando.

César I. Rodríguez

Mayo de 2009